Capítulo II · IV
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A la mañana siguiente, Thomas, el botones, me trajo el Herald y una noticia menuda. La iglesia de al lado había sido vendida. Di gracias al cielo por ello; no porque siendo católico sintiera repugnancia alguna por la congregación vecina, sino porque mis nervios estaban destrozados por un exhortador vocinglero cuyas palabras retumbaban por la nave del templo como si fuesen mis propias estancias, y que cargaba las erres con una persistencia nasal que sublevaba todos mis instintos. Además, había allí un demonio en figura humana, un organista, que despachaba algunos de los antiguos y grandes himnos con una interpretación propia, y yo ansiaba la sangre de una criatura capaz de ejecutar la doxología con un arreglo de acordes menores que solo se oye en un cuarteto de estudiantes novatos. Creo que el pastor era un hombre recto, pero cuando bramaba: «¡Y dijo el Señoooor a Moisés: El Señooor es varón de guerra; el Señooor es su nombre! ¡Mi ira se encenderá y os mataré con la espadaaaa!», me preguntaba cuántos siglos de purgatorio se requerirían para expiar semejante pecado.
—¿Quién compró la propiedad? —le pregunté a Thomas.
—Nadie que yo sepa, señor. Dicen que el caballero dueño de estos pisos Hamilton andaba mirándola. Podría estar pensando en construir más talleres.
Me acerqué a la ventana. El joven del semblante malsano permanecía junto a la verja del patio del templo, y a la mera vista de su estampa la misma abrumadora repugnancia se apoderó de mí.
—A propósito, Thomas —dije—, ¿quién es ese individuo de ahí abajo?
Thomas resopló con desdén: —¿Ese gusano de ahí, señor? Es el sereno del templo, señor. Me tiene harto viéndolo sentado toda la noche en esos peldaños y mirándolo a uno con insolencia. Le habría partido la cara, señor... con perdón de la palabra...
—Continúa, Thomas.
—Una noche, volviendo a casa con Harry, el otro muchacho inglés, lo veo ahí sentado en esas escaleras. Venían Molly y Jen con nosotros, señor, las dos chicas del servicio de bandejas, y él nos mira con tal insolencia que yo me encaro y le suelto: «¿Qué miras, pedazo de babosa sebosa?»... perdón, señor, pero así le dije. Entonces él no dice nada y yo le suelto: «¡Sal aquí fuera y te partiré esa cabeza de pudín!». Entonces abro la verja y entro, pero él no dice nada, solo mira descarado. Entonces le arreo un golpe, pero... ¡puaj!, tenía la cabeza tan fría y blanda que daba náuseas tocarlo.
—¿Y qué hizo entonces? —pregunté con curiosidad.
—¿Él? Nada.
—¿Y tú, Thomas?
El muchacho se sonrojó con embarazo y sonrió inquieto:
—Señor Scott, yo no soy ningún cobarde, y no me explico en absoluto por qué salí huyendo. Estuve en el 5.º de Lanceros, señor, corneta en Tel-el-Kebir, y fui herido de bala junto a los pozos.
—¿No me digas que echaste a correr?
—Sí, señor; eché a correr.
—¿Por qué?
—Eso es justo lo que desearía saber, señor. Agarré a Molly y eché a correr, y los demás estaban tan aterrorizados como yo.
—¿Pero de qué se asustaron?
Thomas se negó a responder por un momento, pero ahora mi curiosidad estaba despierta respecto al repulsivo joven de abajo y lo apremié. Una estancia de tres años en América no solo había modificado el dialecto londinense de Thomas, sino que le había inculcado el temor típicamente americano al ridículo.
—¿No me creerá usted, señor Scott?
—Sí te creeré.
—¿Se reirá de mí, señor?
—¡Tonterías!
Vaciló: —Bien, señor, es verdad de Dios que cuando le pegué me agarró de las muñecas, señor, y cuando le retorcí el puño blando y pastoso, uno de sus dedos se me quedó suelto en la mano.
La repugnancia y el horror absolutos del rostro de Thomas debieron de reflejarse en el mío, pues añadió:
—Es espantoso, y ahora cuando lo veo simplemente me aparto. Me revuelve las tripas.
Cuando Thomas se marchó, fui a la ventana. El hombre permanecía junto a la cancela del templo con ambas manos sobre la reja, pero retrocedí presuroso a mi caballete, asqueado y horrorizado, pues vi que le faltaba el dedo medio de la mano derecha.
