Doble cara
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Fingir que dolía resultó más fácil de lo que Lianor había pensado. Solo tenía que acordarse del primer día en el sendero, del hierro de marcar en la muñeca, y apretar los dientes.
Lo hizo durante los tres días de bajada, a caballo, delante de Orestes. Cada legua que la separaba de los cazadores Umbral que se llevaban a Darian hacia el oeste, se encogía en la silla y se agarraba el brazo. Por las noches, en el campamento, gemía un poco, lo justo. Y por dentro, a través de la hebra violeta, oía a Darian a lo lejos, cada vez más lejos, tranquilo, quejándose de que sus cazadores cocinaban peor que su abuela.
«¿Te duele?», le preguntaba ella, sin voz.
«Muchísimo. Estoy hecho polvo. Me han dado una manta extra». Y luego, más bajo: «¿Estás bien?».
No sabía que la hebra elegida servía también para eso: para hablar. Lo descubrieron la primera noche, por casualidad, y desde entonces no habían parado.
Orestes no le dijo casi nada en el camino. Era un hombre grande, callado, que había servido a su madre antes que a Albano. La segunda noche se sentó junto a ella en el fuego y le dio un trozo de cecina.
—La vieja está bien —dijo—. Me tiró una taza a la cabeza. Le dije a mis hombres que no había nadie más en la cabaña.
Lianor lo miró. Él no la miró a ella.
—Gracias —dijo.
—No me las des. Tengo órdenes. —Se levantó—. Y la niña de Ruesca no deja de contarle a todo el que pasa que una Aurion y un Umbral le devolvieron el nombre con un color que no existe. Pensé que te gustaría saberlo.
Albano la recibió en la puerta de la Ciudadela, delante de todo el mundo. La abrazó. Olía a cera y a papel, como siempre, y por un momento Lianor tuvo diez años y lo único que quería era quedarse ahí.
—Estás helada —dijo él—. ¿Te duele mucho?
—Mucho.
—Pasará. —Le cogió las manos entre las suyas y Lianor vio, en sus palmas, el resplandor blanco de su luz, apenas una chispa, para calentarla—. En tres días es luna nueva. Iremos todos a la Grieta, las dos casas, y cerraréis la herida. Y después se habrá acabado. Te lo prometo.
Lianor miró la chispa blanca y pensó en un puente.
—Me engañó —dijo, y le salió la voz rota de verdad, aunque por otro motivo—. El Umbral. Me hizo creer cosas. Sobre ti.
Albano le apretó las manos.
—Lo sé, niña —dijo—. Lo sé. Descansa.
Esa noche, cuando la Ciudadela dormía, Lianor bajó descalza por la escalera de servicio hasta el estudio del Sumo Custodio.
Conocía aquel cuarto mejor que el suyo. Había aprendido a leer la lengua antigua en esa mesa, había copiado mil páginas en ese atril, sabía qué baldosa crujía y en qué cajón guardaba Albano los caramelos de miel que le daba de niña cuando lloraba por su madre. Sabía también, porque lo había visto una vez sin que él lo supiera, que detrás del tercer estante había un hueco.
El hueco estaba ahí. Dentro había un fajo de cartas atado con un cordón negro y un cuaderno de tapas blancas.
Leyó las cartas a la luz de un hilo ámbar tan fino que apenas se veía. Estaban escritas con tinta negra, en una letra alargada que no conocía, y todas iban firmadas con una sola inicial: I.
La más vieja tenía nueve años. Decía: «Tu luz blanca y mi silencio. Que ninguno de los dos lo olvide nunca. La herida ha crecido más que en un siglo. Ya tenemos lo que necesitábamos».
Lianor la leyó tres veces. A la tercera tuvo que sentarse en el suelo.
La más nueva era de dos semanas antes del juramento. «Subiremos juntos la noche de la luna menguante. Le daremos lo suficiente para que baje al valle y nadie pueda decir que no. Luego, la profecía. Los dos herederos atados. La Grieta saciada treinta años. Tú en tu Corazón y yo en mis Hondas, y nadie volverá a pedirnos cuentas de nada».
