El papel pintado amarillo·Episodio 01

El papel pintado amarillo · I

~10 min · 2063 palabras

El papel pintado amarillo

Por Charlotte Perkins Gilman

Rara vez ocurre que gente vulgar y corriente como John y yo consiga caserones señoriales para el verano.

Una mansión colonial, una heredad solariega, diría que una casa encantada, y alcanzaría el colmo de la felicidad romántica..., ¡pero eso sería pedirle demasiado al destino!

Aun así, declararé con orgullo que tiene algo de extraño.

Si no, ¿por qué la alquilarían tan barata? ¿Y por qué ha permanecido deshabitada tanto tiempo?

John se ríe de mí, por supuesto, pero una ya espera esas cosas en el matrimonio.

John es práctico en extremo. No tiene paciencia alguna con la fe, siente un intenso horror por la superstición y se burla abiertamente de cualquier mención a cosas que no puedan sentirse, verse y plasmarse en cifras.

John es médico, y tal vez —(no se lo diría a un alma viviente, desde luego, pero esto es papel muerto y un gran desahogo para mi mente)—, tal vez esa sea una de las razones por las que no me recupero más deprisa.

¡Es que él no cree que esté enferma!

¿Y qué puede hacer una?

Si un médico de gran prestigio, y además el propio marido, asegura a parientes y amigos que a una no le ocurre absolutamente nada salvo una depresión nerviosa pasajera —una ligera tendencia histérica—, ¿qué puede hacer una?

Mi hermano también es médico, y también de gran prestigio, y dice lo mismo.

De modo que tomo fosfatos o fosfitos —sea lo que fuere—, y tónicos, y viajes, y aire, y ejercicio, y se me prohíbe terminantemente «trabajar» hasta que vuelva a estar sana.

Personalmente, discrepo de sus ideas.

Personalmente, creo que un trabajo grato, con estímulos y cambios, me haría bien.

Pero ¿qué puede hacer una?

Estuve escribiendo durante un tiempo a pesar de ellos; pero en verdad me agota mucho: tener que andar a escondidas o, de lo contrario, afrontar una dura oposición.

A veces se me antoja que en mi estado, si tuviera menos oposición y más vida social y estímulos... Pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que siempre me hace sentir mal.

Así que dejaré el tema y hablaré de la casa.

¡Es el lugar más hermoso! Está completamente aislado, muy apartado del camino, a unas tres buenas millas del pueblo. Me recuerda a esas fincas inglesas sobre las que se lee en los libros, pues hay setos, y muros, y verjas con cerrojo, y un sinfín de casitas separadas para los jardineros y los criados.

¡Hay un jardín delicioso! Jamás vi un jardín semejante: grande y sombrío, lleno de senderos bordeados de boj y flanqueado por largas pérgolas cubiertas de parras con asientos debajo.

También había invernaderos, pero ahora están todos en ruinas.

Hubo ciertos problemas legales, creo, algo referente a los herederos y coherederos; de cualquier modo, la propiedad lleva vacía años enteros.

Me temo que eso echa a perder mi historia de aparecidos; pero me da igual: hay algo extraño en la casa, puedo sentirlo.

Incluso se lo dije a John una noche de luna, pero me respondió que lo que sentía era una corriente de aire y cerró la ventana.

A veces me enfado sin motivo con John. Estoy segura de que antes nunca era tan susceptible. Creo que se debe a este estado nervioso.

Pero John dice que si me siento así descuidaré el debido dominio de mí misma; de modo que me esfuerzo por contenerme —delante de él, al menos—, y eso me deja exhausta.

No me gusta nada nuestra habitación. Yo quería una del piso de abajo que daba a la galería y tenía rosas por toda la ventana, ¡y unas colgaduras de zaraza anticuadas tan bonitas!; pero John ni quiso oír hablar de ello.

Dijo que solo tenía una ventana y que no había espacio para dos camas, ni una habitación contigua para él si ocupaba otra.

Es muy atento y cariñoso, y apenas me deja dar un paso sin instrucciones especiales.

Tengo una pauta prescrita para cada hora del día; él me quita toda preocupación, y por eso me siento ruinmente ingrata al no apreciarlo más.

