El filo del escalpelo
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Tres capas de damasco púrpura separaban la alcoba de la reina de las galerías de Whitehall, y aun así el olor de la linfa conseguía atravesarlas: una ciénaga de grasa de ballena, azufre y agua de rosas que reptaba hacia el paladar con la densidad del sebo frío. Sobre el catafalco de roble negro yacía lo que la cristiandad llamaba su soberana, amortajada en terciopelo, con la coraza de ballenas ahogando el jadeo de los fuelles.
Varley estaba de rodillas junto al lecho, con el sayo pardo de boticario de cámara y un tarro de alcanfor en la mano buena. Llevaba cuatro meses ungiendo aquel cuerpo; conocía cada costura del sudario y cada punto donde el armazón asomaba bajo la seda si se miraba demasiado cerca. Desde el hundimiento de la tarde, el pecho subía cojo, con un tirón a la izquierda que él tapaba como podía, alisando el paño con la palma cada vez que el balancín tropezaba.
A cuatro varas del estrado, dos guardias del ministerio vigilaban el terciopelo con las gorgueras de hierro apretadas hasta la asfixia. Ada Moss había llegado un minuto antes por la escalera de servicio y se había quedado junto al trípode de la lámpara de inspección como una inspectora más, con el cartapacio de inventarios contra el pecho, sin mirar a Varley.
La puerta se abrió sin que nadie la anunciara. El hombre que entró era enjuto, con la cara tallada en manteca rancia y una cadena de alguacil sobre el jubón: Kroll, el perro de Vosper. No se detuvo en la línea de las tres varas.
—El fuelle tose, boticario —dijo, señalando con la uña sucia el dobladillo del sudario—. Ese no es el ritmo de un cuerpo bendecido por la gracia. Huele a calderería y a tripa quemada.
—La unción exige alcanfor y resina de Esmirna, alguacil —respondió Varley sin levantar la vista, tragándose el ardor que le taladraba la garganta—. La carne ungida supura lo que el espíritu rechaza. Retroceda a sus tres varas antes de que el Manto lo condene por sacrilegio.
Kroll no retrocedió. Bajo la tela púrpura, una gota negra acababa de manchar el forro de armiño, carcomiendo la hebra con un siseo casi imperceptible. En ese instante el pecho de la reina dio un chasquido seco, un tropiezo de engranaje, y se aceleró a setenta y seis. El paño vibró como un animal en un cepo.
Kroll sacó un escalpelo largo y estriado como una lanceta de necropsia. A su espalda, los guardias desenvainaron: nadie que presenciara la alteración del pulso regio conservaba la lengua al amanecer.
El filo rasgó las gasas con un sonido de cuero podrido. No brotó sangre, sino una niebla sulfurosa; el lubricante, liberado de los conductos, empezó a devorar las hebras del Manto con un burbujeo sordo, y el olor a tripas mecánicas hizo toser a los guardias. Bajo el lino hendido no apareció carne ungida, sino un costillar de ballena endurecida y alambre que mantenía cautivo un fuelle neumático, silbando desbocado por una fisura de la junta soldada.
—¡Miradlo! —bramó Kroll, hundiendo el escalpelo tres pulgadas más—. ¡El trono respira con pulmones de chatarra!
Ada no esperó a que la orden bajara por las vigas. Calculó la distancia entre las botas de Kroll y el tubo flexible de los mecheros —cuatro pasos en diagonal— y la cruzó sin vacilar, encajando el hombro contra el trípode de fundición de la lámpara. El armazón osciló y cayó en arco cerrado; el codo de plomo que traía el gas de hulla se quebró contra un pedestal de mármol con un silbido ensordecedor.
El chorro encontró la llama piloto. La deflagración bramó como un cañón de abordaje: una llamarada de azufre, azul en el núcleo y amarillo ponzoña en los bordes, se tragó los vapores de fenol que flotaban sobre el catafalco y arrojó a Kroll contra los guardias, cuyas corazas repiquetearon por el suelo. Ada agarró a Varley por el sayo y lo arrastró hacia la trampilla del tiro de desescombro antes de que el humo terminara de cerrarse.
El tiro los escupió en el colector, entre un crujido de cartílagos y el hedor a cieno del Támesis. Ada rodó sobre la cadera y volvió a agarrar al viejo por la pechera. Varley seguía apretando contra el pecho el tarro de alcanfor, como si fuera lo único que le quedaba del oficio.
—Camina —le susurró ella—. Ni una queja. Las vigas bajan cualquier chasquido al cuerpo de guardia en tres latidos.
—Kroll no subió a comprobar nada —jadeó Varley, hundiéndose hasta las pantorrillas en la podredumbre—. Ya lo sabía. Sabía dónde cortar. Alguien le dijo que hoy el pecho iba a toser.
Ada no gastó aire en responder. Sesenta varas más allá, la compuerta de marea del muelle del carbón debía darles salida a las barcazas que esperaban bajo la niebla. Pero al doblar el último arco chocaron con una masa muerta: el rastrillo de la esclusa tres, bajado hasta el fondo del fango y sellado con una costra de brea fresca. Ada descargó la palma contra la plancha. La mole devolvió una vibración sorda, inerte. Detrás de ellos, las válvulas de paso empezaron a cerrar el túnel sección por sección.
Silas oyó caer los contrapesos antes de sentirlos en la espalda. Encajado bajo el chasis de la reina, en el fondo de la fosa, comprendió lo que significaba aquel estruendo: la guardia no había entrado a purgar la cripta. La había sellado desde fuera, con él dentro, y había inundado los pasos exteriores. Nadie iba a bajar. Nadie iba a dejarlo subir.
Sacó la llave doblada de entre los radios con un tirón que le reabrió la palma. El simulador combatía contra su propio diseño: sesenta y cinco, dentro de la ventana, pero con un tirón asimétrico que arriba debía de verse como un hipo. Metió el escalpelo entre las dos platinas para alcanzar el tornillo micrométrico, y la hoja tropezó otra vez con la arista que había visto brillar por la tarde.
Era una leva. Acero endurecido, montada excéntrica sobre el cigüeñal de retorno y encajada en un piñón de veinticuatro dientes fresado a propósito. No estaba en los planos. No la había puesto él, ni Varley, ni el relojero que dormía en un barril bajo el lodo. Silas limpió el fango con el pulgar hasta dejar desnuda, a la luz mezquina de la válvula, una incisión microscópica grabada a buril: el blasón de la Casa Vosper.
Contó los dientes del piñón con la punta del escalpelo. La leva no estaba pensada para sostener la respiración de la reina, sino para hacer saltar el áncora en un ángulo sin vuelta cuando el tren alcanzara el diente número doce. Echó la cuenta con el ritmo de la máquina, dos veces, porque la primera no quiso creerla. A sesenta y cinco por minuto, el diente doce llegaba a medianoche.
No era una avería que él pudiera reparar. Era una ejecución con hora fija. Silas alzó la vista hacia el vientre del catafalco mientras, en la tubería de arriba, una cápsula sellada con cera negra caía en el cerrojo de la bóveda y trababa el pasador por fuera con un chasquido final.
Fin del Episodio 4 · de 5
El filo del escalpelo
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