El Rey de Amarillo·Episodio 20

Capítulo I · 6

~5 min · 1095 palabras

El animal se detuvo en el umbral, interrogativo, alerta, dispuesto a la huida si fuese preciso. Severn soltó la paleta y le tendió una mano de bienvenida. La gata permaneció inmóvil, con sus ojos amarillos clavados en Severn.

—Minina —dijo él, con su voz baja y agradable—, entra.

La punta de su delgada cola se movió con incertidumbre.

—Entra —repitió él.

Por lo visto halló su voz tranquilizadora, pues se posó despacio sobre las cuatro patas, con los ojos aún clavados en él y la cola recogida bajo sus flancos enjutos.

Él se levantó del caballete sonriendo. Ella lo observó con calma, y cuando él caminó hacia ella lo vio inclinarse sobre su lomo sin pestañear; sus ojos siguieron su mano hasta que rozó su cabeza. Entonces emitió un maullido desgarrado.

Hacía mucho que Severn tenía por costumbre conversar con los animales, probablemente porque vivía tan solitario; y ahora dijo: —¿Qué te ocurre, minina?

Sus ojos tímidos buscaron los suyos.

—Ya comprendo —dijo con dulzura—; lo tendrás de inmediato.

Moviéndose entonces con sigilo, se ocupó en los deberes de anfitrión: enjuagó un platillo, lo llenó con el resto de la leche de la botella en el alféizar de la ventana y, arrodillándose, desmigajó un panecillo en el hueco de su mano.

El animal se levantó y avanzó sigiloso hacia el platillo.

Con el mango de una espátula removió las migas y la leche y dio un paso atrás mientras ella hundía el morro en el condumio. La observó en silencio. De cuando en cuando el platillo tintineaba sobre el suelo embaldosado mientras ella alcanzaba algún bocado del borde; y al cabo el pan se terminó del todo y su lengua morada recorrió cada rincón no lamido hasta que el platillo relució como mármol pulimentado. Luego se sentó y, volviéndole fríamente la espalda, inició sus abluciones.

—Sigue así —dijo Severn, muy interesado—; te hace falta.

Ella aplastó una oreja, pero ni se volvió ni interrumpió su aseo. A medida que la mugre se desvanecía lentamente, Severn advirtió que la naturaleza la había destinado a ser una gata blanca. Su pelaje había desaparecido a rodales, por enfermedad o por los azares de la guerra, su cola era huesuda y su espinazo afilado. Pero los encantos que poseía se hacían evidentes bajo el vigoroso lameteo, y él aguardó a que concluyese antes de reanudar la plática. Cuando al fin cerró los ojos y recogió las garras delanteras bajo el pecho, él comenzó de nuevo con gran suavidad: —Minina, cuéntame tus penas.

Al son de su voz ella prorrumpió en un ronco traqueteo que él reconoció como un conato de ronroneo. Se inclinó para frotarle la mejilla y ella maulló de nuevo, un maullido afable, inquisitivo y breve, al cual él respondió: —Ciertamente, has mejorado en gran manera, y cuando recobres tu plumaje serás un pájaro primoroso. Sumamente halagada, ella se puso en pie y marchó una y otra vez alrededor de sus piernas, frotando la cabeza entre ellas y emitiendo comentarios complacidos, a los que él correspondía con grave cortesía.

—Y ahora, ¿qué te trajo aquí? —dijo—; ¿aquí a la Calle de los Cuatro Vientos, y cinco pisos arriba hasta la misma puerta donde serías bien acogida? ¿Qué fue lo que impidió tu meditada huida cuando me aparté del lienzo para toparme con tus ojos amarillos? ¿Acaso eres una gata del Barrio Latino como yo soy un hombre del Barrio Latino? ¿Y por qué llevas una liga de flores de color de rosa abrochada al cuello? La gata se había encaramado a su regazo y ahora descansaba ronroneando mientras él le pasaba la mano por el enjuto pelaje.

—Perdóname —prosiguió en tonos perezosos y tranquilizadores, acordes con su ronroneo— si parezco indiscreto, pero no puedo evitar cavilar sobre esta liga de color de rosa, floreada con tanta gracia y asegurada con una hebilla de plata. Porque la hebilla es de plata; alcanzo a ver el contraste del cuño en el borde, según prescribe la ley de la República Francesa. Ahora bien, ¿por qué esta liga tejida en seda rosa y delicadamente bordada... por qué esta liga de seda con su hebilla de plata ciñe tu famélico cuello? ¿Peco de indiscreto si pregunto si su dueña es tu dueña? ¿Acaso es alguna dama anciana que vive del recuerdo de vanidades juveniles, encariñada, chocha por ti, adornándote con sus prendas íntimas? La circunferencia de la liga sugeriría esto, pues tu cuello es delgado y la liga te ajusta. Pero por otra parte advierto —advierto casi todo— que la liga admite ensancharse bastante. Estos pequeños ojetes con reborde de plata, de los que cuento cinco, son prueba de ello. Y ahora observo que el quinto ojete está gastado, como si la lengüeta de la hebilla soliese descansar allí. Eso parece testimoniar una silueta de bien torneadas formas.

La gata encogió las garras complacida. La calle estaba muy silenciosa afuera.

Él continuó murmurando: —¿Por qué habría de adornarte tu ama con un accesorio tan necesario para ella a todas horas? En cualquier caso, casi siempre. ¿Cómo llegó a deslizar esta tira de seda y plata alrededor de tu cuello? ¿Fue el capricho de un instante... cuando tú, antes de perder tu rolliza lozanía primigenia, entraste cantarina en su dormitorio para darle los buenos días? Desde luego; y ella se incorporó entre las almohadas, cayendo su pelo trenzado sobre los hombros, mientras tú saltabas a la cama ronroneando: «Buenos días, mi señora». ¡Oh, es muy fácil de comprender! —bostezó, apoyando la cabeza en el respaldo del sillón. La gata seguía ronroneando, tensando y aflojando sus almohadilladas garras sobre su rodilla.

—¿Quieres que te lo cuente todo sobre ella, gata? Es muy hermosa... tu ama —murmuró con somnolencia—, y sus cabellos son tan pesados como el oro bruñido. Podría pintarla... no sobre el lienzo, pues precisaría matices, tonos y tintes más espléndidos que el iris de un soberbio arcoíris. Solo podría pintarla con los ojos cerrados, pues únicamente en sueños se encuentran los colores que requiero. Para sus ojos necesitaría el azul de cielos no enturbiados por nube alguna: los cielos del país de los sueños. Para sus labios, rosas de los palacios del país del sueño; y para su frente, ventisqueros de montañas que se alzan en fantásticos pináculos hacia las lunas... ¡oh, mucho más altas que nuestra luna de aquí!, las lunas de cristal del país de los sueños. Es... muy... hermosa, tu ama.

Las palabras murieron en sus labios y sus párpados cayeron.

La gata también dormía, con la mejilla apoyada sobre su flanco consumido, con las garras relajadas e inertes.

Fin del Episodio 20 · de 39

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