El Rey de Amarillo·Episodio 13

Capítulo I · IV

~9 min · 1820 palabras

¡Hay tantas cosas que resultan imposibles de explicar! ¿Por qué ciertos acordes musicales me hacen pensar en los matices pardos y dorados del follaje otoñal? ¿Por qué la Misa de Santa Cecilia inclina mis pensamientos a vagar por cavernas cuyos muros resplandecen con ásperas masas de plata virgen? ¿Qué había en el estruendo y la vorágine de Broadway a las seis en punto que hizo destellar ante mis ojos la estampa de un apacible bosque bretón donde la luz del sol se filtraba entre el ramaje primaveral y Sylvia se inclinaba, mitad con curiosidad, mitad con ternura, sobre una pequeña lagartija verde, murmurando: «¡Pensar que esto también es una pequeña criatura de Dios!»?

Cuando vi por primera vez al vigilante, me daba la espalda. Lo contemplé con indiferencia hasta que entró en el templo. No le presté mayor atención de la que habría dedicado a cualquier otro individuo que holgazaneara por Washington Square aquella mañana, y al cerrar mi ventana y volverme al taller ya lo había olvidado. A última hora de la tarde, siendo el día caluroso, alcé de nuevo la ventana y me asomé para tomar una bocanada de aire. Había un hombre de pie en el patio de la iglesia, y reparé en él otra vez con tan escaso interés como por la mañana. Miré a través de la plaza hacia donde jugaba el surtidor de la fuente y luego, con la mente poblada de vagas impresiones de árboles, calzadas de asfalto y los grupos errantes de niñeras y paseantes festivos, me dispuse a regresar a mi caballete. Al darme la vuelta, mi mirada indolente abarcó al hombre que estaba abajo en el patio del templo. Tenía el rostro vuelto hacia mí ahora y, con un movimiento del todo involuntario, me incliné para mirarlo. En ese mismo instante alzó la cabeza y me miró. Al punto pensé en un gusano de ataúd. Qué era lo que en aquel sujeto me causaba tal aversión no lo sabía, pero la impresión de un regordete y blancuzco gusano de sepultura fue tan intensa y nauseabunda que debí de revelarlo en mi semblante, pues él apartó su rostro abotagado con un ademán que me hizo pensar en una larva sobresaltada dentro de una castaña.

Regresé a mi caballete e hice una seña a la modelo para que reanudara la pose. Tras trabajar un rato me convencí de que estaba echando a perder cuanto había hecho con la mayor rapidez posible, y tomando una espátula raspé de nuevo el óleo. Las carnaciones resultaban cetrinas y enfermizas, y no comprendía cómo había podido pintar semejante color morboso en un estudio que antes había resplandecido de tonos saludables.

Miré a Tessie. No había cambiado, y el rubor límpido de la salud teñía su cuello y sus mejillas mientras yo fruncía el ceño.

—¿He hecho algo mal? —dijo ella.

—No... he estropeado este brazo, y por mi vida que no me explico cómo llegué a pintar semejante fango en el lienzo —respondí.

—¿Acaso no poso bien? —insistió.

—Desde luego, a la perfección.

—¿Entonces no es culpa mía?

—No. Es mía propia.

—Lo lamento mucho —dijo.

Le dije que podía descansar mientras yo aplicaba trapo y trementina a aquella mancha pestilente en mi lienzo, y ella se marchó a fumar un cigarrillo y a hojear las ilustraciones del Courrier Français.

