Capítulo IV · II
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Miré a mi alrededor. ¡Vaya sitio propicio para abrigar horrores sobrenaturales! Aquel rostro bien perfilado y razonable de monseñor C——, su talante sereno y sus ademanes desenvueltos y elegantes, ¿no resultaban un tanto desalentadores para la idea de un misterio espeluznante? Miré por encima de su cabeza y casi me eché a reír. Aquella dama flotante que sostenía una esquina del dosel del púlpito, semejante a un mantel adamascado con flecos al viento, al primer conato de un basilisco por posarse allí arriba en el coro alto, ¡le apuntaría con su trompeta de oro y lo desvanecería de un soplido! Me reí para mis adentros de aquella ocurrencia que, en aquel momento, consideré sumamente graciosa, y permanecí sentado burlándome de mí mismo y de todo lo demás, desde la vieja arpía junto a la verja que me había cobrado diez céntimos por mi silla antes de dejarme entrar (se parecía más a un basilisco, me dije, que mi organista de complexión anémica); desde aquella ceñuda anciana hasta, ¡ay, dolor!, el mismísimo monseñor C——. Pues toda devoción se había esfumado. Jamás en mi vida había hecho cosa semejante, pero ahora sentía ganas de burlarme.
En cuanto al sermón, no pude escuchar una sola palabra por el sonsonete que tintineaba en mis oídos:
«El faldón de san Pablo ha alcanzado, habiéndonos predicado esas seis pláticas de Cuaresma, más untuosas de lo que jamás predicara»,
marcando el compás a los pensamientos más fantásticos e irreverentes.
De nada servía seguir sentado allí: debía salir al aire libre y sacudirme de encima aquel talante aborrecible. Sabía la incorrección que cometía, pero aun así me levanté y abandoné el templo.
Un sol primaveral brillaba en la Rue St. Honoré mientras bajaba las escalinatas de la iglesia. En una esquina había un carretón colmado de junquillos amarillos, violetas pálidas de la Riviera, oscuras violetas rusas y blancos jacintos romanos entre una nube dorada de mimosas. La calle rebosaba de paseantes domingueros. Blandí mi bastón y reí como los demás. Alguien me alcanzó y me adelantó. No se volvió, pero había la misma malevolencia mortífera en su pálido perfil que la que había destellado en sus ojos. Lo seguí con la mirada mientras pude divisarlo. Su espalda flexible expresaba la misma amenaza; cada paso que lo alejaba de mí parecía conducirlo a alguna misión relacionada con mi perdición.
Avanzaba arrastrando los pies, que casi se negaban a obedecerme. Comenzó a despuntar en mí una certidumbre de responsabilidad por algo olvidado tiempo atrás. Empezó a parecerme como si mereciese aquello con que él me conminaba: se remontaba a mucho tiempo atrás... a muchísimo tiempo atrás. Había permanecido aletargado todos estos años; estaba allí, no obstante, y pronto se alzaría para plantarme cara. Pero intentaría huir; y avancé a trompicones lo mejor que pude hacia la Rue de Rivoli, atravesé la Place de la Concorde y pasé al muelle. Contemplé con ojos enfermos el sol que relucía a través de la blanca espuma de la fuente, derramándose sobre las espaldas de los oscuros dioses fluviales de bronce, en el lejano Arco, una mole de niebla amatista, en las incontables perspectivas de troncos grises y ramas desnudas tenuemente verdes. Entonces lo divisé de nuevo bajando por una de las avenidas de castaños del Cours la Reine.
Me aparté de la orilla del río, crucé a ciegas hacia los Campos Elíseos y enfilé hacia el Arco. El sol poniente enviaba sus rayos por el verde césped del Rond-Point: en pleno resplandor estaba sentado en un banco, rodeado de niños y madres jóvenes. No era más que un ocioso dominguero, como los demás, como yo mismo. Pronuncié las palabras casi en voz alta, y mientras tanto contemplaba el odio malévolo de su rostro. Pero no me miraba a mí. Pasé sigiloso y arrastré mis pies de plomo avenida arriba. Sabía que cada vez que me cruzaba con él lo acercaba más al cumplimiento de su designio y a mi destino. Y aun así traté de salvarme.
