El pacto de sombras y luz·Episodio 04

La primera prueba

~7 min · 1413 palabras

Lianor no se movió.

Sabía que aquello no era su madre. Lo sabía con la cabeza, con la parte que había estudiado los libros viejos y había oído a Albano hablar de lo que comía la Grieta. Pero la voz era la de su madre: la misma manera de alargar la e de «cariño», la misma risa pequeña al final, como si la pregunta por la cinta fuera una broma de siempre entre las dos. Nadie más en el mundo le preguntaba por la cinta. Nadie más sabía que de niña la perdía cada semana.

—Está en mi muñeca —se oyó decir.

—Lianor —dijo Darian, a su espalda—. No le contestes.

El hueco con forma de mujer dio un paso. Detrás de él, de la costura gris del cielo, salieron otros dos. Luego cinco. Luego Lianor dejó de contarlos. Bajaban por el hielo sin huellas, todos con forma de persona, todos de aire gris, y cada uno hablaba con una voz distinta: un hombre que llamaba a alguien para cenar, un niño que cantaba una canción de corro, una vieja que repetía el precio de los huevos. Voces perdidas. Voces de gente que alguien, en algún sitio del valle, ya había olvidado.

—Ven, cariño —dijo la voz de su madre—. Hace frío.

Lianor dio un paso hacia ella.

Una mano la agarró por la capucha y tiró hacia atrás con tanta fuerza que se cayó de espaldas sobre la nieve. Darian pasó por encima de ella, se plantó entre Lianor y el hueco y abrió los dos brazos. La sombra le salió del cuerpo como sale el agua de una presa: un muro oscuro, fresco, que se levantó del hielo y se cerró delante de los huecos.

Los huecos lo atravesaron como si no estuviera.

El primero tocó a Darian en el antebrazo izquierdo. No fue un golpe. Fue un roce, casi una caricia, y donde lo rozó la manga negra se volvió gris, y debajo de la manga, la piel. Darian soltó un grito ahogado y cayó de rodillas.

Lianor sintió el roce en su propio brazo, a través de la marca. No fue dolor. Fue peor: un frío que no quemaba, un sitio donde de repente no había nada. Y con el frío le llegó, de Darian, un pánico que no era por el brazo. Era por otra cosa. Por una cara. Una niña de pelo negro y dientes separados, con una vela en la mano, que se le estaba borrando de dentro como se borra la tiza con la lluvia.

Nima.

Lianor se levantó.

No pensó en las normas, ni en su madre, ni en la mano que temblaba. Alargó la mano izquierda hacia Darian, que seguía de rodillas, y la derecha hacia los huecos, y sacó luz, toda la que tenía, ámbar. Y le gritó, sin voz, por dentro, por la herida de la palma:

«Ahora. Dame la sombra. Ahora».

Él la oyó. Lo supo porque su mano encontró la de ella sin mirarla, a ciegas, y la apretó. La sombra salió de los dedos de Darian y la luz de los de Lianor, y esta vez no fue un accidente: se buscaron. Se trenzaron en el aire como las dos hebras de la pulsera, oro y negro, y del cruce salió el violeta. Mucho más que en Ruesca. Una ola entera de último atardecer que se levantó del hielo y avanzó hacia la Grieta.

Donde el violeta tocaba a los huecos, los huecos se llenaban. Por un instante tenían color: un delantal azul, una gorra, unos zapatos rojos de niño. Por un instante eran alguien. Luego se deshacían en el aire, sin ruido, como se deshace el vaho en un cristal. Y las voces se callaban de una en una, pero no de golpe: cada una terminaba su frase. El hombre terminó de llamar a cenar. El niño acabó la canción.

El hueco con forma de mujer fue el último. Se quedó quieto mientras el violeta le subía por las piernas, por la cintura, por el pecho, y durante un segundo, menos, Lianor vio un pelo castaño y una cinta ámbar recogiéndolo.

—Ahí está —dijo la voz de su madre, contenta—. Ahí estaba.

Y se fue.