Dijo que habíamos venido aquí únicamente por mi causa, que debía tener un reposo absoluto y todo el aire que pudiera recibir. —El ejercicio depende de tus fuerzas, querida mía —dijo—, y la alimentación, en cierta medida, de tu apetito; pero el aire puedes absorberlo a todas horas—. Así que nos quedamos con el cuarto de los niños, en lo más alto de la casa.

Es una habitación grande y ventilada, que ocupa casi toda la planta, con ventanas orientadas hacia todas partes y aire y sol a raudales. Debió de ser primero cuarto de niños y luego sala de juegos y gimnasio, a mi entender; porque las ventanas tienen barrotes para niños pequeños y hay anillas y otros adminículos en las paredes.

La pintura y el papel parecen haber sufrido el paso de un internado de muchachos. El papel está arrancado a grandes jirones alrededor del cabecero de mi cama, más o menos hasta donde alcanzo con el brazo, y en una gran superficie al otro lado de la habitación, cerca del suelo. En mi vida he visto un papel peor.

Uno de esos estampados extravagantes y desparramados que cometen todos los pecados artísticos habidos y por haber.

Es lo bastante apagado como para cansar la vista si se le sigue, lo bastante marcado como para irritar constantemente e incitar a examinarlo; y cuando una sigue sus curvas lisiadas e inciertas durante un trecho, de pronto se suicidan: se precipitan en ángulos indignantes, se autodestruyen en contradicciones inauditas.

El color es repelente, casi nauseabundo; un amarillo sucio y sofocado, extrañamente desteñido por la lenta rotación de la luz solar.

Es de un naranja apagado pero chillón en algunas partes, y de un enfermizo tono azufre en otras.

¡No me extraña que los niños lo odiaran! Yo misma lo odiaría si tuviera que vivir mucho tiempo en esta habitación.

Ahí viene John, y debo guardar esto; detesta que escriba una sola palabra.

Llevamos aquí dos semanas y no había tenido ganas de escribir antes, desde aquel primer día.

Ahora estoy sentada junto a la ventana, aquí arriba en este atroz cuarto de niños, y no hay nada que me impida escribir cuanto me plazca, salvo la falta de fuerzas.

John pasa todo el día fuera, e incluso algunas noches cuando sus casos son graves.

¡Me alegro de que mi caso no sea grave!

Pero estos trastornos nerviosos son espantosamente deprimentes.

John no sabe cuánto sufro en realidad. Sabe que no hay motivo para sufrir, y con eso se queda satisfecho.

Por supuesto, no son más que nervios. ¡Pero me pesa tanto no cumplir con mi deber en ningún sentido!

¡Tenía la intención de ser de tanta ayuda para John, un verdadero descanso y consuelo, y aquí me tienen, convertida ya en una relativa carga!

Nadie creería el esfuerzo que supone hacer lo poco de lo que soy capaz: vestirme, atender a la gente y gobernar la casa.

Es una suerte que Mary sea tan buena con el bebé. ¡Un bebé tan adorable!

Y, sin embargo, no puedo estar con él, me pone tan nerviosa.

Supongo que John no ha estado nervioso en su vida. ¡Se ríe tanto de mí por este papel pintado!

Al principio pensó en empapelar la habitación de nuevo, pero después dijo que me estaba dejando dominar por ello y que nada era peor para un paciente nervioso que ceder a semejantes fantasías.

Dijo que, después de cambiar el papel, le tocaría a la pesada armadura de la cama, y luego a las ventanas enrejadas, y después a esa cancela en lo alto de la escalera, y así sucesivamente.

—Ya sabes que este lugar te está sentando bien —dijo—, y la verdad, querida, no tengo ganas de hacer reformas en la casa solo por un alquiler de tres meses.

—Entonces déjanos bajar al piso de abajo —dije—; hay habitaciones tan bonitas allí.

Entonces me tomó en sus brazos y me llamó bendita gansita boba, y dijo que bajaría a la bodega si yo quería y que mandaría blanquearla por añadidura.

Pero tiene bastante razón en lo que respecta a las camas, las ventanas y esas cosas.

