Capítulo II · 10
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—¡Hola, Jack! —exclamó West—. Vaya un anfitrión agradable estás hecho: invitas a la gente a cenar y la dejas esperando. Aquí tienes a Fallowby llorando de hambre...
—Cierra el pico —observó este último—; a lo mejor ha salido a comprar un pavo.
—¡Ha salido a dar el garrote vil, mirad su soga! —rió Guernalec.
—¡De modo que ahora sabemos de dónde sacas el dinero! —añadió West—; ¡viva el golpe del Père François!
Trent estrechó la mano a todos y sonrió ante el rostro pálido de Sylvia.
—No era mi intención llegar tarde; me detuve un instante en el puente a contemplar el bombardeo. ¿Estabas inquieta, Sylvia?
Ella sonrió y murmuró: «¡Oh, no!», pero su mano cayó en la de él y la apretó de manera convulsiva.
—¡A la mesa! —bramó Fallowby, y lanzó un alegre alarido.
—Tómalo con calma —observó Thorne con un resto de modales—; no eres el anfitrión, que lo sepas.
Marie Guernalec, que había estado charlando con Colette, se levantó de un salto y tomó el brazo de Thorne, y el señor Guernalec pasó el brazo de Odile bajo el suyo.
Trent, inclinándose con gravedad, ofreció su propio brazo a Colette, West acompañó a Sylvia y Fallowby revoloteó ansioso en la retaguardia.
—Se desfila tres veces alrededor de la mesa cantando la Marsellesa —explicó Sylvia—, y el señor Fallowby aporrea la mesa marcando el compás.
Fallowby sugirió que podían cantar después de cenar, pero su protesta quedó ahogada en el coro resonante:
—¡Aux armes! ¡Formez vos bataillons!
Desfilaron alrededor de la estancia cantando,
—¡Marchons! ¡Marchons!
con todas sus fuerzas, mientras Fallowby, de muy mal talante, aporreaba la mesa, consolándose un tanto con la esperanza de que el ejercicio le abriera aún más el apetito. Hércules, el perro negro y fuego, huyó bajo la cama, desde cuyo refugio soltó ladridos y gemidos hasta que Guernalec lo sacó a rastras y lo acomodó en el regazo de Odile.
—Y ahora —dijo Trent con gravedad una vez que todos estuvieron sentados—, ¡escuchad! —y leyó el menú.
Sopa de ternera a la Siège de Paris.
Pescado. Sardinas a la père Lachaise. (Vino blanco).
Rôti (Vino tinto). Ternera fresca a la sortie.
Verduras. Alubias en conserva a la chasse-pot, Guisantes en conserva Gravelotte, Patatas Irlandaises, Variados.
Carne salada fría a la Thieis, ciruelas estofadas a la Garibaldi.
Postre. Ciruelas pasas, pan blanco, Jalea de grosellas, Té, café, Licores, Pipas y cigarrillos.
Fallowby aplaudió con frenesí y Sylvia sirvió la sopa.
—¿No está deliciosa? —suspiró Odile.
Marie Guernalec saboreó su sopa en éxtasis.
—No se parece en nada al caballo, y me da igual lo que digan: el caballo no sabe a ternera —le susurró Colette a West. Fallowby, que ya había terminado, se acarició la barbilla y clavó los ojos en la sopera.
—¿Quieres un poco más, viejo amigo? —inquirió Trent.
—El señor Fallowby no puede repetir —anunció Sylvia—; esto lo estoy guardando para la portera. —Fallowby desvió de inmediato la mirada hacia el pescado.
Las sardinas, calientes de la parrilla, fueron un éxito rotundo. Mientras los demás comían, Sylvia bajó corriendo con la sopa para la anciana portera y su marido, y cuando regresó deprisa, sonrojada y sin aliento, y se deslizó en su silla con una feliz sonrisa dirigida a Trent, el joven se puso en pie y un silencio reverente se apoderó de la mesa. Por un instante contempló a Sylvia y pensó que jamás la había visto tan hermosa.
—Todos sabéis —comenzó— que hoy es el decimonoveno cumpleaños de mi esposa...
Fallowby, rebosante de entusiasmo, agitó su copa describiendo círculos sobre su cabeza para espanto de Odile y Colette, sus vecinas, y Thorne, West y Guernalec rellenaron sus copas tres veces antes de que amainara la tempestad de aplausos provocada por el brindis a Sylvia.
Tres veces se llenaron y vaciaron las copas por Sylvia, y otra vez más por Trent, quien protestó.
—Esto es una irregularidad —gritó—; ¿no corresponde el siguiente brindis a las repúblicas gemelas, Francia y América?
