El juicio de la Ciudadela
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Albano no la tocó. Ni siquiera alzó la voz. Llamó a la guardia, les dijo que la heredera estaba enferma, que el pacto le había afectado a la razón, y que la llevaran a las celdas de abajo «para su protección». Luego, delante de ella, acercó las cartas y el cuaderno blanco a la llama de su propia luz y esperó a que ardieran.
—Lo siento —le dijo, mientras el papel se encogía—. De verdad que lo siento.
A Lianor le pusieron los grilletes de éter, dos aros de vidrio opaco que se cierran en las muñecas y beben la luz de quien los lleva. Le quedaron justo encima de la hebra violeta, apretando. Cuando quiso tejer un hilo para ver la celda, no le salió nada. Solo le quedaba la voz de Darian, lejos.
«Lo ha quemado todo», le dijo.
«Yo tengo la hoja de mi abuela en la bota», contestó él. «Y una idea mala».
«Tú solo tienes ideas malas».
«Y todas han funcionado. Duerme un poco. Mañana es el día largo».
No durmió. Pero esa noche, por primera vez, no soñó con el agua.
El juicio fue en la Gran Cámara, con las puertas abiertas.
Albano quería que lo viera todo el mundo, y todo el mundo vino. Las gradas estaban llenas hasta el techo; la gente se apretaba en los pasillos y en la plaza de fuera, subida a las fuentes, a los carros, a los árboles. Muchos tenían los ojos cansados de quien lleva días durmiendo mal: en el Corazón ya había casas donde se habían olvidado de cómo se llamaban las calles, y madres que dejaban notas a sus hijos en los bolsillos con su propio nombre.
Trajeron a Lianor encadenada y la pusieron en el centro, de pie, sobre el mosaico del sol.
Albano habló desde la tribuna. Habló bien. Siempre había hablado bien. Contó que la heredera había partido hacia la Grieta con el valor de su madre, y que en el camino el Umbral la había tocado con su sombra, la había envenenado, la había hecho dudar de los suyos. Pidió a los guardias que le subieran la manga. Les enseñó a todos la hebra violeta.
—Esto no es luz de Aurion —dijo—. Ni sombra de las Hondas. Es la marca de algo sucio. Algo que no debería existir.
Un murmullo recorrió las gradas. Lianor buscó la cara de Orestes entre los guardias y no la encontró.
—Me dejaron hablar una vez —dijo ella, cuando Albano le cedió la palabra con un gesto amable—. Así que voy a decirlo una vez.
Y lo dijo. El puente. La luz blanca que dejó ciegos a los dos lados. La cinta de su madre, que no tejía blanco porque nadie de su familia sabía. Las cartas firmadas con una inicial. Las tres palabras tachadas en el borrador de la profecía. Lo dijo sin pruebas, porque las pruebas eran ceniza, y mientras lo decía oyó cómo el murmullo de las gradas cambiaba de tono, se partía en dos, se volvía discusión.
Albano esperó a que terminara. Luego bajó de la tribuna, despacio, y se acercó a ella.
—¿Quién teje luz blanca en este valle? —preguntó a la sala—. Yo. ¿Quién estaba en el puente aquella noche, al lado de su madre? Yo. ¿Quién la sacó del agua con sus propias manos y la trajo a casa? —Se le quebró la voz, y Lianor no supo si era teatro—. Yo. Y ahora la sombra le ha enseñado a su hija a decir que fui yo quien la mató. Eso es lo que hace la sombra, hermanos. Os quita lo que más queréis y os lo devuelve del revés.
Fue entonces cuando sonó el cuerno de las Hondas en la puerta.
Isolda Umbral entró en la Gran Cámara del Corazón de Aurion como si fuera suya, con la capa negra arrastrando por el mosaico y la trenza blanca a la espalda. Detrás de ella, entre cuatro cazadores, venía Darian. Le habían atado las manos con cuerdas de sombra, que se veían como humo espeso alrededor de las muñecas. Tenía un moratón en el pómulo y la misma cara de no darle el gusto a nadie.
Las gradas enmudecieron. Una Matriarca de las Hondas no pisaba la Ciudadela desde hacía nueve años.
—Mañana es luna nueva —dijo Isolda, mirando a Albano y a nadie más—. Lo acordado.
—Lo acordado —dijo Albano.
