El pacto de sombras y luz·Episodio 07

La danza prohibida

~7 min · 1398 palabras

La piedra se calló. En la galería solo quedó el chisporroteo de la luz y el crujido lejano del glaciar.

Lianor se apartó. No mucho: un paso, lo que tarda uno en darse cuenta de que estaba demasiado cerca de algo que quema. Notaba en la muñeca el corazón de Darian, desbocado, y no sabía distinguirlo del suyo.

—Ya lo has oído —dijo ella—. Tú vivirás.

—Lianor.

—No pasa nada. Es tu abuela. Yo habría hecho lo mismo por... —Se le rompió la frase. No tenía a nadie por quien hacer lo mismo. Ya no—. Es lo lógico.

Darian sacó la piedra de la camisa. Era lisa, negra, del tamaño de un huevo de paloma, y todavía estaba fría de la voz. La sostuvo en la palma un momento, mirándola, y Lianor sintió a través de la marca algo que no esperaba: no duda. Rabia. Una rabia vieja, de niño, como la de quien descubre que le han mentido con la cosa que más quería.

—Me crió ella —dijo él—. Cuando murió mi madre, del disgusto, el invierno después del puente, me crió ella. Me enseñó a tejer. Me enseñó a odiar tu casa. Y me ató a ti sabiendo para qué. —Cerró el puño sobre la piedra—. No le voy a soltar la mano a nadie porque me lo diga una piedra.

Fue hasta el borde de la galería, donde el suelo se abría en una grieta azul sin fondo, y la tiró. No la oyeron llegar abajo.

Luego volvió y se sentó frente a ella, no a su lado. Esperó.

—No sabes si lo harías —dijo Lianor—. Cuando estemos allí. Cuando la tengas delante.

—No. No lo sé. —La miró de frente—. Pero sé que no quiero saberlo nunca. ¿Te vale?

Lianor tardó en contestar. Luego asintió.

◇

Encontraron la entrada a la cripta detrás del mural, donde estaba pintado el puente. En el centro del arco blanco había una piedra que no era pintura: una losa encajada en la pared, con dos huellas de mano talladas, una al lado de la otra. Pusieron las suyas. La de Lianor dorada, la de Darian negra. La losa se hundió con un suspiro de aire viejo y detrás apareció una escalera de caracol que bajaba hacia la roca.

Abajo había una sala redonda.

No era grande. Tenía el techo bajo, en cúpula, y las paredes lisas, sin adornos, sin nada escrito. El suelo era lo único que llamaba la atención: baldosas de dos colores, oro y negro, dispuestas en una espiral que empezaba en el borde y terminaba en el centro, y sobre la espiral, talladas en la piedra, huellas de pies. De dos en dos. Unas grandes y otras pequeñas, unas adelante y otras atrás, unas girando.

—Sylva dijo que la profecía estaba tallada en la piedra —dijo Lianor—. Aquí no hay nada.

Darian se agachó y pasó los dedos por un par de huellas.

—No son para andar —dijo—. Son pasos. Es un baile.

—¿Un baile?

—La cripta de los que bailaban. Eso dijo. —Se levantó y se colocó sobre el primer par de huellas, las negras, y la miró—. Los del mural bailaban sobre el puente tejiendo. A lo mejor la pared solo habla si haces lo mismo.

—Yo no sé bailar.

—Yo tampoco. Mi abuela decía que bailar era cosa de Aurion.

—Mi Custodio decía que era cosa de los Umbral.

Se miraron. Lianor se puso sobre las huellas doradas, frente a él, y le tendió las dos manos.

Al principio fue un desastre. Ella pisaba donde no era, él giraba antes de tiempo, y la luz y la sombra salían a trompicones, chocando, apagándose. Darian le pisó un pie y soltó una palabrota. Lianor se rió, y en cuanto se rió, la luz le salió más fácil. Volvieron a empezar. Despacio. Un paso adelante de él, un paso atrás de ella, un giro, y en cada giro las dos manos se cruzaban y salía un hilo de violeta que se quedaba flotando en el aire, como un rastro.

Al quinto intento dejaron de mirar al suelo.

