Capítulo II · 7
~10 min · 1933 palabras
Philip —dijo al fin.
—Jeanne —susurré.
—Eso es todo... eso es lo que deseaba —suspiró—: Philip y Jeanne.
Me tendió la mano y la rocé con mis labios.
—Conquistadme —dijo, pero esta vez eran cuerpo y alma los que hablaban al unísono.
Al cabo de un rato comenzó de nuevo: —Hablemos de cetrería.
—Empezad —respondí—; ya hemos atrapado al halcón.
Entonces Jeanne d’Ys tomó mi mano entre las suyas y me refirió cómo con infinita paciencia se enseñaba al joven halcón a posarse en la muñeca, cómo poco a poco se acostumbraba a las pihuelas con cascabeles y al chaperon à cornette.
—Primero deben tener buen apetito —dijo—; luego, poco a poco, reduzco su alimento, lo que en cetrería llamamos pât. Cuando, tras muchas noches pasadas au bloc como están estas aves ahora, consigo que el hagard permanezca sosegado en la muñeca, entonces el ave está lista para que se le enseñe a acudir por su comida. Fijo el pât al extremo de una correa, o leurre, y enseño al pájaro a acudir a mí en cuanto comienzo a voltear la cuerda en círculos sobre mi cabeza. Al principio suelto el pât cuando el halcón llega, y él come el alimento en el suelo. Al poco tiempo aprenderá a aferrar el leurre en movimiento mientras lo volteo sobre mi cabeza o lo arrastro por el suelo. Después de esto es fácil enseñar al halcón a acometer a la caza, recordando siempre faire courtoisie à l’oiseau, es decir, permitir al pájaro saborear la presa.
El chillido de uno de los halcones la interrumpió y ella se levantó para acomodar la longe, que se había enredado alrededor del bloc, mas el ave continuó batiendo las alas y chillando.
—¿Pero qué ocurre? —dijo—. Philip, ¿alcanzáis a ver?
Miré a mi alrededor y al principio no vi nada que justificase el alboroto, que ahora se acrecentaba con los chillidos y el aleteo de todas las aves. Entonces mi vista tropezó con la peña plana junto al arroyo de donde la muchacha se había levantado. Una serpiente gris se desplazaba con lentitud por la superficie del peñasco, y los ojos de su cabeza aplastada y triangular relucían como el azabache.
—Una culebra —dijo con calma.
—Es inofensiva, ¿no es verdad? —pregunté.
Ella señaló la figura negra en forma de V sobre el cuello:
—Es muerte segura —dijo—; es una víbora.
Observamos al reptil avanzar despacio sobre la lisa peña hacia donde la luz del sol caía en una ancha mancha tibia.
Di un paso al frente para examinarla, pero ella se aferró a mi brazo exclamando: —¡No, Philip, tengo miedo!
—¿Por mí?
—Por ti, Philip... te amo.
La estreché entonces en mis brazos y la besé en los labios, mas cuanto pude articular fue: «Jeanne, Jeanne, Jeanne». Y mientras yacía temblorosa sobre mi pecho, algo golpeó mi pie en la hierba abajo, mas no le presté atención. Luego, de nuevo, algo golpeó mi tobillo y un dolor agudo me atravesó. Miré el dulce rostro de Jeanne d’Ys y la besé, y con todas mis fuerzas la alcé en mis brazos y la aparté de mí. Luego, inclinándome, arranqué la víbora de mi tobillo y aplasté con el talón su cabeza. Recuerdo sentirme débil y entumecido... recuerdo caer al suelo. A través de mis ojos que se velaban lentamente divisé el pálido rostro de Jeanne inclinándose junto al mío, y cuando la luz en mis ojos se extinguió aún sentía sus brazos alrededor de mi cuello y su suave mejilla contra mis labios crispados.
Cuando abrí los ojos, miré a mi alrededor con terror. Jeanne había desaparecido. Divisé el arroyo y la peña plana; vi la víbora aplastada en la hierba a mi lado, pero los halcones y los blocs se habían desvanecido. Me puse en pie de un salto. El jardín, los frutales, el puente levadizo y el patio amurallado ya no estaban. Me quedé mirando estupefacto un montón de ruinas desmoronadas, cubiertas de hiedra y grises, a través de las cuales grandes árboles se habían abierto paso. Me arrastré hacia adelante, arrastrando mi pie entumecido, y al moverme, un halcón partió de las copas de los árboles entre las ruinas y, elevándose y remontándose en círculos cada vez más estrechos, se desvaneció y perdió entre las nubes en lo alto.
