El amigo fiel · II
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Desde luego eres muy considerado con los demás —respondió la esposa, sentada en su cómodo sillón junto a la gran lumbre de leña de pino—; muy considerado, la verdad. Da gusto oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que ni el mismísimo clérigo sabría decir cosas tan hermosas como tú, y eso que vive en una casa de tres pisos y lleva un anillo de oro en el dedo meñique.
—¿Pero no podríamos invitar al pequeño Hans aquí arriba? —dijo el hijo menor del molinero—. Si el pobre Hans pasa apuros, yo le daré la mitad de mis gachas y le enseñaré mis conejos blancos.
—¡Qué muchacho tan tonto eres! —exclamó el molinero—. La verdad es que no sé de qué sirve mandarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. ¡Pero si el pequeño Hans viniera aquí arriba y viera nuestro cálido fuego, nuestra buena cena y nuestro gran tonel de vino tinto, podría sentir envidia! Y la envidia es algo terrible que echaría a perder la índole de cualquiera. Desde luego, no consentiré que la índole de Hans se eche a perder. Soy su mejor amigo, y velaré siempre por él y cuidaré de que no caiga en ninguna tentación. Además, si Hans viniera, podría pedirme que le fiara un poco de harina, y eso no lo podría hacer. La harina es una cosa y la amistad es otra, y no deben confundirse. ¡Pero si las palabras se escriben de manera distinta y significan cosas muy diferentes! Cualquiera puede verlo.
—¡Qué bien hablas! —dijo la mujer del molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente—. La verdad es que me siento la mar de amodorrada. Es igualito que estar en la iglesia.
—Mucha gente obra bien —respondió el molinero—, pero muy poca gente habla bien, lo que demuestra que hablar es, de las dos cosas, con mucho la más difícil, y también la más refinada. Y miró con severidad, al otro lado de la mesa, a su hijo pequeño, quien se sintió tan avergonzado de sí mismo que agachó la cabeza, se puso completamente escarlata y rompió a llorar sobre su té. Sin embargo, era tan joven que hay que disculparlo.
—¿Es ese el final de la historia? —preguntó la Rata de agua.
—Claro que no —respondió el Pardillo—; ese es el principio.
—Entonces estás muy atrasado con respecto a tu época —dijo la Rata de agua—. Todo buen narrador empieza hoy en día por el final, luego pasa al principio y concluye con el medio. Ese es el método nuevo. Se lo oí contar con todo detalle el otro día a un crítico que paseaba alrededor del estanque con un joven. Habló largamente del asunto, y seguro que tenía razón, pues llevaba gafas azules y era calvo, y cada vez que el joven hacía algún comentario, él siempre respondía: «¡Bah!». Pero te ruego que continúes con tu relato. El molinero me gusta inmensamente. Yo también tengo toda clase de hermosos sentimientos, de modo que hay una gran simpatía entre nosotros.
—Pues bien —dijo el Pardillo, dando saltitos ya sobre una pata, ya sobre la otra—, en cuanto acabó el invierno y las prímulas empezaron a abrir sus estrellas de color amarillo pálido, el molinero le dijo a su esposa que bajaría a ver al pequeño Hans.
—¡Vaya, qué buen corazón tienes! —exclamó su esposa—. Siempre estás pensando en los demás. Y acuérdate de llevarte el cesto grande para las flores.
Así pues, el molinero trabó las aspas del molino con una recia cadena de hierro y bajó por la colina con el cesto en el brazo.
—Buenos días, pequeño Hans —dijo el molinero.
—Buenos días —dijo Hans, apoyándose en su pala y sonriendo de oreja a oreja.
—¿Y cómo te ha ido durante todo el invierno? —dijo el molinero.
—Bueno, la verdad —exclamó Hans—, es muy amable de tu parte preguntar, muy amable de verdad. Me temo que lo pasé bastante mal, pero ahora ha llegado la primavera, estoy muy contento y todas mis flores van viento en popa.
—A menudo hablamos de ti durante el invierno, Hans —dijo el molinero—, y nos preguntábamos cómo te iba.
—Qué amable por tu parte —dijo Hans—; casi temía que me hubieras olvidado.
—Hans, me sorprendes —dijo el molinero—; la amistad nunca olvida. Eso es lo maravilloso de ella, pero me temo que no comprendes la poesía de la vida. A propósito, ¡qué hermosas se ven tus prímulas!
