El papel pintado amarillo · II
~10 min · 2002 palabras
Este papel pintado tiene una especie de diseño secundario en un tono diferente, uno particularmente irritante, pues solo puede verse con cierta luz, y ni aun así claramente.
Pero en los lugares donde no está descolorido, y donde el sol da en el punto justo, puedo ver una especie de figura extraña, provocadora y amorfa, que parece rondar taciturna tras ese absurdo y llamativo dibujo frontal.
¡Ahí está su hermana en la escalera!
¡Bueno, el Cuatro de Julio ya pasó! La gente se ha marchado y estoy agotada. John pensó que me vendría bien un poco de compañía, así que invitamos a madre, a Nellie y a los niños a pasar una semana.
Por supuesto, yo no hice nada. Jennie se encarga de todo ahora.
Pero me cansó de todos modos.
John dice que si no me recupero más deprisa me enviará a ver a Weir Mitchell en otoño.
Pero no quiero ir allí en absoluto. Tuve una amiga que estuvo en sus manos una vez, ¡y dice que es exactamente igual que John y mi hermano, solo que aún más!
Además, es una empresa tremenda viajar tan lejos.
Siento que no vale la pena mover un dedo por nada, y me estoy volviendo terriblemente irritable y quejumbrosa.
Lloro por cualquier tontería, y lloro la mayor parte del tiempo.
Por supuesto, no lo hago cuando John está aquí, ni ninguna otra persona, sino cuando me quedo sola.
Y paso mucho tiempo a solas últimamente. A John lo retienen a menudo en la ciudad casos graves, y Jennie es buena y me deja tranquila cuando se lo pido.
Así que paseo un poco por el jardín o por ese sendero encantador, me siento en el porche bajo las rosas y me tumbo aquí arriba buena parte del tiempo.
Le estoy tomando verdadero cariño a la habitación a pesar del papel pintado. Quizá a causa del papel pintado.
¡Ocupa tanto mis pensamientos!
Me quedo aquí tumbada en esta gran cama inmóvil —creo que está clavada al suelo— y sigo ese dibujo durante horas. Es tan bueno como hacer gimnasia, se lo aseguro. Empiezo, digamos, por abajo, allá en la esquina donde no ha sido tocado, y me propongo por milésima vez seguir ese patrón sin sentido hasta llegar a alguna conclusión.
Sé un poco de los principios del diseño, y sé que esto no fue dispuesto según ley alguna de radiación, o alternancia, o repetición, o simetría, ni ninguna otra de las que haya oído hablar jamás.
Se repite, por supuesto, a lo ancho de cada tira, pero de ningún otro modo.
Mirada de cierta manera, cada tira se sostiene por sí sola; las curvas hinchadas y las florituras —una especie de «románico degradado» con delirium tremens— se bambolean de arriba abajo en aisladas columnas de fatuidad.
Pero, por otra parte, se conectan en diagonal, y los contornos despatarrados se desparraman en grandes olas oblicuas de horror óptico, como un montón de algas revolcándose en plena persecución.
Todo el conjunto se despliega también horizontalmente, al menos así lo parece, y me agoto intentando distinguir el orden de su avance en esa dirección.
Han utilizado una tira horizontal a modo de friso, y eso contribuye de maravilla a la confusión.
Hay un extremo de la habitación donde está casi intacto, y allí, cuando las luces cruzadas se desvanecen y el sol poniente brilla directamente sobre él, casi puedo imaginar una radiación después de todo: las interminables figuras grotescas parecen formarse alrededor de un centro común y precipitarse en caídas vertiginosas de semejante desvarío.
Me cansa seguirlo. Dormiré una siesta, supongo.
No sé por qué debería escribir esto.
No tengo ganas.
No me siento capaz.
Y sé que John lo consideraría absurdo. Pero debo expresar lo que siento y pienso de alguna manera; ¡es un alivio tan grande!
Pero el esfuerzo empieza a ser mayor que el alivio.
Ahora, la mitad del tiempo me invade una pereza terrible y me tumbo muchísimo.
