El Rey de Amarillo·Episodio 18

Capítulo II · 6

~12 min · 2424 palabras

Desperté a la mañana siguiente con la música del cuerno en mis oídos y, saltando de la antigua cama, me acerqué a una ventana con cortinajes donde la luz del sol se filtraba a través de pequeños cristales profundamente encajados. El cuerno calló en cuanto miré hacia el patio inferior.

Un hombre que bien podría haber sido hermano de los dos halconeros de la víspera permanecía en medio de una jauría de sabuesos. Llevaba un cuerno curvado colgado a la espalda y en la mano sostenía una fusta de largo látigo. Los perros gemían y ladraban, danzando a su alrededor en alegre anticipación; se oía también el piafar de caballos en el corral amurallado.

—¡Montad! —gritó una voz en bretón, y con un repiqueteo de cascos los dos halconeros, con halcones en sus muñecas, entraron a caballo en el patio entre los sabuesos. Entonces escuché otra voz que hizo latir con fuerza la sangre en mi corazón—: Piriou Louis, azuza bien a los perros y no escatimes espuela ni fusta. Tú, Raoul, y tú, Gaston, cuidad de que el epervier no resulte ser un niais, y si en vuestro juicio fuere lo mejor, faites courtoisie à l’oiseau. Jardiner un oiseau, como el mué que reposa en la muñeca de Hastur, no es difícil, pero a ti, Raoul, acaso no te resulte tan sencillo gobernar a ese hagard. Dos veces la semana pasada espumó au vif y perdió la beccade, a pesar de estar habituado al leurre. El pájaro se comporta como un estúpido branchier. Paître un hagard n’est pas si facile.

¿Acaso soñaba? El viejo léxico de la cetrería que había leído en amarillentos manuscritos —el viejo francés olvidado del medievo— resonaba en mis oídos mientras los sabuesos ladraban y los cascabeles de los halcones tintineaban como acompañamiento al piafar de los corceles. Ella volvió a hablar en aquella dulce lengua olvidada:

—Si prefieres atar la longe y dejar tu hagard au bloc, Raoul, no diré nada; pues sería una lástima echar a perder una jornada de caza tan hermosa con un sors mal adiestrado. Essimer abaisser... es posiblemente la mejor vía. Ça lui donnera des reins. Quizá fui precipitada con el ave. Cuesta tiempo pasar à la filière y a los ejercicios d’escap.

Entonces el halconero Raoul se inclinó en los estribos y respondió: —Si es del agrado de mademoiselle, me quedaré con el halcón.

—Es mi deseo —repuso ella—. De cetrería entiendo, pero aún tenéis que darme no pocas lecciones de azorería, mi pobre Raoul. ¡Señor Piriou Louis, montad!

El cazador se precipitó bajo una arcada y al instante regresó montado en un robusto caballo negro, seguido por un picador asimismo a caballo.

—¡Ah! —exclamó con júbilo—, ¡apresúrate, Glemarec René! ¡Rápido! ¡Rápido todos! ¡Haced sonar el cuerno, señor Piriou!

La argentina música del cuerno de caza inundó el patio, los sabuesos salieron disparados por la portalada y el galope de los cascos resonó fuera del recinto empedrado: sonoro sobre el puente levadizo, de pronto apagado y luego perdido entre el brezo y los helechos de los páramos. Más y más lejano sonó el cuerno, hasta volverse tan tenue que el repentino trino de una alondra que remontaba el vuelo lo borró de mis oídos. Oí la voz abajo respondiendo a una llamada del interior de la casa:

—No lamento perderme la caza; iré en otra ocasión. ¡Cortesía con el forastero, Pélagie, recuérdalo!

Y una voz trémula llegó temblorosa desde dentro de la casa: «Courtoisie».

Me desnudé y me froté de pies a cabeza en la enorme jofaina de barro con agua helada que descansaba sobre el suelo de piedra al pie de mi lecho. Luego busqué mis ropas con la mirada. Habían desaparecido, pero sobre un banco de madera cerca de la puerta reposaba un montón de prendas que examiné con asombro. Como mis ropas se habían esfumado, me vi obligado a vestirme con el atuendo que con toda evidencia habían depositado allí para que lo usase mientras mis propias ropas se secaban. Todo estaba allí: birrete, calzado y jubón de caza de tejido casero gris plateado; pero el traje ceñido y los zapatos sin costuras pertenecían a otro siglo, y recordé las extrañas vestiduras de los tres halconeros en el patio. Estaba seguro de que aquello no constituía el traje moderno de ninguna comarca de Francia ni de Bretaña; pero solo cuando estuve vestido y me planté ante un espejo entre las ventanas caí en la cuenta de que iba ataviado mucho más como un joven cazador del medievo que como un bretón de nuestros días. Vacilé y tomé el birrete. ¿Debía bajar y presentarme con aquel extraño atavío? No parecía haber otro remedio: mis propias ropas se habían esfumado y no había campana en la antigua estancia para llamar a un criado; de modo que me contenté con retirar una corta pluma de halcón del birrete y, abriendo la puerta, bajé las escaleras.

