El peso de la caliza
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La cal viva no estalló; comenzó a hervir por lo bajo, con un rumor perezoso como de potaje espeso al fondo de una tinaja. En la mesa partida, la llama azul seguía consumiendo el alumbre sin levantar una sola brizna de humo, pero aquel prodigio de laboratorio había dejado de importarles. Lo único real era el golpe al otro lado del portón: un madero de roble cayendo a plomo entre dos armellas de forja. Sin furia, sin carreras. Sor Benigna de la Maza había pasado la tranca con el mismo pulso metódico con que cerraba la alacena tras recontar las jarras de confitura. Luego sus pasos se apagaron en el corredor, tragados por la sillería.
Julián Caunedo no soltó de inmediato las pinzas de cobre. Tenía la manga de la levita recogida hasta el codo y los dedos rígidos sobre el metal. No había pánico en sus facciones; había ese estupor ofendido del funcionario a quien un bedel le cierra la ventanilla en las narices. Un catedrático de su rango no concebía que una monja de zuecos pudiera clausurarle la carrera académica con una simple tranca de roble.
—Tiene que haber otro trinquete por fuera —murmuró, sin mirar a Brais—. Las monjas no construyen nada que no tenga doble servidumbre de paso. Es una cuestión de ordenanza claustral.
—No hay más trinquete que el pozo de desagüe, Julián —respondió Brais—. Y sabes tan bien como yo adónde va a dar esa zanja con la marea alta.
El aire ya no entraba fácil en el pecho. Pesaba a tierra húmeda y a vinagre de los cuatro ladrones, revuelto con el vaho alcalino que manaba de la fosa central, donde tres carretilladas de cal aguardaban el balde del blanqueo estacional. Sobre una banqueta coja, el cartapacio de tafilete de Brais, con el cuaderno de Caunedo dentro, empezaba a cubrirse de un polvo blanco y fino.
Caunedo abrió la mano. Las pinzas cayeron sobre la losa con un tintineo de cobre y rodaron hasta detenerse contra la punta de su bota lustrada.
—Te dejaste el compás de tres puntas en la sacristía baja —dijo de pronto, con una aspereza absurda, ajena por completo a la puerta trancada—. El de brazos de marfil. Se va a manchar de verdín con esta humedad.
—Era de latón con pátina, Julián. Déjalo ya.
—Era de marfil de Dieppe, imbécil. Lo compré en la almoneda de Donato.
Se llevó la mano al chaleco y frotó la leontina de su reloj con el pulgar, una manía maquinal de los claustros cada vez que un ujier demoraba la entrega de un pliego. Junto a la fosa, la salmuera de alumbre seguía goteando desde la sábana encerada: un chasquido regular contra el fondo de la cubeta de zinc, cada vez más espaciado, como si el líquido se negara a soltarse del músculo seco.
No era calor todavía. Tampoco asfixia.
Era el peso de la piedra viva despertando al tragar podredumbre.
—El tiro de la marea —dijo Caunedo, y la voz se le quebró en una nota aguda, semejante al chirrido de una tiza en la pizarra—. La trampilla de la escorrentía está debajo de la tercera mesa. Solo una persona puede deslizarse antes de que la bovedilla se colme de vapor.
—Caben dos si empujamos la losa entre ambos.
—No caben dos, muchacho. No cabe tu vanidad junto a mis expedientes.
Se le echó encima con la torpeza furiosa de un animal viejo acorralado en un rincón de matadero. Sus uñas, amarillentas por los baños de tártaro, se clavaron en la solapa de la levita de Brais con un crujido de paño rasgado. Cayeron los dos sobre el brocal de la fosa. La cal se levantó en una nube tibia, fina como harina pero abrasadora como ascuas molidas, cerrándoles la garganta al primer estertor. Brais intentó apartarlo empujándole la mandíbula con la palma, pero la falta de sensibilidad en los pulpejos —la tara que venía inutilizándole el bisturí desde el invierno— le impidió hacer presa en aquellas facciones sudadas.
Rodaron entre los caballetes de madera de haya. Caunedo le aplastaba el esternón con las rodillas, buscando con la diestra el mango de la sierra de costillas que había quedado trabada a medio corte en la canastilla torácica de la mesa contigua. El metal chirrió en el cartílago seco y la vibración resonó en las bóvedas como una campana rajada.
—¡Suelta, zafio! —bramaba, escupiéndole una flema grisácea en el cuello—. ¡Tengo la signatura del protonotario! ¡A mí no me entierran con las carnes de hospital!
Brais logró trabarle la muñeca contra el reborde de piedra. Jadeaban a escasos dedos de distancia, respirando el mismo aire viciado que les quemaba las amígdalas con un regusto a lejía pura.
—¡Cállate y empuja! —le gritó Brais en plena cara, tosiendo sangre y caliza—. ¡Empuja la losa o nos cocemos aquí dentro los dos!
La rabia le dio una fuerza desproporcionada a sus hombros flácidos. Trató de incorporarse cargando todo su peso en la mesa inclinada, sin advertir que el tablero de mármol fisurado descansaba apenas sobre dos caballetes comidos por el salitre. Hubo un crujido seco, como el chasquido de una rama verde que se quiebra bajo la nieve.
El segundo cuerpo —el tronco ceroso, endurecido por la salmuera, que aguardaba en la mesa contigua la segunda prueba de la oposición— se deslizó pesadamente sobre la losa inclinada.
No cayó hacia el pasillo.
Se precipitó de costado, con la rigidez de un madero de encina, y cayó en seco sobre la trampilla de hierro que daba acceso a la alcantarilla de marea. El impacto trancó la salida bajo diez arrobas de carne momificada y tablones astillados. Al ceder la base, el faldón de la levita de Caunedo quedó enganchado en el garfio de suspensión de la cubeta de zinc. Brais lo vio manotear en el vacío blanco, buscando un asidero en la sillería lisa que ya sudaba gotas de condensación ácida.
Un derrumbe de polvo blanco lo sepultó hasta la cintura en el fondo de la fosa abierta.
—¡Brais! —aulló, y su grito no tuvo ya nada de cátedra ni de jerarquía, sino la desnudez pura del que siente cómo la cal viva muerde la lana empapada de sus calzones.
Brais trató de avanzar un paso hacia el brocal, pero la suela de su bota resbaló en la grasa cadavérica desparramada por las losas. El aire de la sala no alcanzaba ya para llenar dos pechos.
La trampilla permaneció inmóvil bajo el cuerpo del desconocido.
Y en la penumbra que la cal iba tiñendo de una blancura de sepulcro, no quedó nada que pudiera llamarse auxilio.
Fin del Episodio 11 · de 12
El peso de la caliza
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