El áncora desdentada
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Los tres encapuchados no se acercaron. Se apostaron junto a la esclusa con los escalpelos bajos, como perros que esperan el silbido, y el silbido llegó desde la escalerilla de caracol del pasadizo norte: un taconeo de suela de montar sobre el enrejado y una corriente que olía a tabaco de Virginia y a lavanda. Ada había desaparecido. Silas no la vio moverse; solo notó que el hueco entre las calderas estaba vacío y que el estuche lacrado ya no colgaba de ningún correaje.
El Lord Protector Hector Vosper bajó envuelto en una capa militar que no disimulaba la rigidez de sus hombros. Se apretaba contra la cara un pañuelo de batista empapado en vinagre aromático para defenderse del fenol. En la solapa le brillaba la venera de plata de la Regencia: desde que la reina había dejado de respirar por su cuenta, era Vosper quien gobernaba en su nombre, y quien decidía qué bajaba en las minutas.
—Sesenta y ocho latidos, Crane. —La voz, tamizada por el lino avinagrado, tenía una sequedad de oficina más peligrosa que una orden de fusilamiento—. El embajador de Castilla lleva veinte minutos clavando los gemelos en el pecho de Su Majestad. Dice que respira con la languidez de una novicia tísica.
Silas se limpió el lodo sintético de los nudillos con un jirón de estopa. La cercanía de Vosper le picaba más que el ácido.
—El retén de compensación apenas aguanta, milord. Le he puesto una paleta de repuesto y es blanda. Si forzamos la frecuencia por encima de setenta y dos, la oscilación quebrará las varas de ballena. El manto no respirará: convulsionará.
Vosper acortó la distancia hasta que su aliento, agrio de clavo, le rozó la cara. Bajó el pañuelo y descubrió una boca delgada y exangüe.
—No me recite los cánones que yo mismo redacté. Flandes y Castilla condicionan el empréstito de guerra a la salud del trono, y no voy a dejar que sospechen que financian a un cadáver apuntalado con muelles. Necesito setenta y cuatro pulsaciones. Un pecho que llene el jubón con la arrogancia de quien todavía decapita traidores.
Alzó el bastón de regatón de plata y golpeó el volante de paso. Silas no tuvo alternativa: apoyó la palma en la rueda moleteada y, milímetro a milímetro, abrió el caudal hacia el sector rojo del dial. La linfa manó por las holguras del balancín y le empapó los dedos; el ardor le subió por la muñeca hasta el codo.
—Setenta y tres —masculló—. La Ordenanza...
—La Ordenanza no se promulgó para cuidar la salud de la reina, artífice. —Vosper no pestañeó—. Se escribió para purgar mecánicos antes de que el cuerpo diplomático descubra que el trono cobija una efigie hueca. Su predecesor creyó que la tolerancia era un margen para la piedad. Está bajo el lodo de la marea baja, en un barril sellado con brea.
Silas apretó el tornillo compensador un cuarto de vuelta. El simulador encajó con un crujido cavernoso: setenta y tres y medio. Por la tronera, el manto regio subía y bajaba con una gravedad hipnótica, el reposo de una déspota entregada al sueño. Vosper lo miró durante cuatro ciclos completos antes de volver a cubrirse la boca.
—Mantenga ese pulso, Crane —ordenó, ya de espaldas, mientras los tres encapuchados lo seguían escalerilla arriba como una sombra partida en tres—. La guerra no espera a que los muertos aprendan a respirar.
La compuerta cayó tras ellos y se llevó el último hilo de ventilación. A tres varas de la peana, el falso pecho de la reina persistía en su farsa, pero la cadencia empezó a degenerar. Bajo el corsé de ballenas, el escape de áncora emitía un chasquido agrio, desacompasado: la paleta de repuesto no estaba hecha para setenta y cuatro, y cada golpe llegaba una fracción de segundo más tarde que el anterior.
Silas aferró la manivela de regulación con las dos manos, sin hacer caso del fuego en las yemas abiertas. El circuito secundario, entorpecido por grasa cristalizada, exigía una fuerza descomunal. Media vuelta a ciegas, fiándose de la memoria de los músculos, de quien conoce la frontera exacta entre el ajuste y la catástrofe. La aguja rozó setenta y tres con ocho. Arriba, el terciopelo debía de agitarse con un oleaje crispado que no habría engañado a nadie.
El roce del áncora se volvió un chirrido desdentado: garras de metal patinando en seco contra el volante. Silas apoyó el hombro en el bastidor, clavó las botas en el fango y cargó todo el peso del cuerpo contra la palanca.
El eje de compresión reventó con una detonación seca. Las paletas del áncora se clavaron en la rueda de escape y le arrancaron tres dientes en una lluvia de esquirlas; el muelle real, suelto, empezó a vaciar su tensión de golpe, y bajo el manto las ballenas crujieron hacia dentro como costillas bajo una maza.
Silas metió la llave de bronce entre los radios.
El volante la mordió, la dobló, le arrancó la piel de la palma hasta la raíz del pulgar, y se detuvo. Durante un segundo entero no se movió nada en la fosa. Después, con la llave atravesada como un hueso mal soldado, el muelle volvió a cargar, el áncora encontró los dientes que le quedaban y el pecho de la reina se levantó otra vez, cojo, a sesenta y tres pulsaciones.
Bajo las losas, la gran viga vibró tres veces con un pulso grave: el sensor neumático de Whitehall había registrado el hundimiento. Silas no sabía cuánto había durado arriba. Un suspiro, una convulsión, un pecho que se vacía y vuelve a llenarse delante de un embajador con gemelos. En los corredores exteriores sonó el chasquido de los cerrojos de la guardia avanzando hacia la esclusa. Y en el fondo de la caja, donde la llave se había doblado, algo brillaba entre el cigüeñal y el piñón de retorno: una arista de acero que no figuraba en ningún plano de la Real Maestranza.
Fin del Episodio 3 · de 5
El áncora desdentada
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