El papel pintado amarillo · III
~10 min · 2025 palabras
Ella no sabía que yo estaba en la habitación, y cuando le pregunté con voz queda, muy queda, del modo más comedido posible, qué estaba haciendo con el papel, se dio la vuelta como si la hubieran pillado robando y con cara de bastante enfado: ¡me preguntó por qué tenía que darle semejante susto!
Luego dijo que el papel manchaba todo cuanto tocaba, que había encontrado restregones amarillos en toda mi ropa y en la de John, ¡y que ojalá tuviéramos más cuidado!
¿Acaso no sonaba inocente? ¡Pero sé que estaba estudiando ese dibujo, y estoy decidida a que nadie lo descubra excepto yo!
La vida es ahora mucho más emocionante de lo que solía ser. Ya veis que tengo algo más que esperar, que anhelar, que vigilar. La verdad es que como mejor y estoy más tranquila que antes.
¡A John le complace tanto verme mejorar! El otro día se rió un poco y dijo que parecía estar floreciendo a pesar de mi papel pintado.
Salí del paso con una risa. No tenía la menor intención de decirle que era gracias al papel pintado; se burlaría de mí. Hasta podría querer sacarme de aquí.
Ahora no quiero marcharme hasta haberlo descubierto. Queda una semana más, y creo que será suficiente.
¡Me siento muchísimo mejor! Por la noche no duermo gran cosa, pues resulta interesantísimo vigilar los acontecimientos; pero duermo bastante durante el día.
Durante el día es fatigoso y desconcertante.
Siempre hay nuevos brotes en el hongo, y nuevos matices de amarillo por todas partes. No logro llevar la cuenta de ellos, aunque lo he intentado a conciencia.
¡Es el amarillo más extraño, ese del papel pintado! Me hace pensar en todas las cosas amarillas que he visto jamás; no en las hermosas, como los botones de oro, sino en cosas amarillas viejas, inmundas y malignas.
Pero hay algo más en ese papel: ¡el olor! Lo noté en el instante en que entramos en la habitación, pero con tanto aire y sol no era molesto. Ahora hemos tenido una semana de niebla y lluvia, y, estén abiertas las ventanas o no, el olor está aquí.
Se arrastra por toda la casa.
Lo encuentro flotando en el comedor, rondando a hurtadillas en la sala, escondiéndose en el vestíbulo, acechándome en la escalera.
Se me mete en el pelo.
Incluso cuando salgo a pasear en coche, si vuelvo la cabeza de pronto y lo sorprendo... ¡allí está ese olor!
¡Y qué olor tan peculiar! He pasado horas enteras intentando analizarlo, intentando descubrir a qué olía.
No es desagradable... al principio, y es muy suave, pero es con mucho el olor más sutil y persistente que he conocido jamás.
Con este tiempo húmedo resulta espantoso. Me despierto por la noche y lo encuentro cerniéndose sobre mí.
Al principio solía inquietarme. Pensé seriamente en quemar la casa... para alcanzar el olor.
Pero ahora ya me he acostumbrado. ¡A lo único que se me ocurre que se parece es al color del papel! Un olor amarillo.
Hay una marca muy curiosa en esta pared, abajo del todo, cerca del rodapié. Una raya que recorre la habitación. Pasa por detrás de cada mueble, excepto de la cama; un restregón largo, recto y uniforme, como si lo hubieran frotado una y otra vez.
Me pregunto cómo se hizo y quién lo hizo, y para qué lo hicieron. Vueltas y vueltas y vueltas... vueltas y vueltas y vueltas... ¡me marea!
Por fin he descubierto algo de verdad.
De tanto vigilar por la noche, cuando tanto cambia, por fin lo he averiguado.
El dibujo del primer plano se mueve... ¡y no me extraña! ¡La mujer de detrás lo sacude!
A veces creo que hay muchísimas mujeres detrás, y a veces una sola, y se arrastra a toda prisa, y su arrastrarse lo sacude por entero.
Luego, en los puntos muy iluminados se queda quieta, y en los puntos más oscuros simplemente se agarra a los barrotes y los sacude con fuerza.
Y todo el tiempo está intentando pasar a través de él. Pero nadie podría pasar a través de ese dibujo: estrangula tanto... Creo que por eso tiene tantas cabezas.
