El pacto de la cisterna
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La nota de Sor Benigna había llegado con el alba, doblada dentro del breviario que la monja le devolvió a Brais en el refectorio sin cruzar una palabra: una hora, las once de la noche, y un lugar, el aljibe viejo de las Clarisas. No decía para qué. No hacía falta.
Si alguien hubiera medido la distancia desde el zaguán de la huerta hasta la boca del aljibe —pero nadie en su sano juicio recorría las dependencias de las Clarisas con una cinta de agrimensor—, habría calculado una profundidad de casi treinta varas de cantería ciega. El descenso se hacía a tientas, sujetando los faldones de la levita para no rozar las esquinas donde el salitre florecía como una pelusa blanquecina y húmeda. La escalera de caracol tenía veinticuatro peldaños de granito gastados por el centro; en el noveno, una fractura en el borde obligaba a cargar todo el peso sobre la pierna izquierda, un tropiezo mecánico que Julián Caunedo ejecutó con un chasquido seco de su rodilla lisiada. Ninguno de los dos encendió la linterna sorda hasta haber alcanzado la solera de ladrillo cocido. La puerta de roble herrado que clausuraba la cisterna desecada no tenía cerradura de llave corriente, sino un pasador de forja con tres muescas limadas que exigía levantar la hoja con la rodilla mientras se corría el cerrojo hacia la izquierda.
—El gozne sigue rozando —dijo Caunedo en voz baja, limpiándose el labio superior con la manga roñosa de su gabán de paño inglés.
—Porque la humedad pudre la madera y ensancha el marco —respondió Brais, comprobando con la yema del índice la aspereza del hierro. Tenía el pulpejo tan endurecido por el alumbre que casi no distinguió el filo del metal.
—Deberían echarle manteca de cerdo.
—Las monjas no gastan manteca en lo que no ven.
El interior del aljibe no guardaba ya una sola gota de agua, pero conservaba esa densidad fangosa y fría que el granito retiene durante siglos. En el centro, donde el foso de decantación formaba un hoyo circular de tres pies de hondo, habían dispuesto una mesa de embalar apoyada sobre dos banquetas cojas. El aire estancado no olía a carroña, sino a la mezcla sofocante de la cal viva que hervía en silencio contra el verdín de las paredes y el vinagre de cuatro ladrones con el que las legas empapaban los lienzos para no vomitar durante las vigilias. En torno al perímetro, arrimados a las arcadas como si buscasen el amparo de la sombra, reposaban once féretros de pino basto, sin cepillar y desprovistos de toda cruz o marca bautismal. Sobre las tapas, una costra de polvo blanco, gruesa como salmuera seca, amortiguaba el contorno de la madera.
El eco tardaba demasiado en volver.
Sor Benigna de la Maza no estaba rezando. Permanecía de pie junto a un brasero de hierro colado que humeaba perezosamente con carbón de encina y hojas secas de romero, con las manos ocultas en las mangas de su hábito ceniciento. Si sintió el frío que subía por las suelas —a Brais le dolían los empeines tras la caminata por el pedregal—, no dio muestra alguna. Se limitó a desplazar la vista desde las sombras de la arcada hasta las manos de Brais.
—Llegan tarde, don Brais —dijo, y su voz no resonó en la bóveda, apagada por la cal como si la piedra misma estuviese forrada de fieltro—. El cochero del señor corregidor ha tenido que dar tres vueltas a la tapia del convento para no cruzarse con la ronda de noche.
—El lodo de la ría retiene las ruedas de cualquier birlocho —replicó Caunedo, adelantándose dos pasos—. Y nosotros no cobramos por correr, hermana. Cobramos por coser lo que otros rompen.
Sor Benigna no pestañeó.
Conviene advertir —un detalle que Brais juzgó entonces un mero descuido doméstico, y que la memoria le colocaría después bajo una luz más agria— que sobre una arqueta de nogal descansaban dos cuadernos encuadernados en papel de aguas. Uno tenía las esquinas comidas por los lepismas y el lomo reforzado con badana negra: sus protocolos de estimulación nerviosa, el mismo cuaderno que el Visitador se había llevado bajo el brazo la noche anterior. El otro, envuelto en un hule manchado de óxido de cobre y atado con una guita grasienta, pertenecía sin duda a Caunedo; Brais reconoció la caligrafía apretada y angulosa del marbete, y por la forma en que Caunedo se quedó mirándolo supo que no lo había entregado por voluntad propia. La religiosa deslizó el extremo de una tenaza de forja sobre el borde de las cubiertas, apenas una caricia del metal tiznado sobre el papel seco.
