El cohete extraordinario (final)
~3 min · 659 palabras
Bueno, bueno —dijo la Pata, que era de un natural muy pacífico y nunca reñía con nadie—, cada cual tiene sus gustos. Espero, en todo caso, que vaya usted a fijar aquí su residencia.
—¡Oh, de ningún modo! —exclamó el Cohete—. No soy más que un visitante, un distinguido visitante. La verdad es que encuentro este lugar bastante tedioso. Aquí no hay sociedad ni soledad. De hecho, es esencialmente suburbano. Es probable que regrese a la Corte, pues sé que estoy destinado a causar sensación en el mundo.
—Yo misma pensé una vez en entrar en la vida pública —observó la Pata—; hay tantas cosas que necesitan una reforma. De hecho, presidí una asamblea hace algún tiempo y aprobamos resoluciones que condenaban todo lo que no nos gustaba. Sin embargo, no parecieron tener mucho efecto. Ahora me dedico a la vida doméstica y cuido de mi familia.
—Yo estoy hecho para la vida pública —dijo el Cohete—, y también todos mis parientes, hasta el más humilde de ellos. Siempre que aparecemos despertamos gran atención. Yo todavía no he aparecido en persona, pero cuando lo haga será un espectáculo magnífico. En cuanto a la vida doméstica, envejece a uno con rapidez y aparta la mente de cosas más elevadas.
—¡Ah, las cosas elevadas de la vida, qué hermosas son! —dijo la Pata—; y eso me recuerda el hambre que tengo —y se alejó nadando corriente abajo, diciendo—: ¡Cuac, cuac, cuac!
—¡Vuelva! ¡Vuelva! —gritó el Cohete—. ¡Tengo mucho que decirle! —pero la Pata no le prestó atención—. Me alegro de que se haya ido —se dijo a sí mismo—; tiene una mente decididamente burguesa —y se hundió un poco más en el fango, y se puso a pensar en la soledad del genio, cuando de pronto dos chiquillos con blusones blancos llegaron corriendo por la orilla, con una tetera y unas gavillas de leña.
—Esta debe de ser la delegación —dijo el Cohete, y trató de adoptar un aire muy digno.
—¡Eh! —exclamó uno de los muchachos—, ¡mira qué palo tan viejo! Me pregunto cómo habrá llegado hasta aquí —y sacó el cohete de la zanja.
—¡Palo VIEJO! —dijo el Cohete—. ¡Imposible! ¡Palo de ORO, eso es lo que ha dicho! ¡Palo de Oro es de lo más elogioso! De hecho, ¡me confunde con uno de los dignatarios de la Corte!
—¡Echémoslo al fuego! —dijo el otro muchacho—; ayudará a que hierva la tetera.
De modo que apilaron las gavillas, pusieron el Cohete encima y encendieron el fuego.
—Esto es magnífico —exclamó el Cohete—; van a dispararme a plena luz del día, para que todo el mundo pueda verme.
—Vamos a dormirnos ahora —dijeron—, y cuando despertemos la tetera habrá hervido —y se tumbaron sobre la hierba y cerraron los ojos.
El Cohete estaba muy húmedo, de modo que tardó mucho en arder. Al fin, sin embargo, el fuego prendió en él.
—¡Ahora salgo disparado! —gritó, y se puso muy rígido y derecho—. Sé que subiré mucho más alto que las estrellas, mucho más alto que la luna, mucho más alto que el sol. De hecho, subiré tan alto que...
¡Chisss! ¡Chisss! ¡Chisss!, y subió derecho por los aires.
—¡Delicioso! —gritó—. Seguiré así para siempre. ¡Qué éxito el mío!
Pero nadie lo vio.
Luego empezó a sentir un curioso cosquilleo por todo el cuerpo.
—Ahora voy a explotar —gritó—. Incendiaré el mundo entero y armaré tal estrépito que nadie hablará de otra cosa durante un año entero. Y desde luego explotó. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!, estalló la pólvora. No cabía la menor duda.
Pero nadie lo oyó, ni siquiera los dos chiquillos, pues dormían profundamente.
Entonces todo lo que quedó de él fue la varilla, y esta cayó sobre el lomo de una Oca que se paseaba a la orilla de la zanja.
—¡Cielo santo! —exclamó la Oca—. Va a llover palos —y se lanzó al agua.
—Sabía que causaría una gran sensación —jadeó el Cohete, y se apagó.
Fin del Episodio 8 · de 8
El cohete extraordinario (final)
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