Capítulo III · V
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La jornada siguiente resultó desastrosa para mí. Mientras trasladaba un lienzo enmarcado de un caballete a otro, resbalé en el piso encerado y caí pesadamente sobre ambas muñecas. Quedaron tan gravemente torcidas que resultaba inútil pretender empuñar un pincel, y me vi obligado a errar por el taller contemplando con rabia dibujos y bocetos inconclusos, hasta que la desesperación se apoderó de mí y me senté a fumar y a tamborilear con los pulgares con creciente enojo. La lluvia azotaba las ventanas y repiqueteaba sobre el tejado de la iglesia, sumiéndome en un ataque de nervios con su inacabable golpeteo. Tessie cosía sentada junto a la ventana y de cuando en cuando alzaba la cabeza y me miraba con una compasión tan pura que comencé a avergonzarme de mi irritación y busqué algo con qué ocuparme. Había leído todos los periódicos y todos los libros de la biblioteca, mas por el gusto de hacer algo me acerqué a los estantes y los abrí empujando con el codo. Conocía cada volumen por el color y los examiné todos, rodeando con lentitud la biblioteca y silbando para mantener el ánimo. Me volvía ya para pasar al comedor cuando mi mirada tropezó con un libro encuadernado en piel de serpiente, arrinconado en el estante superior de la última librería. No lo recordaba y desde el suelo no alcanzaba a descifrar las letras borrosas del lomo, de suerte que fui al salón de fumar y llamé a Tessie. Entró desde el taller y se encaramó para alcanzar el volumen.
—¿Qué es? —pregunté.
—El Rey de Amarillo.
Quedé atónito. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Cómo había llegado a mis habitaciones? Mucho tiempo atrás había decidido que jamás abriría aquel libro, y nada en el mundo habría podido inducirme a comprarlo. Temeroso de que la curiosidad me tentara a hojearlo, ni siquiera lo había mirado en las librerías. Si alguna vez sentí el deseo de leerlo, la espantosa tragedia del joven Castaigne, a quien yo conocía, me contuvo de adentrarme en sus impías páginas. Siempre me había negado a escuchar descripción alguna de su contenido y, de hecho, nadie se aventuraba a debatir la segunda parte en voz alta, de modo que carecía por entero de noticia sobre lo que aquellas hojas pudiesen encerrar. Me quedé mirando la venenosa encuadernación jaspeada como contemplaría a una serpiente.
—No lo toques, Tessie —dije—; baja de ahí.
Por supuesto mi advertencia bastó para despertar su curiosidad y, antes de que pudiera impedírselo, tomó el libro y, riendo, salió saltando con él hacia el taller. La llamé, pero ella se escabulló con una sonrisa burlona ante mis manos inválidas, y la seguí con cierta impaciencia.
—¡Tessie! —exclamé al entrar en la biblioteca—, escucha, hablo en serio. Guarda ese libro. ¡No quiero que lo abras! La biblioteca estaba vacía. Fui a las dos salas de estar, luego a los dormitorios, al lavadero, a la cocina y, por último, regresé a la biblioteca e inicié una búsqueda minuciosa. Se había ocultado tan bien que fue media hora más tarde cuando la descubrí agazapada, pálida y en silencio, junto a la ventana enrejada del desván de arriba. Al primer vistazo comprendí que había recibido el castigo a su imprudencia. El Rey de Amarillo yacía a sus pies, pero el volumen estaba abierto por la segunda parte. Miré a Tessie y vi que ya era demasiado tarde: había abierto El Rey de Amarillo. La tomé entonces de la mano y la conduje al taller. Parecía aturdida, y cuando le indiqué que se tendiera en el diván me obedeció sin decir palabra. Al rato cerró los ojos y su respiración se tornó acompasada y profunda, mas no logré determinar si dormía o no. Durante largo tiempo permanecí sentado en silencio a su lado, pero ella no se movió ni habló, y al fin me levanté y, entrando en el trastero en desuso, tomé el libro con mi mano menos lastimada. Parecía pesado como el plomo, pero lo llevé de nuevo al taller y, sentándome en la alfombra junto al diván, lo abrí y lo leí de principio a fin.
Cuando, desfallecido por el exceso de mis emociones, dejé caer el volumen y me recliné con fatiga contra el diván, Tessie abrió los ojos y me miró.
Llevábamos algún tiempo hablando en un tono sordo y monótono antes de percatarme de que estábamos discutiendo sobre El Rey de Amarillo. ¡Oh, la impiedad de escribir semejantes palabras!... palabras límpidas como el cristal, diáfanas y musicales como manantiales borboteantes, palabras que centellean y resplandecen como los diamantes envenenados de los Médicis. ¡Oh, la maldad, la irremediable condenación de un alma capaz de fascinar y paralizar a criaturas humanas con tales vocablos!... palabras comprendidas por igual por el ignorante y el sabio, palabras más preciosas que las gemas, más balsámicas que la música, ¡más pavorosas que la muerte!
