El peso de la caliza·Episodio 02

El filo en la clavícula

~7 min · 1327 palabras

El claustro menor del Colegio de San Lázaro olía a estuario y a sebo rancio. Nunca se pensó para albergar lecciones de anatomía, sino para ventilar las celdas de convalecientes; por eso la corriente entraba limpia y helada por las arquerías ojivales, barriendo las losas a media mañana. Sobre la mesa de mármol fisurado —una pieza vieja de refectorio que aún conservaba las marcas de cuchillo dejadas por generaciones de legos— la luz caía turbia, tamizada por el humo aceitoso de las candilejas. A cuatro pasos de distancia, los estudiantes de segundo curso contenían las ganas de toser, apretando las libretas contra el pecho. Brais Mújica de Lema se frotó las yemas del pulgar y el índice contra el paño encerado de su mandil. Había perdido el tacto fino en esos dedos hacía meses, convertidos en una callosidad amarillenta y dura; ahora calculaba la profundidad de cada incisión por el crujido del cartílago y la elasticidad del tejido bajo la hoja.

El hombre sobre la mesa no era, formalmente hablando, materia de autopsia. La cédula clavada en el cabezal decía que se trataba de un pescador de bajura recogido tras la galerna del martes, admitido por piedad para descartar signos de incorrupción antes de enviarlo a la fosa común de San Cosme. Pero los paños empapados en alumbre que le envolvían los muslos y el olor agrio a vinagre aromatizado que subía de las ingles desmentían cualquier milagro.

Hacía un frío espeso, de sótano inundado.

Junto al primer pilar, sentada en una banqueta de tijera, Sor Benigna de la Maza sostenía sobre el regazo el cartapacio de becerro del Santo Oficio. Tenía los nudillos hinchados por los sabañones y pasaba las cuentas de azabache con un chasquido seco, sin rezar. Se limitaba a vigilar la mesa con la misma atención inexpresiva con que una sacristana mide el nivel del aceite en las lámparas. Si el cadáver ofrecía un espasmo tardío —un salto reflejo del diafragma provocado por los ácidos residuales—, su pluma registraría la impureza en el acto.

—Hermano Pelayo —dijo Brais sin levantar la vista de la caja torácica—. El brasero humea sin llama.

El novicio más joven, encogido dentro de un sayal dos tallas más grande, miró la caja de hierro fundido.

—El carbón vino húmedo del sótano, maestro.

—Sáquelo al patio. El hollín me empaña los vidrios.

—El cillero no dará leña seca hasta el viernes.

—No le he preguntado por el cillero —dijo Brais, apartando la piel del pectoral con una espátula de boj—. Saque el brasero. Huele a trapo quemado y aquí hace falta aire.

Pelayo arrastró el trasto por las losas con un chirrido metálico. Sor Benigna alzó los ojos, severa, pero no dijo una palabra; la cátedra aún conservaba cierta jurisdicción en aquella galería, aunque fuera por la simple aprensión que los frailes le tenían al instrumental cortante.

Brais tomó el escalpelo plano. El músculo presentaba la textura correosa del tocino viejo. Si alguno de los alumnos hubiera mirado con detenimiento —pero estaban demasiado ocupados en no tragar las emanaciones del vientre— habría advertido que el corte sobre el esternón no respetaba las láminas de Morgagni. El trazo se desviaba hacia la derecha con una torpeza calculada, ensanchando la abertura para borrar la incisión limpia —su propia firma, trazada por otra mano— que había encontrado once horas antes en la cripta.

Una memoria física —la arista de la caliza bajo la yema del pulgar mientras la marea batía contra los cimientos— estuvo a punto de frenarle la mano.

Se detuvo.

Pasos en el deambulatorio sur. Pisadas firmes sobre la piedra, con ese chasquido amortiguado del cuero bien curtido que no teme al fango del patio. Julián Caunedo cruzó la sombra del arco con la hopalanda recogida en el brazo y las manos hundidas en los bolsillos del chaleco, mirando la mesa con la media sonrisa de quien entra a una taberna cuando la cuenta ya está saldada. No llevaba cuadernos ni vara de visitador. Con su sola estampa bastó para que Pelayo retrocediera un paso y Sor Benigna detuviera las cuentas entre sus dedos.

