Herejía encuadernada en becerro
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El amanecer en San Lázaro nunca traía luz; solo cambiaba de sitio las sombras sobre el granito. En las junturas de los sillares, el salitre sudaba una costra grisácea que tardaba horas en secarse.
Sobre la mesa de pino quedaba la taza de peltre con el asa mal soldada y los posos negros de la achicoria. La superficie tenía una película irisada, grasienta. Brais raspó con la uña del pulgar una gota de sebo endurecida en la madera. La falta de sensibilidad en la yema —ese entumecimiento gomoso que desde hacía meses le impedía distinguir el filo de una lanceta del lomo de una espátula sin mirarse la mano— hizo que resbalara dos veces antes de levantar la escama.
Se sopló el dedo.
En la torre capitular sonó el primer toque de maitines. Un golpe sordo, cuarteado desde la helada del setenta y cuatro.
Al pie de la escalera crujió una baldosa. Eran pasos que no cuidaban el peso, sino el rumbo. Se detuvieron justo al otro lado del umbral. Brais no se movió; vio temblar la llama de la candileja contra la cal de la pared.
Luego sonó un roce seco por debajo de la puerta. Algo resbaló hacia adentro y cayó en las tablas con el golpe fofo de un fardo de cuero.
—¿Don Brais? —susurró la voz al otro lado, espesa de sueño y alcanfor.
—Sigo levantado.
—El tiro de la chimenea del noviciado se ha vuelto a atascar —dijo sor Benigna tras la madera, con la misma indiferencia con que anotaba las raciones de harina—. El humo baja a las celdas viejas. Si tiene mantas limpias, no las saque al aire.
—Están guardadas.
—Mejor así. El viento viene del fango.
El roce de la lana basta de su sayal se fue apagando hacia el transepto menor.
Brais esperó hasta no oír ni las suelas de vaqueta.
En el suelo, junto a la solera de pizarra, había un volumen oblongo forrado en becerro crudo. Las esquinas estaban gastadas de puro manoseo. No olía a incienso ni a polvo de coro; apestaba a unto rancio de carnero y al vinagre áspero que los boticarios gastan para fregar las mesas de corte los días de bochorno. En la piel del lomo quedaban huellas grasientas que la salmuera había ennegrecido hasta dejarlas como manchas de gangrena seca.
Al recogerlo le dio una punzada ácida en el tabique de la nariz, donde la llaga de los vapores de azufre no acababa de cicatrizar. Se secó con la manga.
El pasillo hacia el refectorio era un tiro de corriente continuo. Junto al lavatorio de plomo estaba don Julián Caunedo repasando una cuartilla con una pluma de ganso desbarbada. Llevaba el manteo cerrado hasta la garganta, impecable en medio de aquel vaho a berza cocida y fango que subía del huerto.
—El lote de alumbre de la bahía ha salido turbio —dijo Caunedo sin levantar la vista del papel—. Dice el cillerero que los toneleros usaron roble verde. La sal se hace terrones grises.
—Servirá para el primer lavado —respondió Brais, apretando el bulto del cuaderno contra las costillas, bajo la estameña.
—No servirá para nada que deba ver el visitador sin sonrojo —Caunedo trazó una raya firme—. Aunque sospecho que sus escrúpulos, maestro Mújica, se han vuelto bastante más elásticos desde que le tiembla el pulso en las incisiones subclavias.
—El corte fue limpio.
—Limpio es lo que no se pudre antes de que el escribano firme el acta. Pero el frío se acaba, Brais. En cuanto suba la temperatura tres grados, el depósito será un hervidero y no habrá vinagre en toda la ría para tapar lo que dejan a medio secar.
Caunedo sopló la tinta con un silbido seco. Guardó la pluma en su estuche de latón, se ajustó los puños con dos tirones y clavó los ojos en el brazo izquierdo de Brais.
—Cambie las cubetas de zinc bajo las mesas —soltó ya de espaldas—. Gotea grasa en el enlosado y los novicios van a partirse la crisma con los calderos de cal.
Brais no dijo nada.
En la botica auxiliar apenas cabían una mesa de castaño y dos banquetas cojas. No tenía más respiradero que una aspillera orientada a la marisma. Brais encendió un cabo de sebo sobre un plato cuarteado. La llama cabeceó un par de veces en aquel aire cargado de cal muerta y posos de aguardiente alcanforado.
Puso el libro sobre las rodillas.
Las hojas de pergamino crujieron como lonchas de cuerno seco. En el tercer folio, con una letra apretada de escribano parroquial, leyó la advertencia: Quien anota sus pecados en piel de becerro ya ha aceptado que el fuego le devore las manos.
Brais pasó la yema insensible del pulgar sobre el renglón. La tinta ferrogálica había calado hasta transparentar por el envés.
Más adelante no había sermones ni fórmulas de botica. Eran dibujos limpios, hechos a regla y compás: la caja torácica abierta de par en par, despojada del esternón, y notas al margen sobre las contracciones de los ventrículos al sumergirlos en vitriolo azul mezclado con salitre de cuadra.
Las cifras eran implacables. Cuarenta minutos tras el último estertor. Cincuenta si el cuerpo era linfático y fofo. Había que aplicar las varillas de cobre al haz del corazón antes de que la sangre cuajara.
Y si don Julián llegase a saber que en el archivo capitular existía constancia de que—
Brais se detuvo.
Se frotó los párpados con los nudillos. La cera cayó sobre su rodilla con un golpe tibio.
Al pie de la última lámina, donde los cables salían de una pila de discos de zinc apilados entre paños de salmuera marina, no figuraba la rúbrica clandestina de ningún colegial expulsado.
Había un sello.
Lacre bermellón con los bordes astillados, pero inconfundible: tres clavos cruzados y una mitra truncada. La marca personal del vicario general de la curia.
El mismo monograma en tinta encarnada que encabezaba los edictos de relajación al brazo secular para quemar despojos en la plaza vieja.
Afuera, el agua sucia del estuario subía contra los cimientos del lazareto.
Fin del Episodio 3 · de 12
Herejía encuadernada en becerro
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