—¡Por las Repúblicas! ¡Por las Repúblicas! —clamaron, y el brindis se bebió entre gritos de: «¡Vive la France! ¡Vive l’Amérique! ¡Vive la Nation!».
Luego Trent, con una sonrisa hacia West, propuso el brindis: «¡Por una dichosa pareja!», y todos lo comprendieron; Sylvia se inclinó y besó a Colette, mientras Trent hacía una reverencia a West.
La ternera se comió en relativa calma, pero una vez terminada y reservada una porción para los ancianos del piso de abajo, Trent gritó: «¡Bebed por París! ¡Que resurja de sus ruinas y aplaste al invasor!», y los vítores resonaron en la sala, ahogando por un momento el trueno monótono de los cañones prusianos.
Se encendieron pipas y cigarrillos, y Trent escuchó un instante el animado parloteo a su alrededor, salpicado por risotadas de las muchachas o la risa franca y sonora de Fallowby. Luego se volvió hacia West.
—Esta noche va a haber una incursión —dijo—. Vi al cirujano de la Ambulancia Americana justo antes de entrar y me pidió que os hablara. Toda la ayuda que podamos prestarle vendrá de perlas.
Luego, bajando la voz y hablando en inglés, añadió: —En cuanto a mí, saldré con la ambulancia mañana por la mañana. Desde luego no hay peligro alguno, pero vale más no alarmar a Sylvia.
West asintió. Thorne y Guernalec, que lo habían oído, intervinieron ofreciendo su auxilio, y Fallowby se ofreció voluntario con un gemido.
—De acuerdo —dijo Trent con rapidez—; nada más por ahora, pero nos vemos en el cuartel de la Ambulancia mañana a las ocho en punto.
Sylvia y Colette, a quienes comenzaba a inquietar aquella conversación en inglés, exigieron saber de qué estaban hablando.
—¿De qué suele hablar un escultor? —exclamó West echándose a reír.
Odile miró con reproche a Thorne, su prometido.
—Vosotros no sois franceses, que lo sepáis, y esta guerra no es asunto vuestro —declaró Odile con gran dignidad.
Thorne puso cara de mansedumbre, pero West adoptó un aire de virtud ofendida.
—Por lo visto —dijo a Fallowby—, uno no puede debatir las bellezas de la escultura griega en su lengua materna sin ser blanco de abiertas sospechas.
Colette le tapó la boca con la mano y, volviéndose hacia Sylvia, murmuró: —Son unos embusteros insoportables, estos hombres.
—Creo que la palabra «ambulancia» es idéntica en ambos idiomas —dijo con descaro Marie Guernalec—; Sylvia, no te fíes del señor Trent.
—Jack —susurró Sylvia—, prométeme...
Un golpe en la puerta del taller la interrumpió.
—¡Adelante! —gritó Fallowby, pero Trent se levantó de un salto y, abriendo la puerta, miró afuera. Luego, con una apresurada disculpa a los demás, salió al descansillo y cerró la puerta tras de sí.
Cuando regresó, venía refunfuñando.
—¿Qué ocurre, Jack? —exclamó West.
—¿Que qué ocurre? —repitió Trent con furia—. Os diré lo que ocurre. ¡Acabo de recibir un despacho del ministro americano ordenándome que vaya de inmediato a identificar y reclamar, como compatriota y hermano del arte, a un miserable ladrón y espía alemán!
—No vayas —sugirió Fallowby.
—Si no voy, lo fusilarán de inmediato.
—Que lo fusilen —gruñó Thorne.
—¿Sabéis de quién se trata?
—¡Hartman! —gritó West, iluminado.
Sylvia se puso de pie, pálida como un cadáver, pero Odile le pasó el brazo por la cintura y la sostuvo hasta sentarla en una silla, diciendo con calma: —Sylvia se ha mareado... es el calor de la habitación... traed un poco de agua.
Trent la trajo al instante.
Sylvia abrió los ojos y, tras unos momentos, se levantó y, sostenida por Marie Guernalec y Trent, pasó al dormitorio.
Aquello fue la señal de retirada, y todos se acercaron a estrechar la mano de Trent, expresando el deseo de que Sylvia durmiese bien y no fuera nada de cuidado.
Cuando Marie Guernalec se despidió de él, evitó su mirada, pero él le habló con cordialidad y le agradeció su ayuda.
—¿Hay algo que pueda hacer, Jack? —inquirió West rezagándose, y luego bajó corriendo las escaleras para alcanzar a los demás.
