El relojero de las horas perdidas·Episodio 02

El péndulo y el tomillo silvestre

~4 min · 881 palabras

La aguanieve golpeaba las celosías de roble como un puñado de perdigones de plomo disparados contra la torre. En la sala de máquinas del reloj, el calor de la estufa de fundición apenas lograba mantener a raya la escarcha que florecía en las esquinas de los cristales de la linterna. Jonás desmontó el eje secundario del carillón con movimientos pausados y metódicos, colocando los casquillos de bronce sobre un trapo empapado en aceite de linaza para que no perdieran su alineación micrométrica.

—Sujeta esta palanca con las dos manos, Beatriz —pidió él sin alzar la vista—. Si se me escapa el trinquete de retención, el muelle real saltará como una víbora de acero y nos romperá las muñecas a los dos antes de que podamos pestañear.

Beatriz dio un paso al frente, se colocó a su izquierda y apoyó las manos enguantadas sobre la barra de hierro. La postura los obligaba a rozarse hombro con hombro a cada movimiento. El olor acre del lubricante de relojero se mezclaba con el de las hierbas secas que Beatriz llevaba cosidas en el dobladillo de la saya, y en medio del temporal la torre se volvió, de pronto, extrañamente doméstica.

—Tu pulso no ha cambiado ni un adarme —murmuró ella, sintiendo la tremenda tensión del acero cediendo milímetro a milímetro bajo el esfuerzo combinado de sus brazos—. Sigues apretando los dientes y conteniendo el aliento como cuando tu padre te obligaba a limar dientes de piñón de latón hasta la medianoche en el sótano de la forja.

—Y tú sigues mirando de través cuando te da miedo que alguien note que te tiembla la voz —contestó Jonás, deslizando el pasador de seguridad con un chasquido limpio que resonó en la nave.

◇

El trinquete quedó asegurado en su muesca. Ambos soltaron el aire a la vez, con los pechos agitados por el esfuerzo físico. Beatriz se despojó de los guantes de cuero húmedo y se frotó las muñecas enrojecidas frente al resplandor rojizo de la rejilla de la estufa.

—Podrías haber bajado al pueblo en estos siete inviernos, Jonás. No te habría costado nada cruzar la plaza en las mañanas de domingo.

—¿Bajar para qué, Beatriz? ¿Para verte vender infusiones a escondidas en el portalón de la herrería mientras los concejales y el alguacil te llamaban hechicera por la espalda y amenazaban con quemarte las cestas? Te ofrecí la mitad de mi taller de relojería. Te ofrecí la protección del gremio de campaneros.

—Me ofreciste un rincón detrás de tus relojes para que no me molestaran los gendarmes del concejo —saltó ella, con los ojos pardos brillando con una llamarada oscura de orgullo herido—. Querías ponerme un marco de latón dorado y darme cuerda los domingos después de misa, como a una de tus figuritas mecánicas del autómata de las estaciones. Yo necesitaba un compañero con agallas para plantar cara a los jueces, no un carcelero con compás y escuadra que me guardara en una alacena.

Jonás dejó caer la llave de latón sobre la mesa de pino con un golpe rotundo que retumbó en la estancia como un aldabonazo.

—Tenía veinticinco años, Beatriz. Tenía una deuda heredada de trescientas monedas de plata que mi padre dejó sin pagar antes de romperse el cuello en el foso de la fundición de campanas. Si el concejo municipal me retiraba la licencia del campanario, acababa con grilletes en las canteras de la frontera antes de que cayeran las hojas del otoño. No era cobardía; era la única manera de que alguno de los dos tuviera un techo sobre la cabeza y pan en la artesa.

Beatriz guardó silencio durante un largo minuto. Su mirada se desvió lentamente hacia la esfera de latón del pequeño reloj de mesa que Jonás guardaba en la repisa de madera de cerezo: un mecanismo delicado con dos agujas caladas que marcaban perpetuamente las seis y diez de la tarde.

—Es inútil fingir indiferencia cuando los dos sabemos exactamente qué hora marcaba la torre cuando nos despedimos —dijo ella en voz baja, tocando el cristal biselado con la yema del dedo índice.

Jonás dio un paso hacia ella, deteniéndose a escasas pulgadas de su rostro. El vaho de sus respiraciones se cruzaba en el aire gélido de la torre, borrando las distancias.

—Ese reloj no ha vuelto a recibir una sola vuelta de cuerda desde esa misma tarde, Beatriz. Pensé que si lo dejaba parado en la repisa, el tiempo se avergonzaría de haber pasado tan deprisa sin nosotros.

Antes de ajustar la platina inferior, Jonás sacó de un estuche de terciopelo una lupa de relojero montada en aro de plata y examinó los rubíes de los centros. La luz de la estufa les arrancaba destellos carmesíes. Beatriz, mientras tanto, se había acercado al banco de herramientas, donde Jonás tenía abierta la carta foral de Altasierra, y la leía de pie, despacio, pasando el dedo por los renglones como quien busca una hierba concreta en un prado entero.

—Artículo diecisiete, relojero —dijo por fin, sin levantar la vista—. El campanario no puede subastarse si el maestro campanero vive en la torre con cónyuge legítimo de oficio de salud. Yo tengo el oficio. Tú tienes la torre. —Cerró la carta foral—. Y el vicario de San Cristóbal abre a las cinco.

Fin del Episodio 2 · de 4

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