Consiguen cruzarlo, ¡y entonces el dibujo las estrangula y las pone cabeza abajo, y les vuelve los ojos blancos!
Si esas cabezas se taparan o se quitaran, no sería ni la mitad de malo.
¡Creo que esa mujer sale durante el día!
Y os diré por qué... en confidencia...: ¡la he visto!
¡Puedo verla desde cada una de mis ventanas!
Sé que es la misma mujer, porque siempre se arrastra, y la mayoría de las mujeres no se arrastran a la luz del día.
La veo en ese largo sendero sombreado, arrastrándose de arriba abajo. La veo en esos oscuros emparrados, arrastrándose por todo el jardín.
La veo en ese largo camino bajo los árboles, arrastrándose, y cuando viene un carruaje se esconde bajo las zarzamoras.
No la culpo en absoluto. ¡Debe de ser muy humillante que te sorprendan arrastrándote a plena luz del día!
Yo siempre echo la llave a la puerta cuando me arrastro de día. No puedo hacerlo por la noche, pues sé que John sospecharía algo de inmediato.
Y John está tan raro ahora que no quiero irritarlo. ¡Ojalá se fuera a otra habitación! Además, no quiero que nadie saque a esa mujer por la noche excepto yo.
A menudo me pregunto si podría verla por todas las ventanas a la vez.
Pero, por rápido que me gire, solo puedo mirar por una cada vez.
¡Y aunque siempre la veo, tal vez ella sea capaz de arrastrarse más rápido de lo que yo puedo girar!
A veces la he observado allá a lo lejos, en campo abierto, arrastrándose tan deprisa como la sombra de una nube con viento fuerte.
¡Ojalá se pudiera separar ese dibujo superior del que está debajo! Pienso intentarlo, poco a poco.
He descubierto otra cosa curiosa, ¡pero esta vez no la contaré! No conviene fiarse demasiado de la gente.
Solo quedan dos días para arrancar este papel, y creo que John empieza a darse cuenta. No me gusta la mirada de sus ojos.
Y oí que le hacía a Jennie un montón de preguntas profesionales sobre mí. Ella tenía un informe muy bueno que darle.
Dijo que yo dormía mucho durante el día.
¡John sabe que no duermo muy bien por la noche, por más quieta que me quede!
A mí también me hizo toda clase de preguntas, y fingió mostrarse muy cariñoso y amable.
¡Como si yo no pudiera calarlo!
Aun así, no me extraña que se comporte de ese modo, durmiendo bajo este papel durante tres meses.
A mí solo me interesa, pero estoy segura de que a John y a Jennie les afecta en secreto.
¡Hurra! Este es el último día, pero es suficiente. John tiene que quedarse en la ciudad a pasar la noche y no vendrá hasta esta tarde.
Jennie quería dormir conmigo, ¡la muy ladina!, pero le dije que sin duda descansaría mejor pasando una noche a solas.
Fue muy hábil por mi parte, ¡pues en realidad no estuve sola ni un momento! En cuanto hubo luna y esa pobre infeliz empezó a arrastrarse y a sacudir el dibujo, me levanté y corrí a ayudarla.
Yo tiraba y ella sacudía, yo sacudía y ella tiraba, y antes de la mañana habíamos arrancado metros y metros de ese papel.
Una franja casi tan alta como mi cabeza y que rodeaba media habitación.
Y luego, cuando salió el sol y ese horrible dibujo empezó a reírse de mí, ¡declaré que hoy mismo acabaría con él!
Nos vamos mañana, y están bajando otra vez todos mis muebles para dejar las cosas como estaban antes.
Jennie miró la pared con asombro, pero le dije alegremente que lo había hecho por pura inquina hacia esa cosa maliciosa.
Ella se rió y dijo que no le importaría hacerlo ella misma, pero que yo no debía cansarme.
¡Cómo se delató en esa ocasión!
Pero aquí estoy yo, y nadie toca este papel excepto yo... ¡no con vida!
Intentó sacarme de la habitación; ¡era demasiado evidente! Pero le dije que ahora todo estaba tan tranquilo, vacío y limpio que creía que volvería a acostarme y dormiría todo lo que pudiera; y que no me despertara ni para cenar: que yo llamaría cuando despertase.