Es una habitación tan ventilada y cómoda como cualquiera pudiera desear y, desde luego, yo no sería tan insensata como para incomodarle solo por un capricho.

La verdad es que le estoy tomando bastante cariño a esta habitación grande, salvo por ese horrible papel.

Por una de las ventanas diviso el jardín, esas misteriosas glorietas de espesa sombra, las lozanas flores a la antigua usanza, los arbustos y los árboles nudosos.

Desde otra tengo una vista preciosa de la bahía y de un pequeño embarcadero privado que pertenece a la finca. Hay un hermoso camino sombreado que baja hasta allí desde la casa. Siempre me imagino ver gente paseando por estos numerosos senderos y glorietas, pero John me ha advertido que no ceda a la imaginación en lo más mínimo. Dice que con mi poder imaginativo y mi hábito de inventar historias, una debilidad nerviosa como la mía sin duda conducirá a toda suerte de fantasías exaltadas, y que debería emplear mi voluntad y mi sensatez para frenar esa tendencia. Así que lo intento.

A veces pienso que si tan solo estuviera lo bastante bien como para escribir un poco, aliviaría la presión de las ideas y me permitiría descansar.

Pero veo que me canso bastante cuando lo intento.

Es tan desalentador no tener ningún consejo ni compañía respecto a mi trabajo. Cuando me recupere de verdad, John dice que invitaremos al primo Henry y a Julia a pasar una larga temporada; pero dice que antes pondría fuegos artificiales en la funda de mi almohada que dejarme tener cerca ahora a esa gente tan estimulante.

Ojalá pudiera recuperarme más deprisa.

Pero no debo pensar en eso. ¡Este papel me da la impresión de que supiera la perversa influencia que ejerce!

Hay un punto recurrente donde el dibujo se descuelga como un cuello roto y dos ojos bulbosos te miran fijamente del revés.

Me enfurece de veras tanta impertinencia y perpetuidad. Se arrastran de arriba abajo y hacia los lados, y esos ojos absurdos, que no pestañean, están por todas partes. Hay un sitio donde dos paños no coincidieron, y los ojos suben y bajan por toda la línea, uno un poco más alto que el otro.

Nunca antes vi tanta expresión en una cosa inanimada, ¡y bien sabemos todos cuánta expresión tienen! De niña solía quedarme despierta en la cama y sacaba más entretenimiento y terror de las paredes desnudas y de los muebles sencillos de lo que la mayoría de los niños encontraría en una juguetería.

Recuerdo el guiño tan afable que solían tener los tiradores de nuestra vieja y gran cómoda, y había una silla que siempre parecía un amigo fuerte.

Solía sentir que si alguna de las otras cosas parecía demasiado feroz, siempre podía saltar a esa silla y estar a salvo.

Los muebles de este cuarto no son más que discordantes, sin embargo, pues tuvimos que traerlos todos de abajo. Supongo que cuando esto se usaba como cuarto de juegos tuvieron que sacar las cosas infantiles, ¡y no me extraña! Jamás vi semejantes estragos como los que hicieron aquí los niños.

El papel pintado, como ya dije, está arrancado a pedazos, y se halla más pegado que un hermano; debieron de tener tanta perseverancia como odio.

Además, el suelo está arañado, hendido y astillado; el yeso mismo está picado aquí y allá, y esta cama enorme y pesada, que es todo cuanto encontramos en la habitación, parece haber pasado por una guerra.

Pero no me importa lo más mínimo; solo el papel.

Ahí viene la hermana de John. ¡Qué muchacha tan querida y qué atenta conmigo! No debo dejar que me descubra escribiendo.

Es un ama de llaves perfecta y entusiasta, y no aspira a una profesión mejor. ¡De veras creo que piensa que fue el escribir lo que me enfermó!

Pero puedo escribir cuando está fuera y verla venir de lejos desde estas ventanas.

Hay una que domina el camino, un camino encantador, sombreado y serpenteante, y otra que simplemente da al campo. Un campo precioso, además, lleno de grandes olmos y prados aterciopelados.

Fin del Episodio 1 · de 3

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