Los últimos rayos del ocaso caían a través del gran Arco. Pasé bajo él y me encontré cara a cara con él. Lo había dejado muy abajo en los Campos Elíseos y, no obstante, venía entre una corriente de gente que regresaba del Bois de Boulogne. Se acercó tanto que me rozó. Su cuerpo enjuto se sentía como hierro dentro de su holgado ropaje negro. No mostraba señales de prisa, ni de fatiga, ni de ningún sentimiento humano. Todo su ser expresaba una sola cosa: la voluntad y el poder de causarme mal.
Con angustia lo vi descender por la ancha y concurrida avenida, que resplandecía entera de carruajes, arreos de caballos y los cascos de la Guardia Republicana.
Pronto lo perdí de vista; entonces di media vuelta y eché a correr. Hacia el Bois y mucho más allá... no sé adónde fui, pero al cabo de un largo tiempo según me pareció, la noche había caído y me encontré sentado a una mesa ante un pequeño café. Había regresado al Bois. Hacía horas que no lo veía. La fatiga corporal y el tormento mental me habían dejado sin fuerzas para pensar o sentir. ¡Estaba cansado, tan cansado! Anhelaba esconderme en mi propia guarida. Resolví volver a casa. Pero aquello quedaba muy lejos.
Vivo en la Corte del Dragón, un estrecho pasaje que conduce de la Rue de Rennes a la Rue du Dragon.
Es un callejón sin salida transitable únicamente para peatones. Sobre la entrada de la Rue de Rennes hay un balcón sostenido por un dragón de hierro. Dentro del patio se alzan viejas y altas casas a ambos lados que cierran los extremos que dan a las dos calles. Portones descomunales, replegados de día contra los muros de las profundas arcadas, cierran este pasaje pasada la medianoche, y es preciso entonces entrar llamando a ciertas pequeñas puertas laterales. El pavimento hendido acumula charcos nauseabundos. Empinadas escalinatas bajan abruptamente a puertas que abren al patio. Las plantas bajas están ocupadas por tiendas de ropavejeros y por herreros. Durante todo el día el lugar resuena con el tintineo de martillos y el choque de barras metálicas.
Por nauseabundo que resulte abajo, arriba reina la jovialidad, el sosiego y el trabajo honrado y laborioso.
Cinco pisos más arriba se hallan los talleres de arquitectos y pintores, y los escondrijos de estudiantes maduros como yo que desean vivir a solas. Cuando vine por primera vez a vivir aquí era joven, y no estaba solo.
Tuve que caminar un rato antes de que apareciera carruaje alguno, pero al fin, cuando casi había llegado de nuevo al Arco de Triunfo, pasó un coche vacío y lo tomé.
Del Arco a la Rue de Rennes hay un trayecto de más de media hora, en particular cuando a uno lo transporta un caballo de alquiler fatigado que ha estado a merced de los juerguistas del domingo.
Había habido tiempo sobrado antes de pasar bajo las alas del Dragón para tropezar con mi enemigo una y otra vez, pero no lo vi en una sola ocasión y ahora el refugio se hallaba al alcance de la mano.
Ante la ancha portalada jugaba una pequeña chusma de chiquillos. Nuestro conserje y su mujer se paseaban entre ellos con su caniche negro, manteniendo el orden; algunas parejas bailaban el vals en la acera. Respondí a sus saludos y me apresuré a entrar.
Todos los moradores del pasaje habían salido a la calle en tropel. El lugar estaba del todo desierto, alumbrado por unos pocos faroles suspendidos en lo alto, en los que el gas ardía mortecino.
Mi aposento se hallaba en lo alto de una casa, a mitad del pasaje, a la que se accedía por una escalera que descendía casi hasta la calleja, con solo un corto tramo intermedio. Puse el pie en el umbral de la puerta abierta; las viejas y ruinosas escaleras amigas se alzaban ante mí, conduciendo al reposo y al cobijo. Mirando hacia atrás por encima de mi hombro derecho, lo vi a él, a diez pasos de distancia. Debió de haber entrado en el pasaje a la par que yo.
Venía derecho hacia mí, ni despacio ni deprisa, sino recto hacia mí. Y ahora me miraba. Por primera vez desde que nuestros ojos se cruzaron a través del templo volvieron a encontrarse ahora, y supe que había llegado la hora.