Así que ahora ella se ha ido, y los criados se han ido, y las cosas se han ido, y no queda nada salvo ese gran armazón de cama clavado al suelo, con el colchón de lona que encontramos sobre él.
Esta noche dormiremos abajo y mañana tomaremos el barco de regreso a casa.
Disfruto bastante de la habitación, ahora que vuelve a estar despojada.
¡Cómo correteaban por aquí aquellos niños!
¡Este armazón de cama está prácticamente roído!
Pero debo ponerme a trabajar.
He cerrado la puerta con llave y he arrojado la llave al sendero de la entrada.
No quiero salir, y no quiero que entre nadie, hasta que venga John.
Quiero asombrarlo.
Tengo aquí arriba una cuerda que ni siquiera Jennie encontró. Si esa mujer llega a salir e intenta escapar, ¡podré atarla!
¡Pero olvidé que no alcanzaba gran cosa sin nada sobre lo que subirme!
¡Esta cama no se mueve!
Intenté levantarla y empujarla hasta quedar baldada, y luego me enfurecí tanto que le arranqué un pedacito de una esquina de un mordisco; pero me lastimó los dientes.
Luego arranqué todo el papel que alcancé estando de pie sobre el suelo. ¡Se pega terriblemente y el estampado no hace más que disfrutarlo! ¡Todas esas cabezas estranguladas, esos ojos bulbosos y esas excrecencias fungosas que se contonean no hacen más que chillar con escarnio!
Me estoy enfureciendo lo bastante como para hacer algo desesperado. Saltar por la ventana sería un ejercicio admirable, pero los barrotes son demasiado fuertes como para siquiera intentarlo.
Además, no lo haría. Por supuesto que no. Sé de sobra que un paso así es impropio y podría malinterpretarse.
Ni siquiera me gusta mirar por las ventanas: hay tantas de esas mujeres que se arrastran, y se arrastran tan deprisa.
¿Me pregunto si todas habrán salido de ese papel pintado como salí yo?
Pero ahora estoy bien sujeta por mi cuerda bien oculta; ¡a mí no me sacarán ahí fuera, al camino!
Supongo que tendré que volver a meterme detrás del estampado cuando llegue la noche, ¡y eso es duro!
¡Es tan agradable estar fuera, en esta gran habitación, y arrastrarme a mi antojo!
No quiero salir. No lo haré, aunque Jennie me lo pida.
Porque afuera tienes que arrastrarte por el suelo, y todo es verde en vez de amarillo.
Pero aquí puedo arrastrarme con suavidad por el suelo, y mi hombro encaja a la perfección en esa larga rozadura a lo largo de la pared, de modo que no puedo perder el camino.
¡Vaya, si está John a la puerta!
¡Es inútil, jovencito, no puedes abrirla!
¡Cómo llama y aporrea!
Ahora pide un hacha a gritos.
¡Sería una lástima echar abajo esa hermosa puerta!
—¡Querido John! —dije con la voz más dulce—, ¡la llave está abajo, junto a los escalones de la entrada, bajo una hoja de llantén!
Eso lo calló durante unos instantes.
Entonces dijo —en verdad con mucha calma—: —¡Abre la puerta, cariño mío!
—No puedo —dije—. ¡La llave está abajo, junto a la puerta principal, bajo una hoja de llantén!
Y luego lo repetí otra vez, varias veces, con mucha suavidad y lentitud, y lo dije tantas veces que tuvo que ir a mirar, y la encontró, por supuesto, y entró. Se detuvo en seco junto a la puerta.
—¿Qué ocurre? —gritó—. ¡Por amor de Dios, ¿qué estás haciendo?!
Seguí arrastrándome exactamente igual, pero lo miré por encima del hombro.
—¡Por fin he salido —dije—, a pesar de ti y de Jane! ¡Y he arrancado la mayor parte del papel, así que no podrás volver a meterme dentro!
Ahora bien, ¿por qué habrá tenido que desmayarse ese hombre? Pero lo hizo, y justo atravesado en mi camino junto a la pared, ¡de modo que tuve que arrastrarme por encima de él a cada vuelta!
Fin del Episodio 3 · de 3
El papel pintado amarillo · III
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