El pacto de sombras y luz·Episodio 10

La huida

~7 min · 1349 palabras

Orestes le quitó los grilletes con una llave pequeña de vidrio que llevaba colgada del cuello. Al abrirse, los aros soltaron de golpe toda la luz que le habían bebido a Lianor en dos días, y la celda se llenó de ámbar como si hubiera amanecido dentro. El capitán entrecerró los ojos y no se quejó.

En la celda de al lado, Darian les esperaba de pie, con las cuerdas de sombra todavía en las muñecas. Lianor puso las manos encima y tejió un hilo de luz fino, con cuidado, y las cuerdas se deshicieron como se deshace la niebla cuando sale el sol. Él se frotó las muñecas. Se miraron, y durante un segundo ninguno de los dos supo qué hacer con las manos, ahora que podían usarlas. Luego él la abrazó, corto y fuerte, y la soltó.

—Después —dijo.

—Después —dijo ella.

Orestes había apartado la vista, como un soldado educado.

—Hay un pasadizo debajo de la Ciudadela —dijo—. Más viejo que la Ciudadela. Lo encontramos tu madre y yo hace veinte años, persiguiendo a un ladrón de lumbreras. Baja por debajo del río. No sé adónde sale.

—Yo sí —dijo Darian—. Al otro lado. A los túneles de mi abuelo.

Orestes asintió como si no le sorprendiera. Echó a andar delante de ellos por el pasillo, con el farol apagado. Cuando llegaron al fondo del sótano, a una pared de piedra que parecía como todas, empujó una losa con el hombro y la losa giró sobre sí misma. Detrás olía a agua y a tierra antigua.

Se quedó parado en la entrada, sin cruzar.

—Tengo que contarte una cosa antes —le dijo a Lianor—. Por si no vuelvo a verte.

Ella esperó.

—Yo estaba en el puente aquella noche. Detrás de tu madre, con la guardia. —Hablaba despacio, mirando la losa—. La luz blanca no salió del lado de los Umbral. Salió de detrás de nosotros. De donde iba el Custodio. Lo supe al momento, porque me dio en la nuca antes que en los ojos. Y no dije nada en nueve años, porque era mi señor, y porque pensé que había sido un accidente, y porque soy un cobarde.

—Orestes...

—Déjame acabar. —Levantó la vista—. Tu madre no se cayó del puente. Echó a correr. Cuando la luz blanca bajó sobre los Umbral, ella echó a correr hacia ellos, hacia el centro, hacia una niña pequeña que llevaba una vela. Se puso delante de la niña con su lumbrera, para taparla. No le dio tiempo. Las dos cayeron al agua juntas.

Lianor no pudo decir nada. A su lado, notó que Darian había dejado de respirar.

—Nima —dijo él.

—No sabía su nombre —dijo Orestes—. Lo siento.

Luego les dio el farol, le dio a Lianor una palmada torpe en el hombro, como se la daba de niña cuando se caía en el patio, y se volvió escalera arriba.

—Voy a decirles que me habéis dejado sin sentido —dijo, sin volverse—. Dadme un golpe creíble, si os sobra tiempo. No os sobra. Corred.

◇

El pasadizo bajaba en pendiente durante mucho rato y luego se allanaba. Las paredes estaban talladas con el mismo dibujo que habían visto en las cuevas del glaciar: parejas que bailaban, oro y negro, con el violeta saliéndoles de las manos. Encima de sus cabezas, a través de la roca, se oía un rumor sordo, y Lianor tardó en entender que era el río. Estaban cruzando por debajo del Albar. Por debajo del puente.

Ninguno de los dos habló durante un buen trecho. Lianor sentía a través de la hebra lo que sentía él, y no sabía cuánto de lo que sentía era suyo: una pena enorme y vieja, y debajo de la pena, algo que se parecía mucho al alivio.

—Toda mi vida he odiado a tu madre —dijo Darian al fin, sin dejar de andar—. Toda. Tenía una cara para ella. Me la había inventado, con la cinta en el pelo. Le echaba la culpa de todo: de Nima, de mi madre, de que mi abuela no se riera nunca.