Retrocediendo de espaldas, a lo largo del callejón, le hice frente. Pensaba escapar por la salida de la Rue du Dragon. Sus ojos me dijeron que jamás escaparía.
Parecieron siglos mientras avanzábamos, yo retrocediendo y él aproximándose, a lo largo del patio en absoluto silencio; pero al fin sentí la sombra de la arcada, y el paso siguiente me situó bajo ella. Había pensado darme vuelta aquí y saltar a la calle. Pero la sombra no era la de una arcada: era la de una bóveda. Los grandes portones de la Rue du Dragon estaban cerrados. Lo percibí por las tinieblas que me rodeaban, y en el mismo instante lo leí en su semblante. ¡Cómo brillaba su rostro en la oscuridad, aproximándose con presteza! Las profundas bóvedas, los descomunales portones cerrados y sus fríos cerrojos de hierro estaban todos de su parte. Lo que él había amenazado había llegado: se condensaba y gravitaba sobre mí desde las sombras insondables; el punto del que caería el golpe eran sus ojos infernales. Sin esperanza alguna, apoyé la espalda contra las puertas atrancadas y lo desafié.
Hubo un arrastrar de sillas en el suelo de piedra y un rumor mientras la congregación se ponía en pie. Podía oír la vara del suizo en la nave lateral sur, precediendo a monseigneur C—— hacia la sacristía.
Las monjas arrodilladas, despertadas de su devoto ensimismamiento, hicieron su reverencia y se marcharon. La dama elegante, mi vecina, se levantó también, con graciosa reserva. Al alejarse, su mirada apenas rozó mi rostro con desaprobación.
Medio muerto, o tal me pareció, mas intensamente atento a cada nimiedad, permanecí sentado en medio de la multitud que se movía con calma, y luego me levanté también y caminé hacia la puerta.
Había dormido durante el sermón. ¿Acaso había dormido durante el sermón? Alcé la vista y lo vi cruzar por la tribuna hacia su sitio. Solo vi su costado; el brazo delgado y encorvado bajo su ropaje negro parecía uno de aquellos diabólicos instrumentos sin nombre que yacen en las cámaras de tortura abandonadas de los castillos medievales.
Pero había escapado de él, aunque sus ojos habían dicho que no escaparía. ¿Acaso había escapado de él? Aquello que le otorgaba poder sobre mí regresó del olvido, donde había esperado mantenerlo sepultado. Pues ahora lo conocía. La muerte y la pavorosa morada de las almas perdidas, adonde mi debilidad lo había arrojado tiempo atrás... lo habían mudado para cualquier otro ojo, pero no para el mío. Lo había reconocido casi desde el principio; jamás dudé de lo que venía a hacer; y ahora sabía que mientras mi cuerpo descansaba a salvo en el alegre y pequeño templo, él había estado cazando mi alma en la Corte del Dragón.
Me arrastré hacia la puerta: el órgano estalló en lo alto con un clamor. Una luz cegadora inundó la iglesia, borrando el altar ante mis ojos. La gente se desvaneció; los arcos y el techo abovedado desaparecieron. Alcé mis ojos abrasados hacia aquel resplandor insondable y vi las estrellas negras suspendidas en los cielos: y los vientos húmedos del lago de Hali enfriaron mi rostro.
Y ahora, a lo lejos, sobre leguas de encrespadas olas de nubes, vi la luna goteando rocío; y más allá, las torres de Carcosa se alzaban tras la luna.
La muerte y la espantosa morada de las almas perdidas, adonde mi debilidad tiempo atrás lo había enviado, lo habían mudado para cualquier otro ojo salvo para el mío. Y ahora oí su voz, elevándose, hinchándose, retumbando a través de la luz llameante, y al caer yo, el resplandor en aumento, creciendo más y más, se vertió sobre mí en oleadas de fuego. Entonces me hundí en las profundidades y oí al Rey de Amarillo susurrarle a mi alma: «¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!».
EL SIGNO AMARILLO
«Sospeche la roja aurora lo que habremos de hacer, cuando muera esta lumbre estelar y todo llegue a su fin».
Fin del Episodio 12 · de 39
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