—¡Jeanne, Jeanne! —grité, pero mi voz murió en mis labios y caí de rodillas entre la maleza. Y quiso Dios que, sin saberlo, hubiese caído de rodillas ante un santuario derruido, esculpido en piedra para nuestra Madre de los Dolores. Divisé el rostro afligido de la Virgen labrado en la fría piedra. Vi la cruz y las espinas a sus pies, y debajo leí:
«ORAD POR EL ALMA DE LA DEMOISELLE JEANNE D’YS, QUE MURIÓ EN SU JUVENTUD POR AMOR A PHILIP, UN FORASTERO. AÑO DEL SEÑOR 1573».
Pero sobre la losa helada yacía un guante de mujer, tibio aún y perfumado.
EL PARAÍSO DE LOS PROFETAS
«Si tan solo los abstemios del vino y del amor han de habitar el Paraíso de los Profetas, ¡ay!, temo que el Paraíso de los Profetas quedaría tan vacío como el hueco de la mano».
EL TALLER
Sonrió diciendo: —Búscala por todo el mundo.
Dije: —¿Por qué me habláis del mundo? Mi mundo está aquí, entre estos muros y la cristalera cenital; aquí, entre frascos dorados y armas embellecidas con apagadas gemas, marcos deslustrados y lienzos, arcones negros y sillones de alto respaldo, primorosamente labrados y estofados en azul y oro.
—¿A quién aguardas? —dijo él, y yo respondí: —Cuando ella venga, la reconoceré.
En mi hogar una lengua de fuego susurraba secretos a las cenizas blanquecinas. En la calle abajo oí pasos, una voz y una canción.
—¿A quién aguardas entonces? —dijo él, y respondí: —La reconoceré.
Pasos, una voz y una canción en la calle abajo; y reconocí la canción, pero ni los pasos ni la voz.
—¡Necio! —exclamó—; ¡la canción es la misma: la voz y los pasos tan solo han cambiado con los años!
En el hogar una lengua de fuego susurró sobre las cenizas blanquecinas: —No aguardes más; han pasado ya los pasos y la voz en la calle abajo.
Entonces sonrió diciendo: —¿A quién aguardas? ¡Búscala por todo el mundo!
Respondí: —Mi mundo está aquí, entre estos muros y la cristalera cenital; aquí, entre frascos dorados y armas embellecidas con apagadas gemas, marcos deslustrados y lienzos, arcones negros y sillones de alto respaldo, primorosamente labrados y estofados en azul y oro.
EL FANTASMA
El Fantasma del Pasado no quiso avanzar más.
—Si es verdad —suspiró ella— que halláis en mí una amiga, volvámonos juntos. Olvidaréis aquí, bajo el cielo estival.
La estreché contra mí, suplicante, acariciándola; la así, pálido de ira, mas ella se resistió.
—Si es verdad —suspiró ella— que halláis en mí una amiga, volvámonos juntos.
El Fantasma del Pasado no quiso avanzar más.
EL SACRIFICIO
Fui a un campo de flores cuyos pétalos son más blancos que la nieve y cuyos corazones son de oro puro.
A lo lejos en el campo una mujer gritó: «¡He dado muerte a quien amaba!», y de una tinaja derramó sangre sobre las flores cuyos pétalos son más blancos que la nieve y cuyos corazones son de oro puro.
A lo lejos en el campo la seguí, y en la vasija leí mil nombres, mientras de su interior la sangre fresca borboteaba hasta el borde.
—¡He dado muerte a quien amaba! —gritó ella—. ¡El mundo está sediento; que beba ahora! Pasó de largo, y a lo lejos en el campo la contemplé derramando sangre sobre las flores cuyos pétalos son más blancos que la nieve y cuyos corazones son de oro puro.
EL DESTINO
Llegué al puente que pocos pueden cruzar.
—¡Pasad! —gritó el guardián, mas yo reí diciendo: «Hay tiempo»; y él sonrió y cerró las verjas.
Al puente que pocos pueden cruzar acudían jóvenes y ancianos. A todos se les denegó el paso. Indolente permanecí mirándolos y contándolos, hasta que, hastiado de su clamor y sus lamentos, me acerqué de nuevo al puente que pocos pueden cruzar.
