El Rey de Amarillo·Episodio 11

Capítulo IV · I

~13 min · 2649 palabras

Aquella misma noche tomé las llaves y entré en la casa que tan bien conocía. Todo estaba en orden, pero el silencio resultaba pavoroso. Aunque fui dos veces hasta la puerta de la estancia de mármol, no pude forzarme a entrar. Superaba mis fuerzas. Pasé al salón de fumar y me senté ante la espineta. Un pequeño pañuelo de encaje yacía sobre el teclado, y aparté la vista ahogado por la congoja. Se tornaba evidente que no podía quedarme, de modo que cerré con llave cada puerta, cada ventana y las tres verjas delanteras y traseras, y me marché. A la mañana siguiente Alcide preparó mi valija y, dejándolo a cargo de mis aposentos, tomé el Orient Express con rumbo a Constantinopla. Durante los dos años en que vagué por Oriente, al principio, en nuestras cartas, jamás mencionábamos a Geneviève ni a Boris, pero poco a poco sus nombres se fueron deslizando en ellas. Recuerdo en particular un pasaje de una de las cartas de Jack respondiendo a una mía:

«Lo que me cuentas de haber visto a Boris inclinado sobre ti mientras yacías enfermo, y de haber sentido su contacto en tu rostro y escuchado su voz, desde luego me inquieta. Esto que describes debió de ocurrir dos semanas después de su muerte. Me digo a mí mismo que soñabas, que formaba parte de tu delirio, pero esa explicación no me satisface a mí, ni te satisfaría a ti».

Hacia el final del segundo año llegó una carta de Jack enviada a la India, tan distinta de todo cuanto le había conocido que resolví regresar de inmediato a París. Escribía: «Me encuentro bien y vendo todos mis cuadros como hacen los artistas que no tienen necesidad de dinero. No tengo una sola preocupación propia, pero me hallo más inquieto que si la tuviese. Soy incapaz de sacudirme una extraña zozobra respecto a ti. No es aprensión, es más bien una expectación anhelante... ¡de qué, sabe Dios! Solo puedo decir que me está consumiendo. Por las noches sueño siempre contigo y con Boris. Nunca logro recordar nada después, pero despierto por la mañana con el corazón latiéndome con fuerza, y a lo largo de todo el día la excitación aumenta hasta que me duermo por la noche para revivir la misma experiencia. Me tiene agotado por completo y he decidido romper este estado enfermizo. Debo verte. ¿Voy yo a Bombay o vendrás tú a París?».

Le telegrafié que me aguardara en el siguiente vapor.

Cuando nos encontramos pensé que había cambiado muy poco; yo, insistió él, lucía con una salud espléndida. Daba gozo volver a oír su voz, y sentados a charlar sobre lo que la vida aún nos deparaba, sentimos que resultaba grato hallarse con vida bajo aquel brillante clima primaveral.

Permanecimos juntos en París una semana y luego fui una semana a Ept con él, pero antes que nada fuimos al cementerio de Sèvres, donde yacía Boris.

—¿Colocaremos las «Parcas» en la pequeña arboleda sobre él? —preguntó Jack, y yo respondí:

—Creo que solo la «Madonna» debería velar la tumba de Boris. Pero el regreso a casa no mejoró a Jack. Los sueños, de los cuales no conseguía retener ni el contorno más somero, continuaron, y me decía que a veces la sensación de expectación anhelante resultaba asfixiante.

—Ya ves que te hago daño y no bien alguno —dije—. Prueba a hacer una excursión sin mí. De modo que partió a solas para vagabundear por las Islas del Canal, y yo regresé a París. Aún no había entrado en la casa de Boris, ahora mía, desde mi vuelta, pero sabía que era forzoso hacerlo. Jack la había mantenido en orden; había sirvientes allí, de suerte que renuncié a mi propio apartamento y fui a vivir a ella. En vez de la turbación que temía, me encontré capaz de pintar allí con sosiego. Visité todas las estancias... todas menos una. No podía resolverme a entrar en la sala de mármol donde yacía Geneviève, y sin embargo sentía crecer a diario el anhelo de contemplar su rostro, de arrodillarme a su lado.

