El amanecer equilibrado
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Dentro no había nada, y luego hubo un valle.
Lianor tardó en entender lo que veía. Era el valle del Albar, con sus terrazas y sus acantilados, con el río y el puente, pero dibujado a lápiz: todo gris, sin sombra ni brillo, sin un solo ruido, como un boceto que alguien hubiera dejado a medias. No había cielo. No había suelo, o había un suelo que no se sentía bajo las botas. Lo único que tenía color en todo aquel sitio eran ellos dos: la hebra violeta en sus muñecas, la cinta ámbar en la de Darian, y el sitio donde se tocaban sus manos.
—Sigue contando —dijo ella. La voz no le hizo eco.
—Veintiuno —dijo él—. Veintidós.
Echaron a andar. Por el valle gris caminaba gente. Al principio Lianor creyó que eran huecos, pero no: aquí dentro estaban enteros. Un pastor con su cayado. Una mujer tendiendo ropa. Un niño corriendo detrás de un aro. Eran grises como todo lo demás, pero tenían cara, y gestos, y repetían lo que estaban haciendo una y otra vez, como se repite un recuerdo. Eran lo que el valle había olvidado. Todo estaba aquí.
—El nombre de mi abuelo —dijo Darian, de pronto, mirando a un viejo que se reía en la puerta de una casa excavada—. Ahí está. Se llamaba Tobías. Lo había perdido y no lo sabía.
Siguieron el río hacia el puente. Lianor sabía adónde iban sin que nadie se lo dijera.
En el puente era de noche. La única noche que había allí dentro.
Debajo del arco, en el agua gris, había una barca pequeña, de fondo plano, y en la barca dos mujeres. Una llevaba una cinta ámbar en el pelo castaño. La otra, una trenza negra y una capa de las Hondas. Estaban sentadas muy juntas, compartiendo una manta, y se reían bajito de algo, como se ríen dos amigas que llevan años viéndose a escondidas.
—Es mi madre —dijo Darian. Se le había ido la voz—. Mirena. Es mi madre. No sabía que... No sabía que la conocía.
Lianor no podía hablar. Su madre estaba ahí. La cara entera, sin trozos en blanco, con las pecas de la nariz que ella había olvidado que tenía. Elvira Aurion le estaba diciendo algo a Mirena Umbral, en voz baja, y aunque allí dentro no había sonido, Lianor le leyó los labios, porque esa boca le había hablado durante diez años.
«Mañana quitamos las verjas».
Mirena se rio y le dio un empujón con el hombro. Luego las dos subieron por la escalera de la orilla, cada una a su lado del puente, y la noche avanzó como avanza un recuerdo, a saltos. Las comitivas. Las lumbreras de Aurion a un lado, las velas de las Hondas al otro. Una niña de pelo negro con una vela, detrás de su madre, agarrada a su capa.
Y detrás de la comitiva de Aurion, un hombre de blanco que levantaba los brazos.
Lianor no apartó la vista. Lo vio todo: la luz blanca, la ceguera, la niña sola en el centro del puente con su vela. Vio a su madre echar a correr. No dudó ni un momento: corrió como se corre hacia el propio hijo, con la lumbrera por delante, y se puso entre la luz y la niña. Y cuando cayeron al agua, juntas, Elvira tenía a Nima abrazada.
Darian se había quedado quieto, mirando la cara de su hermana, que se había vuelto hacia la luz en el último momento.
—Grises —dijo—. Los tenía grises.
—Como los tuyos —dijo Lianor.
Entonces les habló la Grieta.
No tenía la voz de nadie. Tenía la de todos a la vez, los pastores, los niños, la madre de Lianor, el abuelo de Darian, mil voces que por fin decían lo mismo. Venía del valle gris entero, del suelo que no se sentía y del cielo que no estaba.
«¿Qué traéis?».
Lianor entendió la pregunta antes de pensarla. Los viejos habían echado aquí dentro parejas atadas por sangre, y la Grieta se las había comido y se había quedado quieta treinta años, como una fiera harta. Eso era lo que traían los demás: comida. Pero ellos no venían a darle de comer. Venían a cerrarla. Y una herida que se cierra también pide algo. Pide que los dos bordes dejen de ser dos.
—Lo que tejemos solos —dijo, en voz alta, y supo que era verdad mientras lo decía—. Eso es lo que se separó. Eso es lo que la abrió.
Darian la miró. Por la hebra le llegó lo que él estaba pensando: que no volvería a sacar sombra de la mano para un niño que no duerme. No sin ella. Que ella no volvería a sacar ámbar para encender una cúpula. No sin él. Que desde ese momento, todo lo que tejieran lo tejerían juntos o no lo tejerían.
—Me parece buen trato —dijo él.
—No lo has pensado.
—Llevo pensándolo desde la cueva del glaciar. —Le apretó la mano—. ¿Bailas?
Bailaron.
