Las doce campanadas del río
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A medianoche en punto, el rugido que sacudió la torre no vino del cielo tempestuoso, sino del fondo mismo de la tierra. Un alud colosal de nieve húmeda, peñascos y raíces desprendidas se desplomó sobre la cabecera del río Oreb, taponando el desfiladero durante veinte minutos agónicos antes de que la presión descomunal del agua embalsada reventara la presa natural. En lo más alto del campanario de Altasierra, el gran péndulo osciló violentamente hacia la izquierda, sacudido por la vibración telúrica que ascendía por los cimientos de roca viva.
—¡Viene la riada de deshielo! —gritó Beatriz desde la aspillera norte, señalando hacia el fondo del cañón donde una masa oscura de agua espumosa arrastraba pinos enteros y cantos rodados como si fueran briznas de paja.
Jonás no perdió un segundo en deliberaciones. Se abalanzó sobre la palanca de embrague del gran carillón de señales de avenida. Las cuerdas de cáñamo alquitranado, tensadas por contrapesos de trescientas libras de plomo, debían liberar los martillos de las doce campanas para que el tañido de emergencia corriera dos leguas río abajo hasta Molino Claro y Puente Viejo antes de que la ola de lodo sepultara las compuertas de riego y sorprendiera a los vecinos en sus camas.
—El trinquete de La Muda se ha trabado por la escarcha —dijo él, tirando con todas sus fuerzas mientras los engranajes de latón chirriaban como dientes partidos bajo la tensión del mecanismo.
—¡Empuja conmigo, Jonás! —gritó Beatriz, echando todo el peso del cuerpo sobre la manivela de bronce junto a él. Las manos de Jonás, encallecidas por las limas y los bruñidores, envolvieron los dedos de Beatriz sobre el mango de roble. Durante tres segundos, el hierro no se movió.
De pronto, un crujido seco y vibrante resonó en la bóveda de la torre: el hielo acumulado saltó en mil esquirlas brillantes y el gran tren de engranajes del carillón echó a rodar con un rugido triunfal de escape libre. Uno tras otro, los martillos de bronce golpearon los labios de las doce campanas con una potencia atronadora que sacudió la noche entera del valle.
Trece, catorce, quince tañidos cruzaron el abismo y despertaron a los vigías de las terrazas bajas. A lo lejos, en Molino Claro, dos teas respondieron desde el adarve del molino de Elena Morán: las compuertas se abrían a tiempo en el dique, desviando la riada hacia el cauce ancho de los sauces sin cobrarse una sola vida ni romper una muela de molino.
En la cámara alta, Jonás y Beatriz cayeron sentados sobre el banco de castaño, sin aliento, mientras el gran péndulo volvía a su paso de siempre. Durante un rato no dijeron nada. Abajo, en el valle, las teas de Molino Claro seguían encendidas, contestando a la torre, y desde Puente Viejo llegaba, muy débil, el repique de una campanilla de botica.
—Ningún mecanismo es perfecto, pero hay engranajes que solo encajan cuando aprenden a compartir la holgura —dijo Jonás con la respiración entrecortada, girando el rostro hacia ella en la penumbra dorada de la linterna.
Beatriz lo miró a los ojos, extendió los dedos y le acarició la mejilla con una ternura honda que ya no necesitaba escudarse en el sarcasmo ni en la distancia de los páramos altos.
—Has arreglado el gran reloj del valle, Carballo. Ahora solo te falta darle cuerda al que dejaste dormido en la repisa de madera.
Jonás sonrió, sacó del bolsillo de su chaleco la pequeña llave de plata que llevaba guardada desde hacía siete inviernos y la depositó con reverencia sobre la palma abierta de Beatriz.
—Ese reloj solo lo tocas tú. Desde esta misma noche y hasta que el bronce de la torre se vuelva polvo en el río.
Cuando las doce campanas cesaron su clamor de bronce y el silencio volvió a descender sobre el abismo del valle, las primeras luces del alba recortaron las siluetas de los tejados de Altasierra contra un cielo limpio de color lavanda. En las terrazas bajas, los campesinos encendieron teas de alerce para señalar que los canales de desagüe funcionaban sin contratiempo. Jonás recogió las herramientas dispersas por el suelo de la cámara, guardando cada lima y cada cincel en su estuche de fieltro con la devoción de quien agradece un milagro concedido por la madera y el metal.
Desde la barandilla de la torre, Jonás y Beatriz vieron a los primeros pescadores de truchas botar sus barcas al Oreb y saludar al campanario con los remos en alto. Abajo, en la plaza, alguien había arrancado de la puerta de la fonda el edicto de cera negra y lo había echado al pilón. Jonás le pasó el brazo por los hombros a Beatriz.
Antes de bajar, Beatriz sacó la llave de plata, la metió en el pequeño reloj de la repisa y le dio cuerda. Las agujas, paradas siete años en las seis y diez, echaron a andar.
Fin del Episodio 4 · de 4
Las doce campanadas del río
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