Una tarde de abril me hallaba soñando en el salón de fumar, tal como había reposado dos años antes, y maquinalmente busqué entre las leonadas alfombras orientales la piel de lobo. Al fin distinguí las orejas puntiagudas y la cabeza chata y cruel, y pensé en mi sueño en que veía a Geneviève tendida junto a ella. Los yelmos continuaban colgados sobre las raídas colgaduras, entre ellos el viejo morrión español que recordaba que Geneviève se había puesto una vez cuando nos divertíamos con las antiguas piezas de malla. Volví la mirada hacia la espineta; cada tecla amarillenta parecía elocuente del roce de sus manos, y me levanté, impelido por la fuerza de la pasión de mi vida hacia la puerta clausurada de la estancia de mármol. Las pesadas hojas giraron hacia adentro bajo mis manos temblorosas. La luz del sol penetró por el ventanal, ribeteando de oro las alas de Cupido y demorándose como un nimbo sobre la frente de la Madonna. Su rostro compasivo se inclinaba con piedad sobre una figura de mármol tan exquisitamente pura que me arrodillé y me persigné. Geneviève yacía a la sombra de la Madonna, y aun así, a través de sus brazos blancos, divisé la pálida veta cerúlea, y bajo sus manos suavemente entrelazadas los pliegues de su vestido estaban teñidos de rosa, cual si emanaran de una leve lumbre tibia en su pecho.

Inclinándome, con el corazón destrozado, toqué el ropaje de mármol con los labios y luego salí a hurtadillas hacia el silencio de la casa.

Una doncella vino a traerme una carta, y me senté en el pequeño invernadero a leerla; pero cuando estaba a punto de romper el sello, al ver que la muchacha vacilaba, le pregunté qué deseaba.

Balbuceó algo acerca de un conejo blanco que habían atrapado en la casa y me preguntó qué debía hacerse con él. Le ordené que lo soltara en el jardín amurallado detrás del edificio y abrí la carta. Era de Jack, pero tan incoherente que creí que había perdido el juicio. No era sino una sarta de súplicas para que no me marchara de la casa hasta que él pudiese regresar; no sabía decirme por qué: eran los sueños, decía... no lograba explicar nada, pero tenía la certeza de que yo no debía abandonar la casa de la Rue Sainte-Cécile.

Al terminar de leer alcé los ojos y vi a la misma doncella parada en el umbral sosteniendo una fuente de cristal en la que nadaban dos peces dorados: —Devuélvalos al estanque y dígame qué pretende interrumpiéndome —dije.

Con un sollozo a medio reprimir arrojó agua y peces a un acuario al fondo del invernadero y, volviéndose hacia mí, me pidió licencia para abandonar el servicio. Dijo que le estaban gastando bromas pesadas, con la evidente intención de meterla en apuros: habían robado el conejo de mármol y traído a la casa uno vivo; los dos hermosos peces de mármol habían desaparecido, y acababa de hallar a aquellos animales vulgares aleteando sobre el piso del comedor. La tranquilicé y la despedí, asegurándole que yo mismo examinaría el asunto. Entré en el taller; nada había allí fuera de mis lienzos y algunos vaciados en yeso, salvo el mármol del lirio de Pascua. Lo divisé sobre una mesa al otro extremo de la estancia. Caminé encolerizado hacia él. Pero la flor que levanté de la mesa estaba fresca y frágil, y embalsamaba el aire de perfume.

Entonces lo comprendí todo de súbito y eché a correr por el pasillo hacia la estancia de mármol. Las puertas se abrieron de par en par, la luz del sol me dio en el rostro y, a través de ella, con celestial gloria, la Madonna sonrió mientras Geneviève alzaba su encendido semblante del lecho de mármol y abría sus soñolientos ojos.

