Cuestión de médula
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La sombra descalza era Sor Benigna de la Maza. Había dejado los zuecos en el último peldaño para no despertar al prior, y detrás de ella, renqueando de la rodilla mala, bajaba Caunedo, que no había llegado a su celda: la monja lo había alcanzado en la escalera. Ninguno de los dos traía luz. Sor Benigna cruzó la nave sin mirar a Brais, levantó la arpillera de la mesa del fondo, donde desde el sábado se curaba en salmuera un ajusticiado de la horca de San Roque, y le tomó la muñeca para llevarle la mano hasta el brazo derecho del muerto.
—Antes de que amanezca —fue todo lo que dijo.
Una hora después, la inmovilidad no había traído alivio alguno, sino una fijeza insoportable, como si las paredes de sillería hubieran apretado sus junturas para encerrarlos en un callejón sin salida. La gubia reposaba por fin en el reborde de la mesa de mármol fisurado, aún tibia por la palma sudorosa de Brais, mientras el vaho de la cal apagada pugnaba con los efluvios acres del vinagre de cuatro ladrones con que habían baldeado el suelo. El aire no olía a sepultura ni a la peste agria de la putrefacción ordinaria, sino a algo mucho más estéril y mineral, una pesadez de sales cáusticas que se adhería al paladar. Caunedo permanecía al otro lado de la plancha, con la levita desabotonada y las mangas de la camisa remangadas con bramante basto por encima de los codos, frotándose con el dorso de la muñeca la aleta izquierda de la nariz, donde una costra escamosa y enrojecida delataba el tributo que el vapor de los ácidos cobraba a quienes frecuentaban aquel subsuelo.
Ninguno se atrevía a mover los pies.
—La mecha está ahogándose —murmuró Caunedo en un siseo áspero, sin levantar la vista del cadáver—. Despabila el pabilo si vas a quedarte ahí plantado como un cirio.
—No es la mecha —respondió Brais, obligando a su voz a descender a un tono plano, casi burocrático, mientras se secaba los dedos en la arpillera del mandil—. Es el sebo de carnero. No debiste aceptar el lote que trajeron de las carnicerías del muelle.
—Era el único que ardía sin chisporrotear. Cállate y pásame las varillas de zinc. Las de contacto curvo.
La irritabilidad de Caunedo obedecía rara vez a la urgencia moral; era simple malestar del cuerpo. Estaba harto del frío que ascendía por el piso encachado, harto del chasquido rítmico con que las gotas de grasa cadavérica caían en las cubetas de zinc bajo el declive de la piedra y, sobre todo, harto de la presencia de Sor Benigna, que aguardaba en el quicio del pasillo abovedado, recortada contra la penumbra como una estaca de paño negro. La religiosa no se había marchado desde que los llevó hasta el muerto. Permanecía inmóvil, desgranando entre los dedos unas cuentas de hueso tan gastadas que no producían el menor rumor al chocar, con la mirada perdida en el ángulo ciego donde las vigas maestras se hundían en el granito. Su vigilia no vigilaba las manos de los dos hombres, sino el hueco de la escalera que conducía a las dependencias canonicales. Había en su silencio una complicidad seca, carente de piedad o devoción, como si lo que estaban a punto de consumar no fuera más que el cumplimiento forzoso de un inventario.
El ajusticiado yacía sobre el lomo, con el surco amoratado del cáñamo ciñéndole la garganta y la caja torácica abierta en dos alas por el corte esternal. Lo incomprensible —lo que volvía el procedimiento una anomalía que desafiaba cualquier registro asentado en sus cuadernos— era la temperatura que conservaba el miembro superior derecho. El resto del tronco ofrecía al tacto la consistencia cerosa, gélida y quebradiza del músculo saturado de salmuera tras tres días de tina, pero el brazo, desde el nacimiento del deltoides hasta la yema de los dedos, despedía una tibieza animal, casi insolente. Era un calor terco que se resistía a morir.
El brazo estaba tibio.
