El pacto de sombras y luz·Episodio 06

El lenguaje de la sombra y la luz

~6 min · 1284 palabras

El tobogán de hielo los escupió en una cueva azul, tan grande que la luz de Lianor no llegaba al techo.

Se quedaron un rato tirados en el suelo, sin aliento, oyendo el eco de su propia caída alejarse por galerías que no veían. Arriba, muy lejos, ya no se oía nada. Ni lanzas, ni voces, ni a Sylva. Lianor se sentó y se miró las manos. Tenía todavía el trozo de carbón apretado en el puño izquierdo, tan fuerte que se le había quedado la palma negra.

—Sylva... —empezó.

—Orestes no la va a tocar. —Darian se levantó y se sacudió la nieve—. Es un soldado viejo. Los soldados viejos no pegan a viejas con cabras. Pegan a los jóvenes que se les escapan.

No sonó convencido. Lianor lo notó en la marca. Pero agradeció que lo dijera.

Caminaron horas por el vientre del glaciar. El hielo era de todos los azules: claro como el cristal en los techos, oscuro como la tinta en las paredes, y en algunos sitios, cuando la luz de Lianor lo atravesaba, se veían piedras y ramas atrapadas dentro desde hacía mil años. Darian iba detrás, tejiendo una sombra fina que borraba sus huellas y su luz para cualquiera que mirara desde lejos. Hacía un frío que se metía en los dientes.

Al anochecer, o a lo que ellos decidieron que era el anochecer, encontraron una galería seca, con suelo de roca, y Lianor encendió una luz para calentarse. La luz calentaba, pero se iba enfriando en cuanto dejaba de tejerla. Tuvo que sostenerla con las dos manos, y la izquierda empezó a temblar.

—Así no vas a aguantar la noche —dijo Darian.

—¿Tienes una idea mejor?

—Sí. Pero no te va a gustar.

Se sentó a su lado. No pegado: a un palmo. Extendió la mano debajo de la luz de ella, sin tocarla, y tejió sombra. Lianor esperaba que su luz se apagara, como enseñaban en Aurion. No se apagó. La sombra se puso debajo como se pone un cuenco debajo del agua, y la luz se quedó dentro, quieta, sin escaparse. Sin enfriarse.

—La luz se va —dijo él—. Siempre se va, quiere llegar a todas partes. La sombra guarda. Si las pones juntas, la luz se queda.

—¿Quién te ha enseñado eso?

—Nadie. Lo he pensado ahora. —La miró de reojo—. ¿Ves? No te ha gustado.

A Lianor se le escapó la risa. Fue una risa corta y rara, que resonó en el hielo, y se dio cuenta de que no se reía desde antes del juramento. Desde mucho antes.

◇

Fue ella la que vio los murales.

Había dejado que su luz subiera un poco más, ahora que no tenía que sujetarla, y la luz llegó a la pared del fondo de la galería, y debajo de la escarcha apareció un color. Lianor se levantó, se acercó, frotó la escarcha con la manga. Debajo había pintura. Ocre, negro, y un violeta desvaído, del mismo tono que salía de sus manos cuando se cruzaban.

—Darian. Trae sombra. Ponla detrás de mi luz.

Él lo hizo sin preguntar, y con la luz recogida en el cuenco de sombra el muro se iluminó entero, de un extremo a otro.

Era una ciudad. Una sola ciudad, a los dos lados de un río, con cúpulas de vidrio en una orilla y casas excavadas en la roca en la otra. En el centro, uniendo las dos, un puente blanco. Encima del puente, en filas, había gente pintada con túnicas de dos colores, la mitad dorada y la mitad negra, bailando en parejas. Y de las manos de cada pareja salía el violeta y subía al cielo, que en la pintura no era ni de día ni de noche.

—Es el puente —dijo Lianor. Se le había quedado la voz pequeña—. El de los Tejedores. Era el centro.

—Bailaban encima —dijo Darian.

—Y nosotros pusimos dos verjas.

Se quedaron mucho rato delante del muro, sin hablar, con las manos todavía tejiendo, la luz de ella en la sombra de él. Lianor no supo en qué momento dejó de temblarle la mano izquierda. Solo se dio cuenta de que no temblaba.

◇

—¿Cuánto hace que no duermes? —le preguntó él después, junto a la luz.

Lianor pensó en mentir. Luego pensó que no tenía sentido mentirle a alguien que notaba sus nervios a través de la muñeca.

—Desde el puente —dijo—. Duermo un rato y me despierto. Sueño con el agua. Me levanto y salgo a las terrazas a esperar que amanezca.

—Nueve años.

—Nueve años.

Darian estuvo un rato callado.

—En las Hondas, cuando un niño no duerme, le ponemos la mano encima de los ojos —dijo—. Con sombra. No es magia de verdad, la hacen las abuelas. Pero funciona. —Hizo una pausa—. Si quieres. Si no, nada.

Lianor se tumbó de espaldas en la roca, con la manta de Orestes por encima, y cerró los ojos.

—Si me pasa algo, te mato —dijo.

—Me parece justo.

Sintió su mano a un dedo de su cara, sin tocarla. Y luego la sombra, que bajaba sobre sus párpados como baja la tarde en verano: despacio, oliendo a tierra mojada y a ropa tendida. No había agua en esa oscuridad. No había puente. Lo último que oyó fue a Darian contando en voz baja, muy despacio, como se cuenta para un niño.

Durmió cuatro horas seguidas.

Cuando se despertó, tenía el abrigo negro de Darian encima de la manta y él estaba sentado contra la pared del mural, con la luz de ella todavía recogida en una sombra pequeña entre las manos para que no se apagara. Tenía ojeras. No había dormido. Había estado sujetando la luz toda la noche.

—Buenos días, Aurion —dijo.

—Lianor —dijo ella—. Me llamo Lianor.

◇

Hablaron mientras desayunaban el último queso. De cosas pequeñas, por primera vez. Él le contó que remaba de noche por el Albar en una barca que había arreglado él solo, por eso tenía callos, por eso estaba en el río la noche que se conocieron. Que si no fuera heredero sería barquero, y pasaría gente de una orilla a otra por una moneda, y no le preguntaría a nadie de qué casa era. Ella le contó que de niña quería cuidar huertos, como Sylva, y que todavía sabía injertar un manzano.

—Un barquero y una hortelana —dijo él—. Menuda profecía.

—La mejor que he oído en una semana.

Estaban muy cerca. Lianor no sabía cuándo se habían acercado tanto; habían empezado a un palmo y ahora no había nada entre sus hombros. Desde tan cerca vio que él tenía los ojos grises, de un gris claro, no negro como había creído en el río. Vio la cicatriz de la ceja de cerca. Notó, en la muñeca, que a él se le había parado la cuenta.

Él levantó la mano despacio, como si fuera a apartarle el pelo de la cara.

Y entonces la piedra que llevaba en el pecho habló.

No fue en su cabeza. Fue en el aire, en voz alta, con un eco frío que rebotó por el hielo. La voz de Isolda Umbral, tan clara como si estuviera sentada con ellos junto a la luz.

—Darian. Sé que me oyes. No digas nada, solo escucha.

Él se quedó quieto, con la mano en el aire. Lianor sintió que se le helaba la sangre a él, y luego a ella, porque lo sentía todo.

—La chica no sabe lo que lleva en la muñeca —siguió la voz—. Tú tampoco lo sabías, y te pido perdón por eso. Pero ahora te lo digo. Cuando lleguéis a la Grieta, suéltale la mano. Tú vivirás.

Fin del Episodio 6 · de 12

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