El Rey de Amarillo·Episodio 10

Capítulo III · IV

~4 min · 864 palabras

Jack, quiero ver a Boris de inmediato; y llévale mi más entrañable saludo a Geneviève...

Cuando al fin me hizo comprender que ambos habían muerto, caí en una cólera demencial que destrozó hasta el último vestigio de mis escasas fuerzas de convaleciente. Desvaríe y me maldije hasta precipitarme en una recaída, de la cual salí arrastrándome algunas semanas más tarde como un muchacho de veintiún años convencido de que su juventud se había extinguido para siempre. Parecía haber quedado más allá de toda capacidad de sufrimiento, y un día, cuando Jack me entregó una carta y las llaves de la casa de Boris, las tomé sin estremecerme y le pedí que me lo contase todo. Era cruel de mi parte pedírselo, pero no había remedio, y él se apoyó con fatiga sobre sus delgadas manos para reabrir la llaga que jamás podría cicatrizar por completo. Comenzó con suma serenidad:

—Alec, a no ser que poseas algún indicio que yo ignore, no serás capaz de explicarte lo sucedido más de lo que puedo yo. Sospecho que preferirías no escuchar estos pormenores, mas es preciso que los conozcas, pues de lo contrario te ahorraría el relato. Sabe Dios cuánto desearía que se me evitase referirlo. Emplearé pocas palabras.

»Aquel día, cuando te dejé al cuidado del doctor y volví con Boris, lo encontré trabajando en las «Parcas». Geneviève, según dijo, dormía bajo el influjo de los sedantes. Había perdido por completo la razón, me refirió él. Siguió trabajando sin pronunciar palabra, y yo lo observaba. Al poco tiempo advertí que la tercera figura del grupo —la que miraba de frente, hacia el mundo— llevaba su rostro; no como tú lo viste alguna vez, sino como se mostraba entonces y hasta el final. Esto es algo a lo que me gustaría hallar explicación, pero jamás la tendré.

»Pues bien, él trabajaba y yo lo observaba en silencio, y así continuamos hasta cerca de la medianoche. Entonces oímos abrirse y cerrarse con violencia la puerta, y una carrera precipitada en la estancia contigua. Boris saltó a través del umbral y yo lo seguí; pero llegamos demasiado tarde. Ella yacía en el fondo de la alberca, con las manos cruzadas sobre el pecho. Entonces Boris se disparó un tiro al corazón. —Jack cesó de hablar; gruesas gotas de sudor brillaban bajo sus ojos y sus enjutas mejillas sufrían crispaciones—. Llevé a Boris a su alcoba. Luego volví y vacié aquel líquido infernal del estanque, y abriendo todas las espitas de agua lavé el mármol hasta purgarlo de la última gota. Cuando al fin me atreví a descender los peldaños, la hallé tendida allí, tan blanca como la nieve. Por último, una vez que hube resuelto lo que mejor convenía hacer, fui al laboratorio y vacié primero la solución de la jofaina por el sumidero; luego vertí tras ella el contenido de cada frasco y cada botella. Había leña en la chimenea, de modo que encendí lumbre y, forzando las cerraduras del armario de Boris, reduje a cenizas cada papel, libreta y carta que hallé allí. Con una maza del taller reduje a añicos todas las botellas vacías, y cargándolas en un cubo de carbón las bajé a la bodega y las arrojé sobre el lecho candente de la caldera. Seis veces realicé el trayecto y, al cabo, no quedó vestigio alguno de nada que pudiera prestar ayuda para recuperar la fórmula que Boris había descubierto. Solo entonces me atreví a avisar al médico. Es un hombre de bien y juntos bregamos para ocultárselo al público. Sin su auxilio jamás lo habría logrado. Al fin conseguimos pagar a los criados y enviarlos al campo, donde el viejo Rosier los mantiene en calma con relatos acerca de viajes de Boris y Geneviève por tierras lejanas, de donde no regresarán en años. Sepultamos a Boris en el pequeño cementerio de Sèvres. El doctor es una buena criatura y sabe apiadarse de un hombre que ya no puede sobrellevar más dolor. Extendió su certificado por dolencia cardíaca y no me hizo pregunta alguna.

Luego, levantando la cabeza de entre sus manos, añadió: —Abre la carta, Alec; es para ambos.

La abrí apresuradamente. Era el testamento de Boris, fechado un año atrás. Dejaba todo a Geneviève y, en caso de que ella muriese sin hijos, yo debía asumir el dominio de la casa de la Rue Sainte-Cécile y Jack Scott la administración en Ept. A nuestra muerte, la propiedad pasaba a la familia de su madre en Rusia, a excepción de los mármoles esculpidos ejecutados por su propia mano. Estos me los legaba a mí.

La página se volvió borrosa ante nuestros ojos, y Jack se levantó y se dirigió a la ventana. Al poco regresó y volvió a tomar asiento. Yo temía escuchar lo que fuese a decir, pero habló con la misma sencillez y dulzura.

—Geneviève yace ante la Madonna en la estancia de mármol. La Madonna se inclina con ternura sobre ella, y Geneviève sonríe a aquel rostro sereno que jamás habría existido de no ser por ella.

Se le quebró la voz, pero estrechó mi mano diciendo: «Ánimo, Alec». A la mañana siguiente partió hacia Ept para cumplir su encargo.

Fin del Episodio 10 · de 39

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