—Desde luego son hermosísimas —dijo Hans—, y es una gran suerte para mí tener tantas. Voy a llevarlas al mercado para vendérselas a la hija del burgomaestre y recuperar mi carretilla con el dinero.
—¿Recuperar tu carretilla? ¿No me digas que la has vendido? ¡Qué soberana estupidez!
—Bueno, el caso es —dijo Hans— que me vi obligado a hacerlo. Ya ves, el invierno fue una época muy mala para mí y la verdad es que no tenía nada de dinero para comprar pan. Así que primero vendí los botones de plata de mi chaqueta de los domingos, luego vendí mi cadena de plata, luego vendí mi pipa grande y al final vendí mi carretilla. Pero ahora voy a volver a comprarlo todo.
—Hans —dijo el molinero—, te voy a dar mi carretilla. No está en muy buen estado; de hecho, le falta un lateral y los radios de la rueda tienen un desperfecto, pero a pesar de ello te la daré. Sé que es muy generoso de mi parte y que muchísima gente me tacharía de necio rematado por desprenderme de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Considero que la generosidad es la esencia de la amistad y, además, me he comprado una carretilla nueva para mí. Sí, puedes estar tranquilo: te daré mi carretilla.
—Vaya, qué generoso eres de verdad —dijo el pequeño Hans, y su graciosa cara redonda se iluminó de puro gozo—. Puedo arreglarla con facilidad, pues tengo una tabla de madera en casa.
—¡Una tabla de madera! —dijo el molinero—. ¡Pero si es justo lo que necesito para el tejado de mi granero! Hay un agujero enorme y todo el grano se humedecerá si no lo tapo. ¡Qué suerte que lo hayas mencionado! Es verdaderamente admirable cómo una buena acción siempre engendra otra. Yo te he dado mi carretilla y ahora tú vas a darme tu tabla. Por supuesto, la carretilla vale muchísimo más que la tabla, pero la verdadera amistad nunca repara en esas cosas. Ve a buscarla en seguida, por favor, y me pondré a trabajar en mi granero hoy mismo.
—¡Por supuesto! —exclamó el pequeño Hans, y corrió al cobertizo y sacó la tabla a rastras.
—No es una tabla muy grande —dijo el molinero al mirarla—, y me temo que, una vez que haya reparado el tejado de mi granero, no quedará nada para que tú arregles la carretilla; pero, desde luego, eso no es culpa mía. Y ahora, ya que te he dado mi carretilla, estoy seguro de que te gustaría darme algunas flores a cambio. Aquí tienes el cesto, y procura llenarlo bien del todo.
—¿Llenarlo del todo? —dijo el pequeño Hans, algo apesadumbrado, pues en verdad era un cesto muy grande, y sabía que si lo llenaba no le quedarían flores para el mercado, y estaba deseando recuperar sus botones de plata.
—Bueno, a decir verdad —respondió el molinero—, habiéndote dado mi carretilla, no creo que pedirte unas cuantas flores sea pedir demasiado. Quizá me equivoque, pero habría pensado que la amistad, la verdadera amistad, estaba del todo libre de cualquier clase de egoísmo.
—¡Mi querido amigo, mi mejor amigo! —exclamó el pequeño Hans—. Puedes disponer de todas las flores de mi jardín. Preferiría con creces tu buena opinión a mis botones de plata cualquier día. Y corrió a arrancar todas sus hermosas prímulas y llenó el cesto del molinero.
—Adiós, pequeño Hans —dijo el molinero, mientras subía por la colina con la tabla al hombro y el gran cesto en la mano.
—Adiós —dijo el pequeño Hans, y se puso a cavar muy alegremente, tan contento estaba con la carretilla.
Al día siguiente estaba clavando unas madreselvas en el porche, cuando oyó la voz del molinero que lo llamaba desde el camino. De modo que bajó de la escalera de un salto, cruzó el jardín corriendo y miró por encima del muro.
Allí estaba el molinero con un gran saco de harina a la espalda.
—Querido pequeño Hans —dijo el molinero—, ¿te importaría llevarme este saco de harina al mercado?
—¡Oh, cuánto lo siento! —dijo Hans—, pero hoy estoy verdaderamente muy ocupado. Tengo que clavar todas mis enredaderas, regar todas mis flores y pasar el rodillo por todo el césped.