Debajo de las cartas estaba el pergamino. No el del cordón de dos colores que habían leído en el Enclave: un borrador, con la misma frase en la lengua antigua escrita con la letra pulcra de Albano, «la luz y la sombra atadas por sangre cerrarán la herida», y detrás, tachadas con una sola raya limpia, tres palabras más. «Con su vida».
Lianor sintió, muy lejos, en el oeste, que a Darian se le paraba el corazón un instante. No por ella. Por algo que estaba leyendo él.
«¿Qué has encontrado?», le preguntó.
«Espera. Tú primero».
Abrió el cuaderno blanco. Era el diario de Albano. Las últimas páginas eran de esa misma semana, y la letra era más rápida que en las cartas, como si las hubiera escrito con prisa o con miedo.
«Isolda cree que repartiremos el valle. No entiende lo que es la Grieta. Cuando los herederos caigan, se quedará abierta y mansa, como un perro que ha comido, y una luz blanca bastará para darle la dirección. Los acantilados están a un día de camino del glaciar. Las Hondas no verán otro invierno, y nadie en el Corazón echará de menos la sombra».
Lianor cerró el cuaderno. Le temblaban las dos manos.
«Darian. Quiere echarle la Grieta a tu casa».
Tardó en llegar la respuesta. Cuando llegó, venía con una risa amarga que ella notó en la muñeca como una quemadura.
«Qué casualidad», dijo él.
En las Hondas, Darian había usado los túneles de su abuelo.
Los conocía de niño: pasadizos estrechos excavados por los primeros Umbral, que corrían por dentro del acantilado como venas y salían a sitios donde nadie miraba. Uno de ellos terminaba detrás del espejo de los aposentos de Isolda. Su abuelo se lo había enseñado una tarde, riéndose, «para cuando todo lo demás falle».
Isolda lo había recibido con los ojos rojos. Le había pedido perdón por la piedra, por el pacto, por no habérselo contado antes. Le había jurado que tenía un cuchillo de obsidiana capaz de cortar un lazo de sangre en el último momento, al borde de la Grieta, y que con él lo salvaría. Le había besado la frente como cuando era pequeño. Darian había fingido dolor, había fingido creérselo, y había esperado a que se durmiera.
Detrás del espejo, en un cofre de ébano, estaba el cuchillo. Y debajo del cuchillo, una hoja escrita con la letra alargada de su abuela, sin firma, una lista de cosas por hacer, como quien apunta lo que tiene que comprar en el mercado.
«Cortar el lazo de Darian. Que caiga solo la Aurion. Con la Grieta abierta y la sombra de mi parte, empujarla hacia el este. El vidrio se apaga fácil. El Corazón quedará a oscuras antes de que Albano entienda qué ha pasado».
Darian dobló la hoja y se la guardó. Se sentó en el suelo frío del túnel, a oscuras, y contó hasta cien, y luego hasta doscientos, y no se le pasó.
«Cada uno quiere usar la Grieta contra la casa del otro», le dijo a Lianor por la hebra. «Y los dos nos quieren muertos».
«Los dos no», contestó ella. «Ella quiere salvarte a ti».
«A costa de ti. No es lo mismo que salvarme».
Lianor estaba guardando las cartas en el hueco del estante cuando se encendió una luz blanca detrás de ella.
No se dio la vuelta. No le hizo falta. Conocía esa luz desde los diez años.
—Siempre fuiste la más lista de mis alumnas —dijo Albano desde la puerta. Hablaba bajo, cansado, como si hiciera mucho tiempo que esperaba ese momento—. Por eso lloré tanto cuando te elegí.
Lianor se volvió. Él estaba en el umbral, en camisa de dormir, con la luz flotando sobre la palma. Miraba el cuaderno blanco en sus manos. Luego bajó la vista a su muñeca, donde la manga se le había subido, y vio la hebra. No dorada y negra. Violeta.
A Albano se le borró la cara.
—Así que la habéis elegido —dijo.
Fin del Episodio 8 · de 12
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