Junto a la chimenea, en la espaciosa sala al pie de la escalera, una anciana bretona hilaba con una rueca. Alzó la vista hacia mí cuando aparecí y, sonriendo con franqueza, me deseó salud en lengua bretona, a lo cual respondí riendo en francés. En el mismo momento apareció mi anfitriona y correspondió a mi saludo con una gracia y dignidad que hicieron vibrar mi corazón. Su hermosa cabeza de oscuros cabellos rizados estaba coronada por un tocado que disipó toda duda sobre la época de mi propio atuendo. Su esbelta silueta quedaba exquisitamente realzada por el vestido de caza ribeteado de plata, y sobre su muñeca cubierta por el guantelete llevaba uno de sus halcones mimados. Con perfecta naturalidad me tomó de la mano y me condujo al jardín del patio, y sentándose ante una mesa me invitó con dulzura a acomodarme a su lado. Luego me preguntó con su suave y pintoresco acento cómo había pasado la noche, y si me resultaba muy incómodo llevar las ropas que la vieja Pélagie me había dejado mientras dormía. Miré mis propias ropas y zapatos, que se secaban al sol junto al muro del jardín, y sentí aversión por ellos. ¡Qué engendros resultaban comparados con el gracioso atuendo que ahora vestía! Se lo dije riendo, pero ella convino conmigo con suma seriedad.

—Las tiraremos —dijo con voz sosegada. En mi asombro intenté explicarle que no solo no podía soñar con aceptar ropa de nadie —aunque por lo que sabía bien podía ser la costumbre de hospitalidad en aquella parte del país—, sino que causaría una estampa inverosímil si regresaba a Francia vestido como estaba entonces.

Ella rió y sacudió su linda cabeza, diciendo algo en francés antiguo que no logré entender, y luego Pélagie salió trotando con una bandeja en la que descansaban dos cuencos de leche, una hogaza de pan blanco, fruta, una fuente con panal de miel y un frasco de vino rojo oscuro. —Ya veis que aún no he desayunado porque deseaba que comieseis conmigo. Pero tengo mucha hambre —sonrió.

—¡Antes preferiría morir que olvidar una sola palabra de lo que habéis dicho! —solté de golpe, mientras las mejillas me ardían—. «Pensará que he perdido el juicio», me dije para mis adentros; pero ella se volvió hacia mí con ojos chispeantes.

—¡Ah! —murmuró—. Entonces monsieur conoce todo cuanto encierra la caballería...

Se persignó y partió el pan. Permanecí sentado contemplando sus manos blancas, sin atreverme a alzar los ojos hacia los suyos.

—¿No vais a comer? —preguntó—. ¿Por qué os mostráis tan turbado?

¡Ah, por qué! Lo sabía ahora. Sabía que daría mi vida por rozar con mis labios aquellas palmas rosadas; comprendía ahora que desde el instante en que miré sus ojos oscuros allí en el páramo la noche anterior, la había amado. Mi súbita y descomunal pasión me mantenía mudo.

—¿Acaso os sentís indispuesto? —volvió a preguntar.

Entonces, como el hombre que pronuncia su propia sentencia, respondí en voz baja: —Sí, me siento indispuesto de amor por vos. Y como ella no se movió ni respondió, la misma fuerza movió mis labios a pesar mío y añadí: —Yo, que soy indigno del más leve de vuestros pensamientos; yo, que abuso de la hospitalidad y pago vuestra gentil cortesía con audaz presunción: os amo.

Apoyó la cabeza en las manos y respondió suavemente: —Os amo. Vuestras palabras me son muy queridas. Os amo.

—Entonces os conquistaré.

—Conquistadme —respondió.

Pero todo aquel tiempo había permanecido sentado en silencio, con el rostro vuelto hacia ella. Ella, también en silencio, con su dulce faz reposando en la palma vuelta hacia arriba, permanecía sentada frente a mí, y al mirar sus ojos los míos supe que ni ella ni yo habíamos articulado palabra humana alguna; mas supe que su alma había respondido a la mía, y me erguí sintiendo la juventud y el gozo del amor bullir por cada una de mis venas. Ella, con un encendido rubor en su hermoso semblante, parecía como quien despierta de un sueño, y sus ojos buscaron los míos con una mirada interrogante que me hizo estremecer de deleite. Desayunamos hablando de nosotros mismos. Le dije mi nombre y ella me dijo el suyo: la Demoiselle Jeanne d’Ys.

