El vinagre de cuatro ladrones
~7 min · 1482 palabras
Brais salió de entre las cubas porque no le quedaba otra cosa que hacer. Cruzó la nave con las manos a la vista, se plantó ante la bandeja de zinc y, con una voz que no reconoció como suya, leyó en alto sus propias anotaciones como si fueran un comentario a la irritabilidad de Haller: la pantorrilla, los alfileres, el hilo de cobre, todo cabía en un experimento de fisiología que cualquier facultad del reino habría aprobado. El Visitador no entendió una palabra y fingió entenderlas todas. Se llevó el cuaderno bajo el brazo, mandó lacrar la bandeja y no volvió a mirar hacia la artesa del rincón, donde Caunedo, mientras Brais leía, había volcado a puñados la cal viva sobre el cadáver de una lavandera que no figuraba en ningún libro.
No está de más señalar que la supervivencia en los sótanos de San Lázaro rara vez obedece al ingenio o a la pureza del método; se parece más bien a esa clase de tregua involuntaria que conceden las bestias de tiro cuando el trueno las aturde por igual. La comitiva del Visitador se había retirado hacia los claustros altos hacía apenas media hora, dejando tras de sí un reguero de cera de cirio pisoteada sobre las losas frías, el retumbar distante de los cerrojos que volvían a correrse en la cancela y ese olor tibio, vagamente clerical, que el incienso barato deja cuando intenta sofocar la fetidez de una cloaca. En la nave baja no quedaba nadie más que ellos dos. Sobre una de las tablas de mármol fisurado, el agua del enjuague aún goteaba hacia la cubeta de zinc con un chasquido rítmico, sordo y pesado, amortiguado por la costra de grasa rancia que ninguno de los dos se había molestado en raspar desde el martes.
Caunedo estaba sentado en el borde del arcón de las sales, con las piernas estiradas y los talones clavados en la juntura del pavimento húmedo. Tenía la camisa desabrochada hasta el esternón y la manga izquierda remangada por encima del codo, sujeta con un bramante deshilachado. Más arriba de las cuatro medias lunas que le había dejado el ahorcado, en el tercio medio del antebrazo, donde la cal viva le había mordido la piel mientras la volcaba sobre la lavandera, una ampolla blancuzca y turgente del tamaño de una moneda de ocho reales supuraba un humor espeso. Apenas sangraba: la quemadura había cocido la dermis con esa sequedad áspera y pulcra que dejan los álcalis cuando no se neutralizan a tiempo. Con la mano derecha, Caunedo se rascaba con desgana una costra reseca en la comisura de la mandíbula.
—Trae el vinagre —dijo, sin levantar la vista de las baldosas—. El de ajenjo y ruda. El salitre solo va a abrir la llaga.
—El salitre limpia lo que tú descuidaste por torpe —respondió Brais, aunque alcanzó de la repisa el frasco de barro vidriado con la etiqueta carcomida que rezaba Acetum Quatuor Furum. El tapón de corcho estaba hinchado por los vapores ácidos y requirió la punta del descarnador para ceder—. Si Su Ilustrísima hubiera bajado la vista dos pulgadas más hacia la artesa, ahora mismo no tendrías brazo que curar.
—Pero no la bajó.
—Porque estaba mirando mi cuaderno. Me serviste en bandeja.
—Te usé de cebo, que no es lo mismo. —Caunedo torció la boca—. Una pantorrilla con tres alfileres es una lección de fisiología; una lavandera sin partida es la hoguera. Le di a Su Ilustrísima lo que podía entender.
Afuera llovía sobre el estuario.
Brais empapó una tira de lino crudo en el líquido amarillento y acre. El hedor a ruda, alcanfor y vino rancio, denso como una bofetada en una cripta cerrada, se mezcló de inmediato con la humedad calina de las paredes. Al apoyar la compresa directamente sobre la quemadura, Caunedo dio un respingo seco, tensando las cuerdas del cuello, pero no retiró el brazo. Su carne era extraña bajo los dedos: fría, ligeramente quebradiza en los bordes de la lesión, desprovista de esa elasticidad gomosa que conserva el tejido sano. Los pulpejos de Brais, endurecidos y casi insensibles tras meses de frotar salmuera de alumbre sobre los preparados, apenas distinguían la frontera entre la piel chamuscada y la aspereza del lienzo.