—Bueno, la verdad —dijo el molinero—, creo que, teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla, es bastante poco amistoso por tu parte negarte.
—¡Oh, no digas eso! —exclamó el pequeño Hans—. No sería poco amistoso por nada del mundo —y entró corriendo a buscar su gorra, y partió con paso pesado con el gran saco a hombros.
Era un día muy caluroso y el camino estaba terriblemente polvoriento, y antes de haber llegado al sexto mojón, Hans estaba tan cansado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, siguió adelante con valentía y por fin llegó al mercado. Después de esperar allí algún tiempo, vendió el saco de harina por muy buen precio y luego regresó a casa de inmediato, pues temía que si se retrasaba demasiado pudiera encontrarse con ladrones en el camino.
—Ciertamente ha sido un día duro —se dijo el pequeño Hans al acostarse—, pero me alegro de no haberme negado al molinero, porque es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla.
A la mañana siguiente, muy temprano, el molinero bajó a buscar el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que aún seguía en la cama.
—Palabra de honor —dijo el molinero—, eres muy perezoso. De verdad, considerando que voy a darte mi carretilla, creo que podrías trabajar con más ganas. La ociosidad es un gran pecado y, ciertamente, no me gusta que ninguno de mis amigos sea holgazán o perezoso. No te debe molestar que te hable con tanta claridad. Por supuesto, ni soñaría con hacerlo si no fuera tu amigo. Pero ¿de qué sirve la amistad si uno no puede decir exactamente lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas encantadoras e intentar agradar y adular, pero un verdadero amigo siempre dice cosas desagradables y no le importa causar dolor. En verdad, si es un amigo auténtico, lo prefiere, pues sabe que así está haciendo el bien.
—Lo siento mucho —dijo el pequeño Hans, frotándose los ojos y quitándose el gorro de dormir—, pero estaba tan cansado que pensé que me quedaría un ratito en la cama escuchando cantar a los pájaros. ¿Sabes que siempre trabajo mejor después de oír cantar a los pájaros?
—Bueno, me alegro de eso —dijo el molinero, dándole una palmada en la espalda al pequeño Hans—, porque quiero que subas al molino en cuanto te hayas vestido y me arregles el tejado del granero.
El pobre pequeño Hans estaba deseando ir a trabajar a su jardín, pues sus flores llevaban dos días sin regarse, pero no quería negárselo al molinero, ya que era un amigo tan bueno para él.
—¿Crees que sería poco amistoso por mi parte decir que estoy ocupado? —preguntó con voz tímida y apocada.
—Bueno, la verdad —respondió el molinero—, no creo que sea pedirte demasiado, teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla; pero, por supuesto, si te niegas, iré y lo haré yo mismo.
—¡Oh, de ninguna manera! —exclamó el pequeño Hans; y saltó de la cama, se vistió y subió al granero.
Trabajó allí todo el día, hasta la puesta del sol, y a la puesta del sol el molinero fue a ver cómo le iba.
—¿Ya has arreglado el agujero del tejado, pequeño Hans? —gritó el molinero con voz alegre.
—Ya está del todo arreglado —respondió el pequeño Hans, bajando por la escalera.
—¡Ah! —dijo el molinero—, no hay trabajo tan delicioso como el que se hace por los demás.
—Ciertamente es un gran privilegio oírte hablar —respondió el pequeño Hans, sentándose y secándose la frente—, un privilegio verdaderamente grande. Pero me temo que nunca tendré ideas tan hermosas como las tuyas.
—¡Oh, ya te vendrán! —dijo el molinero—, pero debes esforzarte más. Por ahora solo tienes la práctica de la amistad; algún día tendrás también la teoría.
—¿De verdad crees que la tendré? —preguntó el pequeño Hans.
—No me cabe duda —respondió el molinero—, pero ahora que has arreglado el tejado, será mejor que te vayas a casa a descansar, porque quiero que mañana lleves mis ovejas a la montaña.
El pobre pequeño Hans no se atrevió a decir nada a esto, y a la mañana siguiente, muy temprano, el molinero llevó sus ovejas a la cabaña y Hans se marchó con ellas a la montaña. Le llevó todo el día ir y volver; y cuando regresó estaba tan cansado que se quedó dormido en su silla y no se despertó hasta que fue de pleno día.
Fin del Episodio 5 · de 8
El amigo fiel · II
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