El príncipe feliz y otros cuentos·Episodio 06

El amigo fiel (final) y El cohete extraordinario

~11 min · 2270 palabras

—¡Qué bien lo voy a pasar en mi jardín! —dijo, y se puso a trabajar enseguida.

Pero, de una forma u otra, nunca le era posible ocuparse de sus flores, pues su amigo el molinero siempre andaba por allí y lo enviaba a hacer largos recados, o le pedía que lo ayudase en el molino. El pequeño Hans se disgustaba mucho a veces, pues temía que sus flores creyesen que las había olvidado, pero se consolaba con la reflexión de que el molinero era su mejor amigo. «Además —solía decir—, va a regalarme su carretilla, y eso es un acto de pura generosidad».

Así pues, el pequeño Hans no paraba de trabajar para el molinero, y el molinero decía toda clase de cosas hermosas sobre la amistad, que Hans anotaba en un cuaderno y solía releer por las noches, pues era un muchacho muy aplicado.

Y sucedió que, una noche, el pequeño Hans estaba sentado junto al fuego cuando sonaron unos fuertes golpes a la puerta. Era una noche muy desapacible, y el viento soplaba y rugía con tanta furia en torno a la casa que al principio creyó que solo se trataba de la tormenta. Pero sonó un segundo golpe, y luego un tercero, más fuerte que los anteriores.

—Debe de ser algún pobre viajero —se dijo el pequeño Hans, y corrió a la puerta.

Allí estaba el molinero, con un farol en una mano y un grueso bastón en la otra.

—Querido Hans —exclamó el molinero—, tengo un gran apuro. Mi chiquillo se ha caído de una escalera y se ha lastimado, y voy en busca del médico. Pero vive tan lejos, y hace una noche tan mala, que se me acaba de ocurrir que sería mucho mejor si fueses tú en mi lugar. Ya sabes que voy a regalarte mi carretilla, así que es de justicia que hagas algo por mí a cambio.

—Por supuesto —exclamó el pequeño Hans—; considero un cumplido que hayas acudido a mí y me pondré en camino enseguida. Pero tienes que prestarme tu farol, pues la noche está tan oscura que me temo que podría caerme en la zanja.

—Lo siento mucho —respondió el molinero—, pero es mi farol nuevo, y sería una gran pérdida para mí si le sucediera algo.

—Bueno, no importa, me arreglaré sin él —exclamó el pequeño Hans; y descolgó su gran abrigo de piel y su cálido gorro escarlata, se anudó una bufanda al cuello y se puso en marcha.

¡Qué tormenta tan espantosa! La noche era tan oscura que el pequeño Hans apenas podía ver, y el viento soplaba con tanta fuerza que apenas se tenía en pie. No obstante, era muy valeroso, y después de caminar cerca de tres horas, llegó a la casa del médico y llamó a la puerta.

—¿Quién anda ahí? —gritó el médico, asomando la cabeza por la ventana de su dormitorio.

—El pequeño Hans, doctor.

—¿Qué quieres, pequeño Hans?

—El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha hecho daño, y el molinero quiere que vaya usted enseguida.

—¡De acuerdo! —dijo el médico; y mandó ensillar su caballo, pidió sus botas grandes y su farol, bajó las escaleras y partió al galope en dirección a la casa del molinero, con el pequeño Hans caminando fatigosamente detrás de él.

Pero la tormenta empeoraba por momentos, la lluvia caía a torrentes y el pequeño Hans no podía ver adónde iba ni seguir el paso del caballo. Al fin se extravió y anduvo errante por el páramo, que era un lugar muy peligroso por estar lleno de fosas profundas, y allí se ahogó el pobre Hans. Unos cabreros encontraron su cuerpo al día siguiente flotando en una gran charca, y lo llevaron de vuelta a la cabaña.

Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans, pues era muy querido, y el molinero presidió el duelo.

—Puesto que yo era su mejor amigo —dijo el molinero—, es justo que tenga el mejor sitio —de modo que marchó a la cabeza del cortejo con una larga capa negra, y de vez en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo.

—El pequeño Hans es sin duda una gran pérdida para todos —dijo el herrero, cuando terminó el entierro y estuvieron todos cómodamente sentados en la posada, bebiendo vino especiado y comiendo pasteles dulces.

—Una gran pérdida para mí, al menos —respondió el molinero—; ¡vamos, si casi le había regalado mi carretilla, y ahora de veras no sé qué hacer con ella! Me estorba mucho en casa y está en tan mal estado que no me darían nada por ella si la vendiese. Desde luego, tendré buen cuidado de no volver a regalar nada. Uno siempre sale perdiendo por ser generoso.

