El peso de la caliza·Episodio 01

La salmuera de alumbre

~9 min · 1793 palabras

Conviene mencionar que los registros del lazareto de San Lázaro nunca pecaron de prolijos, y que cualquier hombre habituado a la pulcritud de los archivos provinciales habría considerado aquellos folios roídos por la carcoma como un insulto a la administración sanitaria. Las páginas olían a esa mezcla inconfundible de pulpa húmeda y moho de legajo que ha pasado treinta inviernos arrumbado en una sacristía sin ventilar, un aroma que se pegaba a las yemas de los dedos como un polvo grasiento y que ni siquiera el vinagre de los cuatro ladrones lograba disipar del todo. Brais Mújica de Lema pasó la hoja con el dorso de la uña para no manchar el papel vitela con la grasa de su delantal de hule. En el margen superior del asiento de defunciones, alguien —acaso el capellán anterior, antes de perder el juicio con las fiebres de agosto— había trazado una serie de marcas con tinta ferrogálica, pequeñas cruces oblicuas separadas a intervalos tan geométricamente idénticos que resultaba difícil atribuirlas a un temblor piadoso.

El radiador de fundición empotrado junto a la alacena dio dos chasquidos sordos, metálicos, un clac-clac cavernoso que marcaba el descenso implacable del vapor en las tuberías. La cripta se enfriaba siempre a la misma hora, con esa puntualidad mineral de las bodegas que dan al estuario. A Brais le dolía la inserción del trapecio derecho, una punzada sorda nacida de sostener el peso del torso inclinado sobre la losa durante casi cuatro horas seguidas, y tuvo que subirse las gafas de montura de alambre con la comisura de la muñeca limpia. Sobre la repisa de pino carcomido reposaba su tazón de loza blanca, desportillado en el asa y con un cerco espeso de tanino en el fondo; una infusión de corteza de sauce que se había quedado helada antes del mediodía.

—El tiro de la chimenea de la lavandería vuelve a bufar hacia dentro, doctor —dijo Sor Benigna de la Maza, entrando por el arco de cantería sin levantar apenas el dobladillo de sus sayales—. Si no mandamos llamar al herrero antes de que caiga la noche, se nos va a ahumar la manteca de las velas.

—Que le echen ceniza húmeda —respondió Brais sin volverse, tanteando a ciegas sobre la bandeja de peltre hasta encontrar la pinza de disección de dos dientes—. Y dígale a don Evaristo que la partida de jabón verde vino aguada. Parece manteca rancia.

—Don Evaristo no escucha a nadie desde que le supuran los oídos, y bien que lo sabe usted. Además, bastante tiene con contar los sacos de sal gorda que trajeron las carretas de Cee.

La monja se detuvo a medio camino entre la pila de lavar y la mesa de autopsias. Con un gesto mecánico, desprovisto de cualquier ceremonia, se rascó el pliegue de la toca donde la tela almidonada le rozaba la mandíbula y dejó sobre la repisa una libreta encuadernada en tela negra cuyas esquinas se habían curvado hacia arriba por la humedad. No miró la mesa número tres. Nadie miraba la mesa tres a menos que estuviera obligado a sostener la cuchilla.

—En San Lázaro la carne no descansa: solo aprende a esperar bajo una capa más gruesa de sal —soltó la hermana con esa sequedad montaraz que las Hijas de la Caridad reservaban para las cosas del morir—. El carretero juró que lo sacaron de las redes en la ensenada del Francés. Dice que no tenía fardos ni ropa de abrigo, solo el sudario empapado en la salmuera del barco.

—Los carreteros juran sobre cualquier cosa que les ahorre una misa de difuntos.

—Este no juró por Dios, doctor. Juró por su yegua.

Sor Benigna cerró la puerta de roble a sus espaldas. La cerradura, vencida por el orín salino que subía de las marismas, requería ese golpe seco hacia arriba que solo las mujeres de la casa conocían para que el pestillo cayera en su hembrilla.

El silencio que quedó no fue absoluto.

Se componía, más bien, del chirrido diminuto de la candileja de sebo de oveja que chisporroteaba sobre el trípode, soltando una hebra de hollín aceitoso que se condensaba en gotas pardas sobre el vidrio de las probetas graduadas, y de un rumor rítmico, espaciado, casi vegetal: el chasquido espeso de la grasa que resbalaba por la fisura oblicua del mármol y caía sobre la cubeta de zinc colocada en el suelo. Brais respiró hondo por la boca y el aire le supo de inmediato a ese poso cáustico y acerado del formol, una quemazón fría que se le asentó en las encías y en la raíz de la lengua como si hubiera mordido una moneda de cobre recién desenterrada.

Se acercó a la mesa tres. El lienzo de cáñamo que cubría el cuerpo estaba saturado de salmuera de alumbre; una costra blancuzca y quebradiza había cristalizado a lo largo del borde inferior de la tela, rígida como corteza de abedul. Al tirar de una de las puntas deshilachadas, las fibras protestaron con un crujido áspero, desprendiendo una nube microscópica de polvo blanco que le hizo parpadear detrás de los cristales.

Retiró el sudario hasta la cintura.

El tórax que quedó al descubierto pertenecía a un varón de unos cuarenta años, de complexión magra y piel curtida por el sol de ría, deshidratada ahora hasta adquirir la consistencia gélida y cerosa del pergamino viejo. Pero no fue la ausencia de nombre en la cartela de la muñeca lo que hizo que Brais detuviera el brazo en el aire, a escasos centímetros de la bandeja de instrumental.