EN LA CORTE DEL DRAGÓN

«¡Oh tú, que ardes en alma por quien arde en el Infierno, a cuyo fuego un día tú también nutrirás; ¿hasta cuándo clamar: «Piedad de ellos», Dios! ¿Pues quién eres tú para enseñar y Él para aprender?».

En la iglesia de San Bernabé las vísperas habían concluido; los clérigos abandonaron el altar; los pequeños monaguillos cruzaron en bandada el presbiterio y ocuparon los sitiales del coro. Un suizo de rico uniforme descendió por la nave lateral sur, haciendo sonar su vara a cada cuatro pasos sobre el pavimento de piedra; tras él venía aquel elocuente predicador y hombre de bien, monseñor C——.

Mi silla se hallaba cerca de la verja del presbiterio; me volví entonces hacia el extremo occidental del templo. Los demás feligreses entre el altar y el púlpito se volvieron también. Hubo un leve rumor y crujido mientras la congregación volvía a tomar asiento; el predicador ascendió las escaleras del púlpito y el solo voluntario del órgano calló.

Siempre me había parecido de enorme interés la música de órgano en San Bernabé. Era sabia y docta, en demasía para mis escasos conocimientos, pero revelaba una inteligencia viva aunque gélida. Poseía además la cualidad francesa del buen gusto: el gusto reinaba soberano, dueño de sí, digno y sobrio.

Hoy, sin embargo, desde el primer acorde había percibido una mudanza para peor, un cambio siniestro. Durante las vísperas había sido principalmente el órgano del presbiterio el que sostuvo al hermoso coro, pero de cuando en cuando, con gratuita malevolencia al parecer, desde la tribuna occidental donde se alza el gran órgano, una mano pesada había golpeado a través del templo contra la serena paz de aquellas voces diáfanas. Era algo más que áspero y disonante, y no delataba falta de pericia alguna. Al repetirse una y otra vez, me hizo pensar en lo que dicen mis libros de arquitectura sobre la costumbre de tiempos remotos de consagrar el coro nada más concluirse su construcción, mientras que la nave, al terminarse a veces medio siglo después, a menudo no recibía bendición de ninguna clase: me pregunté con vaguedad si habría sido ese el caso de San Bernabé y si algo que por lo común no se considera en su casa en un templo cristiano no se habría deslizado sin ser advertido para enseñorearse de la tribuna occidental. Había leído también sobre sucesos semejantes, aunque no en tratados de arquitectura.

Recordé entonces que San Bernabé apenas contaba con algo más de un siglo de antigüedad, y sonreí ante la incongruente asociación de supersticiones medievales con aquel risueño retazo de rococó del siglo dieciocho.

Pero ahora las vísperas habían terminado y debían haber sucedido unos pocos acordes sosegados, aptos para acompañar la meditación mientras aguardábamos el sermón. En lugar de ello, la discordancia en el fondo del templo estalló con la partida del clero, cual si ahora nada pudiese contenerla.

Pertenezco a aquellos hijos de una generación más antigua y sencilla que no gustan de buscar sutilezas psicológicas en el arte; y siempre me he negado a hallar en la música otra cosa que melodía y armonía, pero sentí que en el laberinto de notas que ahora manaba de aquel instrumento algo estaba siendo cazado. Arriba y abajo los pedales lo perseguían, mientras los teclados bramaban su aprobación. ¡Pobre diablo!, fuese quien fuese, ¡parecía haber escasas esperanzas de salvación!

Mi molestia nerviosa se tornó en cólera. ¿Quién hacía semejante desatino? ¿Cómo se atrevía a tocar de ese modo en medio del servicio divino? Miré a los fieles que me rodeaban: ninguno parecía estar turbado en lo más mínimo. Las frentes plácidas de las monjas arrodilladas, aún orientadas hacia el altar, nada perdían de su devoto ensimismamiento bajo la sombra pálida de sus tocas blancas. La dama elegante a mi lado aguardaba con expectación a monseñor C——. Por cuanto revelaba su semblante, el órgano bien habría podido estar entonando un Ave María.

