El Rey de Amarillo·Episodio 17

Capítulo I · V

~12 min · 2496 palabras

La absoluta desolación del paisaje comenzó a hacer mella en mí; me senté para afrontar la situación y, si era posible, traer a la memoria algún punto de referencia que pudiera ayudarme a salir de mi actual posición. Con solo encontrar de nuevo el océano todo se aclararía, pues sabía que desde los acantilados se divisaba la isla de Groix.

Dejé la escopeta y, arrodillándome tras una roca, encendí la pipa. Luego miré mi reloj. Eran cerca de las cuatro. Debía de haberme alejado mucho de Kerselec desde el alba.

Habiéndome encontrado el día anterior sobre los acantilados bajo Kerselec junto a Goulven, contemplando los sombríos páramos entre los cuales me hallaba ahora perdido, aquellas colinas me habían parecido llanas como una pradera que se dilataba hasta el horizonte; y aunque sabía cuán engañosa es la distancia, no lograba hacerme a la idea de que lo que desde Kerselec parecían meras hondonadas de hierba fuesen inmensos valles cubiertos de tojos y brezos, y lo que semejaban cantos rodados dispersos fuesen en realidad descomunales peñascos de granito.

—Es un mal sitio para un forastero —había dicho el viejo Goulven—; más le valdría llevar un guía. Y yo había respondido: «No me perderé». Ahora sabía que me había extraviado, sentado allí fumando con el viento marino dándome en el rostro. Por doquier se extendía el páramo, alfombrado de tojos en flor, brezo y peñas de granito. No había un árbol a la vista, y mucho menos una casa. Al rato recogí la escopeta y, volviendo la espalda al sol, reanudé la marcha penosa.

De poco servía seguir alguno de los arroyos bulliciosos que a cada paso cruzaban mi camino, pues, en lugar de desembocar en el mar, corrían tierra adentro hacia lagunas de cañaverales en las hondonadas del brezal. Había seguido varios, pero todos me condujeron a ciénagas o a pequeñas charcas silenciosas de las que las agachadizas levantaban el vuelo piando y se alejaban en un éxtasis de espanto. Comencé a sentirme fatigado, y la escopeta me lastimaba el hombro a pesar de las hombreras dobles. El sol descendía más y más, proyectando sus rayos rasantes sobre el tojo amarillo y las charcas del páramo.

A medida que caminaba, mi propia y agigantada sombra me guiaba, pareciendo alargarse a cada paso. Los tojos rozaban mis polainas y crujían bajo mis pies, cubriendo de flores la parda tierra, y los helechos se inclinaban y ondeaban a lo largo de mi senda. De entre las matas de brezo los conejos escapaban veloces a través de la maleza, y entre las hierbas del pantano oía el graznido soñoliento del pato salvaje. En una ocasión un zorro cruzó sigiloso por mi camino y, más adelante, al agacharme para beber en un arroyuelo apresurado, una garza batió pesadamente las alas desde los juncos a mi lado. Me volví para mirar el sol. Parecía rozar los bordes de la llanura. Cuando al fin comprendí que era inútil continuar y que debía resignarme a pasar al menos una noche en el páramo, me dejé caer del todo exhausto. La luz del sol poniente caía tibia a través de mi cuerpo, pero el viento del mar comenzó a arreciar y sentí un escalofrío calarme desde mis botas empapadas de caza. Muy por encima de mi cabeza las gaviotas revoloteaban y se mecían como pedazos de papel blanco; desde alguna marisma distante llamaba un solitario zarapito. Poco a poco el sol se hundió en la llanura y el cenit resplandeció con el fulgor postrero. Observé el cielo mudar del oro más pálido al rosa y luego a un rescoldo encendido. Nubes de mosquitos danzaban sobre mí y, en lo alto del aire calmo, un murciélago descendía y se elevaba. Mis párpados comenzaron a caer. Entonces, mientras me sacudía la somnolencia, un repentino estrépito entre la maleza me sobresaltó. Alcé los ojos. Un ave inmensa permanecía suspendida y temblorosa en el aire sobre mi rostro. Por un instante me quedé mirándola, incapaz de moverme; luego algo saltó a mi lado entre los helechos y el ave se alzó, trazó un viraje y se precipitó de cabeza contra el matorral.