—Y yo a los tuyos.

—Y se tiró al agua por mi hermana.

Lianor le cogió la mano. Siguieron andando así, de la mano, hasta que el suelo empezó a subir y el aire se volvió más frío y olió a sombra, a ropa tendida, a las Hondas.

Salieron por una trampilla, en una cueva junto al agua, en la orilla Umbral. Allí estaba la barca: pequeña, de fondo plano, pintada de negro, con un remo nuevo y otro viejo. Darian le pasó la mano por la borda como se pasa la mano por el lomo de un caballo.

—Te presento a mi barca —dijo—. No tiene nombre. Nunca se lo he puesto por si me pillaban.

◇

Remó toda la noche, río arriba, hacia el norte.

Lianor se ofreció a turnarse y él se negó, y ella no insistió, porque notaba por la hebra que remar le hacía bien, que cada palada le ordenaba algo por dentro. Se sentó en la popa, con la manta de Orestes y una luz pequeña en la mano para ver las piedras. El río bajaba gris y en silencio, y la barca subía contra él sin hacer ruido tampoco, y a los dos lados las orillas estaban oscuras: ni lumbreras en el Corazón ni velo en las Hondas. Como si las dos casas se hubieran quedado sin aliento a la vez.

—Cuando esto acabe —dijo Lianor—, quiero que me pases al otro lado. Por una moneda. Como dijiste.

—Te cobraré dos. Eres heredera.

—Ya no sé si lo soy.

Darian no contestó enseguida. Dio tres paladas largas.

—Yo tampoco —dijo—. Me da igual. Te cobraré dos igual.

En algún momento antes del alba, Lianor se durmió en la popa, sin que nadie le pusiera la mano en los ojos, mecida por los remos. Lo último que notó fue que él había dejado de contar.

◇

Llegaron a Ruesca con la primera luz.

La aldea estaba otra vez gris. Más que la primera vez: ahora no quedaba ni el geranio rojo de la ventana, ni las ovejas en el prado, ni el viejo del cayado. Las casas estaban abiertas y vacías. En la fuente de la plaza, alguien había dejado una oveja de madera.

Lianor la recogió. Era la de Tea. Se la guardó en la mochila sin decir nada.

Desde lo alto del pueblo se veía el glaciar entero, y lo que vieron les hizo pararse en seco.

Dos comitivas subían por el hielo. Una por la izquierda, por la morrena: capas blancas, caballos, lumbreras encendidas en fila, como una procesión. La otra por la derecha, por el canchal: figuras de negro a pie, y delante de ellas, por el suelo, sombras que avanzaban solas, rastreando. Subían a la vez, hacia el mismo sitio, y cada una por su lado, separadas por media legua de hielo, sin mirarse. Ya no iban juntas. Iban a ver quién llegaba antes.

—Se han dado cuenta —dijo Darian—. Ninguno de los dos se fía ya del otro.

—Ninguno de los dos va a esperarnos —dijo Lianor—. Si no llegan los herederos, buscarán otra cosa que echarle.

Encima de las dos comitivas, la Grieta ya no era una costura. Era una boca abierta en el cielo, ancha como el glaciar, y el gris bajaba de ella en cascadas lentas, como baja la niebla por un barranco.

Darian dio un paso y se dobló de golpe, con un quejido, agarrándose el antebrazo izquierdo. Lianor lo sintió a la vez en el suyo. Le subió la manga. La mancha gris de la primera prueba, la que habían frenado juntos en la cueva, había empezado a crecer otra vez. Se le estaba comiendo el codo.

—Nos llama —dijo él, entre dientes—. Lo noto.

Y Lianor también lo oyó. No en la cabeza, ni en la hebra. En el viento que bajaba del glaciar, suave, con la e alargada de «cariño» y la risa pequeña del final.

—Ven, cariño. Aquí está todo lo que perdisteis.

Fin del Episodio 10 · de 12

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