Fuego fatuo sobre mármol
~7 min · 1359 palabras
El heredero del corregidor firmó. Abrió los ojos cuando el escribano asomó por la portezuela del carruaje, sostuvo la pluma el tiempo justo de trazar media rúbrica sobre el pliego sellado y volvió a caer sobre los cojines como un saco de grano. Sor Benigna devolvió los cuadernos antes de laudes, aunque no a quien correspondía: a Brais le entregó el de hule, con la letra angulosa de Caunedo; a Caunedo, el de badana negra. Ninguno de los dos reclamó el cambio. Ninguno habló de los pulmones limpios. Tres días después, el cabildo celebraba la oposición a la cátedra.
La nave del anfiteatro no perdonaba la premura. Sus gradas de nogal carcomido se alzaban en semicírculo hacia las bóvedas en penumbra, apretando a los siete electores de la cátedra como cuervos ateridos en una empalizada. Julián Caunedo no apartó el torso del borde de la losa, pero inclinó apenas el hombro izquierdo para que su levita de paño pardo, manchada de ceras viejas en los codos, interceptara el escaso resplandor que las candilejas de sebo de oveja proyectaban sobre el cadáver. El pábilo chisporroteaba, despidiendo ese hollín pastoso que terminaba siempre por fijarse en el reborde de los vidrios graduados y en las solapas de los testigos. El sujeto sobre la mesa —un barquero ahogado tres noches atrás cerca del molino de mareas, cuya carne blanquecina conservaba aún la rigidez correosa del limo salobre— yacía con el plastrón esternal reclinado hacia un lado, exponiendo un entramado de fibras que amenazaba con deshacerse en cuanto el aire tibio de la sala alcanzara los planos profundos.
En la segunda grada, sentada entre el canónigo archivero y el vicario de cuentas, Sor Benigna de la Maza mantenía las manos ocultas bajo los pliegues del escapulario de lana basta. No tomaba notas. Su mirada no se posaba en los instrumentos de acero que aguardaban sobre el lienzo crudo, sino en la pequeña badila de bronce colocada junto a la jofaina, lista para verter arena sobre cualquier reflejo que las ordenanzas juzgasen impropio de un tránsito piadoso. A su lado, el notario capitular sostenía una pluma de ganso cuya punta, reseca por la inactividad, arañaba de vez en cuando el borde de la vitela sin llegar a trazar una sola letra.
—El canónigo Fonseca se ha dejado el manguito de piel de marta en la sacristía menor —murmuró Caunedo sin volverse, con las mangas arremangadas hasta los codos y los dedos embadurnados de vinagre—. Dice que esta corriente le estropea las articulaciones de la mano izquierda.
—Habrá cuajado la helada en las huertas bajas —respondió Brais.
—Seguramente.
Brais Mújica de Lema deslizó la uña del pulgar por la espita de latón del irrigador para desprender una costra de tártaro que entorpecía el paso del líquido. No sentía el contacto del metal con la yema; el entumecimiento que arrastraba desde hacía meses le obligaba a guiar los dedos mediante la vista, vigilando la posición de los tendones como quien maneja una pinza descalibrada. Al levantar la redoma de vidrio verdoso de Murano —cuyo gollete presentaba una muesca tosca donde el tapón de corcho jamás ajustaba del todo—, notó que el peso no correspondía a la medida habitual. El fluido no tenía el tono opalino y tenue de la salmuera con cal apagada. Presentaba una densidad aceitosa, casi traslúcida, en cuyo fondo flotaban laminillas cristalinas que no alcanzaban a disolverse.
En la escala grabada al ácido sobre el cristal, el menisco reposaba dos líneas por encima de la raya prescrita. En las gradas nadie atendía a las proporciones; los electores vigilaban el temblor leve del crucifijo de marfil sujeto a la barandilla.
Nadie miraba el menisco.
Brais se inclinó sobre el costado del ahogado y aproximó la cánula de plata a la arteria femoral.
Al otro lado de la mesa, Caunedo sonrió con parsimonia devota. Ajustó el soporte del sifón con un giro seco de muñeca, haciendo que la abrazadera de hierro rechinara contra el vástago. Había en su postura una calma calculada, la certeza de quien sabe que los jueces en las gradas no buscaban una demostración de anatomía, sino la dócil confirmación litúrgica de la carne.
