Tinta mineral y escoria
~6 min · 1117 palabras
El taller de Silas era una bóveda contigua a la fosa, sin más luz que la que se filtraba, ambarina y sucia, por tres claraboyas selladas con brea. Allí, sobre la bancada, montaba cada mañana la matriz de los edictos: copiaba en una plancha de cobre la minuta que bajaba del Gabinete y la encajaba en el pantógrafo para que, arriba, la mano de la reina la firmara con su letra gotosa. Aquella tarde la plancha seguía en el tornillo de banco, y Silas la miraba sin tocarla, con la mano izquierda envuelta en un trapo y los nudillos todavía en carne viva. Fogoneros y estibadores del Bajo Támesis. La había grabado él. Letra por letra, sin leerla, como se graba un número de serie.
El simulador latía al otro lado del tabique; desde el banco se veían las costillas de latón por la tronera, abriéndose y cerrándose a sesenta y ocho por minuto. Silas había pasado la mañana cambiando la paleta limada por una de repuesto, más blanda, la única que quedaba en el armario de la Maestranza. Aguantaba. Por ahora. Varley había subido a la alcoba con su tarro de alcanfor y su sayo de boticario, y la fosa se había quedado con ese silencio de plomo en el que un hombre empieza a oír su propia sangre.
No oyó entrar a nadie. Las compuertas se tragaban los pasos; lo que lo advirtió fue la viga maestra, una caída súbita de presión en la esclusa norte que le erizó el vello de los antebrazos e hizo toser a la columna de vapor secundaria una bocanada de escoria.
En el vano entre las dos calderas auxiliares, donde el calor torcía los ángulos de los remaches, se dibujó un perfil afilado. Ada Moss no vestía las galas de la corte ni el lino de los escribas, sino un gabán de paño basto cubierto de salitre y polvo de carbón, ceñido por correajes de ordenanza de los que colgaba un estuche cilíndrico lacrado en negro. Era inspectora de la Intendencia y la única persona en Whitehall que bajaba a la fosa sin que la mandaran.
—Seis minutos para que el ácido te atraviese la suela si pisas fuera de las rejillas, inspectora —dijo Silas sin apartar la vista del manómetro.
Ada afianzó la bota en el nervio de fundición que no acumulaba grasa. Una sonrisa seca, sin cortesía, le tensó la comisura de los labios mientras se bajaba la capucha.
—Tus fuelles jadean, Silas. La guardia huele el azufre desde las antesalas de Westminster. Vengo a cobrar lo que me debes antes de que tus propios émbolos te aplasten la garganta.
—Si la guardia oliera algo más que su propia podredumbre de oficina, no estarías regateando en mi rejilla.
Silas no preguntó qué deuda. Con Ada Moss nunca se sabía hasta que pasaba la factura.
Al otro lado del tabique, el balancín dio un salto. La columna de mercurio trepó hacia los setenta y cuatro y el fuelle soltó un siseo que desgarró el aire de la bóveda. Silas cruzó la puerta baja de la fosa con la llave de purga en la mano; Ada lo siguió sin que se lo pidiera. Por la viga maestra bajó una advertencia telegráfica que sacudió el polvo de carbón de las esferas: arriba alguien había visto temblar el terciopelo.
—¡Las tenazas de madera! —gritó él—. ¡Sujeta el vástago secundario o no cobrarás ni una libra!
Ada obedeció con una precisión de maquinista. Silas hundió la palma desnuda contra el balancín ardiente para frenar la leva; la quemadura le arrancó un gruñido, pero el latón cedió y encajó en setenta pulsaciones exactas. Cuando despegó la mano, un jirón de piel se quedó pegado al metal.
Ada soltó las tenazas en una bandeja de zinc. Del interior del gabán sacó un canuto de latón pavonado cuyo sello de cera negra había sido abierto con filo de cirujano, sin una mella en el lacre.
—Tu torpeza con los calibres no es lo que nos va a enterrar, Silas. Este cilindro cayó por el tiro de la Torre Norte hace media hora, directo a la esclusa de la Intendencia.
Extendió una vitela gruesa. El relieve del Gran Sello ardía sobre el pergamino, pero no fue la filigrana lo que dejó a Silas sin aire. Fue el texto: Orden de dispersión y condena sumaria para las cuadrillas de fogoneros y estibadores del Bajo Támesis. La misma letra quebradiza de la mano de la reina, los mismos sellos ciegos de la Ordenanza Secreta. Y en el ángulo inferior, cubriendo la fórmula de la condena, una mancha de sangre venosa ya renegrida.
—Eso lo firmó ella hace dos horas —dijo Silas—. Yo vi caer el ácido sobre el pliego. Se deshizo.
—El tuyo se deshizo. Este estaba sellado antes de que subieras la plancha. —Ada golpeó la mancha con la uña—. Y testificado con sangre: la de un reo que todavía respira en las mazmorras de arriba. Alguien más tiene la matriz del sello, Silas. Alguien más sabe hacer la letra de tu muñeca.
Silas apretó la mano quemada contra el delantal para disimular el temblor de los tendones. Pensó en la paleta limada, en las estrías finas y paralelas. Pensó en quién podía bajar a la fosa de noche con una lima de relojero sin que la viga avisara.
—Si el decreto ya estaba sellado, el relevo de medianoche no viene a inspeccionar el simulador.
—Viene a limpiar la escoria. —Ada guardó el pergamino—. No somos los artífices de la corte. Somos los testigos que no deben ver el amanecer.
El retumbar de la viga no se disipó; se convirtió en un gemido de compresión que hizo vibrar los frascos en las baldas. Las compuertas de plomo del pasaje cayeron sobre sus guías como la tajadera de un matadero y los cerrojos neumáticos dispararon sus vástagos con un chasquido que trituró los sellos de cera contra las losas. Silas tiró de la palanca de descompresión con la mano quemada. Bailó inerte entre sus dedos: habían purgado la presión desde arriba. Estaban emparedados.
Las llamas de las tulipas se encogieron hasta quedar en diminutas coronas azules. Una niebla helada, bombeada desde las esclusas para lavar la cámara, empezó a deslizarse a ras de suelo. En el extremo opuesto, el torno de la esclusa de inspección giró despacio y escupió un vaho de salmuera.
Por ella entraron tres siluetas con mandiles de cuero embreado y capuchones estancos de fieltro. No traían alabardas ni órdenes de arresto. En las manos enguantadas brillaban escalpelos de disección, hojas curvas pensadas para separar articulaciones con la misma facilidad con que se desmonta un engranaje.
Fin del Episodio 2 · de 5
Tinta mineral y escoria
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