El peso de la caliza·Episodio 06

La visita canónica

~9 min · 1726 palabras

El celador no descargó la vara de justicia. La sostuvo en el aire durante tres o cuatro latidos sordos, con el codo rígido y la mandíbula apretada hasta que el crujido de sus propios molares le hizo soltar el aire entre los dientes, vencido por un carraspeo seco que llegó desde la oscuridad de la escalera de caracol. En el descansillo superior, donde el tiro de aire del claustro batía contra las piedras desnudas, el Visitador General no parecía tener ninguna prisa por pisar el limo salino de la cripta. Se sostenía la garnacha talar de paño negro con dos dedos enfundados en cabritilla oscura para evitar el roce de los sillares bajos, manchados por esa eflorescencia blanquecina que la salmuera y el salitre dejan en las juntas tras las crecidas de la ría. Abajo, Sor Benigna de la Maza había salido de la hornacina sin que nadie la viera moverse y aguardaba al pie de la escalera con el pesado cartapacio de los inventarios contra las tablas de su pecho, con la fijeza mecánica de una imagen de retablo rústico. El aire que bajaba con el prelado no traía alivio: se mezclaba con la pestilencia de la cal viva que hervía en los fosos de maceración al juntarse con las filtraciones de la marea.

Por costumbre antigua, los jueces eclesiásticos se detenían siempre en el tercer peldaño de San Lázaro, donde el tufo cadavérico todavía permitía fingir devoción sin recurrir a los pañuelos perfumados; desde allí reclamaban los asientos de óbitos, escuchaban la lectura del capellán y estampaban el sello capitular sin mirar directamente hacia las losas de disección. Pero aquella noche el Visitador traía la prisa de quien teme ser burlado antes del alba. Sus ojos estrábicos no buscaban las mortajas benditas, sino los rincones oscuros donde los bancos de lavado goteaban hacia las cubetas de zinc.

—Antes de laudes, hermano Julián —dijo el Visitador con una voz delgada, de timbre cascado, que parecía raspar contra la piedra húmeda como un clavo sobre pizarra—. La campana mayor del cabildo no esperará a que sus ayudantes limpien los despojos. Quiero cada cuerpo cotejado con la partida del lazareto, las marcas de salmuera medidas en pulgares y el testimonio jurado de que no se ha encendido fuego galvánico bajo estas bóvedas.

Julián Caunedo se había zafado de la mano del ahorcado a tirones mientras el prelado carraspeaba en la escalera, y el muerto le había dejado cuatro medias lunas sangrantes en el antebrazo; las tapó bajándose la manga. No retrocedió ni un ápice. Mantuvo la cabeza erguida, exhibiendo esa calma insolente y profesoral que sacaba de quicio a los vicarios de coro. Con un movimiento pausado, se sacó del bolsillo del mandil un trapo sucio de grasa de carnero y se limpió con parsimonia los pulpejos de los dedos índice y pulgar, aunque la costra blancuzca de alumbre ya había devorado la sensibilidad de su piel hasta dejarla tan lisa y brillante como el marfil pulido.

—La obediencia de esta cátedra es tan puntual como la marea, reverencia —repuso Caunedo, ladeando el torso con una reverencia que rozaba la parodia académica—. Aunque si Su Ilustrísima insiste en examinar los lechos de la nave norte, deberé rogarle que camine cerca de los machones. Las filtraciones del río han vuelto quebradizas las lajas de mármol y las cubetas de desagüe tienden a rebosar a esta hora.

Un chasquido sordo y discontinuo subrayó sus palabras: eran las gotas de grasa saponificada que caían desde la ranura de una de las mesas centrales hacia un barreño de metal, un golpe rítmico que marcaba los segundos en el fondo de la nave con la monotonía de una clepsidra carnicera.

—La tinta del tintero de viaje se espesa con esta humedad —murmuró de pronto Sor Benigna, deteniéndose a dos pasos del celador sin levantar la mirada del papel de estraza.

—Sople sobre el plumín, hermana —dijo Caunedo sin mirarla siquiera—. La saliva ayuda a que el hierro corra cuando arrecia el frío.

—No he bajado a soplar plumas, don Julián —atajó la monja, pasando el pulgar seco sobre la esquina doblada del folio—. Hay siete asientos abiertos desde la fiesta de la Candelaria que todavía no tienen firma de entierro.

Silencio.

El celador dio un paso torpe hacia la derecha para esquivar el charco aceitoso que rodeaba la pata del primer camastro. En el techo abovedado, la candileja de sebo de oveja despedía un fulgor amarillo, sucio y vacilante que apenas lograba disipar las sombras de los rincones. El Visitador avanzó arrastrando los faldones; su respiración se había vuelto corta, entrecortada por la irritación del álcali que flotaba en suspensión.

Brais Mújica de Lema aprovechó la vacilación de la comitiva para deslizarse hacia la crujía occidental, buscando el abrigo espeso que ofrecían las cubas de roble cargadas con vinagre de cuatro ladrones. El tufo acre del ajo machacado, la ruda y el ajenjo macerados en vino agrio le golpeó las fosas nasales con una violencia benéfica, adormeciendo por un instante la ulceración viva que le supuraba en el tabique cartilaginoso. Se apretó contra la madera rugosa de los toneles, procurando que la hebilla de latón de su faldiquera no tintineara contra los aros de hierro. Desde aquella penumbra densa, donde las arañas tejían velos apelmazados por la cal muerta, podía ver el perfil afilado de Caunedo recortándose contra el resplandor de la lámpara.

