El peso de la caliza·Episodio 04

Las cubetas de zinc

~8 min · 1570 palabras

El empuje de la marea contra la sillería del sótano producía una vibración casi imperceptible en las losas, más una sospecha en los huesos que un temblor real en el aire. A esas horas, entre la medianoche y las maitines, el anfiteatro de disección del Colegio de San Lázaro tenía la consistencia mineral de un pozo seco. La humedad salobre que rezumaba por las juntas de la pared este no lograba neutralizar la cal apagada que los mozos esparcían al atardecer sobre las canaletas; al contrario: el encuentro del agua estancada con el polvo blanco levantaba un vaho agrio, sofocante, entrelazado con las emanaciones acres del vinagre de cuatro ladrones con que se rociaban los lienzos mortuorios. Sentado en su taburete de tres patas —cuya pata trasera, calzada con una cuña de roble, se negaba a quedar firme—, Brais Mújica de Lema deslizaba la hoja de una gubia curva sobre la superficie empapada de aceite de su piedra de Arkansas. Treinta pasadas al sesgo, con la muñeca rígida; luego la vuelta para abatir la rebaba. La piedra tenía una veta cenicienta que hacía un ruido arenoso, regular, un roce seco que llenaba el hueco dejado por el viento en las troneras altas.

Se detuvo para comprobar el filo. No utilizó la yema del pulgar; desde hacía meses, los pulpejos de sus dos primeros dedos no eran más que dos placas de pellejo apergaminado, insensibles a la aspereza del grano e inútiles para juzgar la mordida del acero. En su lugar, aproximó el bisel a la llama humosa de la candileja de sebo de oveja que ardía junto a su codo. El hollín grasiento ascendía en un hilo tembloroso, condensando una pátina oscura sobre los vidrios graduados de las probetas y de la balanza de precisión. Brais entornó los párpados. La hoja estaba recta. Quedaba apenas una mella minúscula cerca del talón, recuerdo de una apófisis espinosa endurecida en el trabajo de la víspera. Suspiró, se frotó con el dorso de la muñeca la piel tirante del pómulo y volvió a verter dos gotas de aceite sobre la piedra.

En la penumbra, una gota cayó sobre el zinc.

El sonido era invariable: un chasquido sordo, viscoso, espaciado por siete u ocho latidos de pulso. Venía de la cubeta colocada bajo el desagüe de la segunda mesa de mármol fisurado, donde el cuerpo de un barquero ahogado en los limos de la ría soltaba con perezosa lentitud el exceso de salmuera y licor cadavérico. Más allá del círculo de luz aceitosa, sentado junto a la estufa de hierro colado que crujía al enfriarse con chasquidos metálicos como si tuviera un escarabajo atrapado en su tiro, Julián Caunedo pasaba las hojas de un inventario con el tedio de quien espera que amanezca solo para tener una excusa con que marcharse. Caunedo sostenía una taza de loza basta con el asa desportillada y el fondo manchado de un sedimento parduzco de infusión de achicoria fría. La movía despacio, trazando círculos lentos que no conseguían disolver el poso amargo pegado a las paredes del barro.

—El cargamento de alumbre de Mondoñedo viene adulterado —dijo Caunedo sin levantar la mirada del papel amarillento—. Trae más yeso que sal.

—Se nota en la consistencia del cuádriceps —respondió Brais, sin interrumpir el vaivén rítmico del acero contra la piedra—. El tejido muscular deshidratado queda quebradizo, pero blando por dentro. Como manteca vieja puesta al sereno.

—Hará falta duplicar la infusión por la carótida antes de que empiece a verdecer.

—No queda sulfato suficiente.

—Pues habrá que pedirlo a la sacristía de Santa Clara.

—Sor Benigna no va a abrir la despensa a estas horas.

—Ya lo sé.

Caunedo no replicó. Dejó la taza sobre el velador con un golpe seco de madera contra loza y se frotó la rodilla izquierda con las dos manos abiertas, encorvando los hombros bajo la sotana raída que usaba para trabajar. Había en su gesto la fatiga vieja de quien ha pasado demasiados inviernos en semisótanos donde el sol no entra jamás y donde la única medida del tiempo la dan las campanadas apagadas de una colegiata o la descomposición progresiva de la carne sobre el mármol. Tenía la costumbre de morderse el labio inferior hasta sacarse sangre cada vez que una partida de reactivos no cuadraba con las asignaciones del cabildo. Aquella noche su labio mostraba una costra oscura, partida por el centro, que volvía a mancharse con cada bostezo reprimido.

