La cartógrafa del glaciar
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Darian enterró la lumbrera blanca en la nieve, al fondo de la cueva, y la tapó con sombra.
Lo hizo sin pedir permiso, mientras Lianor seguía mirando la mochila como si fuera a morderla. Sacó el tarro con dos dedos, lo hundió en un ventisquero de la entrada y extendió la mano encima. La sombra bajó como una sábana. El latido blanco se apagó.
—La sombra esconde —dijo—. Es lo primero que aprende un niño en las Hondas. Si es solo una lámpara, mañana la desenterramos y te pido perdón. Si es otra cosa, que mire nieve.
—No sabes si es otra cosa.
—Y tú no sabes si no lo es.
Lianor no discutió. Se sentó junto al fuego y se quedó mirando las brasas hasta que se hicieron negras. Esa noche tampoco durmió. Sintió que Darian tampoco, y que de vez en cuando sacaba de la camisa la piedra negra de su abuela, la miraba un rato a la luz de las brasas y la volvía a guardar.
Al amanecer, él desplegó el mapa que le había dado Isolda. Era un pellejo viejo, más viejo que ellos dos juntos, con los Picos dibujados a tinta parda y la Grieta marcada con un aspa reciente. Darian pasó el dedo por el borde del glaciar y se paró en una crucecita pequeña, casi borrada, con una letra al lado.
—Esta letra es de mi abuelo —dijo—. Hacía las eses así, con un rabo. Murió cuando yo tenía ocho años. Me enseñaba los túneles viejos de las Hondas y me decía que algún día me llevaría a ver a la loca del glaciar.
—¿Qué loca?
—Una Aurion. Una que vivía sola en el hielo y dibujaba mapas. Yo creía que era un cuento para que me portara bien.
La encontraron a media mañana, en una cabaña de piedra pegada a la morrena, con humo saliendo por un agujero del tejado y una cabra atada a la puerta. La mujer que abrió tendría sesenta años. Llevaba una túnica de Aurion tan remendada que el blanco era ya un recuerdo, y tenía los dedos negros de carbón hasta los nudillos. Miró a Lianor. Miró a Darian. Les miró las muñecas.
—Os han atado —dijo.
No era una pregunta. Se apartó para dejarlos entrar.
Dentro no cabía nada más. Las paredes estaban cubiertas de pieles de cabra clavadas una encima de otra, y en cada piel había un dibujo a carbón del mismo sitio: el glaciar, los Picos, y en el cielo, una línea. En las primeras pieles, las de abajo, amarillentas, la línea era un rasguño fino. En las de arriba era una costura gruesa. En la última, la de esa semana, era la Grieta que habían visto el día anterior.
—Treinta años —dijo la mujer—. Una cada luna. Me llamo Sylva. Era del Corazón, como tú, niña. Tejía luz verde, la de los huertos. Me echaron por querer a un Umbral.
Lo dijo como quien dice que llueve. Luego puso tres tazas de leche de cabra caliente en la mesa y se sentó.
—Se llamaba Ismael. Murió de fiebre en este mismo catre hace veinte inviernos. Ninguna de las dos casas vino a enterrarlo. —Bebió—. ¿Qué os han contado de la Grieta?
Se lo contaron. La profecía, el pacto, el pergamino del cordón de dos colores. Sylva escuchó sin interrumpir, asintiendo de vez en cuando, y cuando terminaron se levantó, fue a la pared y señaló las pieles de abajo.
—Antes de que hubiera Aurion y Umbral hubo una sola casa —dijo—. Los Tejedores del Crepúsculo. Tejían las dos cosas a la vez, la luz y la sombra, porque no sabían que se podían separar. Un día se pelearon por quién mandaba, y la casa se partió en dos, y del sitio donde se partió salió esto. —Tocó la línea del cielo—. La Grieta es la herida de esa pelea. Y se alimenta de lo mismo que la abrió.
—De la separación —dijo Darian.
—De que os hagáis daño. Mirad.
