El Rey de Amarillo·Episodio 15

Capítulo II · V

~8 min · 1632 palabras

Aquella noche di mi acostumbrado paseo por Washington Park, meditando sobre los sucesos de la jornada. Me hallaba plenamente comprometido. Ya no había marcha atrás, y miré de frente al porvenir. Yo no era virtuoso, ni siquiera escrupuloso, pero no abrigaba intención alguna de engañarme a mí mismo ni a Tessie. La única pasión de mi vida yacía sepultada en los bosques soleados de Bretaña. ¿Acaso yacía sepultada para siempre? La esperanza clamaba: «¡No!». Durante tres años había escuchado la voz de la esperanza, y durante tres años había aguardado unos pasos sobre mi umbral. ¿Habría olvidado Sylvia? «¡No!», clamaba la esperanza.

He dicho que no era ningún dechado de virtudes. Es verdad, pero aun así no era exactamente el villano de una opereta. Había llevado una existencia cómoda y despreocupada, tomando los placeres que se me ofrecían, deplorando y a veces lamentando con amargura las consecuencias. En una sola cosa, salvo en mi pintura, era formal, y era algo que yacía oculto, si no perdido, en los bosques bretones.

Era demasiado tarde para lamentar lo ocurrido durante el día. Fuera lo que hubiese sido —piedad, una repentina ternura ante el dolor o el instinto más brutal de la vanidad satisfecha—, daba igual ahora, y a menos que desease quebrantar un corazón inocente, mi rumbo quedaba trazado ante mí. El ardor y la fuerza, la honda pasión de un amor que jamás sospeché siquiera, con toda mi pretendida experiencia en el mundo, no me dejaban más alternativa que corresponder o despedirla. Ya fuese porque soy tan cobarde a la hora de causar pesadumbre a los demás, o bien porque tengo muy poco de sombrío puritano en mi ser, no lo sé, pero me resistí a eludir la responsabilidad por aquel beso irreflexivo; y de hecho no tuve tiempo de hacerlo antes de que las compuertas de su corazón se abriesen y el torrente se desbordara. Otros que cumplen por norma con su deber y hallan una hosca complacencia en amargarse la vida y amargársela al prójimo habrían resistido. Yo no lo hice. No me atreví. Una vez amainada la tormenta, le dije que más le habría valido amar a Ed Burke y llevar una sencilla alianza de oro, pero ella se negó a escucharme, y pensé que, ya que había resuelto querer a alguien con quien no podía casarse, era preferible que fuese a mí. Yo, al menos, sabría tratarla con un afecto sensato, y en cuanto se cansase de su encaprichamiento podría marcharse sin haber sufrido menoscabo alguno. Pues estaba resuelto en ese punto, aun sabiendo cuán difícil resultaría. Recordaba el desenlace habitual de las uniones platónicas y pensaba en el disgusto que experimentaba cada vez que oía hablar de alguna. Sabía que acometía una empresa tremenda para un hombre tan poco escrupuloso como yo, y soñaba el porvenir, pero en ningún momento dudé de que estaría a salvo conmigo. De haber sido otra persona que no fuese Tessie, no me habría quebrado la cabeza con escrúpulos. Pues no se me pasaba por las mientes sacrificar a Tessie como habría sacrificado a una mujer de mundo. Miré fijamente al futuro y divisé los diversos finales probables de aquel trance. O bien ella se cansaría de todo el asunto, o bien se volvería tan desdichada que yo tendría que casarme con ella o marcharme. Si me casaba con ella seríamos desdichados: yo con una esposa impropia para mí, y ella con un marido impropio para mujer alguna; pues mi vida pasada difícilmente me daba derecho a contraer matrimonio. Si me marchaba, ella podía caer enferma, sanar y casarse con algún Eddie Burke, o bien, imprudente o deliberadamente, cometer un disparate. Por el contrario, si se cansaba de mí, tendría toda su vida por delante, con hermosas perspectivas de muchachos Burke, anillos de boda, mellizos, pisos en Harlem y sabe Dios qué más. Mientras paseaba entre los árboles junto al Arco de Washington, decidí que en cualquier caso hallaría en mí a un amigo leal, y el porvenir ya cuidaría de sí mismo. Luego entré en casa y me puse el traje de etiqueta, pues la esquela levemente perfumada sobre mi tocador decía: «Ten un carruaje en la puerta del escenario a las once», y la nota venía firmada: «Edith Carmichel, Teatro Metropolitano».