La incisión ya estaba hecha.

Corría con una precisión matemática desde la horquilla esternal hasta el apéndice xifoides: un trazo limpio, implacable, sin los titubeos de desgarro que solían dejar los médicos rurales o los barberos sangradores de las aldeas costeras. Más aún: al llegar a la altura del cuarto cartílago costal, el corte no seguía la trayectoria descendente convencional que recomendaba el manual de Brouardel, sino que trazaba un ángulo obtuso de exactamente doce grados hacia el hemitórax izquierdo, evitando el pericardio fibroso mediante una desviación calculada que Brais solo había visto —y ejecutado— en un lugar del mundo. Era su propia firma anatómica. La variación quirúrgica que él mismo había perfeccionado durante los dos inviernos que pasó en el anfiteatro de San Carlos, descrita únicamente en un pliego de notas manuscritas que descansaba, o debía descansar, en el cajón bajo llave de su escritorio en Santiago.

Nadie más cortaba así el cartílago.

◇

No era exactamente miedo lo que le oprimía el diafragma. No era exactamente asombro. No era exactamente nada para lo que un hombre educado en la patología humoral o en la histología moderna tuviera una nomenclatura útil. Era más bien esa clase de estupor administrativo que sobreviene cuando uno encuentra su propio nombre escrito en la lápida de un desconocido.

La temperatura de la nave había descendido otros dos grados. Brais tomó un trapo limpio, humedecido en una solución débil de ácido carbólico, y frotó con lentitud la superficie de la mesa de mármol junto al brazo inerte del cadáver, limpiando una salpicadura seca que probablemente llevaba allí desde el martes. El mármol quedó brillante, veteado de gris, oliendo a botica limpia. Guardó el trapo en el cubo. Volvió a comprobar que la llave del mueble de los reactivos estuviera en su bolsillo derecho, palpando el hierro frío a través del paño del chaleco. Todo estaba en su sitio. El gotero, las pinzas de Pean, la sierra de costillas con su hoja de dientes trabados que él mismo había afilado con piedra de aceite la víspera. La normalidad de los objetos tenía una firmeza casi insultante.

Volvió a mirar la herida.

Los bordes del corte no mostraban hemorragia; los labios de la piel se habían encogido por efecto del alumbre, dejando ver el plano subcutáneo teñido de un amarillo ocre, como mantequilla vieja expuesta al sereno. Si uno hubiera mirado con más atención —pero en San Lázaro nadie miraba dos veces lo que salía de las tinas de salazón— habría notado que la apertura de la jaula torácica no había sido forzada con la palanca de amputación, sino separada costilla por costilla, seccionando los cartílagos con una hoja delgada, flexible y de un temple extraordinario.

Introdujo los dedos índice y corazón entre los dos rebordes del esternón. El tejido muscular conservaba esa frialdad quebradiza de la carne curada en salitre, un tacto de cuero apelmazado que cedió con un chasquido tenue, casi inaudible bajo el rumor constante del agua de la marisma golpeando los pilotes exteriores del edificio. Separó la pared anterior del tórax.

Si Julián Caunedo había tenido acceso a las tinas del sótano antes de la llegada de la marea matinal, entonces el guardia del muelle—

Brais interrumpió el hilo de la idea con la misma violencia con la que solía apartar una lámina histológica estropeada. No tenía sentido. Caunedo no pisaba Galicia desde el pleito de la Cátedra de Terapéutica hacía siete años, cuando los tribunales universitarios ordenaron quemar sus preparaciones y él abandonó el claustro sin recoger siquiera sus libros de láminas litografiadas.

Apartó el hemitórax derecho con el separador de Roux. El campo anatómico estaba seco; no había sangre coagulada, solo los restos cristalizados de la sal que se colaba por todas partes, brillando como escarcha sobre los grandes vasos.

Metió la mano izquierda en la cavidad pleural y buscó la base del pulmón colapsado. La víscera, desprovista de aire y empapada en los jugos conservantes, pesaba como una bolsa de arena mojada y tenía el color pizarroso de los limos del fondo de la ría. Al traccionar de ella hacia arriba para despejar el espacio del mediastino posterior —y sobre la resistencia gomosa que ofrecieron las adherencias la crónica prefiere guardar un silencio que nada tiene que ver con la ciencia médica—, la yema de su pulgar tropezó con una dureza extraña, una arista viva incrustada contra la cara cóncava de la sexta vértebra dorsal.

No era hueso.

Era una astilla plana de piedra caliza, de poco más de cuatro pulgadas de largo, limpia de toda grasa orgánica y encajada con una precisión milimétrica entre la pleura parietal y el hueso. Al limpiarla con el pulgar enguantado, la luz temblorosa de la candileja reveló tres líneas grabadas en la superficie pulida con la punta de un estilete de acero.

La caligrafía era afilada, vertical, menuda y perfectamente reconocible; las letras se apretaban unas contra otras como agujas en un acerico, con ese trazo descendente en las eles que solo la mano izquierda de Julián Caunedo era capaz de trazar sobre la piedra sin quebrar el borde.

Afuera, la marea alta comenzó a golpear los cimientos con la fuerza ciega de las cosas que no saben detenerse.

Fin del Episodio 1 · de 12

La salmuera de alumbre

Siguiente Episodio 2~7 minEl filo en la clavícula“El anatomista torpe busca la causa del deceso; el que sabe busca la hendidura por donde retener el hálito.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.