Capítulo II · 9
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West, de pie en el umbral de una casa de la Rue Serpente, hablaba con enojo. Decía que le importaba un bledo que a Hartman le gustase o no; se lo estaba notificando, no discutiéndolo con él.
—¡Y te llamas a ti mismo americano! —se mofó—. Berlín y los infiernos están atestados de esa clase de americanos. Vienes a merodear alrededor de Colette con los bolsillos atiborrados de pan blanco y ternera, y una botella de vino de treinta francos, ¡y en verdad no eres capaz de dar un miserable dólar a la Ambulancia Americana ni a la Asistencia Pública, lo cual sí hace Braith, y eso que está medio muerto de hambre!
Hartman retrocedió hacia el bordillo, pero West lo siguió con el semblante como una nube de tormenta: —No te atrevas a llamarte compatriota mío —gruñó—; ¡no, ni tampoco artista! ¡Los artistas no se meten como gusanos al servicio de la Defensa Pública, donde no hacen más que cebarse como ratas de los víveres del pueblo! Y te diré algo más —prosiguió bajando la voz, pues Hartman se había sobresaltado cual si lo hubiesen picado—: más te valdría mantenerte lejos de esa cervecería alsaciana y de los ladrones de rostro relamido que la frecuentan. ¡Ya sabes qué hacen con los sospechosos!
—¡Mientes, perro sarnoso! —chilló Hartman, y arrojó la botella que sostenía en la mano en derechura al rostro de West. West lo aferró de la garganta en un segundo y, estrellándolo contra la pared ciega, lo sacudió con saña.
—Ahora escúchame bien —masculló entre dientes apretados—. Ya eres sospechoso, y... ¡te juro que creo que eres un espía a sueldo! No es asunto mío andar cazando semejante alimaña, y no tengo intención de denunciarte, ¡pero entiende esto! A Colette no le agradas y yo no puedo ni verte, y si vuelvo a pillarte en esta calle te las haré pasar moradas. ¡Lárgate de aquí, prusiano relamido!
Hartman se las había ingeniado para sacar un cuchillo del bolsillo, pero West se lo arrebató y lo arrojó a la cuneta. Un pilluelo que había presenciado la escena soltó una carcajada estridente, que resonó áspera en la calle silenciosa. Entonces por doquier se alzaron ventanas y asomaron hileras de rostros demacrados, exigiendo saber por qué se reía la gente en una ciudad hambrienta.
—¿Acaso es una victoria? —murmuró uno.
—Mira eso —gritó West mientras Hartman se levantaba del pavimento—; ¡mira, avaro!, ¡mira esos semblantes! Pero Hartman le dirigió una mirada que jamás olvidaría y se marchó sin decir palabra. Trent, que apareció de súbito en la esquina, miró con curiosidad a West, quien se limitó a señalar con la cabeza hacia su puerta diciendo: —Entra; Fallowby está arriba.
—¿Qué haces con ese cuchillo? —inquirió Fallowby, al entrar él y Trent en el taller.
West se miró la mano herida, que aún empuñaba el arma, pero diciendo: «Me corté por accidente», la arrojó a un rincón y se lavó la sangre de los dedos.
Fallowby, gordo y perezoso, lo observaba sin hacer comentarios, pero Trent, intuyendo a medias el cariz de las cosas, se acercó a Fallowby sonriendo.
—¡Tengo unas cuentas que ajustar contigo! —dijo.
—¿Dónde están? Tengo hambre —repuso Fallowby con fingida avidez, pero Trent, frunciendo el ceño, le ordenó que escuchara.
—¿Cuánto te anticipé hace una semana?
—Trescientos ochenta francos —respondió el otro, con un mohín de arrepentimiento.
—¿Dónde están?
Fallowby comenzó una serie de explicaciones enrevesadas, que no tardaron en ser atajadas por Trent:
—Ya lo sé: te los fundiste; siempre te los fundes. Me importa un ardite lo que hacías antes del asedio: sé que eres rico y que tienes derecho a disponer de tu dinero como te plazca, y sé también que, por lo común, no es asunto de mi incumbencia. Pero ahora sí es asunto mío, ya que tengo que suministrar los fondos hasta que consigas más, lo cual no ocurrirá hasta que el asedio termine de un modo o de otro. Deseo compartir lo que tengo, pero no veré cómo lo arrojas por la ventana. ¡Oh, sí!, desde luego sé que me lo reembolsarás, pero esa no es la cuestión; y, de todos modos, es opinión de tus amigos, muchacho, que no te vendrá mal un poco de abstinencia de placeres carnales. ¡Eres un auténtico fenómeno en esta maldita ciudad de esqueletos famélicos!