Cené aquella noche, o más bien cenamos la señorita Carmichel y yo, en Solari’s, y el alba apenas comenzaba a dorar la cruz de la Iglesia Memorial cuando entré en Washington Square tras dejar a Edith en el Brunswick. No había un alma en el parque mientras avanzaba bajo los árboles y tomaba el paseo que conduce de la estatua de Garibaldi a los apartamentos Hamilton, pero al pasar junto al patio del templo vi una silueta sentada en los peldaños de piedra. A mi pesar, un escalofrío me recorrió a la vista de aquel rostro blanco y abotagado, y me apresuré a pasar de largo. Entonces dijo algo que bien pudo estar dirigido a mí o haber sido tan solo un murmullo para sí mismo, pero una repentina y furiosa cólera ardió en mi interior ante la idea de que semejante engendro me dirigiese la palabra. Por un instante tuve deseos de dar media vuelta y partirle mi bastón en la cabeza, mas seguí caminando y, tras entrar en los Hamilton, subí a mi vivienda. Durante algún tiempo me revolví en la cama intentando apartar el rumor de su voz de mis oídos, mas no lo conseguí. Llenaba mi cabeza aquel mascullar, como humo denso y grasiento surgido de un caldero de sebo o un hedor de pestilente descomposición. Y mientras yacía agitándome, la voz en mis oídos cobró mayor claridad y comencé a descifrar las palabras que había mascullado. Me llegaron despacio, como si las hubiera olvidado, y al fin pude hallar sentido a aquellos sones. Decía esto:

«¿Has encontrado el Signo Amarillo?».

«¿Has encontrado el Signo Amarillo?».

«¿Has encontrado el Signo Amarillo?».

Estaba furioso. ¿Qué pretendía decir con aquello? Entonces, echando una maldición sobre él y los suyos, me di vuelta y me quedé dormido; pero cuando desperté más tarde me encontré pálido y demudado, pues había soñado el sueño de la noche precedente, y me inquietaba más de lo que deseaba admitir.

Me vestí y bajé al taller. Tessie estaba sentada junto a la ventana, pero en cuanto entré se levantó y me echó ambos brazos al cuello para darme un beso inocente. Se la veía tan dulce y primorosa que la besé de nuevo y luego tomé asiento ante el caballete.

—¡Vaya! ¿Dónde está el estudio que empecé ayer? —pregunté.

Tessie pareció turbada, pero no respondió. Me puse a rebuscar entre las pilas de lienzos diciendo: —Date prisa, Tess, y prepárate; debemos aprovechar la luz de la mañana.

Cuando al fin abandoné la búsqueda entre los demás lienzos y me volví para mirar por la estancia en busca del boceto perdido, advertí que Tessie permanecía de pie junto al biombo con las ropas puestas todavía.

—¿Qué ocurre? —pregunté—, ¿no te sientes bien?

—Sí.

—Pues apresúrate.

—¿Quieres que pose... como siempre he posado?

Entonces lo comprendí. He aquí una nueva complicación. Había perdido, desde luego, la mejor modelo de desnudo que jamás hubiera visto. Miré a Tessie. Tenía el rostro escarlata. ¡Ay, dolor! Habíamos comido del árbol de la ciencia, y el Edén y la inocencia prístina eran ensueños del pasado... me refiero a ella.

Supongo que notó la decepción en mi semblante, pues dijo: —Posaré si tú lo deseas. El estudio está aquí detrás del biombo, donde lo guardé.

—No —dije—, empezaremos algo nuevo. Y fui a mi guardarropa y escogí un traje morisco que resplandecía entero de relumbrón. Era un atuendo auténtico, y Tessie se retiró tras el biombo encantada con él. Cuando volvió a salir quedé maravillado. Sus largos cabellos negros estaban ceñidos sobre la frente por una diadema de turquesas, y los extremos caían rizados alrededor de su cinto centelleante. Sus pies iban calzados en babuchas puntiagudas bordadas, y la falda del traje, labrada con curiosos arabescos de plata, le llegaba a los tobillos. El chaleco de un azul metálico profundo bordado en plata y la chaquetilla morisca tachonada y cuajada de turquesas le sentaban de maravilla. Se acercó a mí y alzó el rostro sonriendo. Deslicé la mano en el bolsillo y, sacando una cadena de oro con una cruz pendiente, se la pasé por la cabeza.

—Es tuya, Tessie.

—¿Mía? —titubeó.

—Tuya. Ahora ve a posar. Entonces, con una sonrisa radiante, corrió tras el biombo y al punto reapareció con una cajita en la que estaba escrito mi nombre.

—Tenía la intención de dártela cuando me marchara a casa esta noche —dijo—, pero ya no puedo esperar más.

Abrí la cajita. Sobre el algodón rosado de su interior descansaba un broche de ónice negro, en el cual aparecía incrustado un singular símbolo o letra en oro. No era árabe ni chino, ni tampoco, según descubrí después, pertenecía a escritura humana alguna.

—Es todo lo que tenía para darte de recuerdo —dijo tímidamente.

Me sentí contrariado, pero le dije cuánto lo apreciaría y le prometí llevarlo siempre puesto. Ella me lo prendió en la levita, bajo la solapa.

—Qué tontería, Tess, gastar en comprarme una prenda tan hermosa como esta —dije.

—No la compré —rió ella.

—¿Dónde la conseguiste?

Me contó entonces cómo la había encontrado un día al regresar del Acuario de Battery, cómo había publicado anuncios y consultado los periódicos, hasta que al fin perdió toda esperanza de hallar al dueño.

—Eso fue el invierno pasado —dijo—, el mismo día en que tuve el primer horrible sueño con el coche de muertos.

Recordé mi sueño de la noche anterior pero no dije nada, y pronto mi carboncillo volaba sobre un lienzo nuevo mientras Tessie permanecía inmóvil sobre la peana.

Fin del Episodio 15 · de 39

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