Capítulo I · 7
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La habitación estaba ya a oscuras. Los altos tejados de enfrente cortaban lo poco que restaba de la luz diurna de diciembre. La joven acercó su silla a la ventana y, eligiendo una aguja grande, la enhebró, anudando el hilo con los dedos. Luego alisó la prenda de bebé sobre sus rodillas y, agachándose, cortó el hilo con los dientes y extrajo la aguja más fina de donde descansaba en el dobladillo. Una vez que hubo sacudido las hebras sueltas y los pedacitos de encaje, volvió a tenderla sobre sus rodillas con ademán cariñoso. Luego retiró la aguja enhebrada de su corpiño y la pasó por un botón, pero al deslizarse el botón por el hilo, su mano vaciló, la hebra se quebró y el botón rodó por el suelo. Ella alzó la cabeza. Sus ojos estaban fijos en una franja de menguante claridad sobre las chimeneas. De algún rincón de la ciudad llegaban ruidos como un redoble lejano de tambores y, más allá, mucho más allá, un vago murmullo, ora creciendo, hinchándose, retumbando en la distancia cual batir de oleaje sobre los peñascos, ora como el oleaje de nuevo, retirándose, gruñendo, amenazador. El frío se había vuelto glacial, un frío mordaz y penetrante que forzaba y crujía en vigas y maderos, y que trocaba en pedernal el fango derretido de ayer. De la calle abajo cada rumor sonaba seco y metálico: el golpeteo de zuecos, el chirrido de postigos o el insólito rumor de una voz humana. El aire era denso, aplastado bajo el frío negro como bajo un sudario. Respirar dolía; moverse exigía un esfuerzo.
En el cielo desolado había algo que abrumaba; en los densos nubarrones, algo que sumía en la pesadumbre. Penetraba en la gélida ciudad hendida por el río helado, la soberbia urbe con sus torres y cúpulas, sus muelles y puentes y sus mil agujas. Se adentraba en las plazas, se adueñaba de las avenidas y de los palacios, cruzaba sigilosa los puentes y se arrastraba por las estrechas callejuelas del Barrio Latino, grises bajo el cielo gris de diciembre. Tristeza, infinita tristeza. Caía una fina aguanieve helada, empolvando el pavimento con un diminuto polvo cristalino. Se filtraba contra los cristales y se acumulaba en montoncitos a lo largo del alféizar. La luz en la ventana casi había fenecido y la joven se inclinó muy baja sobre su labor. Al poco alzó la cabeza, apartándose los rizos de los ojos:
—¿Jack?
—¿Querida mía?
—No olvides limpiar tu paleta.
Él contestó: «De acuerdo», y recogiendo la paleta se sentó en el suelo ante la estufa. Su cabeza y sus hombros quedaban en la sombra, mas el resplandor del fuego caía sobre sus rodillas y brillaba rojo en la hoja de la espátula. En pleno resplandor de la lumbre, a su lado, descansaba una caja de óleos. En la tapa estaba grabado:
+————————————-+ | J. TRENT. | | École des Beaux Arts. | | 1870. | +————————————-+
Esta inscripción estaba adornada con una bandera americana y otra francesa.
La aguanieve azotaba los cristales de la ventana cubriéndolos de estrellas y rombos, y luego, derritiéndose por el aire más tibio del interior, resbalaba y volvía a helarse en trazos semejantes a frondas de helecho.
Un perro gimoteó y el pataleo de menudas patas sonó sobre la chapa de zinc detrás de la estufa.
—Jack, querido, ¿crees que Hércules tiene hambre?
El pataleo de las patas se redobló detrás de la estufa.
—Está gimiendo —continuó ella con nerviosismo—, y si no es porque tiene hambre, es porque...
Su voz vaciló. Un zumbido potente llenó el aire; los cristales vibraron.
—¡Oh, Jack! —exclamó ella—, otro... —pero su voz quedó ahogada en el alarido de un proyectil que hendía las nubes por encima de sus cabezas.
—Ese ha sido el más cercano hasta ahora —murmuró ella.