Me puse en pie en un instante, escudriñando a través del tojo. Llegó el rumor de un forcejeo desde una mata de brezo cercana, y luego todo quedó en silencio. Di un paso adelante, escopeta en ristre, pero al llegar al brezo el arma volvió a caer bajo mi brazo y permanecí inmóvil presa de un mudo asombro. Una liebre muerta yacía en el suelo, y sobre la liebre se erguía un halcón magnífico, con una garra hundida en el cuello de la pieza y la otra plantada con firmeza sobre su flanco inerte. Pero lo que me dejó atónito no fue la mera estampa de un halcón posado sobre su presa; eso lo había presenciado más de una vez. Fue que el halcón llevaba una especie de pihuela en ambas garras, y de la pihuela colgaba una pieza redonda de metal como un cascabel. El ave volvió sus fieros ojos amarillos hacia mí, y luego se agachó y clavó su pico curvado en la res. En el mismo instante unos pasos apresurados sonaron entre el brezo y una joven surgió de un salto en la maleza ante mí. Sin dirigirme una mirada, se acercó al halcón y, pasando su mano enguantada bajo el pecho del ave, lo alzó de la presa. Luego deslizó diestramente una pequeña caperuza sobre la cabeza del rapaz y, sosteniéndolo en su guantelete, se agachó y recogió la liebre.

Pasó una cuerda alrededor de las patas del animal y sujetó el extremo de la correa a su cinto. Luego se dispuso a desandar sus pasos a través de la espesura. Al pasar junto a mí me descubrí y ella reconoció mi presencia con una inclinación apenas perceptible. Yo me había quedado tan asombrado, tan absorto en la admiración de la escena ante mis ojos, que no se me había ocurrido que allí estaba mi salvación. Pero al ver que se alejaba recordé que, a menos que desease dormir en un páramo azotado por el viento aquella noche, más me valía recobrar el habla sin dilación. A mi primera palabra vaciló y, al dar yo un paso ante ella, creí advertir una expresión de espanto en sus hermosos ojos. Pero al explicarle humildemente mi desagradable apuro, su rostro se ruborizó y me miró con asombro.

—¡Seguro que no habéis venido desde Kerselec! —repitió.

Su dulce voz no tenía rastro del acento bretón ni de ningún otro que yo conociese; y, sin embargo, había en ella algo que me parecía haber oído antes, algo pintoresco e indefinible, como el tema de una vieja balada.

Le expliqué que era un americano, desconocido de Finisterre, que cazaba allí por entretenimiento propio.

—Un americano —repitió en los mismos tonos cadenciosos y antiguos—. Jamás antes había visto a un americano.

Durante un momento permaneció en silencio; luego, mirándome, dijo: —Aunque caminaseis toda la noche no podríais alcanzar Kerselec ahora, ni aun teniendo un guía.

Aquello era una grata noticia.

—Pero —comencé—, si al menos pudiese encontrar la choza de algún campesino donde conseguir algo de comer y cobijo...

El halcón en su muñeca aleteó y sacudió la cabeza. La muchacha acarició su lomo brillante y me lanzó una mirada.

—Mirad a vuestro alrededor —dijo dulcemente—. ¿Alcanzáis a ver el confín de estos páramos? Mirad al norte, al sur, al este, al oeste. ¿Veis otra cosa que brezales y helechos?

—No —dije.

—El páramo es agreste y desolado. Es fácil entrar en él, pero a veces quienes entran jamás lo abandonan. Aquí no hay chozas de campesinos.

