El relojero de las horas perdidas·Episodio 03

El contrato bajo el yunque de bronce

~4 min · 885 palabras

A las nueve de la mañana siguiente, dos carruajes negros con los escudos heráldicos de los señores de la cantera se detuvieron ante la escalinata de piedra de la torre. El comisario de cuentas de la cancillería, acompañado por el notario mayor de la villa y dos escribanos con casacas de paño verde, traía un legajo encuadernado con cinta negra y una balanza de latón de dos brazos para tasar el metal de las tres campanas mayores: La Candelaria, San Marcos y La Muda.

—Doscientos cincuenta quintales de bronce y estaño de primera colada —anunció el tasador con suficiencia, golpeando el badajo de La Muda con el pomo de marfil de su bastón—. Fundidas darán para veinte cañones de fortaleza o dos mil piezas de munición pesada para la guardia fronteriza del virrey. La subasta empezará al mediodía.

Jonás descendió las escaleras con el pliego comunal de fueros en la mano izquierda y la pluma de ave en la derecha. A su lado, Beatriz vestía su mejor saya de paño azul oscuro de fiesta, con un delantal de lino planchado y el broche de plata con la flor de árnica que su madre le había dejado en herencia en su lecho de muerte.

—El artículo diecisiete de los fueros comunales de Altasierra es terminante y no admite recurso, señor comisario —dijo Jonás con una calma que sonaba a acero templado—. El campanario municipal no puede ser embargado ni subastado por deudas si el maestro campanero reside en la torre con cónyuge legítimo consagrado a un oficio acreditado de salud pública.

◇

El notario mayor enarcó las cejas con desdén y desplegó sus gafas de concha sobre su nariz aguileña.

—¿Cónyuge legítimo? Carballo, hasta donde sabe este tribunal de hacienda, usted lleva siete inviernos viviendo como un eremita hosco entre ruedas dentadas, polvo de carbón y grasa rancia de carnero.

—El acta matrimonial está firmada esta misma madrugada ante el vicario de la parroquia de San Cristóbal —intervino Beatriz con voz clara y firme, dando un paso al frente y apoyando el pergamino sobre el yunque de afinar campanas—. Doña Beatriz Valls, maestra herbolaria con título del Colegio Botánico de Ribera, y don Jonás Carballo, campanero y relojero mayor del Valle de Oreb. La dote incluye el huerto comunal de árnica de las peñas altas y la custodia perpetua de las señales de avenida fluvial.

El comisario apretó la mandíbula con irritación manifiesta, revisando el sello de cera encarnada con el pulgar enguantado. La ley foral era inexpugnable: desposeer a un matrimonio gremial exigía un juicio plenario ante el tribunal de apelaciones de Burgos que tardaría al menos cuatro años en resolverse.

—Esto es una farsa procesal urdida en la sombra —gruñó el funcionario imperial, doblando sus inventarios con desprecio—. Pero volveremos con una provisión directa de la cancillería. Tienen hasta el solsticio de verano para demostrar ante los jueces que este matrimonio no es un fraude de escribanía.

Cuando los carruajes se perdieron calle abajo, chirriando sobre la nieve sucia, la plaza quedó en silencio. Jonás y Beatriz siguieron junto al yunque de bronce, con el viento frío de las cumbres en la cara.

—Firmar una alianza de conveniencia solo es peligroso cuando las razones de conveniencia empiezan a parecerse al amor —dijo Jonás en voz baja, mirando la firma de Beatriz al pie del pergamino.

Beatriz alzó la mano despacio y le ajustó con suavidad el cuello de lana del sayo, un gesto tan natural y cercano que pareció borrar de golpe los siete inviernos de separación.

—Nadie arriesga su libertad por un campanario viejo, Jonás. Al menos admítelo una vez en tu vida.

—Admito que este campanario no valdría nada sin ti en la escalera, Beatriz.

El viejo párroco don Anselmo, que había acudido al campanario alertado por el ruido de los carruajes, sacó del bolsillo de su sotana el libro de registro capitular encuadernado en becerro con cantos dorados. Con mano trémula pero firme, estampó el testimonio canónico que blindaba la dote de Beatriz ante cualquier tribunal de la corona, recordando que la iglesia de Altasierra había nacido de las manos de los mismos artesanos que ahora defendían su torre. Jonás firmó con el trazo limpio que le había enseñado su padre en la forja, mientras Beatriz espolvoreaba arena fina sobre la tinta fresca para que no emborronara el juramento.

Antes de recoger los pliegos del yunque, Beatriz desató de su cinto una bolsita de tela bordada con flores de brezo y sacó dos alianzas de cobre pulido forjadas con la espiga de un reloj antiguo. Las colocó sobre el pergamino sellado. Jonás tomó la más pequeña y la deslizó en el anular de Beatriz con un pulso que no vaciló un instante, sintiendo que aquel metal sencillo tenía más peso y verdad que cualquier joya labrada en los talleres de la corte.

Ella sonrió con esa timidez orgullosa que él recordaba de las tardes de verano junto al arroyo, y sus dedos se entrelazaron sobre el bronce frío del yunque.

Esa tarde, mientras recogían los pliegos, Beatriz se quedó en la puerta mirando el Pico del Fraile. La cornisa de hielo que había visto quebrarse la víspera ya no estaba; en su lugar, la ladera brillaba mojada, como si sudara.

—Esta noche no duermas, Jonás —dijo—. El río viene.

Fin del Episodio 3 · de 4

El contrato bajo el yunque de bronce

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