—¡Oh, no! —respondió él con jovialidad—; probablemente cayó por allá, cerca de Montmartre —y como ella no respondiese, añadió con fingida indiferencia—: No se tomarían la molestia de disparar contra el Barrio Latino; en cualquier caso, no tienen una batería que pueda hacerle daño.
Al cabo de un rato ella habló con tono animado: —Jack, querido, ¿cuándo me llevarás a ver las esculturas del señor West?
—Apuesto —dijo él, arrojando la paleta y acercándose a la ventana a su lado— a que Colette ha estado hoy aquí.
—¿Por qué? —preguntó ella, abriendo unos ojos muy grandes. Luego—: ¡Oh, qué fastidio!... ¡de veras, los hombres resultan tan cansinos cuando creen saberlo todo! Y te advierto que si el señor West es tan vanidoso como para imaginar que Colette...
Desde el norte otro obús llegó silbando y vibrando por el firmamento, cruzando por encima de ellos con un chirrido prolongado que dejó temblando las ventanas.
—Ese —soltó él— estuvo demasiado cerca para estar tranquilos.
Permanecieron en silencio un rato; luego él volvió a hablar jovialmente: —Continúa, Sylvia, y fulmina al pobre West. Pero ella solo suspiró: —¡Ay!, parece que jamás lograré acostumbrarme a los proyectiles.
Él se sentó en el brazo del sillón a su lado.
Las tijeras de ella cayeron tintineando al suelo; arrojó el vestidito inacabado tras ellas y, echándole ambos brazos al cuello, lo atrajo hacia su regazo.
—No salgas esta noche, Jack.
Él besó su rostro alzado: —Sabes que debo hacerlo; no me lo hagas difícil.
—Pero cuando oigo los cañonazos y... y sé que estás fuera en la ciudad...
—Pero si todos caen en Montmartre...
—Bien pueden caer en las Bellas Artes; tú mismo dijiste que dos impactaron en el Quai d’Orsay...
—Mero accidente...
—¡Jack, ten piedad de mí! ¡Llévame contigo!
—¿Y quién se quedará a preparar la cena?
Ella se levantó y se arrojó sobre la cama:
—¡Oh, no logro acostumbrarme!, y sé que debes ir, pero te suplico que no tardes para cenar. ¡Si supieras lo que sufro! Yo... no puedo evitarlo, y debes tenerme paciencia, cariño.
Él dijo: —Allí se está tan seguro como en nuestra propia casa.
Ella lo observó llenar para ella la lámpara de alcohol, y cuando él la encendió y tomó su sombrero para partir, ella se levantó de un salto y se aferró a él en silencio. Al cabo de un instante él dijo: «Vamos, Sylvia, recuerda que mi valor se sostiene con el tuyo. ¡Ea, debo marcharme!». Ella no se movió, y él repitió: «Debo marcharme». Entonces ella dio un paso atrás y él creyó que iba a hablar y aguardó, pero solo lo miró, y, un tanto impaciente, él la besó de nuevo diciendo: «No te preocupes, amada mía».
Cuando hubo alcanzado el último tramo de escaleras camino de la calle, una mujer salió renqueando de la portería agitando una carta y gritando: «¡Señor Jack! ¡Señor Jack! ¡Esto lo dejó el señor Fallowby!».
Él tomó la carta y, apoyándose en el umbral de la portería, la leyó:
«Querido Jack:
»Creo que Braith está sin un céntimo y estoy seguro de que Fallowby también. Braith jura que no, y Fallowby jura que sí, de modo que puedes sacar tus propias conclusiones. Tengo un plan para conseguir una cena, y si funciona, os incluiré a vosotros.
»Tuyo afectísimo, West.
»P. D.: Fallowby ha dado de lado a Hartman y a su pandilla, ¡alabado sea Dios! Hay algo podrido ahí, o acaso sea tan solo un avaro.
»P. P. D.: Estoy más perdidamente enamorado que nunca, pero tengo la certeza de que a ella no le importo un bledo».