John dice que no debo perder las fuerzas, y me hace tomar aceite de hígado de bacalao y montones de tónicos y cosas por el estilo, por no hablar de cerveza, vino y carne poco hecha.
¡Querido John! Me ama con ternura y detesta verme enferma. El otro día intenté tener una conversación seria y razonable con él, y decirle cuánto desearía que me dejara ir a hacerles una visita al primo Henry y a Julia.
Pero dijo que yo no estaba en condiciones de ir, ni de soportarlo una vez allí; y no logré defenderme muy bien, pues ya estaba llorando antes de haber terminado.
Me está costando un gran esfuerzo pensar con claridad. Solo esta debilidad nerviosa, supongo.
Y el querido John me tomó en sus brazos, me subió en vilo por la escalera, me acostó en la cama y se sentó a mi lado a leerme hasta que se me cansó la cabeza.
Dijo que yo era su amor y su consuelo y todo cuanto tenía, y que debía cuidarme por su bien y mantenerme sana.
Dice que nadie más que yo misma puede sacarme de esto, que debo hacer uso de mi voluntad y autodominio y no dejarme arrastrar por fantasías absurdas.
Hay un consuelo: el bebé está sano y contento, y no tiene que ocupar este cuarto de niños con el horrible papel pintado.
¡Si no la hubiéramos usado nosotros, la habría ocupado esa bendita criatura! ¡De qué nos hemos librado! ¡Por nada del mundo permitiría que un hijo mío, un ser tan impresionable, viviera en un cuarto semejante!
Nunca lo había pensado antes, pero es una suerte que John me haya dejado aquí después de todo. Yo puedo soportarlo con mucha más facilidad que un bebé, ¿comprenden?
Por supuesto, ya no se lo menciono jamás —soy demasiado prudente—, pero no le quito el ojo de encima de todos modos.
Hay cosas en ese papel que nadie sabe excepto yo, ni nadie sabrá jamás.
Detrás de ese diseño exterior, las figuras borrosas se vuelven cada día más claras.
Es siempre la misma figura, solo que muy repetida.
Y es como una mujer encorvada que se arrastra detrás de ese diseño. No me gusta nada. Me pregunto... empiezo a pensar... ¡ojalá John me sacara de aquí!
Es tan difícil hablar con John de mi caso, porque es tan sabio y porque me ama tanto.
Pero lo intenté anoche.
Había luna. La luna entra e ilumina todo a su alrededor, igual que el sol.
A veces detesto verla, avanza tan despacio y siempre entra por una ventana o por otra.
John dormía y no quería despertarlo, así que me quedé quieta y contemplé la luz de la luna sobre ese papel pintado ondulante hasta que sentí escalofríos.
La débil figura de detrás parecía sacudir el dibujo, tal como si quisiera salir.
Me levanté con sigilo y fui a palpar para ver si el papel se movía de verdad, y cuando volví John estaba despierto.
—¿Qué pasa, pequeña? —dijo él—. No andes por ahí de esa manera... te vas a resfriar.
Pensé que era un buen momento para hablar, así que le dije que realmente no estaba mejorando aquí, y que deseaba que me llevara lejos.
—¡Pero cariño! —dijo él—, nuestro contrato de alquiler termina dentro de tres semanas, y no veo cómo marcharnos antes.
—Las obras no han terminado en nuestra casa y me resulta del todo imposible dejar la ciudad en este momento. Por supuesto, si corrieras algún peligro podría hacerlo y lo haría, pero realmente estás mejor, querida, puedas verlo o no. Soy médico, querida, y lo sé. Estás ganando peso y color, tu apetito es mejor. Me siento de veras mucho más tranquilo por ti.
—No peso ni un ápice más —dije—, ni tanto siquiera; y puede que mi apetito sea mejor por la noche, cuando estás aquí, pero es peor por la mañana, cuando estás fuera.
—¡Bendito sea su corazoncito! —dijo él con un fuerte abrazo—; ¡estará tan enferma como le plazca! ¡Pero ahora aprovechemos las preciosas horas durmiéndonos, y ya hablaremos de ello por la mañana!