—Bien —dije—, si me indicáis en qué dirección se halla Kerselec, mañana no me llevará más tiempo regresar de lo que me costó venir.

Ella me miró de nuevo con una expresión semejante a la lástima:

—¡Ah! —dijo—; venir es fácil y cuesta horas; marcharse es diferente... y puede costar siglos.

Me quedé mirándola con asombro, pero decidí que la había entendido mal. Luego, antes de que tuviese tiempo de hablar, sacó un silbato de su cinto y lo hizo sonar.

—Sentaos y descansad —me dijo—; habéis recorrido una larga distancia y estáis fatigado.

Se recogió las faldas plisadas y, haciéndome una seña para que la siguiese, se abrió camino con gracia entre los tojos hacia una roca plana en medio de los helechos.

—Estarán aquí de inmediato —dijo, y tomando asiento en un extremo de la peña me invitó a sentarme en el otro borde. El resplandor postrero comenzaba a extinguirse en el cielo y una solitaria estrella titilaba débilmente a través de la bruma rosácea. Un largo triángulo oscilante de aves acuáticas derivaba hacia el sur sobre nuestras cabezas, y desde los pantanos circundantes llamaban los chorlitos.

—Son muy hermosos... estos páramos —dijo con sosiego.

—Hermosos, pero crueles con los forasteros —respondí.

—Hermosos y crueles —repitió soñadora—, hermosos y crueles.

—Como una mujer —dije con torpeza.

—¡Oh! —exclamó con un leve sofoco en el aliento, y me miró. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos, y me pareció que lucía enojada o atemorizada.

—Como una mujer —repitió en voz baja—. ¡Qué crueldad decir eso! —Luego, tras una pausa, cual si hablara en voz alta consigo misma—: ¡Qué crueldad de su parte decir eso!

No sé qué clase de disculpa ofrecí por mis torpes aunque inofensivas palabras, pero sé que se mostró tan compungida que comencé a temer haber dicho algo espantoso sin percatarme, y recordé con horror las trampas y ardides que la lengua francesa tiende a los extranjeros. Mientras me esforzaba por imaginar qué podía haber dicho, un rumor de voces llegó a través del páramo y la joven se puso en pie.

—No —dijo, con un asomo de sonrisa en su pálido semblante—, no aceptaré vuestras disculpas, caballero; mas debo demostraros vuestro error, y esa será mi venganza. Mirad. Ahí vienen Hastur y Raoul.

Dos hombres se perfilaron en el crepúsculo. Uno llevaba un saco sobre los hombros y el otro sostenía un aro delante de sí como un mozo lleva una bandeja. El aro estaba sujeto con correas a sus hombros, y alrededor del borde del círculo descansaban tres halcones encapuchados provistos de cascabeles que tintineaban. La joven se acercó al halconero y, con un rápido giro de muñeca, transfirió su halcón al aro, donde el ave no tardó en acomodarse y acurrucarse entre sus compañeros, que sacudieron sus cabezas encapuchadas y ahuecaron las plumas hasta hacer tintinear de nuevo las pihuelas con cascabeles. El otro hombre dio un paso adelante e, inclinándose respetuosamente, tomó la liebre y la dejó caer en el morral de caza.

—Estos son mis picadores —dijo la joven, volviéndose hacia mí con apacible dignidad—. Raoul es un buen halconero, y algún día lo nombraré gran montero. Hastur es incomparable.

Los dos hombres silenciosos me saludaron con respeto.

—¿No os dije, caballero, que os demostraría vuestro error? —prosiguió—. Esta, pues, es mi venganza: que tengáis la cortesía de aceptar alimento y cobijo en mi propia casa.

Antes de que pudiera responder habló a los halconeros, que al punto echaron a andar por el brezal, y con un ademán gracioso hacia mí los siguió. No sé si le hice comprender cuán profundamente agradecido me sentía, pero pareció complacida al escucharme mientras caminábamos sobre el brezo cubierto de rocío.