Fue señalando pieles. Aquí, el invierno en que los Umbral cerraron el paso de la sal: la línea, un poco más gruesa. Aquí, el verano de la quema de los molinos: más. Y aquí, nueve años atrás, una piel distinta a todas, donde el carbón había apretado tanto que había rajado el cuero. La línea se había doblado de grosor en una sola luna.
—La noche del puente —dijo Lianor.
—La noche del puente. Nunca había crecido tanto. Ni antes ni después.
—Hasta la semana pasada —dijo Sylva.
Fue a la última piel. Al pie de la Grieta, sobre el hielo, había dos puntos: uno dibujado con tiza, blanco, y otro con carbón apretado, negro.
—Hace siete noches subieron dos personas al glaciar —dijo—. Una traía luz blanca. La otra, sombra. Estuvieron al pie de la Grieta hasta el amanecer, juntos, sin pelearse. Y al día siguiente la Grieta había crecido como no había crecido en nueve años, y el gris empezó a bajar al valle.
Nadie dijo nada. Lianor notó, a través de la marca, que a Darian se le había quedado el nervio quieto, sin contar, como cuando uno ya no tiene nada que contar.
—Pero la profecía —dijo ella—. Si la Grieta se cierra con el pacto...
—Tu profecía está mal copiada, niña. —Sylva se sentó otra vez, despacio—. Ismael me enseñó la de los Umbral viejos, la que se cantaba antes de que nadie la escribiera. No dice «atadas por sangre». Dice que ningún lazo forzado cierra la herida. Que solo la cierra el que se elige.
—Entonces el pacto no sirve —dijo Darian.
—Sirve para otra cosa. —Sylva los miró a los dos, con una pena que no se molestó en esconder—. Un lazo forzado no cierra la Grieta. Pero la sacia. Si echáis a la Grieta un tejedor de luz y uno de sombra atados por sangre, se los traga a los dos y se queda tranquila treinta años, como una fiera que ha comido. Eso decían los viejos. Por eso dejaron de hacerse esos pactos hace siglos.
Lianor se miró la muñeca. Las dos hebras, oro y negro, seguían ahí, finas como un hilo de seda.
—Os han atado para dárselo de comer —dijo Sylva.
Lo vieron a la vez, desde la ventana: una columna de luz blanca, recta, que subía desde el pie del glaciar hasta las nubes. Salía de la cueva donde habían dormido. De la nieve donde Darian había enterrado la lumbrera.
—La sombra no aguantó —dijo él, blanco—. La ha atravesado.
—O alguien la ha llamado desde lejos —dijo Sylva.
Y abajo, en el sendero de la morrena, aparecieron los jinetes. Doce caballos, capas blancas, lanzas. Delante, sin casco, con la barba gris al viento, Lianor reconoció a Orestes.
Sylva ya se estaba moviendo. Apartó el catre de un empujón y debajo había una trampilla de madera, y debajo de la trampilla, hielo: una grieta azul que bajaba hacia el interior del glaciar como un tobogán.
—Ismael la usaba para bajar a las cuevas —dijo—. Al fondo hay murales. Y debajo de los murales, la cripta de los que bailaban. Allí está la profecía de verdad, tallada en la piedra. Si queréis saber si os miento, id a leerla.
—Venga con nosotros —dijo Lianor.
—Soy vieja y hago ruido. Y alguien tiene que entretenerlos. —Sylva le puso a Lianor en la mano un trozo de carbón—. Si lo cerráis, dibujadme cómo queda el cielo.
Fuera, una voz de hombre gritó el nombre de Lianor, y luego otra cosa, más fuerte: «¡Por orden del Sumo Custodio!».
Darian se sentó en el borde de la trampilla y le tendió la mano. Lianor la tomó. Se dejaron caer juntos por el hielo, hacia lo azul, mientras arriba alguien empezaba a golpear la puerta de Sylva con el asta de una lanza.
Fin del Episodio 5 · de 12
La cartógrafa del glaciar
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