—El mozo no tiene dieciocho años cumplidos —murmuró ella, señalando con la barbilla hacia el fondo de la cisterna, donde una parihuela cubierta con un paño de lino crudo descansaba sobre dos cubetas de zinc—. Murió a la hora de nona. La tisis le vació el pecho antes de que el sacerdote pudiera administrarle el viático con la unción debida. El señor corregidor no permitirá que la carroza fúnebre cruce el puente hacia el panteón de San Jerónimo con un despojo que tose sangre hasta después de expirar. No mientras la herencia de los mayorazgos dependa de un último aliento testado ante el escribano del cabildo.
Brais se acercó al lienzo. La tela estaba rígida, impregnada de ese frío pastoso que despide la carne cuando los humores se detienen pero el calor animal aún no se ha disipado por completo de las vísceras profundas. Al levantar la esquina del lino, la luz turbia de la candileja reveló el perfil afilado del muchacho: las aletas nasales hundidas, la cera amarillenta de las sienes y ese rictus de asfixia que deja la consunción pulmonar. Las livideces de la espalda apenas comenzaban a fijarse en manchas violáceas.
—Es imposible —dijo Brais—. Los alvéolos deben de estar colapsados por la caseína tuberculosa. Si metemos las sondas galvánicas en el plexo braquial para forzar la contracción torácica, no conseguiremos más que desgarrar los músculos intercostales. No habrá fuelle. Sonará a pellejo roto.
—Su colega tiene menos escrúpulos anatómicos, don Brais —repuso la monja, sin apartar la tenaza del lomo de sus notas—. Y sabe lo que cuesta el combustible para la estufa del Santo Oficio.
Caunedo no miró a la monja.
Permaneció con los ojos fijos en sus propios dedos, doblando y desdoblando el pulgar derecho con lentitud, como si comprobara la resistencia de una articulación que amenazaba con trabarse en cualquier momento. Brais conocía de sobra ese ademán; era el cálculo del carnicero que sopesa si el cuchillo alcanzará el tuétano antes de que se melle el filo. Si Caunedo hubiese sospechado que Brais guardaba en la faltriquera la sal de antimonio purificada—
—El fuelle se remienda con una cánula de plata en la tráquea y un tapón de pez en la glotis —soltó Caunedo de pronto, con esa entonación arrastrada que usaba en las disputas de cátedra—. Se le insufla espíritu de nitro antes de cerrar el circuito de las pilas. Bastará con que abra los ojos y se incorpore sobre el codo cuando el escribano asome las narices por la portezuela del carruaje. Dos minutos de espasmo voluntario. Tres a lo sumo. Después, que la tierra se lo trague si quiere.
—¿Y si los párpados no responden al estímulo del nervio facial? —preguntó Brais, encarándolo—. Sabes perfectamente que la tisis quema la sustancia gris antes del colapso. Solo obtendrás una convulsión espantosa, un trismo que le partirá los dientes frente a los testigos.
Sor Benigna acercó las tenazas al lecho de ascuas. La punta de hierro ya mostraba una incandescencia cereza, opaca bajo el hollín.
—La fe exige milagros limpios; la necesidad se conforma con monstruos que respiren —sentenció la religiosa, y por primera vez en toda la noche sus labios finos se entreabrieron en una línea recta que no era desprecio ni conmiseración, sino una fría contabilidad de convento—. Tienen hasta el toque de maitines para atar los alambres a los tendones del muchacho y devolverle el pulso suficiente para sostener la pluma. Si al alba el señor corregidor no tiene la firma de su heredero sobre el pliego sellado, estos dos legajos arderán en este mismo foso, y los alguaciles de la Chancillería sabrán con qué carne cebaban ustedes los crisoles del lazareto.
Nadie contestó.
El único sonido en el aljibe desecado fue el goteo espeso y distante de la grasa cadavérica filtrándose desde alguna de las cubas superiores, un chasquido rítmico que golpeaba el zinc como si midiera el tiempo que les quedaba antes de convertirse en ceniza.
Fin del Episodio 8 · de 12
El pacto de la cisterna
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