A las nueve en punto apareció Tessie y desapareció tras el biombo con un alegre: «Buenos días, señor Scott». Cuando reapareció y tomó posición sobre la peana de la modelo, comencé un nuevo lienzo, con gran deleite por su parte. Guardó silencio mientras estuve con el dibujo, pero tan pronto como cesó el roce del carboncillo y tomé el fijador, se puso a charlar.
—¡Oh, lo pasé tan bien anoche! Fuimos al Tony Pastor’s.
—¿Quiénes son «fuimos»? —inquirí.
—¡Oh!, Maggie, ya sabes, la modelo del señor Whyte, y Pinkie McCormick —la llamamos Pinkie porque tiene ese hermoso pelo rojo que tanto les gusta a los artistas—, y Lizzie Burke.
Envié una lluvia de pulverizador con el fijador sobre el lienzo y dije: —Bien, continúa.
—Vimos a Kelly y a Baby Barnes, la bailarina de faldas, y... y todo lo demás. Me ligué a uno.
—¿De suerte que me has sido infiel, Tessie?
Ella rió y sacudió la cabeza:
—Es el hermano de Lizzie Burke, Ed. Es un perfecto caballero.
Me sentí obligado a darle algunos consejos paternales sobre los devaneos amorosos, que ella acogió con una brillante sonrisa.
—¡Oh!, sé cuidarme sola de un pretendiente desconocido —dijo, examinando su chicle—, pero Ed es diferente. Lizzie es mi mejor amiga.
Luego relató cómo Ed había regresado de la fábrica de calcetería de Lowell, Massachusetts, para encontrarlas a ella y a Lizzie ya crecidas, y qué joven tan consumado era, y cómo no le importaba derrochar medio dólar en helados y ostras para festejar su ingreso como dependiente en la sección de tejidos de Macy’s. Antes de que terminase me puse a pintar, y ella reanudó la pose, sonriendo y gorjeando como un gorrión. Al mediodía tenía el boceto bastante bien entonado y Tessie se acercó a mirarlo.
—Mucho mejor —dijo.
Yo opinaba lo mismo, y almorcé con la agradable certidumbre de que todo iba bien. Tessie dispuso su almuerzo sobre una mesa de dibujo frente a mí, y bebimos nuestro clarete de la misma botella y encendimos los cigarrillos con la misma cerilla. Le tenía un profundo afecto a Tessie. La había visto convertirse en una mujer esbelta pero de formas exquisitas desde que era una niña frágil y desgarbada. Había posado para mí durante los últimos tres años, y entre todas mis modelos era mi predilecta. Me habría afligido en verdad que se volviera descarada o ligera, según reza el dicho, pero jamás advertí deterioro alguno en sus maneras y en el fondo sentía que era una muchacha cabal. Jamás discutíamos de moral, ni yo tenía propósito de hacerlo, en parte porque yo mismo carecía de ella y en parte porque sabía que haría lo que le viniese en gana a pesar mío. Con todo, esperaba que se mantuviera libre de complicaciones, porque le deseaba el bien y además abrigaba el egoísta anhelo de conservar la mejor modelo que tenía. Sabía que los filtreos carecían de trascendencia para muchachas como Tessie, y que tales cosas en América no guardaban el menor parecido con las mismas en París. Sin embargo, habiendo vivido con los ojos abiertos, sabía también que alguien se llevaría a Tessie algún día, de un modo o de otro; y aunque me aseguraba a mí mismo que el matrimonio era una necedad, esperaba sinceramente que en su caso hubiera un sacerdote al final del camino. Soy católico. Cuando asisto a misa mayor y me persigno, siento que todo, incluido yo mismo, resulta más apacible, y confesarme me sienta bien. Un hombre que vive tan solitario como yo debe confesarse con alguien. Por otra parte, Sylvia era católica, y eso me bastaba de sobra. Pero estaba hablando de Tessie, que es algo muy distinto. Tessie también era católica y mucho más devota que yo, de modo que, bien mirado, poco temía por mi linda modelo hasta que se enamorase. Pero entonces supe que solo el destino decidiría su porvenir, y rogué interiormente para que el destino la mantuviese lejos de hombres como yo y no pusiera en su camino sino muchachos como Eddie Burke y Jimmy McCormick, ¡bendito sea su dulce rostro!
Tessie permanecía sentada lanzando anillos de humo al techo y haciendo tintinear el hielo en su vaso.
—¿Sabes que yo también tuve un sueño anoche? —observé.
—No sobre ese hombre, espero —rió ella.
—Exactamente. Un sueño similar al tuyo, solo que mucho peor.