—De acuerdo —dijo Trent con una sonrisa a la portera—; pero dígame, ¿cómo sigue papá Cottard?
La anciana sacudió la cabeza y señaló hacia el lecho con cortinas en la portería.
—¡Père Cottard! —gritó él jovialmente—, ¿cómo va esa herida hoy?
Se acercó a la cama y descorrió las cortinas. Un anciano yacía entre las sábanas revueltas.
—¿Mejor? —sonrió Trent.
—Mejor —repitió el anciano con fatiga; y, tras una pausa—: ¿Tiene alguna noticia, señor Jack?
—No he salido hoy. Le traeré cualquier rumor que escuche, aunque a fe mía que ya tengo bastante de rumores —murmuró para sí. Luego en voz alta—: Ánimo; tiene mejor aspecto.
—¿Y la salida militar?
—¡Oh, la salida!... es para esta semana. El general Trochu cursó órdenes anoche.
—Será espantoso.
«Será nauseabundo —pensó Trent al salir a la calle y torcer la esquina hacia la Rue de Seine—; ¡matanza, pura matanza, puaj! Menos mal que yo no voy».
La calle estaba casi desierta. Unas pocas mujeres envueltas en raídas capas militares avanzaban sigilosas por el pavimento helado, y un pilluelo miserablemente abrigado rondaba sobre el sumidero en la esquina del bulevar. Una cuerda alrededor de la cintura mantenía unidos sus harapos. De la cuerda colgaba una rata, tibia aún y sangrante.
—¡Hay otra ahí dentro! —le gritó a Trent—. Le aticé pero se me escapó.
Trent cruzó la calle y preguntó: —¿Cuánto pides?
—Dos francos por un cuarto de una gorda; eso es lo que dan en el Mercado de Saint-Germain.
Un violento acceso de tos lo interrumpió, pero se limpió la cara con la palma de la mano y miró con picardía a Trent.
—La semana pasada se podía comprar una rata por seis francos, pero —y aquí soltó una indecente blasfemia— las ratas han abandonado la Rue de Seine y ahora las cazan cerca del nuevo hospital. Te dejaré esta por siete francos; puedo venderla por diez en la Île Saint-Louis.
—Mientes —dijo Trent—; y déjame advertirte que si intentas estafar a alguien en este barrio, la gente no tardará en despacharte a ti y a tus ratas.
Permaneció un momento contemplando al pilluelo, que fingía lloriquear. Luego le arrojó un franco riendo. El muchacho lo atrapó al vuelo y, metiéndoselo en la boca, dio media vuelta hacia el hueco de la alcantarilla. Por un segundo permaneció agazapado, inmóvil, alerta, con los ojos en los barrotes del sumidero; luego, saltando hacia adelante, arrojó una piedra a la cuneta, y Trent lo dejó rematando a una feroz rata gris que se retorcía chillando en la boca del alcantarillado.
«Pensar que Braith podría verse en esas —pensó—; pobre muchacho»; y apresurando el paso torció hacia el sucio pasaje de las Bellas Artes y entró en el tercer portal a la izquierda.
—El señorito está en casa —dijo con voz temblorosa el anciano conserje.
¿En casa? Una buhardilla absolutamente vacía, a excepción del camastro de hierro en el rincón y la jofaina y el jarro de hierro sobre el suelo.
West apareció en la puerta, guiñando un ojo con gran misterio, e hizo una seña a Trent para que entrase. Braith, que pintaba en la cama para mantenerse caliente, alzó la vista, rió y estrechó su mano.
—¿Alguna noticia?
La rutinaria pregunta fue respondida como de costumbre con un: —Nada salvo el cañón.
Trent se sentó en el camastro.
—¿De dónde diablos sacasteis eso? —inquirió, señalando medio pollo asado que reposaba en un lavamanos.
West sonrió de oreja a oreja.
—¿Acaso sois millonarios vosotros dos? Desembuchad.
Braith, con aire avergonzado, comenzó: —¡Oh, es una de las hazañas de West! Pero fue atajado por West, quien aseguró que él mismo relataría la historia.