◇

Encontraron refugio al anochecer en una cueva baja, al pie del glaciar, donde los pastores guardaban leña para el invierno. Lianor encendió el fuego con un hilo de luz porque a Darian no le respondía la mano izquierda. La tenía en el regazo, con la manga subida, y miraba la mancha gris del antebrazo como quien mira algo que no es suyo.

—No la siento —dijo—. Ni frío, ni calor. Como si fuera de madera.

—Déjame ver.

—No es nada.

—Darian.

Era la primera vez que decía su nombre. Él se dio cuenta, porque la miró. Después le tendió el brazo.

La mancha era del tamaño de una mano abierta, del color de la ceniza, y tenía los bordes difusos, como una quemadura antigua. Lianor puso los dedos encima. No estaba fría. No estaba nada. Probó con un hilo ámbar y el hilo se apagó al tocarla. Probó a pedirle a él que pusiera su sombra encima, y la sombra se quedó quieta, sin entrar.

—Juntos —dijo ella.

Lo hicieron despacio, sin prisa esta vez, con las dos manos sobre el brazo herido. El violeta salió más débil, una luz de vela, y se posó en la mancha. No la borró. Pero los bordes se hicieron más nítidos, y la mancha dejó de crecer, y en el centro de la palma de Darian, donde antes no había nada, apareció una punzada.

—Duele —dijo él, y se echó a reír, cansado—. Duele. Qué alivio.

Comieron el pan de Orestes sin hablar. El fuego chisporroteaba. Fuera, el glaciar crujía de vez en cuando, como una casa vieja.

—La vi —dijo Lianor al fin—. A tu hermana. Cuando te tocaron. Se te estaba borrando y la vi. Pelo negro. Los dientes de delante separados. Una vela.

Darian no contestó enseguida. Echó una rama al fuego.

—Ahora ya no le veo los ojos —dijo—. Antes se los veía. Eran grises, creo. O no. No sé. Tenía la cara entera esta mañana y ahora tiene un trozo en blanco.

—Lo siento.

—Tú no has hecho nada. —Lo dijo sin rencor, y luego la miró de reojo—. Esta vez.

Lianor se abrazó las rodillas.

—Cuéntamelo —dijo—. Lo del puente. Tu versión.

Él se lo contó. Era la noche de la tregua de otoño. Las dos casas iban a encontrarse en el centro del puente para firmar el reparto del agua del Albar. Su madre iba delante, con la Matriarca; Nima detrás, con su vela, porque le daba miedo la oscuridad y se lo habían consentido. Del lado de Aurion llegó la comitiva con lumbreras. Y cuando estaban a diez pasos, alguien de Aurion levantó una luz blanca, enorme, cegadora, y la soltó sobre ellos. Nima estaba en medio.

—Mi abuela lo vio —dijo—. Dice que fue tu madre. Que la reconoció por la cinta del pelo. Que tu madre levantó la luz blanca y la tiró contra nosotros.

Lianor sintió un frío que no venía de fuera.

—A mí me contaron que fuisteis vosotros —dijo—. Que de vuestro lado salió una sombra que apagó todas las lumbreras a la vez, y que en la oscuridad alguien empujó a mi madre por el pretil. Que cuando volvió la luz ya estaba en el agua.

—Nadie apagó vuestras lumbreras. Las apagó la luz blanca. Te deja ciego un rato.

—Mi madre no pudo tirar esa luz.

—Mi abuela la vio.

—Darian. —Lianor se volvió hacia él, y le tembló la voz, no la mano—. Mi madre tejía ámbar. Toda su vida. Es el color de mi casa, es el que me enseñó. No sabía tejer luz blanca. Nadie de mi familia sabe. La luz blanca es muy difícil, se necesitan cuarenta años de práctica para sacarla, y en Aurion solo hay...

Se calló.

Darian esperó. Lianor sintió, a través de la marca, cómo se le tensaba el nervio, cómo empezaba a contar.

—La única luz blanca de todo el valle es la de Albano —dijo ella.

Lo dijo en voz baja, como si alguien pudiera oírlos. Y entonces, junto a la pared de la cueva, dentro de su mochila de cuero, algo empezó a brillar a través del cuero. Una luz blanca, fría, del tamaño de un huevo, que latía despacio, como un ojo que se abre.

Fin del Episodio 4 · de 12

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