Un encuentro hostil
~7 min · 1380 palabras
El Enclave del Crepúsculo era un islote en mitad del Albar, con nueve piedras en círculo y un sauce que nadie se atrevía a podar. Durante mil años había sido el único sitio del valle donde un Aurion y un Umbral podían hablar sin desenvainar. Lianor lo había visto siempre desde la orilla, de niña, como se mira una casa encantada.
Cruzaron en una barca de fondo plano al caer la tarde. Albano iba en la proa, de blanco; Orestes, el capitán de la guardia, remaba sin quitarle ojo al agua gris, que ya ocupaba todo el cauce. Lianor llevaba la cinta ámbar de su madre atada a la muñeca izquierda, debajo de la manga, apretada. No temblaba tanto si la apretaba.
La barca de los Umbral llegó por el otro lado a la vez, como si lo hubieran ensayado. Bajó primero una mujer vieja, alta, envuelta en una capa del color del carbón mojado, con el pelo blanco recogido en una trenza que le llegaba a la cintura: Isolda Umbral, la Matriarca de las Hondas. Detrás de ella, de un salto, sin mojarse las botas, bajó él.
Lianor lo reconoció enseguida. El joven del río. A la luz del día era más alto de lo que había creído, flaco y de hombros anchos, con el pelo negro cortado de cualquier manera y una cicatriz pequeña en la ceja. Vestía de negro de los pies a la cabeza, como todos los suyos, y la miraba con la misma cara de la noche anterior: sin sorpresa, como si ya supiera que iba a encontrarla allí.
—Darian Umbral —dijo Isolda, sin mirarlo—. Mi nieto. Heredero de las Hondas.
—Lianor Aurion —dijo Albano—. Heredera del Corazón.
Nadie se dio la mano. Se sentaron en las piedras, cada casa en su mitad del círculo, con el sauce en medio como una frontera. Durante un rato solo se oyó el agua, o la falta de agua, porque el Albar ya no sonaba. Fue Isolda quien habló primero.
—Habéis perdido la luz tres latidos —dijo—. Nosotros, la sombra. En Ruesca ya hay niños que no saben su nombre. Esta mañana se me olvidó el de mi difunto marido, y llevaba cuarenta años diciéndolo en voz alta cada noche. No he venido a hablar del puente.
—Pues hablemos de él —dijo Lianor.
Lo dijo antes de pensarlo. Albano la miró de reojo. Al otro lado del círculo, Darian levantó una ceja, la de la cicatriz.
—Mi madre murió en ese puente —siguió Lianor—. Llevaba una lumbrera en las manos y una tregua firmada en el bolsillo. Vuestra gente la mató.
—Mi hermana tenía doce años —dijo Darian. No alzó la voz. Tenía un acento seco, de palabras cortadas—. Iba detrás de mi madre, con una vela, porque le daba miedo la oscuridad. Una Umbral con miedo a la oscuridad, figúrate. Vuestra luz la quemó en el centro del puente. Se llamaba Nima.
—Mientes.
—Yo estaba allí, Aurion. ¿Tú dónde estabas?
Lianor se levantó. Orestes se levantó con ella, con la mano en la empuñadura. Al otro lado, dos hombres de Isolda dieron un paso. El sauce se movió sin viento.
—Basta —dijo Albano.
No gritó. Nunca gritaba. Pero en el centro del círculo apareció una luz blanca, una sola chispa, y todos se quedaron quietos. Albano esperó a que Lianor se sentara. Luego sacó de la túnica un rollo de pergamino viejo, atado con un cordón de dos colores, oro y negro, y lo desenrolló sobre la piedra del centro.
—La Grieta se abrió la primera vez cuando la casa de los tejedores se partió en dos —dijo—. Los Umbral tenéis la misma copia que nosotros, Isolda. Léela tú, si no te fías de mi voz.
Isolda se inclinó sobre el pergamino. Leyó con los ojos entornados, despacio, en la lengua antigua, y luego tradujo:
—«La luz y la sombra atadas por sangre cerrarán la herida».
Se hizo un silencio largo.
—Atadas por sangre —repitió Darian—. ¿Atadas cómo?
