El latón de los siete inviernos
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El aceite de colza clarificado y mezclado con polvo fino de grafito tenía un brillo irisado y oscuro sobre la yema de los dedos de Jonás Carballo. A sesenta varas de altura sobre los tejados de pizarra de Altasierra, en el corazón de vigas de roble de la torre municipal, el gran escape de áncora del reloj marcaba su compás con un latido metálico que hacía vibrar el suelo bajo sus pies. Jonás ajustó el tornillo micrométrico de la rueda catalina con una llave de latón pulido, sin que le temblara el pulso. La maquinaria no engañaba a quien sabía leer sus holguras: el calor desacostumbrado del viento del sur estaba dilatando los tirantes de hierro del campanario dos semanas antes de lo previsto en las tablas de efemérides.
A través del óculo circular abierto hacia el abismo del desfiladero, el relojero contemplaba las cumbres todavía coronadas por ventisqueros de nieve blanca. Dos leguas más abajo, en el fondo del valle, el río Oreb discurría como un cordel de plata viva que serpenteaba entre los pinares umbríos en dirección a los molinos de agua de Molino Claro. En el zaguán bajo de la torre, dos golpes secos y autoritarios en la cancela de reja rompieron el aislamiento de su taller de altura, haciendo saltar al gato pardo que dormitaba sobre un cajón de poleas.
—El tiempo no se detiene en los relojes rotos; se queda esperando a que alguien tenga el valor de mirarlo de frente —murmuró Jonás para sí, limpiándose los pulgares en el mandil de cuero crudo antes de descolgar la linterna de bronce martillado.
Descendió los setenta escalones de piedra caliza carcomida por los temporales de tres siglos, sintiendo el aire cada vez más frío y húmedo a medida que se acercaba al nivel de la calle. Al descorrer la pesada tranca de encina, la ráfaga de aire montano le trajo un aroma que reconoció antes incluso de que la llama de su vela pudiera rasgar las sombras del umbral: corteza de abedul seca, resina fresca de enebro y ese fondo inconfundible y balsámico de tomillo blanco silvestre que solo crecía en los pedregales más altos del Pico del Fraile.
En el umbral, con las botas de cuero engrasado cubiertas de barro arenisco y un sayal impermeable de lana burda teñido de verde musgo, estaba Beatriz Valls. Llevaba una alforja doble de arpillera cargada de raíces medicinales al hombro y los ojos pardos, afilados por el viento cortante de las peñas, clavados en su rostro con una fijeza que no admitía rodeos ni cumplidos vacíos.
—El escribano municipal ha clavado un edicto con cera negra en la puerta de la fonda de la plaza, Carballo —dijo ella sin molestarse en dar los buenos días, con una voz pausada que parecía tallada en una laja de pizarra—. Los concejales han vendido el derecho de aguas de las esclusas al consorcio de canteras de la frontera. Y la torre del reloj va en el mismo lote si antes del equinoccio de primavera nadie deposita trescientas libras de plata en el arca comunal.
—El ayuntamiento no puede vender el campanario —replicó Jonás con firmeza, sujetando la pesada hoja de roble con el hombro para que la corriente no le apagara la mecha—. La carta foral de 1540 dice con toda claridad que el reloj y las campanas pertenecen a la cofradía de artesanos del valle mientras la torre mantenga el pulso del deshielo y avise de las avenidas a los campesinos.
—Tu carta foral tiene las esquinas roídas por los ratones del archivo parroquial y el alcalde tiene una hipoteca impagada con los prestamistas de la corte —contestó Beatriz, cruzando el quicio sin pedir permiso y depositando la alforja sobre el banco de herramientas—. Además, las cumbres se están ablandando a marchas forzadas. He visto quebrar las cornisas de hielo del Fraile esta misma madrugada. Si tu reloj no avisa a las compuertas de Molino Claro cuando baje la riada de primavera, el lodo se llevará las terrazas de centeno de tu primo y los cimientos de la herrería.
Jonás la observó en silencio mientras ella se desprendía del capuz empapado. Siete inviernos completos habían pasado desde la tarde en que Beatriz recogió sus botes de botica y subió a vivir a las cabañas pastoriles del páramo alto, negándose a acatar la orden del consejo municipal que prohibía a las mujeres regentar herboristerías independientes. Su pelo oscuro, trenzado con una hebra de cáñamo crudo, guardaba todavía la misma rebeldía salvaje que a Jonás le había quitado el sueño durante su juventud.
—Sigues teniendo la mala costumbre de aparecer cuando el tejado está a punto de venirse abajo —dijo él, ofreciéndole un vaso de hojalata con té caliente de menta que humeaba sobre la estufa.
—Y tú sigues creyendo que los engranajes arreglan lo que la cobardía de los hombres estropea en la plaza pública —respondió ella, aceptando el vaso y dejando que el calor balsámico le devolviera la vida a los dedos agarrotados por el hielo.
Entre los dos, en la penumbra de la escalera, el gran péndulo del piso superior dejó caer un tañido sordo de latón que resonó en los sillares, como el comienzo de una cuenta atrás. Jonás no tenía trescientas libras de plata. No tenía ni treinta. Lo único de valor en toda la torre era un pequeño reloj de repisa parado desde hacía siete años en las seis y diez, y ese no pensaba venderlo.
Fin del Episodio 1 · de 4
El latón de los siete inviernos
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