No sabía si era algo en la trementina o un defecto en la tela, pero cuanto más frotaba más parecía extenderse aquella gangrena. Trabajé como un galeote para erradicarla, y sin embargo el mal parecía reptar de miembro en miembro en el estudio ante mis ojos. Alarmado, me esforcé por contenerlo, pero ahora el color en el pecho cambiaba y la figura entera parecía absorber la infección como una esponja empapa el agua. Con vigor manejé la espátula, la trementina y la rasqueta, pensando a cada instante en el severo ajuste de cuentas que tendría con Duval, que me había vendido el lienzo; pero pronto advertí que no era la tela lo defectuoso ni tampoco los óleos de Edward. «Debe de ser la trementina —pensé irritado—, o bien mis ojos se han nublado y confundido tanto con la luz de la tarde que no logro ver derecho». Llamé a Tessie, la modelo. Se acercó y se inclinó sobre mi respaldo lanzando anillos de humo al aire.

—¿Pero qué le has estado haciendo? —exclamó.

—Nada —rezongué—; ¡debe de ser esta trementina!

—Qué color tan espantoso tiene ahora —prosiguió—. ¿Acaso crees que mi piel se parece al queso verde?

—No, claro que no —dije enfadado—; ¿me viste pintar alguna vez de semejante manera?

—¡No, en verdad!

—¡Pues entonces!

—Debe de ser la trementina, o algo —admitió.

Se enfundó una bata japonesa y se dirigió a la ventana. Raspé y froté hasta quedar rendido, y por último agarré los pinceles y los arrojé a través del lienzo con una maldición rotunda, cuyo tono solo llegó a oídos de Tessie.

Sin embargo, enseguida comenzó: —¡Eso es! ¡Echa pestes, haz tonterías y echa a perder tus pinceles! ¡Llevabas tres semanas con ese estudio y ahora mira! ¿De qué sirve desgarrar el lienzo? ¡Qué criaturas son los artistas!

Me sentí tan avergonzado como de costumbre tras semejante arrebato, y volví la tela destrozada de cara a la pared. Tessie me ayudó a limpiar los pinceles y luego se marchó saltando a vestirse. Desde detrás del biombo me regaló con consejos sobre la pérdida total o parcial del dominio de sí, hasta que, pensando acaso que ya me había mortificado bastante, salió a implorarme que le abrochase la blusa donde ella no alcanzaba en el hombro.

—Todo marchó mal desde que te apartaste de la ventana y hablaste de ese sujeto de aspecto horrible que viste en el patio del templo —anunció.

—Sí, probablemente embrujó el cuadro —dije, bostezando. Miré mi reloj.

—Pasan de las seis, ya lo sé —dijo Tessie, acomodándose el sombrero ante el espejo.

—Sí —respondí—, no era mi intención retenerte tanto tiempo. Me asomé a la ventana pero retrocedí con repugnancia, pues el joven del rostro pastoso continuaba abajo en el patio de la iglesia. Tessie vio mi gesto de disgusto y se asomó a la ventana.

—¿Es ese el hombre que te disgusta? —susurró.

Asentí.

—No alcanzo a verle el rostro, pero sí se le ve gordo y blando. De algún modo —continuó volviéndose a mirarme— me recuerda un sueño... un sueño espantoso que tuve una vez. O —caviló, bajando los ojos hacia sus elegantes botines—, ¿acaso fue un sueño después de todo?

—¿Cómo podría saberlo yo? —sonreí.

Tessie sonrió como respuesta.

—Tú estabas en él —dijo—, de modo que quizá supieras algo al respecto.

—¡Tessie, Tessie! —protesté—, ¡no te atrevas a adularme diciendo que sueñas conmigo!

—Pero lo hice —insistió—; ¿quieres que te lo cuente?

—Adelante —respondí, encendiendo un cigarrillo.