—Verás, antes del asedio yo tenía una carta de presentación para un personaje de aquí, un banquero gordo, de la variedad germano-estadounidense. Ya conoces la especie, ya veo. Pues bien, por supuesto olvidé presentar la carta, pero esta mañana, estimando que era una ocasión propicia, fui a visitarlo.
»El bribón vive a cuerpo de rey: ¡con chimeneas encendidas, muchacho!, ¡fuegos en las antecámaras! El botones finalmente se digna subir mi carta y mi tarjeta, dejándome de pie en el vestíbulo, cosa que no me agradó; de modo que entré en la primera estancia que vi y casi me desmayo ante la vista de un banquete sobre una mesa junto a la lumbre. Baja el botones, sumamente insolente: No, ¡oh, no!, su amo «no está en casa, y de hecho está demasiado ocupado para recibir cartas de presentación en este momento; el asedio y tantas dificultades mercantiles...».
»Le arreo una patada al botones, tomo este pollo de la mesa, arrojo mi tarjeta sobre el plato vacío y, llamando al botones cierta especie de cerdo prusiano, salgo con los honores de la guerra.
Trent sacudió la cabeza.
—Olvidé decir que Hartman cena a menudo allí, y yo saco mis propias conclusiones —continuó West—. Ahora, sobre este pollo: la mitad es para Braith y para mí, y la otra mitad para Colette; pero por supuesto tú me ayudarás a comer mi parte porque yo no tengo hambre.
—Yo tampoco —comenzó Braith; pero Trent, con una sonrisa ante los rostros demacrados ante él, sacudió la cabeza diciendo: «¡Qué tontería! ¡Bien sabéis que jamás tengo hambre!».
West vaciló, enrojeció y luego, cortando la porción de Braith sin probar bocado él mismo, dio las buenas noches y salió a toda prisa hacia el número 470 de la Rue Serpente, donde residía una linda muchacha llamada Colette, huérfana tras Sedán; y solo el cielo sabía de dónde sacaba las rosas de sus mejillas, pues el asedio apretaba duro a los humildes.
—Ese pollo la deleitará, pero de veras creo que ella está enamorada de West —dijo Trent. Luego, acercándose al lecho—: Escucha, muchacho, nada de rodeos, ¿cuánto te queda?
El otro titubeó y se sonrojó.
—Vamos, viejo amigo —insistió Trent.
Braith sacó una faltriquera de debajo de su almohada y se la entregó a su amigo con una sencillez que lo conmovió.
—Siete sueldos —contó él—; ¡me tienes harto! ¿Por qué demonios no vienes a mí? ¡Me sienta maldita la gracia, Braith! ¿Cuántas veces habré de repetir lo mismo y explicarte que porque tengo dinero es mi deber compartirlo, y tu deber y el de todo americano compartirlo conmigo? ¡No puedes recibir un céntimo, la ciudad está sitiada y el ministro americano tiene las manos llenas con toda la chusma alemana y el diablo sabe qué! ¿Por qué no obras con sensatez?
—Lo... lo haré, Trent, pero es una obligación que quizá jamás pueda devolverte ni en parte; soy pobre y...
—¡Por supuesto que me pagarás! Si fuera un usurero aceptaría tu talento como fianza. Cuando seas rico y célebre...
—Basta, Trent...
—De acuerdo, pero nada de más tonterías.
Deslizó una docena de monedas de oro en la faltriquera y, acomodándola de nuevo bajo el jergón, sonrió a Braith.
—¿Cuántos años tienes? —inquirió.
—Dieciséis.
Trent posó la mano ligeramente en el hombro de su amigo: —Yo tengo veintidós, y tengo los derechos de un abuelo en lo que a ti respecta. Harás lo que yo diga hasta que cumplas los veintiuno.
—El asedio habrá terminado para entonces, confío —dijo Braith, intentando reír; pero la plegaria en sus corazones: «¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?», fue respondida por el veloz silbido de un proyectil que se remontaba entre las nubes tempestuosas de aquella noche de diciembre.
Fin del Episodio 22 · de 39
Capítulo I · 7
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