Habló de la muerte de su padre y de su madre, y de cómo los diecinueve años de su vida habían transcurrido en aquella pequeña heredad fortificada a solas con su nodriza Pélagie, Glemarec René el picador y los cuatro halconeros, Raoul, Gaston, Hastur y el señor Piriou Louis, que habían servido a su padre. Jamás había traspuesto los confines del páramo; jamás antes había visto a un ser humano, con excepción de los halconeros y Pélagie. No sabía cómo había oído hablar de Kerselec; quizá los halconeros lo habían mencionado. Conocía las leyendas del hombre lobo y de Jeanne la Flamme por su nodriza Pélagie. Bordaba e hilaba lino. Sus halcones y sabuesos constituían su única distracción. Cuando me encontró allí en el brezal se había asustado tanto que casi se desplomó al oír el sonido de mi voz. Había divisado, es verdad, navíos en el mar desde los acantilados, pero hasta donde la vista alcanzaba los páramos por los que galopaba carecían de cualquier indicio de vida humana. Había una leyenda que la anciana Pélagie refería: que cualquiera que se extraviase en los inexplorados brezales no regresaría jamás, porque los páramos estaban encantados. No sabía si era verdad; jamás había reflexionado sobre ello hasta que me conoció. Ignoraba si los halconeros habían salido alguna vez al exterior, o si podrían hacerlo si quisiesen. Los libros de la casa que Pélagie, la nodriza, le había enseñado a leer tenían cientos de años de antigüedad.

Todo esto me lo refirió con una dulce seriedad que rara vez se advierte salvo en los niños. Mi propio nombre le resultó fácil de pronunciar, e insistió en que, puesto que mi primer nombre era Philip, debía correr sangre francesa por mis venas. No se mostraba curiosa por saber nada del mundo exterior, y pensé que acaso lo consideraba desprovisto de interés y respeto a juzgar por los relatos de su nodriza.

Seguíamos sentados a la mesa y ella arrojaba uvas a los pajarillos silvestres que acudían sin recelo hasta nuestros mismos pies.

Comencé a hablar con vaguedad sobre mi partida, mas ella se negó a escucharme, y antes de percatarme hube prometido quedarme una semana y cazar con halcón y sabueso en su compañía. También obtuve autorización para regresar desde Kerselec y visitarla tras mi vuelta.

—¡Cómo! —dijo con inocencia—; no sé qué haría si no regresarais jamás. Y yo, sabiendo que no tenía derecho a turbarla con la repentina conmoción que la confesión de mi amor le causaría, permanecí callado, apenas atreviéndome a respirar.

—¿Vendréis muy a menudo? —preguntó.

—Muy a menudo —dije.

—¿Todos los días?

—Todos los días.

—¡Oh! —suspiró—, soy muy dichosa. Venid a ver mis halcones.

Se levantó y me tomó de nuevo la mano con una infantil inocencia de posesión, y caminamos a través del jardín y de los frutales hacia una pradera verde bordeada por un arroyo. Por el prado se hallaban dispersos quince o veinte tocones de árboles —parcialmente hundidos en la hierba— y sobre todos ellos menos dos descansaban halcones. Estaban sujetos a los troncos por correas aseguradas con remaches de acero a sus patas, justo encima de las garras. Un hilillo de agua pura de manantial fluía en sinuoso curso a poca distancia de cada percha.

Las aves armaron un clamor cuando la joven apareció, mas ella fue de una a otra, acariciando a unas, posando a otras por un instante sobre su muñeca o inclinándose para acomodarles las pihuelas.

—¿No son hermosos? —dijo—. Mirad, he aquí un halcón gentil. Lo llamamos «innoble» porque captura la presa en persecución directa. Este es un halcón peregrino azul. En cetrería lo llamamos «noble» porque se remonta sobre la pieza y, tras describir giros, se deja caer sobre ella desde lo alto. Esta ave blanca es un gerifalte del norte. ¡También es «noble»! He aquí un esmerejón, y este torzuelo es un halcón garcero.

Le pregunté cómo había aprendido el viejo léxico de la cetrería. No lo recordaba, pero creía que su padre se lo había enseñado cuando era muy niña.

Luego me llevó aparte y me enseñó los halcones jóvenes todavía en el nido. —En cetrería se llaman niais —explicó—. Un branchier es el ave joven que apenas es capaz de dejar el nido y saltar de rama en rama. Un pájaro joven que aún no ha mudado se llama sors, y un mué es un halcón que ha mudado en cautividad. Cuando capturamos un halcón salvaje que ha mudado su plumaje lo llamamos hagard. Raoul fue el primero en enseñarme a adiestrar un halcón. ¿Queréis que os enseñe cómo se hace?

Se sentó en la orilla del arroyo entre los halcones y yo me eché a sus pies para escuchar.

Entonces la Demoiselle d’Ys alzó un dedo de rosada punta y comenzó con gran formalidad:

—Primero hay que atrapar al halcón.

—Yo ya estoy atrapado —respondí.

Ella rió primorosamente y me dijo que mi adiestramiento acaso resultase difícil, puesto que yo era noble.

—Ya estoy amansado —repliqué—; con pihuelas y cascabeles.

Ella rió encantada: —¡Oh, mi bravo halcón!; ¿entonces regresaréis a mi llamada?

—Soy vuestro —respondí con gravedad.

Permaneció en silencio por un instante. Luego el rubor se acentuó en sus mejillas y volvió a alzar el dedo diciendo: —Escuchad; deseo hablar de cetrería...

—Os escucho, condesa Jeanne d’Ys.

Pero de nuevo cayó en el ensimismamiento, y sus ojos parecían fijos en algo más allá de las nubes estivales.

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