—Procede con el lavado de la vaina, licenciado Mújica —dijo Caunedo con voz clara, impostada para que rebotara en las tablas del techo—. Los señores capitulares no disponen de toda la noche para aguardar la incorruptibilidad del músculo.
Brais abrió la llave de paso.
El líquido bajó por el tubo de tripa de buey con un gorgoteo apresurado. En el momento en que la solución inundó la concavidad del psoas ilíaco, el tejido no absorbió la humedad como solía hacer bajo la salmuera templada. La masa muscular se contrajo de golpe, adquiriendo al instante una textura cerosa, blancuzca y quebradiza, semejante al tocino viejo expuesto a la intemperie. Un polvillo blanco, finísimo, comenzó a precipitar sobre la superficie del periostio con un crujido apenas perceptible.
Era alumbre concentrado.
Si el flujo no alcanzaba el retorno venoso antes de que las sales—
Brais cortó el paso de la espita con tanta brusquedad que la juntura de plomo escupió una gota contra su mandíbula. Le ardió la piel de inmediato, una quemadura ácida que le arrancó un parpadeo involuntario. Caunedo, sin embargo, ya había tomado las pinzas de contacto conectadas a la cubeta galvánica. Sus ojos, hundidos y orlados de ojeras violáceas por el insomnio de las vigilias de laboratorio, no buscaban el éxito del procedimiento; buscaban el colapso absoluto.
—Falta tensión en el arco, colega —susurró Caunedo, acercando las varillas de cobre al haz muscular saturado—. No podemos defraudar a la mesa.
—Espera. El fluido está enturbiado, hay que purgar la ilíaca con vinagre limpio o—
—Tarde.
No fue un chispazo ordinario. Ni la leve sacudida espasmódica que los cánones permitían como indicio de pureza fibrilar antes de que Sor Benigna diese por concluido el examen.
Al tocar el cobre la salmuera sobresaturada de alumbre, las sales de antimonio atrapadas en la cal reaccionaron como pólvora húmeda confinada en un espacio estrecho. No hubo un trueno ruidoso. Hubo un bufido sordo, una deflagración cáustica que brotó de las entrañas del cadáver con un resplandor amarillento y fuliginoso, semejante al gas de los pantanos cuando encuentra una antorcha. El mármol de la mesa restalló con una fractura limpia que atravesó la losa de parte a parte, arrojando una lluvia de esquirlas y grasa hirviente contra el suelo de zinc.
Una densa cortina de vapor blanco, cargada de partículas de cal viva y vinagre evaporado a trescientos grados, subió en espiral hacia las gradas, envolviendo a los capitulares en una niebla sofocante que picaba en los ojos como pimienta molida.
Gritos ahogados rasgaron la penumbra del teatro. El canónigo archivero tropezó con su propia sotana al retroceder hacia la salida; se oyó el estrépito de la barandilla de nogal cediendo bajo el pánico de los frailes, el sonido de las hojas de vitela dispersándose en la penumbra y los golpes ciegos de Sor Benigna tratando de forzar la tranca de hierro de la puerta lateral con el mazo de las disciplinas.
Nadie miraba ya la mesa.
Brais cayó de rodillas sobre las losas heladas, con las manos apretadas contra los párpados para contener el lagrimeo abrasador que le devoraba la conjuntiva. A través de la niebla ácida, entre toses que le desgarraban la tráquea con sabor a azufre y calcinación, alcanzó a distinguir la figura inmóvil de Caunedo. El hombre permanecía de pie al otro lado del mármol agrietado, con la levita humeando y las pinzas de cobre todavía apretadas en los puños, mirándolo fijamente a través de aquel resplandor fantasmal que no terminaba de apagarse.
Los cerrojos de la nave crujieron al cerrarse desde el exterior, dejando el anfiteatro en un silencio roto únicamente por el siseo de la carne calcinada y el goteo espeso de la grasa que caía, lenta y metódica, en el fondo abollado de la jofaina de zinc.
Brais escupió un hilo de baba amarga contra las baldosas. No se atrevía a frotarse los ojos.
En la mesa partida, la llama azul continuaba devorando el alumbre sin emitir una sola brizna de humo.
Fin del Episodio 10 · de 12
Fuego fatuo sobre mármol
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