—¿No estáis muy cansado? —preguntó.

Había olvidado por completo mi fatiga en su presencia, y así se lo manifesté.

—¿No creéis que vuestra galantería resulta un tanto anticuada? —dijo; y al verme confuso y humillado, añadió con serenidad—: ¡Oh, me agrada, me gusta todo lo antiguo, y es delicioso oíros decir cosas tan gentiles!

El páramo a nuestro alrededor estaba sumido ahora en un profundo silencio bajo su velo fantasmal de niebla. Los chorlitos habían cesado en sus reclamos; los grillos y todas las diminutas criaturas de los campos enmudecían a nuestro paso, mas me daba la impresión de poder oírlos comenzar de nuevo muy atrás de nosotros. Bastante adelantados, los dos altos halconeros avanzaban con paso firme por el brezal, y el débil tintineo de los cascabeles de los halcones llegaba a nuestros oídos como un lejano y cadencioso repique.

De repente un magnífico sabueso saltó de la niebla delante de nosotros, seguido de otro y de otro más, hasta que media docena o más retozaban y saltaban alrededor de la muchacha a mi lado. Ella los acarició y apaciguó con su mano enguantada, hablándoles en términos arcaicos que recordaba haber visto en antiguos manuscritos franceses.

Entonces los halcones en el aro que sostenía el halconero de adelante comenzaron a batir las alas y a chillar, y desde algún rincón oculto las notas de un cuerno de caza flotaron a través del páramo. Los sabuesos salieron disparados delante de nosotros y se esfumaron en el crepúsculo; los halcones aletearon y graznaron sobre su percha y la joven, haciéndose eco de la llamada del cuerno, comenzó a tararear. Diáfana y dulce resonó su voz en el aire nocturno:

«Chasseur, chasseur, chassez encore, quittez Rosette et Jeanneton, tonton, tonton, tontaine, tonton, ou, pour, rabattre, dès l’aurore, que les Amours soient de planton, tonton, tontaine, tonton».

Mientras escuchaba su hermosa voz, una mole grisácea que con rapidez se tornaba más nítida se perfiló al frente, y el cuerno resonó alegremente a través del clamor de sabuesos y halcones. Una antorcha brilló ante una portalada, una luz brotó a través de una puerta que se abría y pisamos sobre un puente de madera que temblaba bajo nuestros pies y se alzó crujiendo y tironeando tras de nosotros al cruzar el foso y entrar en un pequeño patio empedrado, cercado de murallas por todos lados. De un umbral abierto salió un hombre que, inclinándose en señal de saludo, presentó una copa a la doncella a mi lado. Ella tomó la copa y la rozó con los labios; luego, bajándola, se volvió hacia mí y dijo en voz baja: —Os doy la bienvenida.

En ese momento uno de los halconeros se acercó con otra copa, pero antes de dármela se la presentó a la muchacha, quien la probó. El halconero hizo un ademán para recogerla, pero ella vaciló un instante y luego, dando un paso adelante, me ofreció la copa con sus propias manos. Consideré que aquello era una muestra de extraordinaria gentileza, mas apenas sabía qué se esperaba de mí y no me la llevé a los labios de inmediato. La joven se ruborizó intensamente. Vi que debía actuar con presteza.

—Mademoiselle —balbuceé—, un forastero a quien habéis salvado de peligros que acaso jamás llegue a calibrar vacía esta copa en honor a la más dulce y hermosa anfitriona de Francia.

—En Su nombre —murmuró, persignándose mientras yo apuraba la copa. Luego, cruzando el umbral, se volvió hacia mí con un gentil ademán y, tomando mi mano en la suya, me introdujo en la casa, repitiendo una y otra vez—: Sois muy bienvenido; en verdad sois bienvenido al Château d’Ys.

Fin del Episodio 17 · de 39

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