—¿Y bien? —dijo la Rata de agua, tras una larga pausa.

—Pues ese es el final —dijo el Pardillo.

—¿Pero qué fue del molinero? —preguntó la Rata de agua.

—¡Oh! De veras no lo sé —respondió el Pardillo—, y seguro que no me importa.

—Es bien evidente entonces que no hay ninguna compasión en tu naturaleza —dijo la Rata de agua.

—Me temo que no captas del todo la moraleja de la historia —observó el Pardillo.

—¿La qué? —chilló la Rata de agua.

—La moraleja.

—¿Quieres decir que la historia tenía moraleja?

—Por supuesto —dijo el Pardillo.

—Pues a decir verdad —dijo la Rata de agua con tono muy irritado—, creo que debiste habérmelo advertido antes de empezar. Si lo hubieses hecho, ciertamente no te habría escuchado; de hecho, habría dicho «¡bah!», como el crítico. Pero aún puedo decirlo ahora —y gritó «¡Bah!» con todas sus fuerzas, dio un coletazo y regresó a su madriguera.

—¿Y qué te parece la Rata de agua? —preguntó la Pata, que se acercó nadando unos minutos después—. Tiene muchas cualidades, pero por mi parte poseo sentimientos de madre, y jamás puedo mirar a un solterón empedernido sin que se me salten las lágrimas.

—Me temo más bien que lo he disgustado —respondió el Pardillo—. La verdad es que le he contado una historia con moraleja.

—¡Ah! Eso siempre es algo muy peligroso —dijo la Pata.

Y coincido plenamente con ella.

El cohete extraordinario.

El hijo del rey iba a casarse, de modo que hubo regocijo general. Había esperado un año entero a su prometida, y al fin ella había llegado. Era una princesa rusa, y había viajado desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. El trineo tenía la forma de un gran cisne dorado, y entre las alas del cisne iba recostada la princesita. Su larga capa de armiño le llegaba hasta los pies, llevaba en la cabeza un diminuto gorro de tisú de plata y era tan pálida como el Palacio de Nieve en el que siempre había vivido. Tan pálida era que, mientras avanzaba por las calles, toda la gente se maravillaba. —¡Es como una rosa blanca! —gritaban, y le arrojaban flores desde los balcones.

A las puertas del castillo, el príncipe aguardaba para recibirla. Tenía ojos soñadores de color violeta, y sus cabellos eran como oro fino. Al verla, hincó una rodilla en tierra y le besó la mano.

—Tu retrato era hermoso —murmuró—, pero tú eres más hermosa que tu retrato —y la princesita se sonrojó.

—Antes era como una rosa blanca —dijo un joven paje a su vecino—, pero ahora es como una rosa roja —y toda la corte quedó encantada.

Durante los tres días siguientes, todo el mundo anduvo diciendo: «Rosa blanca, rosa roja; rosa roja, rosa blanca»; y el rey dio órdenes de que se duplicara el sueldo del paje. Como no recibía sueldo alguno, esto no le sirvió de mucho, pero se consideró un gran honor y fue debidamente publicado en la Gaceta de la Corte.

Pasados los tres días, se celebró la boda. Fue una ceremonia magnífica, y los desposados caminaron de la mano bajo un dosel de terciopelo morado bordado de perlas menudas. Luego hubo un banquete de Estado que duró cinco horas. El príncipe y la princesa se sentaron a la cabecera del Gran Salón y bebieron de una copa de cristal transparente. Solo los verdaderos enamorados podían beber de aquella copa, pues si unos labios falsos la rozaban, se volvía gris, opaca y turbia.

—¡Está clarísimo que se aman —dijo el pequeño paje—, tan claro como el cristal! —y el rey le duplicó el sueldo por segunda vez—. ¡Qué gran honor! —exclamaron todos los cortesanos.

Tras el banquete había de celebrarse un baile. Los desposados bailarían juntos la danza de la Rosa, y el rey había prometido tocar la flauta. Tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido jamás a decírselo, porque era el rey. A decir verdad, solo se sabía dos melodías, y nunca estaba del todo seguro de cuál de ellas interpretaba; mas poco importaba, pues hiciera lo que hiciese, todo el mundo exclamaba: «¡Encantador! ¡Encantador!».

El último número del programa era un gran castillo de fuegos artificiales, que se dispararía exactamente a medianoche. La princesita no había visto fuegos artificiales en su vida, de modo que el rey había ordenado que el Pirotécnico Real estuviera de servicio el día de su enlace.

—¿Cómo son los fuegos artificiales? —le había preguntado ella al príncipe una mañana, mientras paseaba por la terraza.