Siete años sin pisar Galicia, y entraba en el claustro como quien vuelve de dar una vuelta por la huerta. Traía, se supo esa misma tarde, nombramiento de regente interino de la cátedra mientras el cabildo convocaba la oposición. Brais sintió que la astilla de caliza, guardada en el bolsillo del chaleco, le pesaba como una piedra de molino.

—Continúe, maestro Mújica —dijo Caunedo, acercándose al mármol sin quitarse los guantes de gamuza—. No interrumpa la lección por mí. Aunque debo admitir que esa sección del cartílago me parece generosa. Demasiado generosa. Da la impresión de que busca espacio para maniobrar donde no debería haber nada que mover.

—Comprobamos la adherencia de las pleuras, don Julián —respondió Brais, sosteniendo la hoja a dos milímetros de las costillas—. Los estatutos mandan abrir en abanico cuando se sospecha desecación de órganos nobles.

—Los estatutos, por supuesto —murmuró Caunedo, parándose a su lado. Olía a jabón de sosa, a tabaco de pipa y a la lana caliente de quien duerme junto a una chimenea encendida—. Siempre tan apegado a la letra muerta, Mújica. Aunque me pregunto si no está descuidando lo fundamental.

Antes de que Brais pudiera apartar la mano, Caunedo se inclinó y tomó con dos dedos el bisturí de hoja corta y punta roma que descansaba en la ranura del mármol. Fue un gesto rápido, sin aspavientos, pero de una soltura irritante.

Brais no tuvo tiempo de apartarse.

Caunedo no tocó al muerto. Con un movimiento seco, apoyó el lomo redondeado del acero contra el cuello de Brais, justo sobre el borde superior de la clavícula izquierda, apretando hacia abajo hasta vencer el cuello de la camisa y hundir el metal en la carne viva.

Brais no se movió. El lomo romo no cortaba la piel, pero la presión aplastó el periostio con un dolor sordo y lacerante que le bajó por el brazo hasta las yemas insensibles.

—El anatomista torpe busca la causa del deceso; el que sabe busca la hendidura por donde retener el hálito —dijo Caunedo alzando la voz hacia los estudiantes, como si aquel acero clavado en el cuello de su colega fuese un puntero escolar—. Fíjense bien en el ángulo. Si entran por encima de la fosa supraclavicular buscando el ápice del pulmón, solo hallarán la resistencia inútil del tejido colapsado. La vida, señores, no se escapa por donde dicen los teólogos. Se escurre por las junturas donde la carne se resiste.

Ninguno de los novicios se atrevió a respirar. Uno de ellos clavó la vista en sus propios zapatos cubiertos de serrín.

No era una agresión explícita. No era nada que pudiera llevarse ante el prior sin parecer una queja histérica.

El acero siguió apretando.

Sor Benigna levantó la mirada. Durante tres latidos sus ojos se clavaron en los de Brais; no parpadeó, pero sus dedos apretaron el borde del cartapacio hasta dejar los nudillos blancos. Luego volvió a las cuentas con una lentitud glacial.

—Está apretando demasiado, don Julián —murmuró Brais con la mandíbula rígida, conteniendo el impulso de clavarle la sonda en el dorso de la mano.

—¿Le parece? —Caunedo se inclinó todavía más, simulando estudiar la clavícula del muerto, pero acercando la mejilla hasta que su respiración le dio de lleno en la oreja a Brais—. Trescientos cuarenta y dos gramos, Mújica.

Fue un susurro tan bajo que el hermano Pelayo, a dos pasos de allí, no pudo distinguirlo del roce de la brisa en los hábitos.

—Trescientos cuarenta y dos —repitió Caunedo, retirando el bisturí con una pequeña reverencia y soltándolo sobre la bandeja de zinc con un golpe seco—. Sin contar la grasa pericárdica, que imagino habrá tenido la precaución de quemar.

Afuera, en el estuario, la marea en retirada dejaba al descubierto los sillares verdosos del malecón, donde los cangrejos se afanaban entre el fango por cualquier despojo que el mar no hubiese querido tragarse.

Fin del Episodio 2 · de 12

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