La séptima costilla
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No hubo pacto en voz alta. Caunedo se quitó el gabán y lo dobló sobre un féretro; Brais vació la faltriquera sobre la mesa de embalar —las sondas, la cánula de plata que llevaba años sin estrenar— y Sor Benigna, satisfecha, apartó la tenaza de las brasas. Trasladaron al muchacho de la parihuela a la mesa entre los dos, como se traslada un mueble que nadie quiere romper, y le abrieron el pecho a la luz de las candilejas que la monja hizo colgar de los ganchos de la arcada.
El chasquido en la cubeta de zinc marcaba una cadencia lenta contra el fondo abollado: gota, pausa, gota. Apenas dos pasos más allá, el vaho que soltaba Julián Caunedo se mezclaba con el humo negro de las candilejas de sebo de oveja. El vinagre de cuatro ladrones le disputaba el aire a la cal viva que hervía contra los muros.
La mesa de embalar carecía de la canaleta de desagüe que prescriben los manuales flamencos. Las tablas, mal ensambladas y calafateadas con pez negra, obligaban a trabajar con los codos pegados a las costillas para no meter las mangas en la salmuera de alumbre. Brais cambió el peso de un pie al otro. El empeine izquierdo le punzaba desde la vigilia anterior; una molestia sorda, vulgar, de estar de pie sobre ladrillo húmedo.
—El sebo de este lote viene cargado de pezuña —dijo Caunedo, frotándose los ojos con el envés de una manga parda que apestaba a cecina—. Humee lo que humee, no hay quien distinga las inserciones musculares.
—Trae el trapo de lino —respondió Brais.
—Está encharcado.
—Usa la esquina seca.
Caunedo resopló, pero no se movió de inmediato. Se rascó la comisura de la mandíbula con una uña renegrida antes de estirar el brazo hacia la banqueta coja donde reposaban los lienzos.
Sor Benigna de la Maza no se había movido de junto al brasero. Tenía el hábito recogido a la cintura con un cordel de cáñamo basto para no arrastrar la estameña por el légamo del suelo. Sostenía el frasco de sales de plomo contra el pecho, pero la tela de la toca ni temblaba con su respiración. Tenía los nudillos blancos, apretados contra el vidrio grueso, agarrotados más por la rabia que por la humedad de las paredes.
La sierra de costillas tenía dos remaches de latón flojos en la empuñadura de ébano. Mordió el cartílago con un chirrido que le subió a Brais por el antebrazo. La carne cedía como tocino curado en salazón, fría y correosa. Con la piel de las yemas desollada por meses de vahos ácidos, Brais apenas distinguía ya el cambio entre cartílago y pericondrio. Aceleró el vaivén. Dos pasadas cortas, tres. A la cuarta, en la curva de la séptima costilla, el metal mordió hondo en algo blando y se trabó en seco entre dos filos de hueso.
Tiró.
El hierro no cedió.
Un tizne espeso bajaba por el tubo de vidrio que Caunedo sostenía torcido, tapando la escala grabada en adarmes. El humo del sebo le picaba a Brais en la úlcera del tabique nasal; tragó saliva con sabor a sangre vieja para no escupir sobre el pecho abierto. Si la hoja partía dentro—
—Te estás yendo a la pleura —masculló Caunedo, ladeando la candileja hasta que el hollín manchó el sudario—. No tienes ángulo, Mújica. Como astilles la carilla interna, no habrá fuelle que remendar.
—Deja la lámpara y sujétale el hombro —ordenó Brais sin levantar la vista.
—Se te va a partir la hoja.
—Sujeta.
Crujir el hueso era lo de menos; lo que pesaba era el aire que guardaba la cavidad.
Brais plantó la palma izquierda sobre el esternón y cargó el peso del cuerpo hacia abajo. Los dientes mellados rasparon contra el arco costal hasta que un chasquido seco liberó el hierro. El rebote casi le saca el mango de los dedos entumecidos. La pared del tórax cedió hacia los lados bajo la tensión del separador.
No hubo peste a tripas ni el tufo dulzón de la tisis.
Subió un vaho tenue de alcanfor, alumbre y tintura de benjuí que tapó por un instante el olor a carnero quemado. Los pulmones no tenían el color amoratado del ahogo ni las cavernas de la tisis que Sor Benigna había jurado; estaban pálidos y enteros, lavados con la infusión doble que no despacha ninguna botica ni figura en los manuales de la cátedra. La que Brais había medido, grano a grano, en el mortero de ágata de su celda, y anotado después en un solo sitio.
Aquel muchacho no había muerto de consunción. Alguien lo había lavado por dentro antes de bajarlo al aljibe, con una fórmula copiada del cuaderno de badana negra que descansaba, a dos pasos, bajo la tenaza de Sor Benigna.
La sombra de Caunedo tapó el hueco de las costillas. En la candileja, una brizna de pábilo chisporroteó en el sebo.
Fin del Episodio 9 · de 12
La séptima costilla
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