—¿Y no nos marcharemos? —pregunté con pesadumbre.
—Pero ¿cómo podría, querida? Solo faltan tres semanas más y luego haremos un viajecito agradable de unos días mientras Jennie prepara la casa. ¡De verdad, querida, estás mejor!
—Mejor de cuerpo, tal vez... —empecé, y me detuve en seco, pues él se incorporó y me miró con una expresión tan severa y de reproche que no pude decir ni una palabra más.
—Cariño mío —dijo él—, te lo ruego, por mi bien y por el de nuestro hijo, así como por el tuyo propio: ¡jamás, ni por un solo instante, dejes que esa idea entre en tu cabeza! No hay nada tan peligroso, tan fascinante, para un temperamento como el tuyo. Es una fantasía falsa y absurda. ¿Acaso no puedes confiar en mí como médico cuando te lo digo?
Así que, por supuesto, no volví a hablar del asunto, y no tardamos en quedarnos dormidos. Él creyó que yo me había dormido primero, pero no fue así: me quedé allí tendida durante horas tratando de decidir si ese dibujo frontal y el del fondo de verdad se movían juntos o por separado.
En un dibujo como este, a la luz del día, se aprecia una falta de secuencia, un desafío a toda regla, que resulta un irritante constante para una mente normal.
El color es de por sí bastante espantoso, bastante engañoso y bastante exasperante, pero el dibujo es una verdadera tortura.
Crees que lo has dominado, pero justo cuando ya vas bien encaminada al seguirlo, da una voltereta hacia atrás y ahí te quedas. Te da una bofetada en la cara, te derriba y te pisotea. Es como una pesadilla.
El dibujo exterior es un arabesco recargado que recuerda a un hongo. Si puedes imaginarte una seta con junturas, una ristra interminable de setas que brotan y retoñan en circunvoluciones sin fin... pues bien, es algo parecido a eso.
¡Es decir, a veces!
Hay una marcada peculiaridad en este papel, algo que nadie parece notar excepto yo, y es que cambia a medida que cambia la luz.
Cuando el sol entra a raudales por la ventana del este —siempre estoy pendiente de ese primer rayo largo y recto—, cambia tan deprisa que nunca acabo de creérmelo.
Por eso lo vigilo siempre.
A la luz de la luna —la luna alumbra adentro toda la noche cuando hay luna—, no sabría decir si es el mismo papel.
De noche, con cualquier tipo de luz, en el crepúsculo, a la luz de las velas, a la luz de las lámparas y, peor que nada, a la luz de la luna, ¡se convierte en barrotes! Me refiero al dibujo exterior, y la mujer que hay detrás se ve con total claridad.
Durante mucho tiempo no me di cuenta de qué era eso que se asomaba detrás —ese tenue dibujo secundario—, pero ahora estoy completamente segura de que es una mujer.
A la luz del día está sumisa, quieta. Se me antoja que es el dibujo lo que la mantiene tan inmóvil. Es tan desconcertante. Me mantiene quieta durante horas.
Ahora me recuesto muchísimo. John dice que me conviene, y que duerma todo lo que pueda.
De hecho, él instauró la costumbre obligándome a acostarme una hora después de cada comida.
Es una pésima costumbre, estoy convencida, porque, verán, no duermo.
Y eso fomenta el engaño, pues no les digo que estoy despierta... ¡oh, no!
El caso es que empiezo a tenerle un poco de miedo a John.
A veces parece muy raro, e incluso Jennie tiene una mirada inexplicable.
De vez en cuando se me ocurre, solo a modo de hipótesis científica, ¡que tal vez sea el papel!
He observado a John cuando no sabía que lo estaba mirando, y he entrado de pronto en la habitación con las excusas más inocentes, ¡y varias veces lo he sorprendido mirando el papel! Y a Jennie también. Una vez sorprendí a Jennie con la mano puesta sobre él.
Fin del Episodio 2 · de 3
El papel pintado amarillo · II
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