—Un pacto —dijo su abuela—. El más viejo de todos. Un tejedor de luz y uno de sombra, herederos los dos, juran sobre la piedra con la palma abierta. Desde ese momento no pueden alejarse el uno del otro. Lo que siente uno, lo nota el otro. Juntos pueden llegar a la Grieta. Separados, la Grieta se los come antes de que lleguen.
—No —dijo Lianor.
—No —dijo Darian, a la vez.
Se miraron. Fue la primera vez que estuvieron de acuerdo en algo, y a ninguno de los dos le gustó.
—Entonces el valle se muere —dijo Isolda—. Despacio, de olvido. Primero los nombres, después las caras. Al final nadie sabrá que hubo un puente, ni una hermana, ni una madre. Vosotros tampoco. Si eso os parece mejor que daros la mano, decidlo ahora y nos volvemos cada uno a su orilla.
Lianor miró a Albano. Él le sostuvo la mirada sin decir nada, y ella supo que no iba a ordenárselo. Iba a dejar que lo decidiera sola, como siempre que algo dolía. Pensó en la niña del espejito preguntándole a su madre quién era. Pensó en la cinta ámbar, que un día también podía olvidar de quién había sido.
—¿Cuánto dura? —preguntó.
—Hasta que la herida se cierre —dijo Albano.
Lianor se volvió hacia Darian. Él tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en el pergamino, como si quisiera quemarlo con la mirada.
—Yo no te voy a dar la mano porque me guste —le dijo ella.
—Me alegro. Yo tampoco te la iba a pedir.
Lo hicieron cuando el sol tocó el agua.
Albano cortó la palma derecha de Lianor con un cuchillo de vidrio. Isolda cortó la de Darian con uno de obsidiana. Les dolió lo justo, y ninguno de los dos dejó que se le notara. Luego los colocaron uno frente al otro sobre la piedra del centro del círculo, la más vieja, la que tenía un hueco en forma de cuenco gastado por mil años de lluvia, y les hicieron juntar las manos sobre el hueco.
La mano de Darian estaba fría. Tenía callos en la base de los dedos, de remo o de cuerda, y la apretó lo justo para que la sangre de los dos cayera junta en la piedra. Lianor esperaba sentir asco. Sintió el frío, y debajo del frío, una cosa que no supo nombrar: un pulso que no era el suyo, más lento, que llegaba por la palma.
—Repetid —dijo Isolda.
Repitieron. Las palabras eran antiguas y no las entendían del todo; hablaban de un día y una noche, de un hilo y su sombra. Mientras las decían, la sangre del cuenco empezó a moverse. Subió por el aire en un hilo fino, se enroscó alrededor de sus muñecas unidas y se volvió de otro color: ni oro ni negro, un violeta oscuro, como el cielo en el último minuto de la tarde. El cordón apretó. Quemaba y helaba a la vez.
Luego se deshizo, y en la muñeca derecha de cada uno quedó una marca: una pulsera fina, dibujada bajo la piel, de dos hebras trenzadas, una dorada y otra negra.
—Ya está —dijo Albano. Por un instante le falló la voz—. Ya está hecho.
Darian soltó la mano de Lianor enseguida, como si quemara. Ella se limpió la palma en la túnica y se apartó un paso, otro, y entonces lo oyó.
No fue una voz. Fue más cerca que una voz, dentro de la cabeza, con su acento seco de las Hondas, como un pensamiento que se le hubiera colado por la herida:
«No le tiembla la voz. La mano sí. Mentirosa».
Lianor se giró de golpe. Darian la estaba mirando, y por su cara supo que él también había oído algo, porque se había quedado blanco.
—¿Qué has dicho? —le preguntó ella.
—Nada. No he abierto la boca.
—Has dicho que soy una mentirosa.
Él tardó en contestar. Al otro lado del círculo, Isolda y Albano los observaban sin moverse, con una expresión que Lianor no supo leer y que, mucho tiempo después, recordaría muy bien.
—Lo he pensado —dijo Darian al fin—. Y tú acabas de pensar que tengo cara de perro apaleado.
Lianor abrió la boca y la volvió a cerrar. Lo había pensado. Hacía dos segundos.
Fin del Episodio 2 · de 12
Un encuentro hostil
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.