Tessie se apoyó en el alféizar de la ventana abierta y comenzó muy formalmente:

—Una noche del invierno pasado yacía en la cama sin pensar en nada en particular. Había estado posando para ti y me sentía rendida, mas me resultaba imposible conciliar el sueño. Oí las campanas de la ciudad dar las diez, las once y la medianoche. Debí de quedarme dormida hacia las doce, porque no recuerdo haber oído más campanadas después. Me pareció que apenas acababa de cerrar los ojos cuando soñé que algo me impulsaba a ir a la ventana. Me levanté, alcé la guillotina y me asomé. La calle Veinticinco estaba desierta hasta donde alcanzaba la vista. Empecé a sentir miedo; todo afuera parecía tan... tan oscuro y desapacible. Entonces llegó a mis oídos el rumor de unas ruedas a lo lejos, y me dio la impresión de que eso era lo que debía aguardar. Muy despacio se aproximaron las ruedas y, al fin, pude distinguir un vehículo que avanzaba por la calle. Se acercó más y más, y cuando pasó por debajo de mi ventana vi que era un coche fúnebre. Entonces, mientras yo temblaba de pavor, el cochero se volvió y me miró de hito en hito. Cuando desperté, me hallaba de pie junto a la ventana abierta tiritando de frío, pero el coche fúnebre de penachos negros y el cochero habían desaparecido. Volví a soñar este sueño en marzo pasado y de nuevo desperté junto a la ventana abierta. Anoche volvió a repetirse. Recuerdas cómo llovía: cuando desperté, de pie ante la ventana abierta, mi camisón estaba empapado.

—¿Pero dónde aparecía yo en el sueño? —pregunté.

—Tú... tú estabas dentro del ataúd; pero no estabas muerto.

—¿En el féretro?

—Sí.

—¿Cómo lo sabías? ¿Podías verme?

—No; solo sabía que estabas allí.

—¿Acaso habías estado cenando tostadas con queso o ensalada de bogavante? —comencé riendo, pero la muchacha me interrumpió con un grito aterrado.

—¡Hola! ¿Qué sucede? —dije, al verla encogerse en el hueco de la ventana.

—El... el hombre de abajo en el patio... conducía el coche fúnebre.

—Disparates —dije, pero los ojos de Tessie estaban desorbitados por el espanto. Me acerqué a la ventana y miré afuera. El hombre se había marchado—. Vamos, Tessie —la exhorté—, no seas necia. Has posado demasiado tiempo; estás nerviosa.

—¿Crees que podría olvidar ese rostro? —murmuró—. Tres veces vi pasar el coche fúnebre bajo mi ventana, y en cada ocasión el cochero se volvió y me miró hacia arriba. ¡Oh, su rostro era tan blanco y... y blando! Parecía muerto... parecía como si llevase muerto largo tiempo.

Persuadí a la muchacha a que tomara asiento y bebiese una copa de Marsala. Luego me senté a su lado y traté de aconsejarla.

—Mira, Tessie —le dije—, vete al campo una o dos semanas y no volverás a soñar con coches de difuntos. Posas todo el día y al caer la noche tus nervios están deshechos. No puedes continuar así. Luego, además, en vez de irte a la cama cuando tu jornada de trabajo concluye, sales corriendo a meriendas campestres en Sulzer’s Park, o vas al Eldorado o a Coney Island, y cuando llegas aquí a la mañana siguiente estás exhausta. No hubo ningún coche fúnebre real: fue un sueño por indigestión de cangrejos.

Sonrió débilmente.

—¿Y qué hay del hombre del patio?

—¡Oh!, no es más que una criatura vulgar, enfermiza y corriente.

—¡Tan cierto como que me llamo Tessie Reardon, le juro, señor Scott, que el rostro del hombre de abajo en el patio es el rostro del hombre que conducía el coche fúnebre!

—¿Y qué con eso? —dije—. Es un oficio honrado.

—¿Entonces crees que de veras vi el coche de muertos?

—¡Oh! —dije con diplomacia—, si en verdad lo viste, no sería improbable que el hombre de abajo lo condujese. No tiene nada de particular.

Tessie se levantó, desdobló su pañuelo perfumado y, extrayendo un pedazo de goma de mascar de un nudo en el dobladillo, se lo llevó a la boca. Luego, calzándose los guantes, me tendió la mano con un franco: «Buenas noches, señor Scott», y se marchó.

Fin del Episodio 13 · de 39

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