En el valle gris, sobre un suelo que no se sentía, bailaron los pasos de la cripta. Un paso adelante de él, un paso atrás de ella, un giro. Lianor dio su luz. No la tejió: la dio, entera, la que tenía desde antes de nacer, el ámbar de su madre, y la notó irse de sus manos como se va el agua de unas manos abiertas. Darian dio su sombra. Y en cada giro, donde las dos cosas se cruzaban, salía el violeta, y el violeta ya no era de ninguno de los dos. Era de los dos.
Cada paso cosía. Lianor lo veía: por donde pasaban, el valle gris se llenaba de color. Las terrazas se volvían doradas, los acantilados negros, el río azul. Los recuerdos que caminaban por allí se volvían hacia ellos, sorprendidos, como quien oye que lo llaman por su nombre desde lejos, y echaban a andar hacia arriba, hacia un cielo que empezaba a existir, violeta, de último minuto de la tarde. Volvían a casa. A la cabeza de quien los había perdido.
En el último giro, Lianor vio a su madre en el puente, entera, de color, con la cinta ámbar en el pelo. Elvira la miró. No dijo nada. No hacía falta. Le sonrió como sonreía cuando Lianor volvía de jugar con la cinta perdida, y luego subió con los demás.
Despertaron sobre el hielo blanco, al amanecer.
Lianor abrió los ojos y lo primero que vio fue el cielo. Azul, del azul pálido de las mañanas de otoño en los Picos. Y cruzándolo de lado a lado, por donde había estado la Grieta, una franja fina de color violeta, como una cicatriz bien cerrada, que el sol de la mañana no conseguía borrar.
Darian estaba tumbado a su lado. Seguían de la mano. Él tenía el brazo izquierdo destapado, y la mancha gris había desaparecido: en su lugar quedaba una marca violeta, como una quemadura antigua, que él se miraba con la boca abierta.
—Duele —dijo—. Me duele el brazo entero. Qué maravilla.
Alrededor de ellos, las dos filas se habían deshecho. Había capas blancas y capas negras sentadas juntas en el hielo, sin orden, sin armas en la mano, mirando el cielo. Alguien lloraba. Alguien repetía un nombre en voz alta, y luego otro, y otro, como quien encuentra monedas en un bolsillo que creía vacío. Isolda Umbral estaba de rodillas, sola, con la trenza deshecha, y cuando vio que su nieto se incorporaba, bajó la cabeza.
Lianor se sentó. Abrió la mano derecha e intentó sacar un hilo de luz, uno solo, pequeño.
No salió nada.
Darian lo intentó con la sombra. Nada.
Se miraron. Luego juntaron las manos, y entre los dedos, sin esfuerzo, salió un hilo violeta que subió por el aire y se quedó flotando sobre el hielo, tibio y fresco a la vez.
—Bueno —dijo Darian—. Habrá que ir juntos a todas partes.
Pasaron muchas cosas después, y casi todas tardaron.
Isolda contó la verdad del puente delante de las dos casas, en el Enclave, una tarde de lluvia, y al terminar se quitó la capa de Matriarca y la dejó sobre la piedra del centro. Nadie la recogió. Vive en una casa pequeña de las Hondas, con una ventana al este, y Darian va a verla los jueves. No siempre hablan.
Orestes y un cazador Umbral que se llamaba Bastián arrancaron juntos las dos verjas del Puente de los Tejedores, a golpe de mazo, una mañana de invierno, y luego se fueron a beber a una taberna de la orilla de Aurion y discutieron durante horas sobre quién había dado más golpes.
En Ruesca volvió a haber geranios. Lianor subió en primavera a devolverle a Tea su oveja de madera, y la niña le enseñó que había aprendido a decir su nombre al revés.
Y en verano, Lianor subió al Ventisquero con un trozo de carbón y una piel de cabra, y le dibujó a Sylva el cielo tal como había quedado: los Picos, el glaciar, y arriba, una línea fina de color que no se podía dibujar con carbón. Sylva clavó la piel en la pared, encima de todas las demás. Dijo que era la primera que no le daba miedo.
El puente llevaba abierto medio año cuando Lianor bajó al río una tarde, sola, y caminó por la orilla hasta la cueva donde Darian guardaba la barca.
Él ya la estaba esperando, sentado en la borda, con los remos cruzados. Ella le tendió la mano abierta. En la palma había dos monedas.
—Hay un puente —dijo él—. Justo ahí. Nuevo. Sin verjas.
—Ya lo sé. Quiero que me pases tú.
Darian cogió las monedas, se las guardó y le ofreció la mano para subir. Remó despacio hasta el centro del río, hasta debajo del arco blanco, y allí soltó los remos. Arriba, en el puente, había gente de las dos casas mirando el agua, y en las dos orillas, a la vez, empezaba a caer la tarde.
Lianor le cogió las manos. Tejieron.
El violeta subió desde la barca, pasó por debajo del arco y se abrió sobre el río como se abre un pañuelo, y en las dos orillas, por primera vez en mil años, el atardecer fue del mismo color.
En la proa de la barca, recién pintado, en letras un poco torcidas, había por fin un nombre: Nima.
Fin del Episodio 12 · de 12
El amanecer equilibrado
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