Lianor oyó, a su alrededor, cómo la gente procesaba esas dos palabras. Lo acordado. La Matriarca de los Umbral y el Sumo Custodio de Aurion, de pie, juntos, en el centro de la sala, de acuerdo en algo.
Pusieron a Darian a diez pasos de ella. Se miraron. Él le guiñó el ojo sano.
«La idea mala», le dijo por la hebra. «Ahora».
Darian levantó la voz. No mucho; tenía un acento seco que se oía lejos sin gritar.
—Abuela —dijo—. ¿Le has contado al Custodio lo del cuchillo de obsidiana?
Isolda se quedó quieta.
Fue un instante. Una persona que no la conociera no lo habría notado. Pero Albano la conocía desde hacía cuarenta años, y Lianor vio cómo él giraba la cabeza hacia la Matriarca, despacio, con una pregunta en los ojos que no se atrevió a hacer en voz alta.
—No sé de qué habla —dijo Isolda—. El chico está enfermo, como la tuya.
—Un cuchillo que corta el lazo en el último momento —siguió Darian, tranquilo, como quien cuenta una receta—. Para que caiga solo ella. Y después, con la Grieta mansa y la sombra de tu parte, empujarla hacia el este. Lo tienes apuntado. Tienes la letra muy bonita, abuela. Las eses no tanto como el abuelo, pero casi.
Sacó la hoja de la bota con las manos atadas y la dejó caer al suelo.
Albano no la recogió. No le hacía falta. Estaba mirando a Isolda, y Isolda estaba mirando a Albano, y entre los dos, en el aire, Lianor casi pudo ver la línea gris de la Grieta.
—¿Y tú se lo has contado a ella? —dijo Lianor, en voz alta, al Sumo Custodio—. ¿Lo de los acantilados? ¿Lo de que las Hondas no verán otro invierno y que nadie en el Corazón echará de menos la sombra? Lo tenías escrito en el cuaderno blanco. Antes de quemarlo.
En las gradas, alguien soltó un grito ahogado. Alguien más dijo «los acantilados» en voz alta, como para comprobar que lo había oído bien. Al fondo, junto a la puerta, una niña pequeña se subió a un banco, agarrada a la falda de una mujer mayor, y gritó con toda la fuerza de sus siete años:
—¡Esa es la que me devolvió el nombre! ¡La Aurion y el Umbral! ¡Con un color morado que no hay!
Lianor reconoció la voz antes que la cara. Tea. Detrás de ella, con la mano en el hombro de la abuela, de uniforme, sin casco, estaba Orestes. Miraba al frente, a ningún sitio, como un soldado que cumple órdenes.
Albano no dejó que el juicio terminara.
Levantó la mano, y la luz blanca llenó la Gran Cámara de golpe, tan fuerte que la gente se tapó los ojos y gritó. Cuando se apagó, los guardias ya estaban sacando a los dos herederos por la puerta de atrás, a empujones. Lianor oyó la voz de Albano por encima del ruido, firme otra vez, de Sumo Custodio: que la sesión había terminado, que la sombra había hablado por boca de los dos, que al amanecer las dos casas subirían juntas a la Grieta y se cumpliría la profecía.
Esta vez no dijo «lo acordado». Lianor se fijó.
Los encerraron en celdas contiguas, en el sótano más hondo de la Ciudadela, con un muro de piedra entre los dos. A ella le dejaron los grilletes. A él las cuerdas de sombra. Por el ventanuco del techo entraba una franja de cielo sin luna, y en la franja, al norte, una línea gris que ya no era fina.
—Se van a matar entre ellos antes de llegar al glaciar —dijo Darian a través del muro, en voz alta esta vez, porque podía.
—O nos matarán a nosotros primero, por si acaso.
—Eso también.
Se quedaron callados. Lianor apoyó la espalda en la pared, y por la hebra notó que él había hecho lo mismo, al otro lado, y que estaban sentados espalda contra espalda con un palmo de piedra en medio.
Entonces se oyó una llave en la cerradura de su celda.
La puerta se abrió despacio. En el umbral, con un farol apagado en una mano y un manojo de llaves en la otra, estaba Orestes.
—Vuestra madre me salvó la vida dos veces —dijo, sin entrar—. No pienso esperar a la tercera para devolvérsela.
Fin del Episodio 9 · de 12
El juicio de la Ciudadela
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