Los de la multitud congregada ante las cancelas gritaron: «¡Llega demasiado tarde!». Mas yo reí diciendo: «Hay tiempo».
—¡Pasad! —gritó el guardián al entrar yo; luego sonrió y cerró las verjas.
LA MUCHEDUMBRE
Allí, donde la multitud era más densa en la calle, me hallaba junto a Pierrot. Todos los ojos estaban vueltos hacia mí.
—¿De qué se ríen? —pregunté, pero él sonrió de oreja a oreja, sacudiendo la cal de mi capa negra—. No alcanzo a ver; debe de ser algo chistoso, ¡quizá un ladrón honrado!
Todos los ojos estaban vueltos hacia mí.
—¡Os ha robado la bolsa! —rieron.
—¡Mi bolsa! —exclamé—; ¡Pierrot, socorro!, ¡es un ladrón!
Ellos rieron: —¡Os ha robado la bolsa!
Entonces la Verdad dio un paso al frente sosteniendo un espejo. —Si es un ladrón honrado —clamó la Verdad—, ¡Pierrot lo hallará con este espejo! Mas él no hizo sino sonreír socarronamente, sacudiendo la cal de mi capa negra.
—Ya veis —dijo—, la Verdad es un ladrón honrado: os devuelve vuestro espejo.
Todos los ojos estaban vueltos hacia mí.
—¡Prended a la Verdad! —grité, olvidando que no era un espejo sino una bolsa lo que había perdido, de pie junto a Pierrot, allí donde la multitud era más densa en la calle.
EL BUFÓN
—¿Era hermosa? —pregunté, mas él solo rió entre dientes, escuchando los cascabeles que tintineaban en su birrete.
—Apuñalado —rió burlón—. ¡Pensad en la larga travesía, en los días de zozobra, en las noches pavorosas! ¡Pensad en cómo erró por ella, año tras año, por tierras hostiles, anhelando a los suyos, anhelándola a ella!
—Apuñalado —rió burlón, escuchando los cascabeles que tintineaban en su birrete.
—¿Era hermosa? —pregunté, mas él solo gruñó, murmurando para los cascabeles que tintineaban en su birrete.
—Ella lo besó en la portalada —rió burlón—, pero en el gran salón la bienvenida de su hermano le llegó al corazón.
—¿Era hermosa? —pregunté.
—Apuñalado —rió entre dientes—. ¡Pensad en la larga travesía, en los días de zozobra, en las noches pavorosas! ¡Pensad en cómo erró por ella, año tras año por tierras hostiles, anhelando a los suyos, anhelándola a ella!
—Ella lo besó en la portalada, pero en el gran salón la bienvenida de su hermano le llegó al corazón.
—¿Era hermosa? —pregunté; mas él solo gruñó, escuchando los cascabeles que tintineaban en su birrete.
EL FOYER DE LOS ACTORES
El Payaso volvió su rostro empolvado hacia el espejo:
—Si ser pálido es ser hermoso —dijo—, ¿quién puede compararse conmigo con mi máscara blanca?
—¿Quién puede compararse con él con su máscara blanca? —pregunté a la Muerte a mi lado.
—¿Quién puede compararse conmigo? —dijo la Muerte—; pues yo soy más pálida todavía.
—Eres muy hermosa —suspiró el Payaso, apartando su rostro empolvado del espejo.
LA PRUEBA DEL AMOR
—Si es verdad que amáis —dijo el Amor—, no aguardéis más. Entregadle estas joyas que la deshonrarían y os deshonrarían así a vos por amar a una mujer deshonrada. Si es verdad que amáis —dijo el Amor—, no aguardéis más.
Tomé las joyas y fui a ella, mas ella las pisoteó sollozando: —Enseñadme a esperar... ¡os amo!
—Entonces esperad, si es verdad —dijo el Amor.
LA CALLE DE LOS CUATRO VIENTOS
«Ferme tes yeux à demi, croise tes bras sur ton sein, et de ton cœur endormi chasse à jamais tout dessein». «Je chante la nature, les étoiles du soir, les larmes du matin, les couchers de soleil à l’horizon lointain, le ciel qui parle au cœur d’existence future!».
Fin del Episodio 19 · de 39
Capítulo II · 7
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