Lianor no habría sabido explicarlo después. Los pies sabían adónde ir. Las huellas estaban gastadas exactamente donde ella apoyaba el talón, como si mil parejas antes hubieran puesto el talón ahí. La sombra de Darian la sostenía cuando giraba, fresca, por la cintura, y su luz se le iba por los brazos hacia él como se va el agua cuesta abajo. El violeta llenaba la sala. Y en las paredes, donde el violeta tocaba, empezaron a aparecer letras.

Estaban talladas tan finas que solo se veían con esa luz. Daban la vuelta a la sala entera, en la lengua antigua, y a medida que bailaban hacia el centro de la espiral se iban encendiendo una tras otra. Lianor las leía girando, a trozos, entre un paso y otro, y Darian las leía por el otro lado, y entre los dos se juntaban las frases.

Hablaban de una ciudad con un puente. Hablaban de una pelea y de una herida que se abrió en el cielo. Y al final, justo encima de la puerta, en letras más grandes que las demás, decían:

«Ningún lazo forzado cierra la herida. Solo el que se elige. Y el lazo que se elige no conoce distancia».

Llegaron al centro de la espiral a la vez que leían la última palabra, y se pararon. Estaban muy cerca otra vez. Más que en la galería. Lianor notaba la respiración de Darian, agitada por el baile, y la suya, y no sabía cuál era cuál.

—Lo elijo —dijo ella.

No lo había pensado. Le salió, como le había salido la risa.

Darian no dijo nada. Le soltó una de las manos, se la puso en la mejilla, despacio, dándole tiempo a apartarse. Lianor no se apartó.

El beso fue torpe al principio, como el baile. Luego no.

Cuando se separaron, la luz violeta seguía en el aire, flotando, y la marca de la muñeca le quemaba a Lianor de una manera nueva, tibia. Se miró el brazo. Las dos hebras, la dorada y la negra, ya no estaban trenzadas. Se habían fundido en una sola, fina, del color exacto del último minuto de la tarde. Darian se subió la manga. La suya también.

—Y el lazo que se elige no conoce distancia —repitió él, despacio.

Lo comprobaron como dos niños. Lianor subió por la escalera de caracol, cruzó la galería del mural, siguió por el hielo, contando ella esta vez. Cien pasos. Ciento cincuenta. Doscientos. No pasó nada. Ni un escozor. Solo el pulso de él, tranquilo, muy lejos, como se nota a alguien que está en otra habitación de la misma casa.

Volvió corriendo. Él la estaba esperando al pie de la escalera, con una sonrisa que Lianor no le había visto nunca.

◇

Fue entonces cuando oyeron las botas.

Bajaban por la galería del mural, muchas, con un ruido de hierro y de nieve pisada. Luces blancas que se colaban por la entrada de la cripta. Y mezcladas con las luces blancas, sombras que no eran de nadie, que avanzaban solas por el suelo como avanzan las sombras de los cazadores de las Hondas cuando rastrean.

—Aurion —dijo Lianor.

—Y Umbral —dijo Darian.

Juntos. Las dos casas, bajando juntas por la misma escalera, con la misma prisa, buscando lo mismo. Lianor oyó la voz de Orestes dando órdenes, y luego, contestándole, una voz de hombre con acento de las Hondas, y las dos voces no se insultaban. Se repartían el trabajo.

Darian le agarró la cara con las dos manos.

—Escúchame. Ellos no lo saben. —Le pasó el pulgar por la muñeca, por la hebra violeta—. Creen que seguimos atados a cien pasos. Creen que si nos separan, nos morimos de dolor por el camino y llegamos dóciles a la Grieta.

—Darian...

—Déjate coger. Yo también. Que tu gente te lleve a tu casa y la mía a la mía. Y busquemos la prueba. Lo que hicieron en el puente. Lo que hicieron hace una semana. —Juntó la frente con la de ella—. Fingiremos que duele.

Las primeras luces blancas entraron en la cripta. Lianor cerró los ojos un segundo. Luego asintió, le soltó las manos y dio un paso atrás, hacia el lado de los suyos, mientras los cazadores de sombra se cerraban sobre Darian por el otro.

Fin del Episodio 7 · de 12

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