La muerte hiela la carne mucho antes de corromperla: lo sabe cualquiera que haya sostenido el escalpelo con los dedos entumecidos por el invierno, aunque la doctrina escolástica soliera despachar estos fenómenos atribuyéndolos a la fermentación tardía de los humores viciosos. Caunedo aproximó las dos varillas de zinc, cuyos extremos limados relampagueaban con un brillo opaco bajo la lumbre de sebo. Sus manos, torpes por la pérdida de tacto en los pulpejos —la misma insensibilidad que obligaba a Brais a comprobar el filo de las hojas presionándolas contra la propia uña—, vacilaron un instante al buscar la fosa supraclavicular, entre los haces disecados de los escalenos. El olor a vinagre parecía haber sido derrotado por un vapor mineral, tibio y denso, que manaba directamente del fondo de la brecha.
—Espera —le advirtió Brais, aferrándole el antebrazo con más fuerza de la que creía conservar—. Mira la tensión en los tendones del carpo. Si aplicas el zinc con esa inclinación, el espasmo va a romper las fibras antes de que alcances el tronco primario.
—Sé exactamente lo que hago, Brais —replicó Caunedo, zafándose con un tirón seco que hizo entrechocar los dos metales en una nota cristalina—. Si esperamos a que el miembro se enfríe, no quedará nada que medir salvo fango inerte. Apártate.
—El nervio solo está descargando, Julián. Es una contracción refleja, nada más.
—Entonces déjame registrar esa contracción antes de que la Cátedra reclame las cenizas.
Se inclinó sobre la axila del ahorcado con una prisa casi febril e introdujo la punta de la varilla izquierda en el plexo braquial. El contacto no produjo una contracción inmediata, sino un silbido tenue, una evaporación cáustica que arrancó del tejido un hilo de humo blanco y picante. Brais pensó por un segundo en las notas marginales que solían requisárseles en las aulas del colegio, pero el pensamiento quedó quebrado de raíz cuando un golpe metálico retumbó desde lo alto del tramo abovedado.
Fue el choque seco de una aldaba pesada, seguido del crujido familiar que los peldaños de roble emitían únicamente cuando alguien pisaba su centro con botas de suela claveteada.
Sor Benigna no profirió sonido alguno. Dio un paso atrás hacia la concavidad de una hornacina vacía y, con un movimiento rápido de los dedos, aplastó la mecha de su palmatoria, sumiendo la nave en una tiniebla sofocante donde solo ardían las dos candilejas humeantes de la mesa. Caunedo alzó la cabeza de golpe, lívido, aunque mantuvo la varilla hundida entre los tendones del cadáver, mientras Brais intentaba echar sobre el pecho desollado una sábana cruda empapada en alumbre. La cerradura de la cancela chirrió. Era una cerradura mañosa, de palastro viejo, que exigía empujar el pestillo hacia arriba antes de dar la vuelta completa, y quien manipulaba el cerrojo conocía el truco a la perfección.
La hoja de hierro batió contra el muro con un estruendo que sacudió el polvo de las vigas. En el umbral se recortó la figura corpulenta de un celador jurado de la Cátedra, envuelto en su capote reglamentario y empuñando a la altura del pecho un farol sordo cuya rendija proyectó un haz horizontal y violento directamente contra las manos de los dos anatomistas.
—¡En nombre de la Santa Cátedra! —bramó el guardia, adelantando la vara de fresno ferrada en bronce—. ¡Suelten los instrumentos y aparten los brazos de esa losa ahora mismo!
Caunedo dio un respingo para obedecer y retrocedió medio paso mientras balbuceaba una justificación reglamentaria —una retahíla de sumisiones que la crónica, por decoro, prefiere no recoger con excesiva fidelidad—, pero su muñeca izquierda quedó aprisionada en el aire. La mano del ajusticiado, en una flexión violenta y ciega desatada por el zinc todavía alojado en la raíz del nervio, se había cerrado sobre su antebrazo con la rigidez de un grillete, clavándole las uñas en la carne viva con la tenacidad puramente mecánica del músculo en tétanos.
El celador alzó la vara de justicia disponiéndose a cargar, pero ninguno de los tres hombres de la cripta pudo dar el paso siguiente.
Fin del Episodio 5 · de 12
Cuestión de médula
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