El peso de la caliza·Episodio 12

La cátedra vacía

~5 min · 1052 palabras

Brais se lavaba las manos en la jofaina de cinc cuando dobló la campana de la torre mayor. Cinco y cuarto. El primer golpe desprendió una brizna de hollín del tiro de la chimenea, que cayó flotando hasta la superficie del agua turbia, entre la nata irisada de jabón de potasa y sebo.

El agua estaba helada. Brais metió las manos hasta el fondo y las dejó allí un momento, con los ojos cerrados, esperando a que el entumecimiento apagara el escozor de los lechos ungueales. Las yemas de los pulgares y los índices habían perdido el tacto fino; tras meses de inmersiones en salmuera de alumbre y alcohol alcanforado, la piel tenía la consistencia seca de una badana vieja. Al frotarse las cutículas con las cerdas de un cepillo desmochado, el padrastro del anular izquierdo se desgarró. No dolió de inmediato; solo brotó un hilo de sangre espesa que se deshizo en el agua gris antes de mancharla.

Secó los dedos con un trapo de lino. Uno por uno. Con fuerza.

Sor Benigna había levantado la tranca a las tres, cuando la cal dejó de hervir: ni un minuto antes. Lo encontraron tendido junto al portón, con la boca pegada al hilo de aire que entraba por debajo de la hoja y las uñas rotas de arañar la madera. De la fosa no salía ningún ruido. Los mozos la cegaron antes del alba con otras tres carretilladas de cal, y nadie le preguntó a Brais qué había pasado ahí dentro, ni entonces ni después.

La puerta de la botica chirrió sobre sus goznes desnivelados. Sor Benigna no pasó del umbral. Traía las manos escondidas bajo el escapulario de sarga y una toalla limpia doblada sobre el antebrazo.

—El agua del pozo tiene gusto a herrumbre —dijo la monja—. No sirve para el café.

Brais no se volvió.

—Hervirá igual.

—Hervirá, pero amarga. Traje un puñado de achicoria seca del refectorio por si quiere engañar al estómago. Las campanas van por el séptimo tañido, don Brais.

El grifo de plomo goteaba sobre el cinc con un ritmo seco, sordo. Brais dobló el paño mojado en cuatro, haciendo coincidir los bordes desflecados con una manía lenta que no servía para nada. Al respirar por la boca, el vapor cáustico de la lejía le rascó el fondo de la garganta. Notaba un dolor sordo en los maseteros; llevaba horas apretando los molares sin darse cuenta.

—El cartapacio está en la mesa baja —dijo él—. El de tafilete.

—Ya lo vi —repuso la monja—. Tenía costra de cal seca en el lomo. La raspé con el cortaúñas antes de subir la toga.

Brais iba a decirle que no tocara los cordones, pero se calló. Daba lo mismo.

Sor Benigna avanzó dos pasos y depositó sobre la banqueta el sayón de paño negro con las vueltas moradas de la facultad de Anatomía. La basta de la manga rozó el estuche de nogal de la sierra; el metal sonó contra los cierres de latón, un chasquido corto y seco. La monja retiró la mano despacio, no por asco, sino con esa cautela instintiva que provocan las herramientas que huelen a tuétano seco.

—El señor rector no bajará —añadió ella, tirando de una hebra suelta en la pechera—. Dice que el relente de la marisma le despierta la gota. Mandó al pasante con la llave de la tribuna y el sello menor.

—Mejor.

—La sotana le va a quedar ancha de espaldas, don Brais. Don Julián tenía otra corpulencia.

Ninguno añadió nada. Sor Benigna dio media vuelta y sus zuecos de madera resonaron por la galería baja, arrastrando el sayal sobre las losas húmedas hasta perderse en el recodo del patio.

◇

La cancela de castaño del Gran Anfiteatro cedió con el tirón seco hacia arriba que exigía su cerradura vencida. Brais entró con el cartapacio bajo el brazo. El roce del cuero crudo contra el costado le recordaba el dolor punzante en las costillas falsas, un tirón muscular que arrastraba desde las tres de la madrugada, cuando lo sacaron a rastras de aquella misma nave.

La nave estaba helada.

Olía al vinagre de cuatro ladrones con que los mozos encharcaban los maderos cada amanecer para matar el miasma, mezclado con ese vaho mineral y sordo que subía de las trampillas de ventilación. En el centro, bajo la luz blancuzca que filtraba el lucernario empañado por el salitre marino, la mesa de disección mostraba la hendidura transversal que la partía de cabo a rabo. En los canalillos de desagüe quedaban restos de serrín apelmazado y rojizo, secos desde la víspera.

Ni un estudiante. Ni un bedel. Ni un secretario de actas.

Siete órdenes de bancos de pino ascendían hacia las vigas carcomidas, oscurecidos por el betún y rayados por iniciales que los alumnos habían grabado a punta de navaja a lo largo de cuarenta años.

Brais subió los tres peldaños del estrado. La madera gimió bajo sus botas. La cátedra de nogal, con los apoyabrazos rematados en garras de grifo y la mitra arzobispal tallada en el copete, conservaba aún la huella del cuerpo de Julián sobre el cojín de badana gastada. Se sentó. Apoyó los codos en el atril y desató el lazo de bramante del cartapacio.

Las hojas crujieron. Sus dedos torpes tardaron en separar el primer pliego.

La letra era menuda, apretada, trazada con tinta de agallas que el tiempo viraba a un pardo herrumbroso. En los márgenes del folio cuarenta y dos, una mancha amarillenta de grasa sellaba las notas sobre el trayecto intratorácico del nervio vago y la respuesta galvánica del tejido muscular. Al pie de la página, un apunte apresurado: El colapso pulmonar no extingue la vigilia somática; el sujeto percibe la retracción visceral durante un lapso indeterminado tras el cese del pulso.

Brais apoyó la yema del pulgar sobre el nombre de Julián, firmado al final del pliego con un trazo largo y vertical que casi rasgaba el papel.

La tinta estaba seca. La mano que la había guiado reposaba ya bajo tres palmos de cal apagada, en la fosa que los mozos habían cegado al amanecer a veinte pasos del estrado.

A lo lejos, el último toque de las campanas de San Lázaro se ahogó en la niebla sin que nadie se acercara a la puerta del anfiteatro.

Fin del Episodio 12 · de 12

La cátedra vacía

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