Pero ahora, al fin, el predicador había hecho la señal de la cruz y reclamado silencio. Me volví hacia él de buen grado. Hasta ese instante no había hallado el reposo con que contaba al entrar en San Bernabé aquella tarde.

Estaba agotado por tres noches de sufrimiento físico y congoja mental: la última había sido la peor, y eran un cuerpo exhausto y una mente embotada pero agudamente sensible lo que había traído a mi iglesia favorita en busca de alivio. Pues había estado leyendo El Rey de Amarillo.

«Sale el sol; júntanse y échanse en sus cuevas». Monseñor C—— pronunció su texto con voz sosegada, paseando la mirada tranquila por la congregación. Mis ojos se volvieron, no supe por qué, hacia el fondo del templo. El organista salía de detrás de sus tubos y, cruzando por la tribuna de salida, lo vi desaparecer por una pequeña puerta que conduce a unas escaleras que bajan en derechura a la calle. Era un hombre esbelto, y su rostro era tan blanco como su levita negra. «¡Buen viaje —pensé—, con tu música impía! Espero que tu ayudante toque el voluntario final».

Con un sentimiento de alivio —con un profundo y sosegado sentimiento de alivio— volví a contemplar el semblante bondadoso del púlpito y me dispuse a escuchar. He aquí, al fin, la quietud de espíritu que tanto anhelaba.

—Hijos míos —dijo el predicador—, hay una verdad que al alma humana le cuesta más que ninguna otra aprender: que nada tiene que temer. Jamás se le puede hacer ver que nada puede dañarla en verdad.

«¡Curiosa doctrina —pensé— para un sacerdote católico! Veamos cómo la concilia con los Santos Padres».

—Nada puede dañar verdaderamente al alma —prosiguió en sus tonos más serenos y límpidos—, porque...

Pero jamás escuché el resto; mi mirada abandonó su rostro, no supe por qué causa, y buscó el fondo del templo. El mismo hombre salía de detrás del órgano y cruzaba por la tribuna del mismo modo. Pero no había habido tiempo para que regresara, y de haber vuelto, yo habría tenido que verlo. Sentí un leve escalofrío y se me encogió el corazón; y, con todo, su entrada y salida nada tenían que ver conmigo. Lo miré: no pude apartar la vista de su silueta negra y de su rostro blanco. Cuando estuvo exactamente frente a mí, se volvió y lanzó a través de la iglesia, directo a mis ojos, una mirada de odio intensa y mortífera: jamás he contemplado otra semejante; ¡quiera Dios que jamás vuelva a verla! Luego desapareció por la misma puerta por donde lo había visto partir menos de sesenta segundos antes.

Permanecí sentado e intenté serenar mis pensamientos. Mi primera sensación fue como la de un niño muy pequeño que ha sufrido un daño atroz, cuando contiene el aliento antes de romper a llorar.

Verme de súbito blanco de semejante aborrecimiento resultaba sumamente penoso; y aquel individuo era un completo desconocido. ¿Por qué me odiaba tanto?... ¿a mí, a quien jamás había visto antes? Por un instante todo otro sentimiento quedó subsumido en este único dolor: incluso el miedo se subordinaba a la pesadumbre, y por ese momento no albergué la menor duda; pero al instante siguiente comencé a razonar y el sentido de lo incongruente vino en mi ayuda.

Como he dicho, San Bernabé es un templo moderno. Es pequeño y luminoso; se abarca por entero casi de un vistazo. La tribuna del órgano recibe una intensa luz blanca de una fila de amplios ventanales en el claristorio, que ni siquiera tienen vidrieras coloreadas.

Hallándose el púlpito en el centro de la nave, resultaba inevitable que, al estar vuelto hacia él, cualquier movimiento en el extremo occidental atrajese de inmediato mi atención. Cuando el organista pasó no fue de extrañar que lo viera: simplemente había calculado mal el intervalo entre su primera y su segunda pasada. Había entrado esta última vez por la otra puerta lateral. En cuanto a la mirada que tanto me había trastornado, no había existido tal cosa: yo no era más que un tonto nervioso.

Fin del Episodio 11 · de 39

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