El umbral del vacío
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Subieron por el centro del glaciar, entre las dos comitivas, por donde nadie subía porque el hielo estaba roto en grietas azules. Lianor iba delante, abriendo camino con hilos de luz que se clavaban en el hielo como estacas; Darian detrás, con el brazo izquierdo pegado al cuerpo, tejiendo sombra con la derecha para que no los vieran desde los lados. Cuando el gris de la Grieta les caía encima, se cogían de la mano y tejían violeta, poco, lo justo para que no se les olvidara por qué subían.
Llegaron arriba a la vez que las dos comitivas.
Al pie de la Grieta el glaciar se allanaba en una explanada blanca, ancha como la plaza del Corazón, y en el centro, a cincuenta pasos, empezaba el gris. No había borde. El hielo se iba quedando sin color, sin brillo, sin sonido, y luego ya no era hielo: era nada. La Grieta subía desde ahí hasta el cielo, abierta como una boca, y de ella salía un murmullo de mil voces que hablaban a la vez sin oírse unas a otras.
Por la izquierda, los Aurion se desplegaron en media luna, con las lumbreras en alto. Por la derecha, los Umbral, con las sombras de rastreo extendidas por el hielo como perros atados. Entre las dos filas, Albano e Isolda bajaron cada uno de su montura y se quedaron quietos, a cien pasos el uno del otro, sin mirarse.
Luego los dos miraron a la vez al centro de la explanada, donde estaban Lianor y Darian, de la mano.
—Traedlos —dijo Albano.
—Traedlos —dijo Isolda.
Nadie se movió.
Lianor lo vio en las caras. En las de la guardia de Aurion, que habían estado en el juicio, o tenían hermanos que habían estado en el juicio, o habían oído a una niña gritar desde un banco que le habían devuelto el nombre con un color que no existía. En las de los cazadores de las Hondas, que miraban la hebra violeta en la muñeca de su heredero y luego miraban a su Matriarca. Nadie se movió. Las lumbreras temblaban en alto. Las sombras de rastreo se habían quedado quietas sobre el hielo.
—El puente lo hizo él —dijo Lianor, en voz alta, a los dos lados—. Y ella calló. Y hace dos semanas subieron aquí juntos a darle de comer a esto para que bajara al valle. Y luego cada uno pensaba echárselo encima a la casa del otro. No os lo pido que lo creáis. Os pido que miréis quién está aquí con quién.
Albano no contestó. Isolda tampoco. Se miraron por fin, por encima de cien pasos de hielo, y Lianor supo que ya no hablaban de los herederos.
Isolda echó a andar hacia el centro. Sacó de debajo de la capa el cuchillo de obsidiana, negro, brillante, y lo llevaba en la mano abierta, con la hoja hacia abajo, como quien lleva un regalo.
—Darian —dijo—. Dame la mano. Solo la mano. Un corte, y vuelves a casa conmigo.
—No.
—Es mi última oferta, hijo.
—Ya lo sé, abuela. Por eso.
Isolda se detuvo a diez pasos. Y entonces Albano hizo lo que había escrito en su cuaderno blanco.
Levantó los dos brazos y sacó luz blanca. Toda la que tenía.
No la tiró contra ellos. La tiró contra la Grieta. Una columna de luz blanca, cegadora, que cruzó la explanada y se hundió en el gris como un hierro al rojo en el agua. Lianor entendió lo que intentaba antes de oírle gritar: quería agarrar la Grieta con su luz, como se agarra un caballo por la brida, y tirar de ella hacia el oeste, hacia los acantilados, hacia las Hondas.
—¡Albano! —gritó Isolda.
La Grieta no se dejó llevar. Se bebió la luz.
Lianor lo vio con sus propios ojos: la columna blanca entraba en el gris y desaparecía, como desaparece el agua en la arena. Albano sacó más. La Grieta se bebió más. La luz blanca que le salía de las manos se fue volviendo de otro color, menos blanca, más gris, y Albano tiró de ella con todo el cuerpo, con la cara desencajada, como un hombre que no quiere soltar una cuerda que se lo está llevando.
Y se lo llevó.
Primero los pies, que se deslizaron por el hielo sin que él andara. Luego las rodillas. Lianor dio un paso hacia él, sin pensarlo, y Darian la sujetó de la mano. Albano estaba ya en el borde, donde el hielo dejaba de tener color, y por un instante se volvió y la miró. No había rabia en su cara. Había una cosa que Lianor tardaría años en saber nombrar.
—Yo solo quería que no se apagara nunca —dijo él.