—Es verdad que estoy algo gordo —admitió.
—¿Es cierto que te has quedado sin blanca? —inquirió Trent.
—Sí, así es —suspiró el otro.
—Aquel cochinillo asado de la Rue St. Honoré... ¿sigue allí todavía? —continuó Trent.
—¿Cóm... qué? —balbuceó el desvalido.
—¡Ajá, ya me lo figuraba! ¡Te pillé en éxtasis ante ese lechón al menos una docena de veces!
Luego, riendo, entregó a Fallowby un fajo de monedas de veinte francos diciendo: «Si esto se va en caprichos tendrás que alimentarte de tus propias carnes», y se acercó a ayudar a West, que estaba sentado junto a la jofaina vendándose la mano.
West dejó que le atara el nudo y luego dijo: —¿Recuerdas ayer, cuando os dejé a ti y a Braith para llevarle el pollo a Colette?
—¡Pollo! ¡Santo cielo! —gimió Fallowby.
—Pollo —repitió West, saboreando el pesar de Fallowby—; yo... es decir, debo explicar que las cosas han cambiado. Colette y yo... nos vamos a casar...
—¿Y... y qué hay del pollo? —se lamentó Fallowby.
—¡Cállate! —rió Trent y, pasando el brazo por el de West, se dirigió a la escalera.
—La pobre criatura —dijo West—; figúrate, ni una astilla de leña en una semana y no me lo decía porque creía que yo la necesitaba para mi figura de arcilla. ¡Vaya! Cuando me enteré, hice añicos aquella ninfa de barro sonriente, ¡y que lo demás se congele y se vaya al diablo! —Al cabo de un momento añadió con timidez—: ¿No pasarás al bajar a darle las buenas noches? Es el número 17.
—Sí —dijo Trent, y salió cerrando suavemente la puerta tras de sí.
Se detuvo en el tercer rellano, encendió una cerilla, examinó los números sobre la fila de puertas deslucidas y llamó al número 17.
—¿C’est toi, Georges? —La puerta se abrió.
—¡Oh, perdón, señor Jack!, creí que era el señor West —luego, ruborizándose furiosamente—: ¡Oh, ya veo que se ha enterado! ¡Muchas gracias por sus felicitaciones!, y estoy segura de que nos queremos mucho... y me muero por ver a Sylvia y contárselo y...
—¿Y qué? —rió Trent.
—Soy muy dichosa —suspiró ella.
—Es oro puro —respondió Trent, y luego con animación—: Quiero que tú y George vengáis a cenar con nosotros esta noche. Es una pequeña celebración: verás, mañana es el santo de Sylvia. Cumplirá diecinueve años. Le he escrito a Thorne, y los Guernalec vendrán con su prima Odile. Fallowby se ha comprometido a no traer a nadie más que a sí mismo.
La joven aceptó con timidez, encomendándole una montaña de recados cariñosos para Sylvia, y él se despidió.
Echó a andar calle arriba con paso veloz, pues hacía un frío espantoso, y atajando por la Rue de la Lune desembocó en la Rue de Seine. La temprana noche invernal había caído casi sin aviso, pero el cielo estaba despejado y miríadas de estrellas titilaban en el firmamento. El bombardeo se había vuelto furioso: un tronar continuo y rodante de los cañones prusianos salpicado por los pesados estampidos del Mont-Valérien.
Los proyectiles cruzaban el firmamento dejando estelas como estrellas fugaces, y ahora, al volverse a mirar atrás, bengalas azules y rojas brillaban sobre el horizonte desde el Fuerte de Issy, y la Fortaleza del Norte ardía como una fogata.
—¡Buenas noticias! —gritó un hombre por el bulevar Saint-Germain. Como por arte de magia las calles se llenaron de gente... gente aterida y parlanchina de ojos hundidos.
—¡Jacques! —gritó uno—. ¡El Ejército del Loira!
—¡Eh, viejo amigo, ha llegado al fin! ¡Te lo dije! ¡Te lo dije! Mañana... esta noche... ¿quién sabe?
—¿Es verdad? ¿Es una salida del ejército?
