Cien pasos
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Salieron hacia el norte al amanecer, sin volver a sus casas. Los ancianos lo habían decidido así: cuanto antes llegaran a la Grieta, menos nombres se perderían por el camino. Orestes le dio a Lianor una mochila de cuero con pan, queso y una manta. Albano le puso en la mano una lumbrera pequeña, del tamaño de un huevo, llena de su luz blanca.
—Por si la tuya se cansa —le dijo, y le cerró los dedos sobre el cristal.
Al otro lado del sauce, Isolda le dio a Darian una piedra negra y lisa, sin una palabra, y él se la guardó en el pecho como quien guarda una carta que no piensa leer.
Durante la primera mañana no se hablaron. Caminaban por el sendero de los pastores, que subía entre castaños hacia los Picos Velados, y cada uno iba por su lado del camino, tan lejos del otro como podía. Lianor delante. Darian detrás. Al principio a veinte pasos, luego a cuarenta, luego a sesenta. Ella no se volvía. Sabía que él estaba ahí por una cosa rara que notaba en la muñeca derecha, un tirón suave, como el de un hilo atado a algo que se mueve.
A los noventa pasos el tirón se volvió un escozor. A los cien, una quemadura.
Lianor se paró y se agarró la muñeca. La marca de las dos hebras brillaba bajo la piel, dorada y negra, caliente como un hierro de marcar. Se volvió. Darian estaba parado en mitad del sendero, muy lejos, con la mano derecha apretada contra el pecho y cara de no querer darle el gusto.
—Acércate —le gritó ella.
—Acércate tú.
—Yo voy delante.
—Pues para.
Lianor dio un paso hacia delante, por pura rabia. El dolor le subió por el brazo hasta el hombro y le dobló las rodillas. Oyó, a lo lejos, que Darian soltaba una palabrota en la lengua de las Hondas, y sintió, porque ahora lo sentía, que a él le había pasado lo mismo. Se quedaron los dos sentados en la tierra, cada uno en su punta del camino, jadeando, con la muñeca en el regazo.
Al final fue él quien se levantó y caminó hacia ella. Cuando estuvo a cincuenta pasos, el dolor se apagó del todo. Se dejó caer en una piedra, enfrente.
—Cien —dijo—. He contado. Cien pasos, y a partir de ahí, cuchillos.
—Has contado.
—Cuento cuando estoy nervioso. —Se encogió de hombros—. Cuento escalones, piedras, cosas. Me lo enseñó mi madre. Ya está. Ya lo sabes. Te lo iba a notar igual por la muñeca.
Lianor no contestó. Era verdad que lo notaba: debajo de la quemadura, un nervio tenso que no era suyo y que se iba aflojando poco a poco.
—Tenemos que poner normas —dijo ella.
—Normas.
—Nada de escuchar lo que piensa el otro a propósito.
—¿Y cómo se hace eso a propósito, Aurion?
—No lo sé. Por eso es una norma.
Él la miró un momento, y por primera vez le pareció que se le escapaba media sonrisa.
Llegaron a Ruesca la segunda tarde.
Lianor había estado allí de niña, con su madre, para el juramento de los pastores. Recordaba una aldea de tejados rojos, de geranios en todas las ventanas, de perros que ladraban a los carros. Ahora los tejados eran del color de la piedra y los geranios del color del papel. Las ovejas pastaban en el prado sin un balido. En los portales, la gente estaba sentada mirando la calle, quieta, como si esperara a que alguien les dijera qué hacer después.
Un viejo con cayado los vio pasar y les dijo:
—Buenas tardes, que llueva.
Diez pasos más allá, se lo volvió a decir. Y otra vez, cuando ya casi doblaban la esquina.
En la fuente de la plaza había una niña de unos siete años sentada en el pilón, con una oveja de madera en el regazo. Una mujer mayor estaba arrodillada delante de ella, sujetándole las manos.
—Tea —le decía—. Tea, mi vida. Tea.
La niña la miraba con educación, sin reconocerla, como se mira a una forastera que te habla en el mercado.
Lianor se acercó sin pensarlo. La abuela levantó la cara, vio la túnica blanca de Aurion y luego, detrás, el negro de Darian, y se quedó sin saber a quién de los dos pedirle ayuda. Lianor se arrodilló junto a la niña.
—Voy a intentar una cosa —le dijo a la mujer—. No duele.