Fue insensato e irreflexivo de mi parte decir aquello, pero bien se sabe qué poco tacto posee un pintor común. —Debí de quedarme dormido hacia las diez —continué—, y al rato soñé que despertaba. Con tanta claridad oí las campanas de medianoche, el viento en las ramas de los árboles y el silbido de los vapores en la bahía que incluso ahora apenas puedo creer que no estuviera despierto. Me parecía yacer en una caja provista de una cubierta de cristal. Divisaba vagamente los faroles de las calles al pasar, pues debo decirte, Tessie, que la caja en la que descansaba parecía encontrarse en un coche fúnebre acolchado que me zarandeaba sobre un pavimento empedrado. Al cabo de un rato me impacienté y traté de moverme, pero la caja era demasiado estrecha. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, de modo que no podía alzarlas para ayudarme. Escuché y luego traté de gritar. Se me había ido la voz. Podía oír el pisar de los caballos enganchados al carruaje, e incluso la respiración del cochero. Entonces otro rumor hirió mis oídos, como el de una ventana de guillotina que se levantaba. Me las arreglé para volver un poco la cabeza y descubrí que podía mirar, no solo a través de la cubierta de cristal de mi ataúd, sino también a través de los cristales laterales del coche fúnebre. Vi casas vacías y silenciosas, sin luz ni vida salvo una. En aquella casa había una ventana abierta en el primer piso y una figura vestida de blanco miraba hacia la calle. Eras tú.
Tessie había apartado el rostro de mí y se apoyaba en la mesa con el codo.
—Podía ver tu rostro —reanudé—, y me parecía sumamente afligido. Luego seguimos adelante y doblamos por una calleja oscura y estrecha. Al poco los caballos se detuvieron. Esperé y esperé, cerrando los ojos de miedo e impaciencia, pero todo permanecía mudo como la tumba. Tras lo que me parecieron horas enteras, comencé a sentirme angustiado. La sensación de que alguien estaba muy cerca de mí me obligó a abrir los párpados. Entonces vi el rostro blanco del conductor del coche fúnebre mirándome a través del cristal del ataúd...
Un sollozo de Tessie me interrumpió. Temblaba como una hoja. Comprendí que me había comportado como un majadero e intenté reparar el daño.
—Vamos, Tess —dije—, solo te contaba esto para mostrarte la influencia que tu historia podía tener en los sueños de otra persona. No supondrás que yacía de veras en un féretro, ¿verdad? ¿Por qué tiemblas? ¿No ves que tu sueño y mi irracional antipatía hacia ese inofensivo vigilante de la iglesia simplemente pusieron a funcionar mi cerebro en cuanto me quedé dormido?
Ocultó la cabeza entre los brazos y rompió a sollozar como si se le partiese el corazón. ¡Vaya triple asno rematado que había sido! Pero estaba a punto de superar mi propia marca. Me acerqué y le pasé el brazo por los hombros.
—Querida Tessie, perdóname —dije—; no tenía ningún derecho a asustarte con semejantes tonterías. Eres una muchacha demasiado sensata y demasiado buena católica para creer en sueños.
Su mano apretó la mía con fuerza y su cabeza cayó sobre mi hombro, pero continuaba temblando, y la acaricié y la consolé.
—Vamos, Tess, abre los ojos y sonríe.
Sus ojos se abrieron con un movimiento lento y lánguido y encontraron los míos, pero su expresión era tan extraña que me apresuré a tranquilizarla de nuevo.
—Todo es una patraña, Tessie; de seguro no temerás que te ocurra ningún daño por culpa de eso.
—No —dijo, pero sus labios escarlatas temblaban.
—Entonces, ¿qué ocurre? ¿Tienes miedo?
—Sí. Pero no por mí.
—¿Por mí, entonces? —pregunté alegremente.
—Por ti —murmuró en una voz casi inaudible—. Yo... te quiero.
Al principio estuve a punto de echarme a reír, pero cuando la comprendí, una conmoción me atravesó y me quedé sentado como petrificado. Aquella era la cúspide de las necedades que había cometido. Durante el instante que medió entre su confesión y mi respuesta pensé en mil réplicas a aquella inocente declaración. Podía despacharlo con una risa, fingir un malentendido y asegurarle que gozaba de buena salud, o sencillamente señalarle que era imposible que me amase. Pero mi contestación fue más veloz que mis pensamientos, y bien podía cavilar y cavilar ahora que ya era demasiado tarde, pues la había besado en la boca.
Fin del Episodio 14 · de 39
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