Se odiaban con la devoción meticulosa de quienes solo tienen un espejo para contemplarse. Había algo profundamente miserable en la cercanía de sus rostros bajo el resplandor humoso de la mecha: dos hombres de ciencia consumidos por el mismo aire viciado, con las mismas grietas prematuras en los nudillos y esa palidez terrosa que delata a quienes duermen de día y abren vientres de noche.
Brais terminó de anudar la tira de lienzo con un tirón firme, cuidando de no rozar la carne viva.
—Ya está —dijo.
Caunedo dobló el codo con lentitud, probando la tirantez del vendaje, y dejó caer el brazo a lo largo del costado como si fuera una herramienta ajena.
Brais fue hasta la hornacina excavada junto a la chimenea ciega y sacó el cuenco de barro con barniz verde de Triana, el que conservaba una muesca profunda en el labio desde el invierno pasado. Quedaba medio cuartillo de sidra de las marismas en la garrafa de vidrio grueso; era una pócima turbia, agria como el orujo mal fermentado, que raspaba el paladar pero al menos conseguía arrancar la película química de las fauces. Sirvió un trago largo y le pasó el cuenco. Caunedo lo tomó con la mano buena, sopló una mota de hollín que flotaba en la superficie y bebió sin prisa, tragando con un sonido bronco y trabajoso.
—Sabe a hierro y a cieno —comentó, pasándose el dorso de la muñeca por los labios cuarteados.
—Es lo que dejó el sacristán tras la fiesta de la Candelaria. Da gracias de que no le echara vinagre de cuba para estirarla.
—A estas alturas no notaría la diferencia. Mi lengua no distingue un higo seco de una suela de bota.
Se quedó mirando la cubeta de zinc donde la grasa de la mesa de disección seguía cayendo gota a gota, marcando un compás hueco, monótono, semejante al péndulo de un reloj que se apaga en una habitación desierta. En la artesa del rincón, bajo la costra blanca que Caunedo había volcado a puñados, se adivinaba el contorno de la lavandera, con el tórax a medio desarticular desde la víspera; la sierra de costillas seguía clavada en el esternón y asomaba entre la cal como el mástil de un barco hundido.
Conviene mencionar que la quietud de Julián Caunedo nunca fue de fiar; era esa fijeza engañosa del agua de pantano antes de que el légamo podrido suba a la superficie. Apoyó el cuenco entre los muslos, con los dedos entrelazados sobre el barro vidriado, y clavó en Brais sus ojos turbios, irritados en los lagrimales por las sales de antimonio.
—¿De verdad crees que Sor Benigna nos entrega las piezas por devoción a la Cátedra? —preguntó de pronto, en un tono que apenas rebasó el chasquido del goteo sobre el zinc.
—Las entrega porque el rector le paga diez reales de plata por cada carro que sale del hospicio sin registro parroquial —contestó Brais, apoyándose contra la repisa de las redomas—. Y porque con la marea viva las zanjas del camposanto se anegan y no tienen dónde enterrar a los mendigos.
—Diez reales no compran el silencio de los arrieros, Brais. Ni el favor del escribano del cabildo.
Hizo una pausa deliberada. Cambió el peso del cuerpo sobre el arcón, y las tablas viejas crujieron con un chasquido seco. Brais iba a recoger los paños sucios para sumergirlos en la tina de lejía, pero—
Se detuvo.
—Ayer por la tarde, antes de que bajaran a esta mujer al sótano —continuó Caunedo, bajando la voz hasta convertirla en un hilo áspero, casi cómplice—, le desaté la camisa en el zaguán para comprobar la rigidez. No tenía la hinchazón del tifus ni las manchas lívidas de los que se apagan por la consunción. En el cuello, justo debajo de la quijada, tenía cuatro hematomas pequeños. Cuatro marcas redondas, del tamaño exacto de las yemas de una mano de mujer menuda. Dedos secos, Brais. Como raíces.
El aire del sótano se volvió denso, casi sólido.
—Y en la boca... —prosiguió Caunedo, clavando las uñas en el borde desportillado del cuenco verde—, en la boca todavía había calor. No esa tibieza pastosa de la descomposición que todos conocemos. Era aire templado. Aire que intentaba salir.
Brais miró la artesa. La costra de cal seguía lisa, blanca, intacta como la nieve de un patio cerrado.
—Sor Benigna de la Maza no nos manda a los muertos para vaciar las salas de su hospicio —susurró Caunedo, apurando la sidra agria antes de dejar el cuenco en el suelo con un golpe seco—. Nos manda a los que se niegan a morirse a tiempo.
Fin del Episodio 7 · de 12
El vinagre de cuatro ladrones
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