—Son como la aurora boreal —dijo el rey, que siempre respondía a las preguntas dirigidas a otras personas—, solo que mucho más naturales. Yo mismo los prefiero a las estrellas, pues uno siempre sabe cuándo van a aparecer, y son tan deliciosos como mi forma de tocar la flauta. Tenéis que verlos sin falta.

Así pues, al fondo del jardín del rey se había levantado un gran tablado, y tan pronto como el Pirotécnico Real hubo dispuesto cada cosa en su debido lugar, los fuegos artificiales se pusieron a conversar entre sí.

—El mundo es ciertamente hermosísimo —exclamó un pequeño Buscapiés—. No hay más que mirar esos tulipanes amarillos. ¡Vaya, ni que fueran verdaderos petardos podrían ser más preciosos! Me alegro mucho de haber viajado. Viajar ensancha la mente de manera prodigiosa y acaba con todos los prejuicios de uno.

—El jardín del rey no es el mundo, ignorante buscapiés —dijo una gran Vela Romana—; el mundo es un lugar descomunal, y tardarías tres días en recorrerlo a fondo.

—Cualquier lugar que uno ame es el mundo para uno —exclamó una melancólica Rueda de Catalina, que en sus primeros años había estado sujeta a una vieja caja de pino y se enorgullecía de su corazón roto—; pero el amor ya no se lleva, los poetas lo han matado. Escribieron tanto sobre él que nadie volvió a creerles, y no me extraña. El verdadero amor padece y calla. Yo misma recuerdo una vez... Pero ya no importa. El romanticismo es cosa del pasado.

—¡Tonterías! —dijo la Vela Romana—. El romanticismo nunca muere. Es como la luna, vive para siempre. Los desposados, por ejemplo, se aman entrañablemente. Esta misma mañana me lo contó todo un cartucho de papel de estraza, que casualmente se alojaba en mi mismo cajón y estaba al tanto de las últimas novedades de la corte.

Pero la Rueda de Catalina meneó la cabeza: —El romanticismo ha muerto, el romanticismo ha muerto, el romanticismo ha muerto —murmuró. Era de esa clase de personas que piensan que, si uno repite lo mismo una y otra vez muchísimas veces, al final se vuelve verdad.

De pronto se oyó una tos seca y aguda, y todos volvieron la vista.

Provenía de un Cohete alto y de porte altanero, que estaba atado a la punta de una larga vara. Siempre tosía antes de formular cualquier observación, a fin de llamar la atención.

—¡Ejem, ejem! —dijo, y todo el mundo guardó silencio, a excepción de la pobre Rueda de Catalina, que seguía meneando la cabeza y murmurando: «El romanticismo ha muerto».

—¡Orden, orden! —gritó un Petardo. Tenía algo de político y siempre había tomado parte destacada en las elecciones locales, de modo que conocía las fórmulas parlamentarias oportunas.

—Bien muerto —susurró la Rueda de Catalina, y se quedó dormida.

Tan pronto como se hizo un silencio absoluto, el Cohete tosió por tercera vez y comenzó. Hablaba con una voz muy pausada y clara, como si estuviera dictando sus memorias, y miraba siempre por encima del hombro de la persona a quien se dirigía. En verdad, tenía unos modales distinguidísimos.

—Qué afortunado es el hijo del rey —observó— al casarse precisamente el mismo día en que yo he de ser disparado. En verdad, ni planeándolo de antemano le habría salido mejor; pero los príncipes siempre tienen suerte.

—¡Válgame Dios! —dijo el pequeño Buscapiés—. Yo creía que era justo al revés, y que nos iban a disparar en honor del príncipe.

—Quizá sea así en vuestro caso —respondió él—; no dudo, en efecto, de que así sea; pero conmigo es distinto. Yo soy un Cohete de lo más insigne y desciendo de padres insignes. Mi madre fue la Rueda de Catalina más célebre de su época, renombrada por la gracia de sus giros. Cuando hizo su gran aparición pública dio diecinueve vueltas antes de apagarse, y en cada vuelta arrojó al aire siete estrellas rosadas. Tenía tres pies y medio de diámetro y estaba hecha con la mejor pólvora. Mi padre era un Cohete como yo, y de procedencia francesa. Voló tan alto que la gente temió que jamás volviera a bajar. Pero bajó, pues era de naturaleza bondadosa, y realizó un descenso brillantísimo en una lluvia de oro. Los periódicos comentaron su actuación en términos sumamente lisonjeros. De hecho, la Gaceta de la Corte lo calificó de triunfo del arte pilotécnico.

Fin del Episodio 6 · de 8

El amigo fiel (final) y El cohete extraordinario

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