Continuamos hablando, ajenos a las sombras que se condensaban, y ella me suplicaba que arrojase el broche de ónice negro primorosamente incrustado con lo que ahora sabíamos que era el Signo Amarillo. Jamás sabré por qué me negué, aunque incluso a esta hora, aquí en mi dormitorio mientras redacto esta confesión, me gustaría saber qué fue lo que me impidió arrancar el Signo Amarillo de mi pecho y arrojarlo al fuego. Estoy seguro de que deseaba hacerlo, y sin embargo Tessie me suplicó en vano. Cayó la noche y las horas transcurrieron pesadamente, pero aún nos susurrábamos uno a otro sobre el Rey y la Máscara Pálida, y la medianoche sonó desde los campanarios envueltos en bruma de la ciudad cubierta de niebla. Hablamos de Hastur y de Casilda, mientras afuera la niebla chocaba contra los cristales ciegos cual chocan y rompen las olas de nubes en las costas de Hali.
La casa estaba sumida en un profundo silencio ahora, y ni un solo rumor subía de las brumosas calles. Tessie yacía entre los cojines, con el rostro como una mancha gris en la penumbra, pero sus manos estaban unidas a las mías, y yo sabía que ella comprendía y leía mis pensamientos como yo leía los suyos, pues habíamos penetrado el misterio de las Híades y el Fantasma de la Verdad yacía desvelado. Entonces, mientras nos respondíamos uno al otro, con presteza y sigilo, pensamiento tras pensamiento, las sombras se agitaron en la oscuridad a nuestro alrededor y a lo lejos, en las calles distantes, oímos un rumor. Se acercaba más y más, el crujido sordo de unas ruedas, más y todavía más cerca; y ahora, afuera ante la puerta, cesó. Me arrastré hasta la ventana y vi un coche fúnebre de negros penachos. La cancela de abajo se abrió y se cerró, y avancé tembloroso hacia mi puerta y corrí los cerrojos; pero bien sabía que no había cerrojos ni cerraduras capaces de mantener fuera a la criatura que venía por el Signo Amarillo. Y ahora lo oí moverse con extremada suavidad por el corredor. Ahora estaba ante la puerta y los pestillos se pudrieron a su contacto. Ahora había entrado. Con los ojos desorbitados escudriñé en las tinieblas, pero cuando entró en la estancia no logré verlo. Solo cuando sentí que me envolvía en su abrazo frío y fofo prorrumpí en un grito y luché con furia desesperada, mas mis manos resultaban inútiles y él arrancó el broche de ónice de mi abrigo y me golpeó en pleno rostro. Entonces, al desplomarme, oí el gemido tenue de Tessie y su alma huyó; e incluso mientras caía anhelé seguirla, pues supe que el Rey de Amarillo había abierto su manto de harapos y ya no quedaba sino Dios a quien clamar.
Podría contar más cosas, pero no veo de qué provecho resultaría para el mundo. En cuanto a mí, me hallo más allá de todo auxilio o esperanza humanos. Mientras yazgo aquí escribiendo, indiferente a si muero antes de concluir, puedo ver al médico recogiendo sus polvos y redomas con un vago ademán dirigido al buen sacerdote a mi lado, que comprendo perfectamente.
Sentirán gran curiosidad por conocer la tragedia... ellos, los del mundo exterior que escriben libros e imprimen millones de periódicos; pero yo no escribiré más, y el padre confesor sellará mis últimas palabras con el sello de la santidad cuando su sagrado ministerio concluya. Podrán los del mundo exterior enviar a sus emisarios a hogares destrozados y lares azotados por la muerte, y sus gacetas se cebarán de sangre y lágrimas; pero conmigo sus espías habrán de detenerse ante el confesionario. Saben que Tessie ha muerto y que yo agonizo. Saben cómo los moradores de la casa, alarmados por un grito infernal, irrumpieron en mi habitación y hallaron a un vivo y dos muertos; pero ignoran lo que ahora les revelaré: ignoran lo que dijo el médico mientras señalaba un horrible montón descompuesto en el suelo... el cadáver lívido del vigilante de la iglesia: «No tengo teoría alguna, ni explicación. ¡Ese hombre debía de llevar meses muerto!».
Creo que estoy muriendo. Ojalá el sacerdote...
LA DONCELLA D’YS
«Mais je croy que je suis descendu on puiz ténébreux onquel disoit Heraclytus estre Vereté cachée».
«Tres cosas hay que son demasiado maravillosas para mí, y cuatro que no comprendo:
el rastro del águila en el aire; el rastro de la serpiente sobre la peña; el rastro de la nave en medio del mar; y el rastro del varón en la doncella».
Fin del Episodio 16 · de 39
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