Alguien dijo: «¡Oh, Dios mío!, ¿una salida?... ¿y mi hijo?». Otro gritó: «¿Hacia el Sena? Dicen que se divisan las señales del Ejército del Loira desde el Pont Neuf».
Había un chiquillo de pie cerca de Trent que no cesaba de repetir: «Mamá, mamá, ¿entonces mañana comeremos pan blanco?», y a su lado, un anciano que se tambaleaba y tropezaba, apretándose las manos secas contra el pecho, murmurando como si hubiese perdido el juicio.
«¿Será verdad? ¿Quién ha oído la noticia? El zapatero de la Rue de Buci la oyó de un guardia móvil que había escuchado a un tirador voluntario repetírsela a un capitán de la Guardia Nacional».
Trent siguió a la multitud que afluía por la Rue de Seine hacia el río.
Cohete tras cohete hendía el cielo y ahora, desde Montmartre, los cañones retumbaban, y las baterías de Montparnasse se sumaban con estrépito. El puente estaba atestado de gente.
Trent preguntó: —¿Quién ha visto las señales del Ejército del Loira?
—Estamos aguardándolas —fue la respuesta.
Miró hacia el norte. De pronto la descomunal silueta del Arco de Triunfo se recortó en negro contra el destello de un cañón. El estampido del disparo rodó a lo largo del muelle y el viejo puente vibró.
De nuevo, hacia el Point-du-Jour, un destello y una detonación formidable sacudieron el puente, y luego todo el bastión oriental de las fortificaciones llameó y crepitó, arrojando una llamarada roja al firmamento.
—¿Ha visto alguien las señales ya? —volvió a preguntar.
—Estamos esperando —fue la respuesta.
—Sí, esperando —murmuró un hombre a sus espaldas—; esperando, enfermos, famélicos, ateridos, pero esperando. ¿Es una salida? Acuden gozosos. ¿Es pasar hambre? Pasan hambre. No tienen tiempo para pensar en rendirse. ¿Acaso no son héroes, estos parisinos? ¡Respóndeme, Trent!
El cirujano de la Ambulancia Americana se dio media vuelta y escudriñó los parapetos del puente.
—¿Alguna novedad, doctor? —preguntó Trent maquinalmente.
—¿Novedades? —dijo el médico—. No sé ninguna; no tengo tiempo de saber nada. ¿Qué busca esta gente?
—Dicen que el Ejército del Loira ha hecho señales al Mont-Valérien.
—Pobres diablos —el doctor miró a su alrededor un instante y luego añadió—: Estoy tan agobiado y preocupado que no sé qué hacer. Tras la última salida tuvimos el trabajo de cincuenta ambulancias sobre nuestro pobre y menudo cuerpo. Mañana hay otra salida y desearía que vosotros pudieseis acercaros al cuartel general. Podríamos necesitar voluntarios. ¿Cómo sigue madame? —añadió de improviso.
—Bien —respondió Trent—, pero parece ponerse más nerviosa cada día. Debería estar con ella ahora.
—Cuídala bien —dijo el médico, y tras una mirada penetrante a la muchedumbre—: No puedo detenerme ahora... ¡buenas noches! —y se alejó apresurado murmurando—: ¡Pobres diablos!
Trent se apoyó en el pretil y parpadeó ante el río negro que bramaba a través de los arcos. Bultos oscuros, arrastrados velozmente sobre el lomo de la corriente, chocaban con un rechinido desgarrador contra los pilares de piedra, giraban en redondo por un segundo y se alejaban a toda prisa en la oscuridad. El hielo procedente del Marne.
Mientras permanecía contemplando el agua, una mano se posó sobre su hombro. —¡Hola, Southwark! —exclamó, volviéndose—. ¡Vaya sitio extraño para encontrarte!
—Trent, tengo algo que decirte. No te quedes aquí... no creas en el Ejército del Loira —y el agregado de la Legación Americana pasó su brazo por el de Trent y lo condujo hacia el Louvre.
—¡Entonces es otra patraña! —dijo Trent con amargura.
—Peor... lo sabemos en la Legación... no puedo hablar de ello. Pero no es eso lo que tengo que decirte. Algo ocurrió esta tarde. Se hizo un registro en la cervecería alsaciana y han detenido a un americano llamado Hartman. ¿Lo conoces?
—Conozco a un alemán que se hace llamar americano: su nombre es Hartman.