—Este infeliz ingresó el martes de la semana anterior —explicó Caunedo, señalando con la punta de una tijera de cartílagos la sábana que Brais había echado sobre el ahorcado—. Varón, cincuenta y dos años computados, zapatero de la ronda exterior. Pulmones anegados por la niebla de las marismas y fallo somático consecutivo. Se le aplicaron tres fricciones de alumbre y sal amoniaco antes de cerrar la caja, tal como prescribe el rito de examen preliminar.

Sor Benigna pasó una uña roma sobre el asiento del libro, comprobando la fecha con una lentitud exasperante. Levantó al fin la cabeza; su rostro, enjuto y amarillento bajo la toca almidonada, parecía esculpido en cera que hubiera comenzado a derretirse cerca de un brasero sin llegar nunca a perder la mueca severa.

—La ordenanza exige que las órbitas queden descubiertas durante la bendición —dijo la monja, señalando con el mango de hueso de su estilete la protuberancia del lienzo donde debían adivinarse los ojos del cadáver—. Esos párpados están cosidos con hebras de lino encerado. ¿Por qué se han tomado el trabajo de sellarlos con puntada doble?

—La necrosis ocular desfigura la piedad cristiana antes de que el cabildo otorgue la fianza de sepultura —repuso Caunedo, manteniendo una voz tan lisa que parecía desprovista de respiración—. Ahorramos escándalos a los legos, hermana. Nada más.

El Visitador interpuso el regatón de su vara entre ambos, haciendo crujir la madera vieja del suelo.

—La regla no pide miramientos de decoro, Caunedo. Pide que el rostro sea visible para que conste la identidad en el libro de fábrica. Si cose las cuencas, levantaré acta de desacato antes de salir de esta bóveda.

Nadie contestó. Caunedo parpadeó una sola vez, despacio.

Si alguien hubiera examinado con cuidado la compostura del maestro en aquel instante, habría advertido el destello oblicuo en sus pupilas grises, esa fijeza casi voluptuosa del cirujano que ve abrirse la incisión exactamente por donde trazó la línea de tiza. No miraba al prelado. Miraba hacia el ángulo ciego donde las cubas de vinagre proyectaban una masa de sombra uniforme sobre el enlosado.

—Si Su Ilustrísima desea verificar la pureza de nuestros métodos —continuó Caunedo, retrocediendo dos pasos para despejar el tránsito hacia el fondo de la nave—, no debería perder el tiempo con los bultos amortajados de la caridad común. Los cuadernos de trabajo y las piezas anatómicas de mayor estima descansan siempre en el taller del bachiller Mújica.

A Brais se le secó la boca. El frío de la sillería le calaba el jubón a través de los omóplatos, húmedo y punzante, y tuvo que apretar los nudillos contra el muslo para contener el temblor de las piernas.

La monja avanzó la primera, sin esperar el consentimiento del prelado. Sus zuecos de madera sonaban con un chasquido seco contra las losas resbaladizas, espantando a las moscas de la carne que zumbaban entorpecidas por el frío cerca de los tragaluces ciegos. El Visitador la siguió, cubriéndose la boca con un pañizuelo donde se adivinaba el bordado morado de su dignidad canonical.

Brais, agazapado tras la panza salitrosa de la cuba mayor, miró hacia su propia mesa de disección.

Estaba vacía del instrumental habitual.

No estaban sus escalpelos de mango de peral, ni las pinzas de presión con muelle de ballesta que él mismo había limpiado con alcohol de enebro al mediodía; ni siquiera la jofaina de estaño donde solía enjuagarse los dedos antes de coser. En su lugar, desprovista del sudario de estameña que la regla imponía para cualquier resto en espera de responso, descansaba una bandeja cuadrangular de zinc estañado que brillaba con una palidez grasienta bajo la mecha de sebo.

Sobre el metal reposaba una masa que ningún forense de la ordenanza habría admitido para sepultura. Ningún cirujano del hospital de pobres habría tolerado semejante montaje sin persignarse.

Una pantorrilla humana despojada de piel hasta el plano tendinoso, con el tejido muscular macerado en una salmuera de alumbre tan concentrada que las fibras habían adquirido una rigidez quebradiza y cerosa, como cecina vieja expuesta a la escarcha. Pero lo que hizo que a Brais se le cortara el aliento no fue la disección en abanico de los haces nerviosos, sino los tres alfileres de plata clavados en la inserción del tendón de Aquiles, unidos entre sí por un hilo de cobre purísimo que descendía en espiral hasta sumergirse en una pequeña cubeta de barro vidriado llena de antimonio.

Apenas a cuatro pulgadas de la preparación, descansaba abierto de par en par el cuaderno encuadernado en badana de Brais, con su propia caligrafía inclinada señalando las fases del experimento bajo la luz turbia del candil.

Caunedo se detuvo junto a la cabecera de la mesa, cruzó las manos sobre el vientre con beatífica mansedumbre y esperó a que el Visitador alzara la linterna sorda.

—Acérquese, bachiller Mújica —llamó el maestro con una calma espesa, casi cordial, en dirección a las cubas—. Venga a mostrar a Su Ilustrísima las anotaciones de su propia mano.

Fin del Episodio 6 · de 12

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