Sacó un hilo de su propia luz, ámbar, y lo acercó despacio a la frente de la niña, como hacía su madre con los enfermos de fiebre. El hilo tocó la piel. Durante un instante brilló. Luego se puso gris, se encogió como una hoja quemada y desapareció.
Lo intentó otra vez. Y otra. La tercera vez, la mano izquierda le temblaba tanto que el hilo se le partió antes de llegar.
—Déjame a mí —dijo Darian.
Se agachó al otro lado de la niña y abrió la mano. Lianor nunca había visto tejer sombra de cerca. Esperaba algo negro, frío, feo. Lo que salió de la palma de Darian fue como la sombra de un árbol en agosto: fresca, quieta, con un olor a tierra mojada. Rodeó la cabeza de Tea igual que se rodea a un niño con un brazo. La niña bostezó. Se le cerraron los ojos a medias. Pero cuando los abrió seguía sin saber quién era.
—Tu sombra la duerme —dijo Lianor, con más rabia de la que quería—. No la cura.
—La sombra guarda lo que hay. —Darian no apartó la mano—. Pero ahí dentro no queda nada que guardar.
—Pues algo tiene que quedar.
Volvió a sacar un hilo ámbar, a la desesperada, y lo lanzó hacia la niña justo cuando la sombra de Darian la envolvía otra vez. La luz y la sombra se tocaron encima del pelo de Tea.
La marca de la muñeca le ardió a Lianor como el primer día. Oyó a Darian contener el aliento. Y entre sus dos manos, donde el ámbar y la sombra se habían cruzado, apareció un color que ninguno de los dos sabía tejer: un violeta suave, de última hora de la tarde, que no era luz ni oscuridad y se parecía a las dos. El violeta bajó sobre la niña como un pañuelo.
A Tea se le encendieron las mejillas.
Parpadeó. Miró a la mujer que le sujetaba las manos y arrugó la nariz.
—Abuela, me llamo Tea —dijo, como si fuera la mujer la que lo hubiera olvidado—. ¿Hay pan?
La abuela se echó a llorar. En la ventana de enfrente, uno de los geranios de papel se volvió rojo. Solo uno. Y el viejo del cayado, que seguía en su portal, dijo algo distinto por primera vez en dos días:
—Anda. Ha salido el sol.
Lianor y Darian se pusieron de pie a la vez y dieron un paso atrás, cada uno hacia su lado, como si la niña quemara. Se miraron las manos. Luego se miraron el uno al otro.
—Eso no puede pasar —dijo ella en voz baja—. La luz y la sombra no se mezclan. Se anulan. Lo sabe cualquier niño de Aurion.
—Y de las Hondas —dijo él—. Y acaba de pasar.
Esa noche durmieron en el pajar de la abuela de Tea, separados por diez pasos de heno. Lianor no durmió. Miraba las vigas y escuchaba la respiración de Darian, que tampoco dormía, y notaba en la muñeca su nervio tenso, sus cuentas en voz baja. Doscientos once. Doscientos doce.
—No se lo vamos a contar —dijo él, en la oscuridad—. Lo del violeta. Todavía no.
—¿A quién?
—A nadie. A tu Custodio. A mi abuela.
Lianor pensó en la lumbrera blanca que llevaba en la mochila. Pensó que no tenía ningún motivo para callarse nada ante Albano, y que aun así no quería contárselo.
—Todavía no —repitió.
Al mediodía siguiente llegaron al borde del Ventisquero, el glaciar que bajaba entre los Picos como una lengua blanca, y vieron la Grieta de cerca.
Era una costura en el aire, alta como diez torres, sobre el hielo. No tenía bordes, ni color, ni fondo. Era como si alguien hubiera recortado un trozo del mundo con unas tijeras y nadie se hubiera atrevido a mirar qué había detrás. De ella caía el gris, despacio, como cae la tinta en el agua: bajaba por el glaciar, se extendía por las rocas, se comía el azul del hielo.
Lianor no podía apartar los ojos. Darian la agarró del brazo, sin decir nada, y ella notó que él contaba otra vez.
Entonces algo salió de la Grieta.
Tenía forma de persona. Caminaba como una persona, sobre el hielo, sin dejar huellas. Pero no era nada: era un hueco con forma de mujer, un trozo de aire gris por el que se veía el glaciar de detrás, desdibujado. Se acercó despacio, hasta veinte pasos, y se paró.
Y habló con la voz de su madre.
—Lianor, cariño, ¿dónde has dejado la cinta?
Fin del Episodio 3 · de 12
Cien pasos
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