Trent se asomó a la barandilla, escuchando sus pasos y sus charlas, hasta que la puerta baja se cerró de golpe y la casa quedó en silencio. Vaciló un instante, escrutando la oscuridad escaleras abajo y mordiéndose los labios; luego, con un ademán de impaciencia: «¡Estoy perdiendo el juicio!», masculló, y encendiendo una vela, entró en el dormitorio. Sylvia yacía sobre la cama. Se inclinó sobre ella, apartándole con suavidad los rizos de la frente.
—¿Te encuentras mejor, querida Sylvia?
Ella no respondió, pero alzó los ojos hacia él. Durante un instante él sostuvo su mirada, mas lo que leyó en aquellos ojos le heló el corazón, y se sentó cubriéndose el rostro con las manos.
Al fin habló ella con una voz mudada y tensa, una voz que él jamás le había oído; Trent dejó caer las manos y escuchó, erguido como una vara en la silla.
—Jack, al fin ha llegado el momento. Lo temía y temblaba... ¡ah, cuántas veces he permanecido despierta en la noche con este peso en el pecho, rogando morir antes de que llegaras a saberlo! Porque te amo, Jack, y si te marchas no podré vivir. Te he engañado; sucedió antes de conocerte, pero desde aquel primer día en que me encontraste llorando en el Luxemburgo y me hablaste, Jack, te he sido fiel en cada pensamiento y en cada acto. Te amé desde el primer instante y no me atreví a confesártelo, por miedo a que te marcharas; y desde entonces mi amor no hizo sino crecer... crecer... y ¡oh, cuánto he sufrido!... pero no me atreví a decírtelo. Y ahora lo sabes, pero aún no sabes lo peor. Por él... ahora... ¿qué me importa? ¡Fue cruel... oh, tan cruel!
Ocultó el rostro entre los brazos.
—¿Debo continuar? ¿Debo decírtelo?... ¿No puedes imaginarlo, oh, Jack?...
Él no se movió; sus ojos parecían sin vida.
—Yo... yo era tan joven, nada sabía de la vida, y él dijo... dijo que me amaba...
Trent se puso en pie y golpeó la vela con el puño cerrado, y la habitación quedó a oscuras.
Las campanas de Saint-Sulpice dieron la hora y ella se incorporó sobresaltada, hablando con fiebre precipitada: —¡Tengo que terminar! Cuando me dijiste que me amabas... tú... no me preguntaste nada; pero entonces, incluso entonces, ya era demasiado tarde, ¡y esa otra vida que me ata a él se interpondrá para siempre entre los dos! Porque hay otro ser a quien él ha reclamado y a quien trata bien. ¡No debe morir... no pueden fusilarlo, por el bien de esa criatura!
Trent permaneció inmóvil, mientras sus pensamientos daban vueltas en un torbellino interminable.
Sylvia, la pequeña Sylvia, que compartía con él su vida de estudiante; que soportaba con él la lúgubre desolación del asedio sin queja alguna; aquella muchacha menuda de ojos azules a quien él quería con tanto sosiego, a quien mimaba o reprendía según el antojo, y que a veces lo impacientaba un punto con su devoción apasionada hacia él... ¿podía ser acaso la misma Sylvia que yacía sollozando allí en la oscuridad?
Apretó los dientes con fuerza. «¡Que muera! ¡Que muera!», pero luego... por el bien de Sylvia, y... por el bien de aquella otra criatura... Sí, iría; tenía que ir; su deber se alzaba diáfano ante él. Pero Sylvia... ya no podría ser para ella lo que había sido, y sin embargo un vago terror lo invadió ahora que todo estaba dicho. Temblando, encendió una cerilla.
Ella yacía allí, con el cabello rizado revuelto sobre el rostro y sus pequeñas manos blancas apretadas contra el pecho.
No podía dejarla, y no podía quedarse. Jamás hasta ese instante había sabido cuánto la amaba. No había sido más que una compañera, aquella muchachita que era su esposa. ¡Ah! Ahora la amaba con toda su alma y con todo su corazón, y solo venía a saberlo cuando ya era demasiado tarde. ¿Demasiado tarde? ¿Por qué? Entonces pensó en aquel otro ser que la ataba, encadenándola para siempre a aquella alimaña cuya vida corría peligro. Con una maldición se abalanzó hacia la puerta, pero la puerta no se abrió... ¿o fue que él mismo la empujó de nuevo hacia atrás, la cerró con llave y se arrojó de rodillas junto al lecho, sabiendo que por nada del mundo se atrevería a abandonar lo que constituía todo cuanto poseía en la vida?
Fin del Episodio 24 · de 39
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