Luego el gris se lo tragó, y su luz con él, y de la Grieta salió un sonido que Lianor no había oído nunca: algo parecido a un suspiro de satisfacción.
La explanada tembló.
La Grieta se abrió más, de golpe, como se abre una boca que acaba de probar algo que le gusta. El gris avanzó veinte pasos en un latido. Y en el centro, Isolda, que estaba a diez pasos de ellos, se quedó de pronto sobre hielo sin color. El suelo se le hundió bajo los pies.
Darian la soltó a Lianor y se tiró al suelo.
Fue tan rápido que Lianor solo vio el final: Darian tumbado boca abajo en el borde, con el brazo derecho estirado hacia el gris, y en su mano, la mano de su abuela. La de la obsidiana. El cuchillo resbaló entre los dos y cayó a la Grieta sin hacer ruido. Isolda colgaba sobre la nada, y la nada tiraba de ella, y Darian no tenía con qué agarrarse más que con el brazo enfermo.
«Lianor».
Ella ya estaba ahí. Se echó sobre la espalda de él, le agarró el brazo izquierdo, el gris, el que no sentía, y tejió. Él tejió con ella sin mirarla. El violeta salió de los dos y bajó por el brazo de Darian hasta la mano de Isolda, y luego por la mano de Isolda hasta el resto de Isolda, y la Grieta, por un momento, no supo qué hacer con ese color. Aflojó. Tiraron. Isolda salió del gris como sale un cubo de un pozo y cayó sobre el hielo blanco, de espaldas, con la trenza deshecha.
Se quedó mirando el cielo. Luego miró a su nieto.
—¿Por qué? —dijo. Tenía la voz rota. Parecía muy vieja de pronto—. Yo te iba a...
—Ya lo sé, abuela. —Darian se sentó en el hielo, jadeando—. La madre de Lianor se tiró al agua por Nima. Alguien en esta familia tenía que estar a la altura.
Isolda cerró los ojos. Y no dijo nada más.
La Grieta seguía creciendo.
Ya no se podía mirar entera. Ocupaba medio cielo, y el gris bajaba por el glaciar en ríos lentos hacia los dos lados, hacia las lumbreras y hacia las sombras, y de ella empezaron a salir los huecos. Cientos. Miles. Figuras de aire gris con forma de pastores, de niños, de viejas, de soldados, cada uno con una voz. La explanada se llenó de voces perdidas que llamaban a gente que ya no estaba.
Las dos filas retrocedieron. Alguien soltó una lumbrera, que rodó por el hielo. Alguien gritó que había que bajar, que no había nada que hacer.
Lianor y Darian se pusieron de pie, de la mano, y tejieron violeta contra los primeros huecos. Funcionó: se llenaban de color un instante y se deshacían. Pero por cada uno que se deshacía salían diez. Era como apagar un incendio con un vaso de agua. Lianor notaba a Darian cansarse a través de la hebra, y notaba el gris subirle por el brazo hasta el hombro.
—Así no —dijo ella—. Desde fuera no llega.
—Ya lo veo.
Lianor pensó en la cripta. En las letras talladas que solo se veían con el violeta. Ningún lazo forzado cierra la herida. Solo el que se elige. No decía «echadlo dentro». No decía «tejedlo desde fuera». Decía cerrar. Y una herida no se cierra desde lejos. Se cose desde dentro, puntada a puntada, como cosía su madre.
—Hay que entrar —dijo.
Darian la miró. Lianor notó por la hebra que él ya lo había pensado, hacía un rato, y que no había querido decirlo para no ser el primero.
Isolda se incorporó sobre un codo, en el hielo.
—Si entráis, no salís —dijo—. Nadie ha salido nunca. Por eso se hacían los pactos. Para echar a otros.
Lianor se volvió hacia ella.
—Nadie ha entrado eligiéndolo —dijo.
Se quitó la cinta ámbar de la muñeca izquierda, la de su madre, y se la ató a Darian en la derecha, encima de la hebra violeta. Él la dejó hacer. Luego le cogió la mano, la izquierda, la que temblaba. Ya no temblaba.
—¿Cuentas tú o cuento yo? —preguntó él.
—Cuenta tú. Lo haces mejor.
Echaron a andar hacia el gris. Uno. Dos. Tres. Detrás, Lianor oyó cómo los Aurion bajaban las lumbreras y los Umbral recogían sus sombras, y cómo se hacía un silencio que no era el de la Grieta. Diez. Once. El hielo perdió el color bajo sus botas. Las voces de los huecos se apartaron para dejarlos pasar.
En el paso veinte, el mundo se apagó.
Fin del Episodio 11 · de 12
El umbral del vacío
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