◇

El chirrido de los goznes de la cancela baja anunció la llegada de sor Benigna de la Maza antes de que su hábito de sarga gris apareciera por el corredor abovedado. Traía consigo una cesta de mimbre llena de lienzos de lino recién hervidos en lejía de ceniza, cuyo olor a sosa cáustica combatió por un instante el hedor pegajoso de la nave. No caminaba de prisa ni despacio; sus pasos en las babuchas de fieltro eran apenas un roce sordo sobre la gravilla húmeda del piso, pero traía el rostro crispado por el aire glacial del claustro. Al cruzar el umbral, depositó la cesta sobre el banco de madera donde descansaban las sierras de costillas y las gubias accesorias, apartando con dos dedos secos un bisturí cuya hoja conservaba restos de grasa parda.

—El prior ha mandado apagar el fuego de las celdas bajas —dijo la monja con una voz que sonaba a cántaro vacío—. Dice que el humo de la turba se mete por los respiraderos del coro y le estropea las vísperas.

—Dígale que baje a dormir aquí si tiene calor —masculló Caunedo, poniéndose de pie con un crujido seco en las articulaciones de la cadera.

—Dígaselo usted cuando suba a tercia. A mí me mandó retirar los cirios de sebo antes de laudes.

Sor Benigna no esperó réplica. Se inclinó sobre la mesa de disección menor, extendió uno de los lienzos húmedos sobre el torso del ahogado para evitar que la cal del ambiente secara la piel antes de tiempo, y alisó los bordes con movimientos mecánicos, exactos, exentos de vacilación. Sus manos, enrojecidas por los sabañones y cubiertas de manchas seniles, trabajaban con la fría eficacia de quien amortaja cadáveres desde que tuvo uso de razón. Sin mirar a ninguno de los dos hombres, tomó dos cabos de vela consumida que descansaban en las palmatorias de estaño, los guardó en el bolsillo profundo de su mandil y se marchó por donde había venido.

Caunedo aguardó a que el eco del sayal desapareciera por la escalera de caracol antes de recoger su capa de paño basto.

—Me voy a la celda —anunció, abrochándose los botones de cuerno con dedos torpes por el entumecimiento—. Esta noche no siento los talones. Si dejas la puerta del osario abierta, atranca la cancela con la barra de hierro. No quiero que los perros de la marisma vuelvan a colarse si la marea sigue subiendo.

—La atrancaré.

—Y no toques el tórax del ahogado hasta que yo traiga las sales de antimonio. El tejido muscular está demasiado quebradizo con esa salmuera que preparaste; si metes la gubia ahora, vas a astillar el esternón como si fuera pan seco.

—Sé cómo cortar —dijo Brais.

—Ya veremos.

La puerta de roble del descansillo crujió sobre su quicio deformado por la humedad. Caunedo tuvo que levantar la hoja unos centímetros, tirando de la manija hacia arriba para que el pestillo encajara en la hembrilla, una maniobra que requería la maña exacta que solo da la costumbre de las cosas viejas. Después, el silencio volvió a cerrarse sobre el anfiteatro.

Brais dejó la gubia sobre la franela aceitada. Se frotó los ojos con el puño cerrado. Una punzada sorda le martilleaba la sien derecha tras cuatro horas respirando el vapor acre de la cal y el desinfectante. En una esquina de la mesa, la sierra de costillas descansaba con sus dientes mellados impregnados de un polvillo blanco y pegajoso que olía a médula cocida. Pensó en pasarle el trapo con aguarrás para guardarla en el estuche de nogal, pero el dolor en los riñones le aconsejó no doblar más la espalda por esa noche. Apagaría la candileja grande y se marcharía también; dejaría que el agua del estuario lamiera los cimientos hasta el alba.

Pero no se movió.

Había algo en el estómago. Una molestia sorda, la sospecha repentina de que el tiro de aire de la cripta había cambiado de sentido. Debajo de la mesa de mármol, la grasa cadavérica continuaba su descenso: la gota se formaba en el vértice de la canaleta, engordaba bajo su propio peso y se desprendía en el vacío con un chasquido antes de estrellarse contra el fondo de zinc.

Ploc.

Seis segundos entre una y otra.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.

Ploc.

Junto al umbral del osario, la fina capa de cal apagada sobre las losas no se movía. La corriente tenue que subía de las bóvedas inferiores se había detenido.

El goteo continuó durante dos compases más.

Y entonces, cesó.

No fue una disminución paulatina. El chasquido se cortó en seco, con la violencia sorda de una cuerda que se rompe bajo el agua, en el mismo instante en que una sombra descalza cruzó el umbral del osario sin levantar polvo de cal.

Brais no levantó la vista de la mesa.

Quedó suspendido entre dos respiraciones, con la gubia apretada contra la palma de la mano, esperando un sonido que no llegó a producirse.

Fin del Episodio 4 · de 12

Las cubetas de zinc

Siguiente Episodio 5~7 minCuestión de médula“La muerte hiela la carne mucho antes de corromperla.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.