—Pues bien, lo arrestaron hace unas dos horas. Piensan fusilarlo.
—¡Cómo!
—Por supuesto, en la Legación no podemos consentir que lo fusilen sin más, pero las pruebas parecen concluyentes.
—¿Es un espía?
—Bien, los papeles incautados en sus habitaciones son pruebas bastante condenatorias y, además, lo pescaron, según dicen, defraudando al Comité Público de Alimentación. Retiraba raciones para cincuenta; cómo lo hacía, no lo sé. Asegura ser un pintor americano establecido aquí, y nos hemos visto obligados a tomar cartas en el asunto desde la Legación. Es un asunto sucio.
—Defraudar al pueblo en semejante trance es peor que robar el cepillo de los pobres —exclamó Trent con indignación—. ¡Que lo fusilen!
—Es ciudadano americano.
—Sí, ¡oh, sí! —dijo el otro con amargura—. La ciudadanía americana es un preciado privilegio cuando cualquier alemán de ojos saltones... —la cólera lo ahogó.
Southwark le estrechó la mano con calor: —No hay remedio, tenemos que hacernos cargo de la carroña. Temo que puedan llamarte para identificarlo como pintor americano —dijo con la sombra de una sonrisa en su rostro surcado de arrugas; y se alejó por el Cours la Reine.
Trent soltó una maldición entre dientes por un momento y luego extrajo su reloj. Las siete en punto. «Sylvia estará angustiada», pensó, y regresó presuroso hacia el río. La muchedumbre seguía apiñada y aterida sobre el puente, una sombría y lastimosa congregación que escudriñaba la noche en busca de las señales del Ejército del Loira; y sus corazones latían al compás del cañoneo, sus ojos se encendían con cada fogonazo de los bastiones y la esperanza renacía con los cohetes que ascendían al cielo.
Una nube negra pendía sobre las fortificaciones. De horizonte a horizonte el humo de los cañones se extendía en franjas ondulantes, ora coronando de nubes las agujas y cúpulas, ora flotando en jirones a lo largo de las calles, ora descendiendo de los tejados para envolver muelles, puentes y río en una niebla sulfurosa. Y a través del fúnebre velo de humo jugaban los relámpagos de la artillería, mientras de cuando en cuando una grieta en lo alto revelaba una bóveda negra e insondable sembrada de estrellas.
Dobló de nuevo hacia la Rue de Seine, aquella calle triste y abandonada con sus hileras de postigos cerrados y sus desoladas filas de faroles apagados. Estaba un tanto inquieto y deseó en un par de ocasiones llevar un revólver, pero las siluetas escurridizas que se cruzaban con él en la oscuridad estaban demasiado débiles por el hambre para resultar peligrosas, pensó, y continuó sin ser molestado hasta su portal. Pero allí alguien saltó sobre su garganta. Rodó una y otra vez por el helado pavimento trabado con su agresor, tironeando del lazo que le oprimía el cuello, y luego, con un violento tirón, se puso en pie de un salto.
—¡Levántate! —le gritó al otro.
Lenta y deliberadamente, un pequeño pilluelo se levantó de la cuneta y examinó a Trent con desagrado.
—¡Una jugarreta bien limpia! —dijo Trent—; ¡un galopín de tu edad! ¡Acabarás contra una tapia! ¡Dame esa cuerda!
El muchachuelo le entregó el lazo sin pronunciar palabra.
Trent encendió una cerilla y miró a su agresor. Era el cazador de ratas del día anterior.
—¡Ajá! Ya me lo figuraba —murmuró.
—Tiens, c’est toi? —dijo el pilluelo con tranquilidad.
La insolencia, la pasmosa audacia del golfillo dejaron a Trent sin respiración.
—¿Sabes tú, joven estrangulador —jadeó—, que fusilan a los ladrones de tu edad?
El chiquillo volvió hacia Trent un rostro impasible: —Fusile, pues.
Aquello fue demasiado, y él dio media vuelta y entró en su casa.
Subiendo a tientas por la escalera a oscuras, alcanzó al fin su rellano y buscó la puerta en la penumbra. De su taller llegaba el rumor de voces, la risa franca de West y la risita ahogada de Fallowby; y al fin encontró el picaporte y, empujando la hoja, permaneció un momento aturdido por la claridad.
Fin del Episodio 23 · de 39
Capítulo II · 9
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